"Si refuerza su arquitectura y ata los cabos sueltos, el Plan México tiene el potencial de erigirse como un referente global de política industrial".

Mariana Mazzucato es una de las economistas del momento. Sus aportaciones sobre el Estado emprendedor y el rol del gobierno como formador de mercados son seguidas por públicos amplios y puestas en práctica por tomadores de decisiones. Tiene libros que alcanzan el estatus de superventas y trascienden el nicho de los economistas. Para muestra, el Papa Francisco reconoció su labor por llevar “más humanidad a la economía”. Que Open Society Foundations haya patrocinado una mirada fresca y externa al Plan México desde una óptica académica aplicada y rigurosa es noticia grata. El Gobierno mexicano haría bien en tomar las recomendaciones de quien viene, a saber, de una mano amiga. La crítica constructiva de Mazzucato merece encontrar oídos atentos—no sordos—en las altas esferas de la planeación estatal.
La catedrática del University College London, donde es directora fundadora del Instituto UCL para la Innovación y el Propósito Público, inicia la encomienda con un diagnóstico más sobrio que sombrío de la economía mexicana. Si bien reconoce avances recientes que han fortalecido el poder adquisitivo de los hogares y mejorado la distribución, rocas que proporcionan una base social importante para el Plan México, también advierte que la tarea sigue a medias. La participación de los salarios en el ingreso se mantiene baja, que más de la mitad del empleo es informal, y que las capacidades productivas y tecnológicas permanecen concentradas en un grupo reducido de empresas y regiones. Para Mazzucato, esos grandes efectos visibles son atribuibles a múltiples causas cuya atención son requisito para que el Plan México cuente con una arquitectura benévola. Aunque la consultora no lo admite abiertamente, el riesgo toral es que una buena idea quede en letra muerta.
El informe señala varias restricciones estructurales que el Plan México debe superar. Entre ellas, destaca como principales debilidades: una estructura productiva polarizada, una baja inversión pública, la concentración de rentas económicas, un sistema financiero que canaliza un crédito insuficiente hacia la actividad productiva, capacidades tecnológicas débiles y profundas desigualdades territoriales. Esas limitaciones estructurales han impedido que la fortaleza exportadora de México detone mayor productividad, cree más valor interno y fomente la convergencia regional. Algunas ataduras transversales sofocan el ambicioso giro de política industrial.
Para Mazzucato, la austeridad es un gran corsé para el Plan México. Identifica la caída en la inversión pública como porcentaje del PIB, de 4.5 por ciento en 2010 a sólo 2.2 por ciento en 2025, como una “contradicción central” del Plan México. “Con el gasto social protegido, las pensiones al alza y el servicio de la deuda en aumento, la inversión pública se ha convertido en la variable de ajuste [recorte]”, critica Mazzucato. Para ella, “la limitación actual se ve agudizada por la promesa del gobierno de no imponer nuevos impuestos”. También señala las reglas hacendarias de consolidación fiscal, la política monetaria restrictiva—que contradice el objetivo de sustituir importaciones al promover las compras del exterior por la apreciación del peso—y la limitada capacidad de la banca de desarrollo como camisas de fuerza a la inversión pública.
En respuesta al informe, leído en las más altas esferas, especialistas externaron críticas legítimas. La selección de misiones deja fuera a sectores prioritarios. Las tácticas para la atracción de inversión privada reciben poca mención, allende las sinergias potenciales de la inversión pública. La condicionalidad de los subsidios en los Polos del Bienestar, una propuesta para que las comunidades capturen valor, superaría la política de cheques en blanco del pasado, aunque Mazzucato desestima las potenciales inversiones directas del Estado en empresas y proyectos productivos como vía alternativa para abrir y forjar mercados. No obstante, en defensa de la autora y el alcance asignado, las mismas voces críticas coinciden en que el propósito del informe no era pormenorizar en la ejecución ni abrazar el detalle, labores de ingeniería y albañilería para la política pública.
Todo considerado, las recomendaciones de Mazzucato son razonables y compartidas en México por el círculo rojo de pulso progresista. La mayor contribución del informe al debate nacional descansa en los llamados a medir mejor el valor público, con métricas hacendarias heterodoxas; a superar los “silos” gubernamentales con la creación de nuevos entes coordinadores; a articular la banca de desarrollo y reducir subsidios a la banca comercial, y a crear capacidades institucionales que fomenten la innovación pública. En el espinoso asunto de los impuestos, donde la brecha con el gobierno federal luce irreconciliable por economía política, el diagnóstico es compartido por organizaciones civiles como la Alianza por la Justicia Fiscal, coalición que impulsa una reforma fiscal progresiva. Lejos de un ejercicio teórico o abstracto, que poca utilidad tendría al Plan México, cuyo reto mayúsculo es la ejecución, Mazzucato ofrece casos de éxito internacional pertinentes y recomendaciones de política pública a la medida del contexto nacional. El apetito por más pares comparables queda abierto.
Un arquitecto transforma ideas abstractas y necesidades humanas en espacios funcionales y estéticos. Es responsable de equilibrar la técnica, el arte y la sostenibilidad para optimizar recursos en armonía con el entorno. De su diseño dependen el ingeniero civil y el obrero, encargados de transformar ideas en realidades. Con sus recomendaciones para el Plan México, Mariana Mazzucato levanta una alerta velada de que la materia prima está allí, aunque la tarea inconclusa exige bosquejar y esculpir para dar forma a esa masa amorfa que es la ambición envuelta en buenas intenciones. Si refuerza su arquitectura y ata los cabos sueltos, el Plan México tiene el potencial de erigirse como un referente global de política industrial orientada al bienestar común. Entonces la obra mayor será habitable.
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