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10/26/2024

Belleza, libertad y muerte. Lo mejor de un Almodóvar al que no cambia ni Hollywood

 ‘La habitación de al lado’ es una película preciosa y no demasiado triste sobre la libertad de elegir en la vida y el derecho a decidir en la muerte.

La primera película que Pedro Almodóvar rueda en inglés destaca precisamente porque tiene su sello, incluso más que otras cuyo contexto nos pilla más cerca. La habitación de al lado es una historia en la que el director desarrolla una de sus magias, hacer que historias inverosímiles, nos parezcan no solo creíbles sino una cosa como cotidiana.

Una reportera de guerra que ha vivido como le ha dado la gana, decide morir como elige. Vidas donde los vínculos son tan intensos que o son inmunes al tiempo o tienen un drama que los rompe. Nada se diluye, sin más, como en nuestras irrelevantes vidas. Una escritora forrada. Un amante -e intelectual apocalíptico- que deriva en amigo. Misioneros maricas que follan en guerras. Todo en el universo Almodóvar es imposible y creíble a la vez, y su última película no es una excepción, aunque sea una película excepcional en su carrera.

El rodaje ha tenido que ser una fantasía, escuchando a Pedro hablar en inglés, pero la verdad es que la dirección de actrices lleva su sello. Todo lo lejos que se puede estar de las actuaciones encarnadas, hiperbólicas, tan dramáticas que rozan lo cómico -o se revuelcan en ello- de las titanas con las que ha trabajado en su filmografía, Julianne Moore y Tilda Swinton están contenidas, tentando, midiendo la expresión de emociones -seguramente por respeto a las de la otra- como nunca hemos visto a una “mujer Almodóvar”. Supongo que es así, como imaginamos por estos sures del norte global, como viven las pasiones una británica y una norteamericana, blancas, flacas, sin lazos familiares y con tibios desamores. Esas mujeres no se parecen en nada a Raimunda, ni a Pepa, ni a Leo. Ni falta que hace. Las dos actrices se curran un pas de deux que te hace estar ahí con ellas, entendiéndolo todo, haciéndote su amiga, aunque todo sea tan bello que parece de otro planeta. Uno al que nos mudaríamos.

Que el cine es una fábrica de representaciones que no tienen que parecerse a la realidad, pero tienen que parecerte reales, lo sabe Pedro Almodóvar desde antes de hacer cine. Eso se le nota. El cine de Almodóvar tiene una componente estética tan evidente y tan personal que, en las películas más representativas de su filmografía, resulta inconfundible. Y que nadie ha sabido imitar bien. Colores saturados, casas espectacularmente bellas, un poco de horror vacui, ropa de colores lisos y brillantes, adornos que se vuelven centrales, primerísimos primeros planos, mucho rojo, mucho verde. Esta película lo tiene todo. Y te lo metes todo por el culo.

Nueva York es un decorado precioso, con parques con árboles con flores, una luz sobrenatural y hospitales tan bonitos como librerías. Los jeeps de la guerra tienen su punto, los restaurantes te sirven postres que parecen centros de frutas y los gimnasios son templos futuristas. La estética siempre ha sido fundamental en el cine de Almodóvar y, en esta película, todo lo que se ahorra en actuaciones desgarradas, lo derrocha en el preciosismo de los entornos en los que las amigas esperan a la muerte. El apartamento de Martha/Tilda tiene más pinta de ser el de una galerista de Malasaña que el de una pragmática reportera de guerra sin miedo a la muerte ni aprecio por lo estético. ¿Cuántas cosas rojas puede haber en una casa? Los guiños de Pedro a su estética propia, siempre a un paso de lo kitsch, se hacen sin disimulo, como el frutero de plátanos, las hamacas, el sofá de Tilda o el plano picado que te obliga a ver la fotografía “Duelo” de Cristina García Rodero. Por no hablar de la casa a la que se retiran ¿quién no va a querer morirse ahí? Escribiendo este artículo he descubierto que una de mis creencias sobre Almodóvar estaba completamente errada: siempre he pensado que trabajaba con el mismo equipo de Arte. Y resulta que no, que esta es la primera vez que cuenta con Gabriel Liste en la dirección de Arte. Y eso significa que lo de la “estética propia” no puede ser más cierto, porque trasciende a quienes la materializan. También me ha sorprendido saber que no repite equipo en vestuario, otro de los elementos fundamentales en el universo visual del cineasta. Los abrigos, los trajes, los pijamas, hasta la ropa de estar en el hospital en esta película parecen concebidos por la misma sensibilidad que vistió La flor de mi secreto o Tacones lejanos, pero resulta que no. Bina Daigeler trabaja por primera vez con Pedro y dirías que qué difícil tiene que ser darle tu impronta a tu curro, cuando curras con una impronta humana.

‘La habitación de al lado’ no habla de la muerte, sino del derecho a decidir. Del derecho a saltarse las leyes cuando no están hechas al servicio de las vidas dignas de ser vividas

Otra de las magias almodovarianas que se cumple en esta peli es la de las mujeres extraordinarias, complejas, dispuestas a negar la moralidad hegemónica y leales como solo las mujeres y los maricas sabemos ser. Qué bonita la relación entre Martha e Ingrid. Qué cuidados, hasta el final. Qué mentiras generosas. Qué verdades en crudo, qué miedos comprendidos y qué valentías comunes. Maricas, mujeres y disidencias, las musas de Almodóvar, las que somos capaces de vivir al margen de la moral y la ley, porque en el margen construimos nuestras vidas y las redes que las sostienen. El director que confesó en la rueda de prensa el Zinemaldia que no se imagina no haciendo cine, no parece imaginarse cine sin intención de transformación.

En los últimos años, es evidente que Pedro Almodóvar ha asumido un papel activo en las reivindicaciones políticas, que enfoca tanto en la pantalla como en sus apariciones públicas. Siempre ha sido un activista -quizás sin ser consciente de ello- porque sus películas creaban vidas que hacían que las nuestras fueran posibles. Pero en los últimos años, ha adoptado una posición activa, y no hay acto en el que no aproveche su foco para hablar de lo que importa. En esta película Almodóvar no habla de la muerte, sino del derecho a decidir. Del derecho a saltarse las leyes cuando no están hechas al servicio de las vidas dignas de ser vividas. Del fundamentalismo religioso que se disfraza de sentido común para imponer sus supersticiones a la libertad ajena. De la policía, perrita faldera del sistema. Y del cambio climático y su conexión con el capitalismo. Sí, como lo lees. La primera peli de Almodóvar rodada en inglés y enmarcada en los Estados Unidos que están a punto de elegir entre el mal y el peor es crítica con el capitalismo, con la religión y con la policía.

Ya es hora de que el cuñadismo patrio abandone el postureo elitista, snob, misógino y homófobo de considerar a Almodóvar como un director de nicho o sobrevalorado. ¿O saben más ellos que el jurado del Festival de Venecia? El segundo director español en conseguir el León de Oro y el primero en hacerlo con una película de producción española nos gusta por lo mismo que disgusta a los hooligans del canon: porque nos cuenta historias que nos importan, con protagonistas que quisiéramos como amigas y donde las casas son bonitas y los pintalabios rojos.

Mira, lo que sí repite es la música de Alberto Iglesias. La banda sonora que tanta belleza se merece.

Lo que brilla de verdad. Una película sobre las cosas que importan

La película ‘Los destellos’, de Pilar Palomero, permite colarte en la vida de una familia, que podría ser la de cualquiera, y en la muerte de alguien, que ojalá fuera así la de todo el mundo.

Sigue habiendo gente (quiero decir hombres) que opina que en el cine tienen que pasar muchas cosas, todas épicas y extraordinarias. Bien, pues a los señoros que no han superado El Padrino esta película les va a parecer “lenta”. Pero ese universo en el que las películas tienen que contener “acción” (o sea, violencia y salvadores) no nos interesa. Pilar Palomero construye en Los destellos un relato íntimo y tierno y duro y triste y esperanzador y desolador, tan profundo y tan simple como lo de que “la vida son dos días, y uno está nublado”. Y lo teje con un reparto que te hace sentir que estás todo el tiempo ahí, mirándoles quererse.

No es que haga falta que una película tenga mensaje, pero las películas “buenas” -que son las que te cambian un poquito- te dejan un runrún en la cabeza y una conga de emociones que se pelean por ser la primera que reconoces, cuando alguien te pregunta qué te ha parecido la peli. Este tercer largo de Pilar Palomero, me deja con una revisión de eso de que “tres cosas hay en la vida: salud, dinero y amor” en la que resulta que solo hay una cosa en la vida, el amor. Porque el dinero no hace falta, siempre que haya sanidad pública (y profesionales brillantes y extraordinariamente humanos en ella, como los que Palomero escribe). Y la salud, pues es un préstamo que todas las personas vamos a acabar no pudiendo pagar. Y, en realidad, -como canta Silvio– “solo el amor alumbra lo que perdura”. Y ahí están los destellos. Porque la mayoría entendemos demasiado tarde donde está lo que brilla de verdad.

Pilar Palomero tiene un lenguaje visual propio, y una forma de hacer cine muy personal, pero que te envuelve y te hace sentir que conoces -y quieres- a sus personajes. Y eso es hacer buen cine

Pilar Palomero, que consiguió el Goya a Mejor Película y a Mejor Dirección Novel con su primera película (Las niñas, 2020) y que ha optado a la Concha de Oro con su segundo largometraje (La maternal, 2022) y con esta tercera película, se convierte en una de las directoras más importantes del cine español actual, ya solo con ese palmarés. Pero, al margen de las medidas más o menos patriarcales del éxito (¿qué son los premios, en realidad?) la directora tiene un lenguaje visual propio, y una forma de hacer cine muy personal, pero que te envuelve y te hace sentir que conoces -y quieres- a sus personajes. Y eso es hacer buen cine.

Algunos de los secretos de su manera de dirigir fueron generosa, inocente o estratégicamente desvelados en la rueda de prensa del estreno de la película en el Zinemaldia, cuando contó que los ensayos consistieron en unas “convivencias” entre las actrices y actores, en las que surgían escenas nuevas, fruto de la improvisación, y se reforzaban los vínculos personales. Y esos vínculos se pueden leer perfectamente en la pantalla. La dirección actoral es brillante. Normal que las dos protagonistas de las dos películas que ha llevado Pilar Palomero al Festival de Cine de San Sebastián hayan ganado la Concha de Plata. Y tampoco será casualidad que Pilar hable siempre en términos colectivos de un trabajo en el que parece que lo que se aplaude habitualmente es el personalismo.

Desde luego el mérito no es solo de Pilar Palomero. De entre todas las actuaciones brillantes de la película, sutiles, emocionales, creíbles hasta cuestionar la ficción, destaca el impresionante trabajo de Patricia López Arnaiz. Lo de la mirada de esa mujer, la capacidad para expresar emociones moviendo apenas los músculos de la cara, los cambios casi indetectables pero evidentes en su semblante… es que te quedarías mirándola horas solo por compartir los destellos de calma y de felicidad que encuentra en las cosas insignificantes que pasan en la vida, que son las auténticamente épicas.

Es una gozada también la Madalen que encarna Marina Guerola, obligada a madurar de golpe para gestionar los cuidados y el desamor de quienes deberían cuidarla y cuidarse entre sí.

No faltarán críticos -que saben más de guardar el canon que de cine- que calificarán esta película, y las demás de Pilar Palomero, en esa categoría misógina y anacrónica de lo que es el “cine de/por/para mujeres” (como si no lo fuera prácticamente todo el cine, viendo quiénes llenamos las salas) precisamente por la temática intimista, la prevalencia indiscutible de las actuaciones femeninas y la presencia de las necesidades humanas de supervivencia como un marco en el relato. Y porque el guion está basado en un relato de Eider Rodriguez, escritora con la que Palomero comparte generación, la de mujeres que no se excusan por construir historias con la realidad y las preocupaciones que conforman su universo, sin necesidad de inventar nuevos mundos en los que haya sitio para la épica.

Resulta difícil separar el trabajo de la directora del que realizan otras profesionales claves en la construcción del relato visual que supone la película, pues la coherencia entre la historia que se cuenta, y los elementos visuales que la apoyan, es tal que nada puede sacarte de la sensación de estar viviendo algo real. Vestuario, maquillaje y arte son deliciosamente austeros. Merece la pena señalar el trabajo de la directora de Fotografía, Daniela Cajías, que mantiene lo que podría considerarse una estética propia (Alcarrás, As duas Irenes) y la compagina perfectamente con el universo visual de Palomero, con un resultado de realismo y luminosidad que hace esa magia de que parezca que el cine es la vida como nos gustaría verla.

Los destellos es una película sobre la muerte, pero también sobre todas las aparentemente pequeñas razones por las que nos aterra morirnos, sobre los cuidados imprescindibles para la supervivencia y sobre el amor que hace falta para poder hacer el trabajo más importante que haremos nunca. Sobre las relaciones madre hija y los duelos y las separaciones y el amor después del amor. Sobre plantas, mascotas, recuerdos, amistades, sobremesas, leer, escribir, tomar vino en compañía y pasear por el monte. Una película, en resumen, sobre todo lo que importa.

5/11/2024

“Cuento chistes para decir cosas que no me dejarían decir en serio”

 pikaramagazine.com

Itziar Abad

Irantzu Varela posa en Bilbao. / Foto: Esther San Emeterio

“Hostelera a estas alturas…”, masculla Irantzu Varela al comenzar la entrevista y tras saludar y resolver algún asunto con la camarera de La Sinsorga, el espacio cultural feminista que ha abierto recientemente en el casco viejo de Bilbao junto a la periodista Andrea Momoitio. Parece que esta nueva faceta profesional también le ha pillado un poco por sorpresa, como la de monologuista, que describe como un “regalo de la vida”. Hablamos del humor, de los privilegios, de la violencia y del miedo.

De la consultoría y de la formación sobre cooperación y género a los monólogos de humor. ¿Cómo es ese salto?

Después de algunas experiencias laborales en oenegés que me dejaban incompletas las ganas de hacer algo transformador, nos juntamos una amiga y yo y montamos la cooperativa Una, en la que trabajábamos la comunicación desde la perspectiva de género. ¡Todavía no nos atrevíamos a llamarla perspectiva feminista! Buscábamos un enfoque más callejero y accesible y menos técnico y dirigido a instituciones y a gente especializada. Entonces creamos Faktoria Lila y, tras coincidir con Pablo Iglesias en una charla, surgieron los vídeos de El Tornillo. Empecé a hacerlos en serio, pero pronto entendí que era mucho más divertido, pedagógico, transformador y entretenido para mí y para el público si le echaba un poco de sarcasmo. Un día, las compañeras de la Feria Feminista y de la Casa de la Dona de Valencia me llamaron para que fuera a hacer un monólogo. Les dije que yo no hacía monólogos, pero acabé haciendo uno, que luego las del Coñumor quisieron reproducir en su festival. Lucía Lijtmaer me invitó a Princesas y Darth Vaders con otro nuevo y, a partir de ahí, no me he enterado muy bien de cómo, de repente, los monólogos son una parte fundamental de mi trabajo.

Cuando estás delante de cientos de personas, ¿cómo haces para echarle tanto morro?

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Ayuda que siempre he sido muy sarcástica, un poco mamarracha y que no tengo sentido del ridículo. La cantidad de gente no me impone, me gusta que haya mucha… ¡si se ríen! Si no, es como escalar una pared de mármol. Juego mucho con los looks, para que al momento me vean como una mamarracha y piensen que se van a reír aunque sea solo por el esfuerzo. Escribo mis chistes y los saco en chuleta; no soy actriz y, de momento, no me atrevo a llevarlos de memoria. Obvio que cinco minutos antes de salir pienso por qué me meto yo en estos líos y me acuerdo de mi amiga Ana Carolina, que una vez me dijo: “Busquémonos un laburo de verdad”. Pero me parece un lujazo, un regalo de la vida, que parte de mi trabajo sea hacer reír. Es difícil pero, si lo consigues, es genial.

¿De quiénes has aprendido?

La humorista argentina Ana Carolina, la lesbiana que camina, me parece una fantasía. También, el monólogo de Hanna Gatsby, Nanette. Pero me resultan más inspiradoras tías que, pese a haber sido ridiculizadas, han seguido haciendo lo que les ha dado la gana, aunque no tengan que ver con el humor: Virginie Despentes, Gloria Fuertes, Courtney Love, Las Vulpes… “¿Hola, qué tal?”. Y cierran el programa de música al día siguiente, en este país pacato en el que gustaban un poquito punkis, pero los señores, no las señoras.

¿Te ha pasado que se ría un chiste en un lugar y en otro no?

Por supuesto; la universalidad del humor es un timo de hombres blancos cis heteros ricos que se ríen de toda la gente que está peor que ellos.

¿Tú a quiénes haces gracia?

A las feministas, sobre todo a las bolleras. Y, cuanto más cabreadas con el mundo estén y más ganas de montar un SCUM tengan, más gracia les hago. Y a los maricas. En general, a las personas que están hasta la seta de ser el objeto de los chistes y no las sujetas del humor. A los hombres heterosexuales no les hago ninguna gracia. Algunos hacen “ha, ha, ha” porque han ido al monólogo a hacerse los aliades, pero vamos…

“A la gente de derechas le encantan sus privilegios; hace alarde de ellos”

¿Y a la gente de izquierdas qué no le hace ninguna gracia?

Que le pongan los privilegios delante. A los hombres, los que les da el machismo; a las heteras, los de la heterosexualidad; a las blancas, los de la blanquitud… A la gente de derechas, en cambio, le encantan sus privilegios; hace alarde de ellos.

Eso es que nos cuesta reírnos de nosotras mismas…

Cuando hacemos autocrítica, no. Si un día hay muchas bolleras en la sala y hago chistes de que hacemos kombucha, nos mudamos en la segunda cita y hablamos demasiado de las relaciones, se parten.

¿Hay algo sobre lo que no bromeas?

Sobre opresiones que no me atraviesan; no me parecerían chistes, sino reproducir el privilegio. Como dice Brigitte Vasallo, el humor tiene que ser hacia dentro o hacia arriba; si no es opresión. Puedo hacer un chiste de mí como blanca, paya, del norte global, cis o de que tengo las condiciones materiales cubiertas y estudios superiores. Históricamente, el humor ha sido una herramienta de reproducción de las opresiones que dictaba quién era ridícula y ridiculizable. Fíjate; los chistes siempre han sido sobre las mujeres, los maricas, el pueblo gitano, la gente racializada, pobre, con diversidad funcional… Hay que reírse del poder; del rey, de la policía, del gobierno, de la banca y de los ricos. Y los ricos no se pueden reír de nosotras.

Lo hacen constantemente.

Pero no tienen ninguna gracia. Un chiste es generar incomodidad, es coger una situación trágica y convertirla en algo que sea objeto de risa; ahí está la magia. Entonces, hay que ridiculizar a quien está en una posición de dominación con respecto a ti. La mayoría de los sistemas de dominación se sostienen por la construcción de un relato simbólico que los hace superiores, muy pocos se sostienen por la fuerza. El gran ejemplo de esto es la masculinidad. El humor apuntala esos sistemas porque, como se dice que el emérito es campechano, que su hijo es muy listo y que Victoria Federica es guapa y tiene estilo, hay quien se lo ha creído. Aparte de que todo eso me da igual, debemos reírnos de un señor que está robando a todo el mundo, follándose a gente fingiendo que está casado en un matrimonio monógamo y al que, oh, qué gracia, le puso Franco.

Irantzu Varela sonríe a la cámara. / Foto: Esther San Emeterio

¿Y no barajas un humor más ligerito?

No tengo ningún interés en contar chistes, los cuento para decir cosas que no me dejarían decir en serio. Sólo me interesa el humor político, el que tiene la intención de subvertir, sin creer que cada vez que salgo a un escenario estoy haciendo la revolución.

Del cero al diez, ¿cuánto te importa la corrección política?

Cero; lo que me interesa es no contribuir a consolidar las opresiones que existen. Los privilegios que yo tengo los uso para ponerme en riesgo. Me atrevo a decir cosas que igual una tía racializada o en situación administrativa irregular, dadas sus circunstancias, no se atrevería.

Anuncias tu último monólogo, Señoricidio, como “un espectáculo que no quieres ver porque te vas a reír de cosas que te parecen mal y te van a parecer bien cosas que no tienen ninguna gracia”. ¡Ponnos un ejemplo, va!

El chiste que más funciona es que a los señores que te imponen su ayuda sin que se la hayas pedido cuando estás aparcando el coche hay que pegarles un tiro. Igual que al típico músico que te lleva al backstage e intenta acosarte. En mis redes digo mucho “pan”, no por el pan, sino por el pin pan. La gente piensa: “¿Me estoy riendo de que esta tía diga que hay que ir disparando por la calle?”. Pues sí, porque no lo estoy diciendo en serio y tú te estás riendo porque te ha gustado la fantasía.

¿A qué crees que se debe el auge y el éxito de las mujeres en la comedia?

Al avance del feminismo. Hace diez años era relativamente excepcional reivindicar la presencia de las mujeres en todos los espacios de la cultura. Parecía que solo tenían que brillar las excepcionales y resulta que era que nos estaban impidiendo brillar. Por otro lado, el feminismo nos ha dado hambre de relatos culturales con los que sentirnos identificadas. Estamos hartas de historias de hombres blancos cis heteros del norte con problemas existenciales, por eso nos agarramos a tías que hablan de cosas que nos suenan. Ya no tenemos que hacer “travestismo cultural”, que dice Virginia Imaz, ya no tenemos que reírnos con un hombre haciendo chistes sobre cosas de hombres, sobre tías, la mayoría de las veces. Nos hemos reído de eso muchísimo y ahora queremos leer libros que cuenten historias que nos pasan a nosotras, no a nuestro novio o a nuestro tío. Otro motivo del éxito de las mujeres en la comedia es que hay mucha rabia acumulada, que es la emoción más revolucionaria y la mejor gasolina para el humor.

Dices que “es importante reírnos de lo que nos oprime y de lo que nos explota, que es lo profundamente revolucionario”. ¿Cómo haces tú para reírte de la violencia que soportas habitualmente?

De muchas cosas no me río todavía porque no me afectan solo a mí, sino que implican una situación estructural legitimada por todos los ámbitos de la sociedad. A veces la violencia, dirigida a mí por la visibilidad que tengo, me resulta agotadora, pero también me ha dado un superpoder: siento que no tengo nada que perder. ¿Qué me van a hacer o a decir que no me han dicho ya? ¿Me van a insultar en programas de prime time? ¿Me van a pegar en la puerta de mi casa? Ya me ha pasado. Hay núcleos de poder represivos que pueden preocuparme más, ¿¡pero los tíos machistas!?

¿Y el fuego de tus propias filas te preocupa?

No tengo filas, tengo red y a veces me ha sorprendido ver que tenía agujeros… Por ejemplo, cuando alguien se ha tomado a mal lo que he conseguido en lo profesional o en el activismo, ¡con el precio carísimo que tiene esto! A mí me dan mucha envidia las amigas que ahora mismo están de vacaciones en una playa, pero sus éxitos no me hacen sentir amenazada, ni siquiera los de quienes hacen cosas parecidas a las mías.

¿Qué te alivia el agravio y el nivel de ansiedad causado por la violencia?

Las amigas feministas, porque las amigas con una conciencia feminista no tan radical a veces no entienden la dimensión de lo que pasa. Las hermanas de Pikara Magazine han sido fundamentales para que no me líe a tiros, para que no me hunda, para que no cometa errores de precipitación… También, las feministas profesionales a las que he tenido que acudir, como mi terapeuta, mi ‘profa’ de autodefensa o mi abogada. La gente se ríe cuando hablo de ‘mi abogada’, Laia Serra, pero es que resulta que yo necesito a una persona que me ayude a protegerme. También han sido muy importantes las organizaciones que me han dado apoyo económico, porque la violencia nos cuesta dinero a las mujeres: esas profesionales, la persiana de la redacción de Pikara, los trabajos que dejas por si no puedes levantarte de la cama porque la semana pasada ocurrió no sé cosa…

¿Los monólogos son tu pequeña venganza?

Sí; mi pequeña venganza es escribirlos y mi gran venganza es preguntar al público: “¿Y esto cómo se arregla?”. Y que responda: “¡Pan!”.

“A las que nos salimos de la norma las estructuras sociales no nos cuidan. Como mucho, intentan domesticarnos para que no molestemos”

“Poliziak ez nau zaintzen, nire lagunek bai” [la policía no me protege; mis amigas, sí]. ¿Suscribes esto de Haizeatxo?

Absolutamente. A las personas racializadas, a las que están en situación administrativa irregular, a las queer, a las feministas, a las que nos salimos de la norma las estructuras sociales no nos cuidan. Como mucho, intentan domesticarnos para que no molestemos. El sistema de salud no nos cuida, el sistema educativo no nos cuida, la policía nos odia… Nos cuidan nuestras amigas, claro.

Entonces, no crees en las instituciones.

Como dice Amaia Pérez Orozco, hay que ser revolucionarias a medio plazo pero reformistas a corto. Creo en los agentes del mal de Gramsci; tiene que haber feministas en las editoriales, en los ayuntamientos, en las diputaciones, en las cajas de ahorros, en los consejos de administración y en las floristerías para que todo se haga desde una perspectiva feminista.

Me sorprendió tu apoyo público a la ley del sólo sí es sí.

Es una ley que mejora los derechos de las mujeres. Estoy rodeada de mujeres listísimas que son juristas, politólogas, investigadoras, periodistas, filósofas… y, de manera unánime, estamos de acuerdo en eso. También mostré mi apoyo a Irene Montero porque la violencia política a la que le han sometido, a ella, especialmente, pero también a María Victoria Rosell o a Ángela Rodríguez Pam, es violencia ejemplarizante de manual, igual que cuando la Inquisición mataba a una mujer para educar a todas. Además, independientemente de las siglas, de casi todas ellas, estoy más cerca de mujeres feministas de otros partidos que de hombres machistas de los partidos de los que soy afín.

¿Crees de verdad que el miedo va a cambiar de bando o es una consigna motivacional?

Lo creo de verdad, ¡pero si les dan miedo los cazafantasmas, que salgamos en las películas y la bandera arcoíris, que ahora dice [José Ignacio, obispo de Orihuela-Alicante] Munilla que es ¡un símbolo católico! Como consigna motivacional también es muy buena, porque se refiere a que las violencias, sobre todo las sexuales y las que tienen lugar en la calle, se van a acabar cuando haya un número significativo de hombres que se hayan encontrado con nuestra respuesta. Los piropos no se acabaron por la ley, sino a medida que nuestros “qué dices, idiota, cállate” han sido muchos. Los tocamientos de culo se acabaron cuando les respondimos con un puñetazo. Y las agresiones sexuales se acabarán cuando las amigas de la agredida estén esperando al violador detrás de un seto, le den una paliza y suban el vídeo a YouTube. Cuentan con nuestro miedo, ¿y cómo se nos va a quitar a nosotras el miedo? Defendiéndonos.

“Les da miedo que las normales pasemos a ser nosotras, pero nosotras no queremos la norma, sino la libertad”

¿Que el miedo cambie de bando es lo deseable?

Lo deseable es que no haya nadie que se crea mejor, que no haya nadie que se crea normal. Porque el problema es que la gente que dice que es normal quiere decir, en realidad, que es mejor. ¿Piensan que las que consideran que no somos normales vamos a contagiar a su hija o algo así? Les da miedo que las normales pasemos a ser nosotras, pero nosotras no queremos la norma, sino la libertad.

¿Tienes miedo a algo?

A creerme relevante, cosa que me parece muy fácil porque encuentras a gente que te dice que eres una referencia para ella o que se emociona con un texto, un monólogo o un vídeo tuyo. Espero no ser tan estúpida.

Has dicho en alguna ocasión que ahora lo que necesitamos son liderazgos horizontales y colectivos y a la vez has dado tu apoyo a Irene Montero.

No es incompatible. La historia nos ha enseñado que los liderazgos individuales son malos porque la persona carismática se muere, comete un error, es inhabilitada… Además, nadie es tan imprescindible ni puede tener respuesta para todo. Sin embargo, es más fácil elegir un vestuario, un peinado y una pose para una persona concreta que crear un proyecto político. En todo caso, mi apoyo a Irene Montero nunca ha sido como figura política unipersonal, sino como figura del feminismo que estaba sufriendo una violencia política terrible contra su persona. También se lo di a Cristina Fallarás o a Isabel Calderón y mucha gente me lo ha dado a mí.

“Ni idea de cuál va a ser mi evolución, pero cada vez soy más radical y me interesa menos lo reformista”

Fuiste candidata de EH Bildu al senado por Bizkaia en las generales de 2015. ¿Cómo te ves de mayor? Lo pregunto porque alguna feminista de partido está envejeciendo regular…

Soy del Kalero [barrio obrero del municipio vizcaíno de Basauri] y he estudiado en una universidad pública con el esfuerzo de mi aita, trabajando en una fábrica, y de mi ama, cuidando niños. No soy clasista ni elitista porque sería una ridícula. No tengo ni idea de cuál va a ser mi evolución, pero cada vez soy más radical y me interesa menos lo reformista. Me veo como una de esas señoras de 80 años cabreada, a la que se la suda todo porque no tiene nada que perder y porque sabe que al final no hay premio. No hay nada más quinqui que esas mujeres. Lo que espero no hacer a ninguna edad es estar en el foco por estar en el foco; otras cosas sabría hacer antes de dedicarme a esto. Por otro lado, tampoco me siento amenazada por las jóvenes, al revés; me parecen una fantasía, pero hay gente que sí y creo que tiene que ver con el ego. Yo soy leo, soy hija única, me han querido mucho en mi vida, tengo un pelazo…

Que tu ego goza de buena salud, vaya.

De una salud media; no tengo que estar pidiendo casito. La vez que me presenté a las elecciones fue la primera vez que EH Bildu elegía a sus candidatas a través de un proceso abierto. Cuando se pusieron de moda los fichajes estrella y yo todavía parecía una persona que podía estar en un puesto institucional, me llamaron para cargos en otros partidos. Les dije que no, que esto no iba así.

EN CORTO

Lo sugerente: Lo no normativo
Lo deserotizante: La masculinidad hegemónica
Lo pendiente: Escribir una novela
Un éxito: Hacer cada vez menos cosas que no me gusta hacer.
Algo como para tirar la toalla: La gente que antepone el interés propio al bien común.
Una feminista: Virginie Despentes
Una época: Una mucho más tardía que en la que nací, para ser ahora una chavala de pelo de tres colores que se sabe la última de Bad Gyal. O finales de los años 60, para haber corrido delante de los grises.
Un lugar en el mundo: Chichiriviche, Venezuela

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5/07/2022

Los sueños cine son

 pikaramagazine.com

Irantzu Varela

Selecciono para Filmin una lista de películas que me construyeron (o que me descubrieron lo que quería construir). Una selección de 16 obras que podrás descubrir si aprovechas la oportunidad y te suscribes conjuntamente a Filmin y a Pikara Magazine.

¡Lo quiero!


Yo soy una entregada a la propaganda. Dedico casi todo el tiempo y la labia que tengo a tratar de convencer de la necesidad de un mundo abolicionista de la normalidad. Y creo en el cine como constructor de los imaginarios colectivos imposibles, para hacerlos reales. Las películas que he elegido son (o fueron) claves en una imaginación que era el primer paso para ser una ilusa e imaginarme parte de las revoluciones pendientes.

Están ordenadas por fecha, porque siempre me ha asombrado la capacidad de ver mundos que todavía no existen y me parece que son una forma de crearlos.

1. Metrópolis (Fritz Lang, 1927)

Es una obra de arte estética y un relato que siempre será vanguardia.
La crítica a la alienación que implica el capitalismo, la explotación y el aborregamiento de la clase obrera, convertida en “recursos humanos”; la hipersexualización de los cuerpos de las mujeres, la estupidez implícita a la masculinidad, incluso el límite entre lo humano y lo ciborg, hacen de esta película una herramienta para entender la actualidad desde una perspectiva crítica fundada. Fundada en el hecho de que las luchas y las violencias siguen siendo las mismas, casi cien años después.
Se te olvida que es muda. Y la estética es abrumadoramente actual, desde la grafía a los edificios, los muebles, las ropas y los planos. La belleza debe ser eso.

2. La parada de los monstruos (Tod Browning, 1932)

La primera vez que la vi no sabía qué era lo queer, pero resulta que era esto. La violencia de quienes imponen su perspectiva de lo “normal”, la mezquindad de quienes se creen mejores porque se parecen a la mayoría, la solidaridad entre quienes han crecido siendo el motivo de las risas, que nunca son inocentes. El poder de quienes tienen poco que perder, cuando lo saben.
Esta sí es una película que no se podría hacer ahora, precisamente porque inmola algunas vidas -simbólicamente- para denunciar de la forma más descarnada la opresión y la violencia que ejercen quienes se creen “normales”, que siempre se creen superiores.
La belleza es un invento perverso, y eso lo saben quienes no la cumplen.
Es muy inquietante, pero aprendes que todes somos “monstruitos”.

3. La sal de la tierra (Herbert J. Biberman, 1954)

Género, raza y clase en una película inspirada en hechos reales. Es una prueba de que el cine puede mejorar el mundo y de que hay gente dispuesta a comprometer lo que sea necesario para conseguirlo.
Se basa en una huelga minera en Nuevo México en 1951, en la que los mineros de origen latino exigían condiciones de trabajo y de vida similares a las de los obreros anglosajones. El papel de las mujeres aparece como fundamental en el cuidado de las vidas, pero también en la lucha obrera. Es una película feminista, roja y antirracista.
Por supuesto, fue perseguida por el Comité de Actividades Antiamericanas de MacCarthy y sufrió la censura en Estados Unidos y en el resto del mundo capitalista. En España no pudo verse hasta la muerte de Franco.
Protagonizada por un sindicalista, Juan Chacón, y por una actriz mexicana, Rosaura Revueltas, que fue detenida, encarcelada y deportada por participar en la película.
Demasiado peligrosa y valiente como para perdérsela.

4. La calumnia (William Wyler, 1961)

El lesbianismo como un drama, pero no porque lo sea, sino porque la gente “decente” -reprimida e hipócrita, en realidad- lo convierte en ello.
La salida del armario más impresionante que he visto en el cine, y unas Shirley MacLean y Audrey Hepburn maravillosas en su complicidad. La tragedia y el dolor cristalizan por la intolerancia y el pánico a lo que se aleja de lo normativo, como siempre ha sucedido con las personas LGTBIQ+.
No se hacían muchas pelis “de lesbianas”, entonces, pero no recuerdo ninguna en la que sean mujeres con capacidad para ser felices, a las que solo se lo impide la venenosa moral ajena.

5. Una canta, la otra no (Agnès Varda, 1977)

Yo no crecí con Agnès Varda. La descubrí ya mayor (yo) y con una conciencia feminista convencida de que tenemos que alimentarnos de los relatos de las que se atrevieron a crearlos cuando pocas podían hacerlo.
A Varda hay que verla y reivindicarla. Tiene peliculones en todas las décadas, pero esta es una preciosidad por el contexto, por la relación entre ellas y por la candidez de hippie francesa que te hace disfrutar de algo que podría parecerte moñas.
En mi versión, se comerían el coño.

6. El lado oscuro del corazón (Eliseo Subiela, 1992)

Si no la viste en los 90, alerta moñas.
Ahora la veo con otros ojos, que le sacan muchas pegas. Pero tenía que ponerla. Por los diálogos con poemas de Benedetti, por el cameo de Benedetti, por Montevideo, por Buenos Aires, por la puta riéndose del poeta que es publicista: “¿Vos también sos puta?”.
Porque yo quise ser la mujer que vuela, porque quise encontrar al que pensara que yo volaba. Por la muerte como Nacha Guevara, por la mujer que prefiere pisar el suelo en vez de volar para otro.
Porque mi amiga Sandra y yo nos aprendimos los diálogos de memoria.

7. Las aventuras de Priscilla, reina del desierto (Stephan Elliott, 1994)

Esta peli es fundamental por su contexto.
En 1994, las personas LGTBIQ+ de 20 años derrapábamos entre el armario, la autonegación, el miedo o la vergüenza. Solo habíamos visto en el cine maricones y bolleras suicidándose, travestis patéticas y personas trans asesinas en serie en El Silencio de los Corderos.
Y llega esta peli y te presenta maricas humanas, trans entrañables y Drag Queens divinas. Estilismos que los quieres todos, y la banda sonora que os ponéis entre mamarrachas cuando estáis solas o en casa. El bus al que te quieres subir.
Ha envejecido mal que solo salga una lesbiana y que sale muy mal parada, y que la misoginia no se condena con la misma energía que otras violencias. Y que ahora no entenderíamos que un hombre hiciera de mujer trans.
Pero en 1994, a las personas LGTBIQ+ de 20 años, esta película nos dio un marco posible, donde podíamos bailar y cuidarnos y dar palizas a los que nos atacaban. Y eso era mucho más de lo que teníamos.
Y creo que Terence Stamp, entonces, estuvo muy digna.

8. Persépolis (Marjane Satrapi, Vincent Paronnaud, 2007)

Porque es una película de animación en blanco y negro y se te olvida.
Porque es una dibujante de cómic que hizo esta delicia en su primera película.
Porque a muchas nos abrió los ojos sobre las niñas, las mujeres y los prejuicios sobre Irán.
Porque es hermosa y divertida y crítica y no te permite ser condescendiente.

9. 4 meses, 3 semanas, 2 días (Cristian Mungiu, 2007)

Cuando la vi, el Gobierno del PP estaba tratando de quitarnos el derecho al aborto.
Fantaseé con colarme en los estudios de RTVE con una copia y emitirla clandestinamente en horario de máxima audiencia. Porque no te quedan dudas sobre la importancia del derecho al aborto libre y gratuito después de verla.
Es dura y terrible. Y podría estar ambientada en cualquier país en el que los cuerpos de las mujeres estén presos de las creencias religiosas y su complicidad con el capitalismo.
Duele verla. Pero más duele un aborto clandestino.

10. Canino (Yorgos Lanthimos, 2009)

De lo mejor del cine contemporáneo, creo.
No es necesariamente su mejor película, pero sí la que nos lo presentó como director mainstream. La de antes de rodar en inglés con superestrellas.
La crítica kamikaze a la familia, la ruptura de todos los límites de lo moral, la ridiculización perversa de lo convencional y la hostia en toda la cara del “hogar”, te dejan temblando. Un poco de placer cinéfilo, un poco de traumas compartidos y un poco de miedo.

11. El Cairo 678 (Mohamed Diab, 2010)

Siempre recomiendo esta película a quienes quieren hacer cinefórum por el 25N.
Porque es una historia sobre cómo las que reconocemos que hemos vivido violencia empezamos con la toma de conciencia y acabamos entendiendo que la única manera es organizarnos con las otras. Y sobre que el sistema no tiene respuestas para nosotras, porque nos necesita asustadas. Y sobre la incapacidad de los hombres para acompañarnos en la lucha.
Y porque es una historia de mujeres que responden y no de víctimas. Y porque es una historia de lucha feminista en el contexto árabe.

12. Take this waltz (Sarah Polley, 2011)

La vi en el Zinemaldi con amigas que también intentaban quitarse el pus de las heridas románticas, con Mari Luz Esteban sentada justo detrás. Lloramos como niñas cuando terminó. Cada una por las razones que nos habían hecho mujeres heridas.
Parece una peli sobre que el amor romántico triunfa, pero no lo es. Es a ratos cursi, porque no podría no serlo, una película que parece que te quiere convencer de que hay amores que calientan como un horno casero y otros que te queman de pasión, pero que -en realidad- te cuentan que acabamos saliendo escaldadas.
El mejor travelling que recuerdo, con Leonard Cohen de fondo.
Una de esas pelis que los señoros acomplejados y snob llaman “cine de chicas”

13. Pelo Malo (Mariana Rondón, 2013)

Es de ese cine en el que lo que pasa es que no pasa nada. Solo pasa la vida. En esa Caracas a la que es imposible amar y no amar.
Otra vez la historia de un niño, que lo es también de una niña y de varias madres y de ningún padre. La historia de la pobreza, el racismo, la homofobia, la soledad y la crudeza. La historia de todos los pueblos si has nacido en el género equivocado, en la clase equivocada, con el pelo equivocado.
Una película tierna y terrible y triste y trascendente de una manera nada épica. Como miramos las mujeres. Como nuestras historias.

14. Asier ETA Biok (Aitor Merino/Amaia Merino, 2013)

La película que muchas hubiéramos necesitado ver. La voz que hubiéramos necesitado escuchar. Las frases que hubiéramos necesitado pronunciar. El relato más honesto que he visto sobre lo que pasó y pasa en nuestro pueblo.
La historia del conflicto vasco es la de miles de relatos de miles de vidas que estuvieron -y están- atravesadas por dolores que se prohibían o se escondían. Nunca me he sentido tan identificada con una vivencia sobre lo que ha sufrido mi pueblo. Convivir con el terrorismo de Estado, ver sufrir a gente querida, sentir la opresión, pasar miedo, entender que hay que articular respuestas, pero no compartir algunas estrategias, el debate eterno y doloroso sobre la violencia, la vergüenza, la rabia, la ignorancia, la incomprensión. Es valiente y lo pagaron.
Gracias por contarlo.

15. Girlhood (Céline Sciamma, 2014)

Tenía que estar mi nueva ídola de cinéfila lesbofeminista consciente.
Cualquier película de Sciamma hay que verla, porque habla de lo que importa y porque genera universos habitables y porque hace crítica sin moralejas. Y por los planos de una belleza que da ganas de suspirar.
En esta película la feminidad, el racismo, la presión social, la masculinidad violenta y la desesperanza te acompañan, pero también momentos de felicidad fatua y brillante, como la bande de filles bailando “Diamonds” de Rihanna. Nadie como ella interpelando a la conciencia de las personas adultas a través de las emociones y sufrimientos de las criaturas y adolescentes.

16. Comandante Arian (Alba Satorra, 2018)

Sería un documental precioso y valioso y valiente y punzante, aunque no fuera sobre las mujeres que luchan en el frente de Kobane. Pero es que es un documental sobre los batallones de mujeres que luchan por su libertad y sus derechos y por las de todas. Poner el cuerpo cuando hay balas y bombas y heridas y bajas de por medio es otra forma de hacerlo. Es asombroso (y diría que hasta inconsciente) cómo la cámara acompaña a las guerreras en las primeras líneas. Es precioso y aterrador escuchar a las mujeres explicar por qué luchan a muerte. Es una peli “de mujeres”. De guerreras que luchan por todas y de reporteras que no ven el peligro, porque quieren contárnoslo.
No te recuperas de haber conocido a Arian.

4/09/2022

Irantzu Varela, #ElTornillo y el trabajo doméstico


Básicamente, el trabajo reproductivo es todo el trabajo que es necesario hacer para reproducir la vida humana. Históricamente, un trabajo designado a las mujeres. Mano de obra gratis a mayor gloria del capitalismo… ¿Por qué? ¿Hasta cuándo?


10/12/2019

Épica de la lucha obrera


El 20 de febrero presentaremos en el Bira kulturgunea de Bilbao un libro, publicado junto con Argia, que recoge los testimonios de las huelguistas de las residencias de Bizkaia: Berdea da more berria (el verde es el nuevo morado). En la presentación participará la autora Onintza Irureta Azkuna junto con Irantzu Varela Urrestizala. Recogemos aquí el prólogo del libro, escrito por Irantzu.
Irantzu VarelaIrantzu Varela Urrestizala, periodista feminista (este texto es el prólogo del libro Berdea da more berria)
En la épica de la lucha obrera, ha habido pocas mujeres.
Sujetamos a los bebés en brazos en los cuadros, pedimos pan y rosas, o marchamos al lado de “nuestros” hombres… pero pocas veces la épica de la lucha obrera la hemos escrito nosotras.
Yo conocí la conciencia feminista a la vez que la de clase, porque en mi casa todo el mundo trabajaba mucho, pero las mujeres no cobraban
Porque la lucha obrera ha entendido demasiado tiempo que la principal opresión es que los patrones robaran la fuerza de trabajo a los hombres que dejaban cada día sus casas para ganarse una supervivencia que llegaba justo para que no se murieran.
La lucha obrera se ha dibujado en fábricas, talleres, minas, cadenas de montaje, obras, barcos, campos… se ha pintado con brazos fuertes, manos grandes, barbas y voces graves. Y así ha quedado un cuadro en el que -al menos parte de- la lucha obrera sigue pensando que la principal opresión que se da en el capitalismo, es la opresión de clase. Como si no hubiera opresiones -y opresores- dentro de la misma clase.
Por eso no dudé en hacer lo que me pidieron para convencer a quien tuviera dudas de que esto era una lucha feminista. Por eso me emocioné cuando me pasaron el megáfono en una de sus movilizaciones
La lucha obrera ha pensado poco, y ha luchado menos, por todas esas mujeres que construyeron una red invisible pero indestructible para que los hombres, de vuelta a casa de esas fábricas, esos talleres, esas minas, siguieran vivos. Y sus hijos. Mujeres que daban de comer, de dormir, de beber, de cuidar en la enfermedad y en la vejez a los eslabones de la cadena de montaje, que cosían las redes que pagaban los barcos, que se agachaban igual que ellos en los campos.

La lucha obrera ha reconocido que siempre ha habido mujeres trabajando, pero sólo lo ha hecho cuando trabajaban al lado de ellos, igual que ellos, seguramente cobrando menos que ellos.
Pero la épica de la lucha obrera no ha sido justa con las mujeres cuya fuerza de trabajo ha sido robada desde que supieron fregar hasta la muerte, sin jornadas de ocho horas ni bajas remuneradas ni vacaciones pagadas. Con las que parían fuerza de trabajo, alimentaban y cuidaban fuerza de trabajo, garantizaban que siguiera habiendo fuerza de trabajo, con su trabajo. Al que nadie, ni ellas mismas, llamaban trabajo.

Por eso guardo esa camiseta verde de mujeres valientes, que estuvieron más de un año peleando. Y que ganaron la lucha, pero perdieron mucho
El único trabajo verdaderamente imprescindible y sin el que no sobreviviría el capitalismo, pero tampoco la especie humana, es cuidar. Y cuidar es un trabajo que el capitalismo nos ha impuesto a las mujeres, y ni siquiera se ha dignado en pagar mal nuestra fuerza de trabajo. Nos ha obligado a cuidar por amor, por culpa, por costumbre, por mendicidad, para que no nos señalen o para que no nos maten.
Y, cuando ya no teníamos -ni siquiera entre todas- amor para cuidar a toda la humanidad, y para seguir dando mano de obra baratita a un mercado que nos pagaba en aire… pues empezaron a pagarnos.
Cuidar se convirtió en un trabajo de verdad, porque era un trabajo pagado. El trabajo peor pagado de todos. El trabajo más precario de todos. El trabajo con menos derechos de todos. El trabajo más feminizado de todos.
La épica de la lucha obrera está llena de mujeres feministas. La épica de la lucha feminista está llena de mujeres obreras
El trabajo que siempre ha sido nuestro trabajo.

Yo conocí la conciencia feminista a la vez que la de clase, porque en mi casa todo el mundo trabajaba mucho, pero las mujeres no cobraban. Y ellas eran conscientes de que eso era injusto, pero era lo que había. Y ellos creían que eso era lo que tenía que haber.
Por eso no entiendo el feminismo, si no es lucha obrera. Y por eso no entiendo la obrera como una lucha, si no es feminista.

Por eso no tuve que hacer muchos análisis para entender que la lucha de las trabajadoras de las residencias de personas ancianas de Bizkaia era una lucha obrera y feminista.
Porque pedían mejores condiciones laborales, pero también mejores condiciones de trabajo. Pedían cobrar un salario más justo, pero también más tiempo para que el cuidado de las personas con las que trabajan no fuera ganadería, fuera cuidado. Y así podrían sentir que lo suyo no era supervivencia, era trabajo.
Un sector masivamente feminizado, vergonzosamente precarizado, en el que se mercantiliza hasta convertir en una cadena de montaje el cuidado, es una lucha obrera y feminista. Y es una lucha feminista y obrera.
Por eso no dudé en hacer lo que me pidieron para convencer a quien tuviera dudas de que esto era una lucha feminista. Por eso me emocioné cuando me pasaron el megáfono en una de sus movilizaciones. Por eso supe que iban a ganar el día que estuvimos animándolas en la acampada en el Arriaga. Por eso guardo esa camiseta verde de mujeres valientes, que estuvieron más de un año peleando. Y que ganaron la lucha, pero perdieron mucho. Que se cansaron, que se quemaron, -algunas hasta se divorciaron-, que se enfadaron, que se enfrentaron a patrones que se agarraban los huevos, porque sólo respetan eso.
Ellas no tenían ni idea de hasta dónde iban a llegar, por eso empezaron la lucha.
Creo que son un ejemplo por muchas cosas: por lucha obrera y feminista, por valientes, por ganar a los que se agarran los huevos, por pelear no sólo por ellas, por saber que algunas tienen que perder mucho, para que no lo perdamos todo…
La épica de la lucha obrera está llena de mujeres feministas. La épica de la lucha feminista está llena de mujeres obreras.
Gracias por ser ellas.