"Desde su nombre, 4T, hay una idea de continuidad con la historia de las rupturas del país".

El 2 de julio de 2018 ocurrió un acontecimiento político en México que muchos no terminan de entender. Para explicarlo, he elegido algunos de sus rasgos más notables, para que exista un terreno común sobre el que podamos, otro día, debatir errores y aciertos, para llegar a algo más que la estridencia. He elegido, también, a un autor que me guíe y que es Jacques Ranciére.
Lo primero que hay que decir es que irrumpieron 15 millones de ciudadanos que no participaron en elecciones anteriores. Fue así que Andrés Manuel duplicó en sólo seis años de peñismo el número de sus electores hasta llegar a 30 millones. Esto, de entrada, trajo consigo una redefinición de quién podía y quién no podía hacer política. Es decir, los que consideraron durante décadas que los demás hacíamos “ruido” y que por lo tanto no deberíamos ser escuchados, fueron desplazados por una enorme cantidad ---30 millones en 2018 y 36 millones en 2024--- que ejerció su derecho a hacer política.
La política no es el poder ni el Estado es la política. No es una profesión ni un modo de vida de un grupo que sabe mucho y, por tanto, está destinado a ella. La política es un reordenamiento del sentido y de los sentidos. Antes de que esta irrupción en las urnas ocurriera, sucedió otra cosa igualmente crucial: esos 15 millones nuevos para la democracia mexicana se asumieron como iguales ante los mismos de siempre. Ese movimiento es político. No es sociología de qué grupos sociales era, si eran mujeres, estudiantes, obreros o sus niveles de ingreso y escolaridad. No, lo realmente político es ponerse por encima de las funciones y obligaciones que uno tiene en una sociedad y olvidarlas al menos para colocarse de frente y ejercer un derecho entre iguales, que es el voto. Las conquistas democráticas de mujeres o de obreros surgieron de ellos reformularse, no como obreros o mujeres, sino como seres políticos. La molestia de los comentócratas o de los académicos es que, en ese movimiento, perdieron un poco de su superioridad ante un acto poético de imaginarse como seres con decisión y acción, y no ---como los veían y siguen viéndolos los comentócratas--- como atrapados en la propia supervivencia, sin capacidad para pensar, enjuiciar, y tener una visión del mundo. La política produjo ese efecto de igualdad, que es lo que se presupone antes de ejercer el voto. Decidir demostrar su igualdad no es un asunto que se dé todos los días y es por eso que llamo a eso el acontecimiento político que nos definió para el siglo XXI.
Este efecto de igualdad es el que constituye al pueblo. Son los pobres pero no es por un asunto de su nivel de ingreso. Es porque no eran contados. Eran los que no contaban. El viejo IFE nos decía: “Que los votos cuenten y se cuenten”, pero existián unos que no contaban, los excedentes de la transición, los que irrumpieron en 2018. Es el pueblo y se desajustó lo que parecía una homogeneidad democrática o, más bien, oligárquica, con su sistema de partiditos que eran uno solo, sus órganos autónomos que validaban fraudes electorales, sus trapacerías. El pueblo es el nombre de ese sujeto político. Se desajustó la regla de quien podía hablar y quien podía ser escuchado. Se desajustaron también los lugares en los que podía estar ese pueblo. Hago un recuento de eventos asombrosos: que este pueblo no podía ir a un restorán o viajar en avión; que una señora no podía vender sus tlayudas en la inauguración de un nuevo aeropuerto; que los trabajadores mexicanos no podían levantar trenes, aeropuertos, caminos, y puentes. Hay una equivalencia de la inteligencias. Por eso, el “pueblo sabio”, porque la verdad, entre más colectiva, es menos aparente. Lo común se hizo visible y audible. El “dijistes” del Presidente López Obrador desajustó a los que creen que hablan “bien”. Las formas de pertenencia al país se multiplicaron más allá del nacionalismo priista o de la élite mcprianista en busca de una metrópoli colonial que los dignifique. El reparto de quién decide el sentido común se politizó, es decir, se hizo desde la imaginación de ser iguales y desajustar todo, otra vez. Está en “litigio” permanente, como dice Ranciére. De comenzar, otra vez, a discutir y enfrentarse con los que no contaban antes. “Por el bien de todos, primero los pobres”, fue la consigna que englobaba, no sólo los programas sociales sino sobre todo el nuevo reparto de lo que debía ser visto y escuchado, el nuevo reparto de sentidos y sentimientos válidos, y de pertenencias a la Nación, esa que nos decían los neoliberales que iba a desaparecer o que los zapatistas ninguneaban porque sus comunidades se defendían solas de los corporativos globales.
Vino, entonces, la afirmación política de esa parte de los excluidos. Es lo que la oposición califica de “polarización”, sin entender que no hay política ni pueblo sin un contrario. La afirmación política viene de crear un “nosotros” que se ejerce en contra de un “ellos”. Lo que los académicos llaman “pluralismo” no existe porque no todos los que se autonombran “nosotros” tienen el mismo poder, económico, mediático, global. No son sujetos que compitan entre sí en igualdad de condiciones. Por lo tanto, no hay que perseguir, como dice el coordinador de los diputados de Morena, “el consenso”. El consenso es que todos den algo de sus intereses para llegar a un acuerdo. Eso está bien en un juego donde todos llegan con las mismas fichas para intercambiar. El pueblo sólo se tiene a sí mismo en estas batallas por el futuro. Decir: “esta es la línea que separa a los excluídos de quienes nos excluyeron”, es la enunciación del núcleo de lo que es la política. No es justamente la división “amigo” y “enemigo”, sino una mucho más profunda que es el desajuste de ver a unos como designados naturalmente para gobernar y otros para obedecer y sobrevivir. Sin esa afirmación como sujetos que deciden y actúan, el pueblo no podría ejercer su propia irrupción como iguales. Eso es lo que significa “anclarse en los principios”. Le da coherencia al hecho mismo de ser un sujeto político. Esa afirmación es lo único que defiende al pueblo de que las élites lo consideren “ruido”. Por eso, la memoria de lo que nos hicieron durante casi un siglo de PRIAN es imprescindible para articular la afirmación como sobrevivientes de la injusticia. La afirmación de todo “nosotros” señala esa ruptura entre la posición social y el hablante político. La política que se desplegó en México desde 2018 hasta la fecha no es sociología, es decir, grupos sociales o geográficos, ni de intereses específicos. Es política y, por ello, es tan singular en su anhelo de ser universal.
Una manera de decir, con un horizonte de afectos, lo que hasta este momento ha desplegado la 4T. Desde su nombre, hay una idea de continuidad con la historia de las rupturas del país. Pero la política no puede albergar dentro de sí un horizonte de una sociedad igualitaria. Necesita a un Estado que conduzca y ordene. Hay un malestar en que esto suceda así, pero el bien y lo posible no siempre se encuentran. La despolitización que hizo de muchos anti-Estado o anti-partidos es entendible y justificable por el abandono mismo de las instituciones a los intereses de las élites y a la represión del resto. Pero sin un Estado nacional, ¿quién defiende los derechos de los que antes excluidos? Por eso el humanismo no es sino mexicano. Es el Estado nacional la única estructura que puede defender derechos humanos. Vean cómo no puede hacerlo ni la ONU, ni la Corte Internacional. Vean cómo tampoco lo puede hacer una comunidad indígena que creyó que podría ser defendida por el humanitarismo europeo. Es humanismo, no humanitarismo o exportación de derechos, y se necesita un tipo de estructura. Y esta es un Estado como el que ha comenzado a organizarse a partir de la irrupción plebeya del 2018. Uno donde no se hable de la inseguridad como un asunto de narcos, sino de la inseguridad de las enfermedades curables, los ingresos que alcancen, y un plan que no permita la ruina financiera de la mayoría. Es a lo que la oposición se refiere cuando se burla de “los abrazos”. Eso no estaba en el ámbito de la inseguridad antes. La seguridad era asesinar personas en la calle, incluso en las universidades, no la de atender la inseguridad financiera, educativa, de salud, de llegar a fin de mes, de ser protegido por alguien de los venenos de las empresas. Ese cambio en la estructura de lo sensible, lo que importa, de lo que se habla y atiende, es un logro de la 4T. El espacio de lo que importa en términos políticos se amplió hacia abajo.
La 4T no es una forma de luchar por el poder del Estado. Es mucho más amplia. El objetivo de la política es el reparto de lo sensible, ese desarreglo de las jerarquías que vimos padecemos cuando se nos presentan como algo ya establecido para siempre. Ante los gobiernos de la aristocracia política y de la riqueza de quienes terminaron por mangonearla, sólo es posible el gobierno de la libertad. La ausencia de títulos nobiliarios, académicos o de cuentas de banco, es la que otorga el título de ciudadano. Antigüedad, nacimiento, riqueza, virtud o conocimiento no son válidos en la ruptura del 2018. Como dice Jacques Ranciére: “La democracia es cuando hablan los que no tienen que hablar”. Y justo eso es el gobierno de los que no cuentan. Sólo la política desajusta ese dominio de los que siempre pueden hablar y ser vistos.
En el rango de lo que ahora es visible y tiene lugar para ser escuchado, lo que en el neoliberalismo era gusto o disgusto de la élite, ha ido sustituyéndose por lo que nos parece justo o injusto. El disgusto y gusto es una forma de política que ejerció la élite que se sentía destinada a gobernarnos, contra el resto. Esto generó clasisimo, racismo, misoginia, homofobia. El cambio por lo justo o injusto es lo que va de expresar impunemente que te dan asco los morenos, pobres, gays, gordos, mujeres, a rechazar como injusto la evasión de impuestos, la concentración de la riqueza, el saqueo de recursos públicos, difundir mentiras como si fueran noticias. No sé si se vea lo crucial que este cambio es en la vida pública. Sólo les digo una cosa: es tan crucial que la propia 4T está sujeta a ese mismo desajuste que le dio origen y que no está dado de antemano. Los derechos de quienes no cuentan se ponen a prueba, todavía, todos los días.
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