8/23/2026

“Hay que matar a 40 por noche en Gaza”. Cinismo israelí e idiotas útiles mexicanos

 Héctor Alejandro Quintanar

"Las verdaderas intenciones del sionismo gobernante de Israel quedan claras cuando se destapa esa cloaca que es la boca de sus integrantes".


“Hay que matar cada noche 40 personas en Gaza”. El cinismo de Israel y los idiotas útiles mexicanos

La frase monstruosa que da título a esta videocolumna no es el diálogo brutal de una película de terror. No es un grito aislado de algún psicópata racista encerrado en un manicomio. No es la alocución vandálica encontrada en alguna pinta de pared de algún barrio violento; hecha por algún retorcido anónimo. No es alguna orden secreta encontrada en el diario póstumo de algún condenado en Núremberg.

Aunque esas plataformas alarmantes serían el nivel de esa frase, en realidad esa es la consigna sangrienta que excretó Itamar Ben Gvir, actualmente Ministro de Seguridad Nacional en Israel, el 16 de agosto pasado, en Jerusalén. Y con ella, este delincuente impune pretendió exponer los “disensos” que ha tenido con el Primer Ministro Benjamín Milekowski, cuyo currículum de sangre con casi cien mil asesinados en Gaza parece no serle suficiente a su colaborador, que al parecer considera moderado a su jefe.

En los tiempos de Mussolini, algunos personajes letrados, como Gabriel D´Anunnzio o Giovanni Gentile, trataron de dotar de cierta estética retórica y coherencia a las incoherencias violentas del fascismo italiano. Pero todos sabían que detrás de esos petardos verbales ampulosos, no había más que vulgar supremacismo acomplejado y resentimiento; que encontraba voceros más claridosos y francos en la horda de bestias analfabetas y psicópatas que integraban a los escuadrones de la muerte del Duce, como Roberto Farinacci e ítalo Balbo, fundadores de las “Camisas negras” fascistas.

Misma cuestión con los nazis alemanes; que en filósofos perdidos (como Heidegger, Alfred Rosemberg o Carl Schmitt) buscaron dotar de fondo a la oratoria demagógica de Adolfo Hitler; pero si en realidad querían saberse las verdaderas intenciones del Reich, había que escuchar los graznidos mentirosos y violentos de una lagartija renga como Joseph Goebbels; o los eufemismos asesinos con que el gnomo Himmler y la bestia rubia Reinhardt Heyndrich trataron de disimular sus asesinatos masivos.

Dicho de otro modo, varios fascistas del siglo pasado supieron guardar un poco más las formas y pretendieron revestir de oropel el cuerpo deforme y peligroso de sus rudimentarias ideas. Pero a pesar de ese esfuerzo, siempre se contó con traductores involuntarios. Así, ante cada enunciado engalanado y en apariencia inteligente de algún escritor del fascismo, había que escuchar y observar a alguno de sus violentos y asnales hombres de acción para saber lo que realmente quiso decir el primero. Total, como dijo alguna vez Oswald Mosley, líder del fascismo británico en 1932, el discurso fascista debe interpelar a los que sienten, no a los que piensan.

Quizá eso lo ha recuperado muy bien el fascismo del siglo XXI, cuyos exponentes actuales tienen la claridad, entendida aquí claridad como descaro y no como disciplina conceptual, no sólo de mostrarse tal cual son, sino de prescindir de pensadores que brinden cierto disimulo intelectual a su cháchara supremacista.

Si observamos a Donald Trump, difícilmente vamos a poder pensar en la existencia de algún escritor, pensador o filósofo del trumpismo y quizá sólo emerja en ese sentido la figura de ese billonario con alma de perdedor de secundaria que es Elon Musk. Si pensamos en Javier Milei, resaltarán acaso como sus ideólogos esos pubertos tardíos que son Agustín Laje o el Gordo Dan. En otras palabras, el fascismo del siglo XX al menos tenía ciertos escritores; hoy tiene tuiteros, youtubers o influencers; que ni siquiera respetan la cancha donde juegan porque la ensucian y la acaparan. Literalmente, en el caso de Musk como dueño de X.

En los albores de la centuria que vivimos, con el ascenso de George W. Bush como Presidente de Estados Unidos en un mundo que transitaba de la unipolaridad de la posguerra fría a otra complejidad, la invasión a Irak, y la mentira descarada de las armas de destrucción masiva con la que se inició, dejaba en claro que el republicano exalcohólico que dirigía la nación más poderosa del mundo era un ruin ignorante. Pero al menos se rodeaba de un círculo perverso pero inteligente de neoconservadores y herederos del pensamiento filosófico straussiano, como Paul Wolfowitz o Condolezza Rice, actores en donde había una mezcolanza de ambición desmedida con nostalgias resentidas y decepciones propias del siglo XX.

Hoy ya no. Trump y los que se le quieren parecer tienen la cortesía de mostrarse tan vacíos de inteligencia y pletóricos de perversidad como en realidad son. Lo peor del caso es que, con el poder que tienen, eso no se ha convertido en una desventaja para ellos sino en una amenaza contra la humanidad.

En esa galería de personajes retorcidos es donde navega con bandera transparente el Ministro de Seguridad israelí Itamar Ben Gvir, quien apenas estos días hace llamados a matar de manera indiscriminada a 30 o 40 gazatíes por noche; incluso a aquellos que no representan una amenaza inmediata, porque, según él, no merecen vivir ni ser considerados humanos.

Con ese mismo cinismo, expone la verdadera intención de su jefe Mileikowski desde octubre de 2023, cuando señala que “toda Gaza es nuestra; toda la franja, y hay que fomentar la mayor emigración posible, enviando a los gazatíes a sus países de origen”, como reportó el diario Deutche Welle. He ahí las entrañas de las acciones criminales de Israel, que hoy representan, sin atenuantes de ningún tipo, el nazismo del siglo XXI.

Es por eso que las verdaderas intenciones del sionismo gobernante de Israel quedan claras cuando se destapa esa cloaca que es la boca de sus integrantes. Nadie necesita leer entre líneas a Ben Gvir, como tampoco a Gallant o Smotrich o al propio Mileikowski, cuya retórica abiertamente racista va acompañada de acciones militares genocidas en ese sentido; donde en los casi cien mil asesinados por su ejército invasor hay un 80 por ciento de mujeres, adultos mayores y niños. Hay que decirlo hasta el cansancio: los criminales de guerra que hoy gobiernan Israel son una vergüenza para la humanidad y le escupen en la cara a la historia del pueblo judío.

Ante la claridad meridiana en las exterminadoras y supremacistas intenciones del gobierno israelí, es que da una mezcla de asco y lástima la serie de idiotas útiles que tratan de manipular y engañar al publicar tonterías donde ponen en duda el genocidio del que es víctima el pueblo palestino. Aunque hay que decirlo: cuando el señor Ezra Shabot trató en México de hacer eso en un libelo publicado recientemente en la revista Nexos, no fue exitoso al tratar de envolver su perversidad malsana en una retórica de calidad, porque con su redacción sombría y sus lapsus supremacistas, hasta en eso su texto fue miserable.

Hoy, no importa cuántos panfletos manipuladores publique Shabot para negar el genocidio. No importa cuántas salmodias lloricas escupa Enrique Krauze para restarle gravedad al crimen que padece Palestina a manos de Israel; no importa cuántas omisiones y tretas eufemísticas intenten Julio Patán, Jorge Castañeda, Aguilar Camín o el monigotero Francisco Calderón para tratar de ocultar lo que pasa en Gaza.

A todos ellos los desmiente con sus palabras y con sus acciones una bestia como Ben Gvir, que, a diferencia de los tontos útiles hipócritas del mundo que niegan el genocidio en Palestina, al menos tiene la honestidad de mostrarse tan miserable, sanguinario y criminal como él y su gobierno realmente son.

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