Este
reportaje pertenece al número 11 de Pikara en papel, publicado en
septiembre de 2023, antes de la llegada de Donald Trump al Gobierno de
Estados Unidos; lo puedes conseguir en nuestra tienda online.
Ximena Rojas no recuerda la fecha con exactitud,
pero sabe que era junio o julio de 2016. La imagen sí la tiene bien
grabada: una crisis humanitaria en la frontera entre México y Estados
Unidos: “Principalmente mujeres negras con sus bebés. Estaban ahí por
horas, esperando. A veces sin suéter, sin agua, sin comida…”. Ese fue el
inicio.
Con otras compañeras parteras y amigas de la comunidad en Tijuana,
empezó con lo básico: llevando comida, agua y ropa. Pero la situación se
iba desbordando. Algunas calles de la ciudad se habían transformado en
camas de asfalto al aire libre. Repartir bienes de primera necesidad se
quedó corto, Rojas decidió que tenía que ir un poco más allá y empezó
voluntariamente a atender a las embarazadas. Les hacía consultas
improvisadas en la calle. A veces llegaba a atender hasta 40 y 50
mujeres en un día. “Enfrentándome a casos muy diversos y con diferentes
complejidades, sobre todo con mucho trauma del viaje. Algunas habían
enviudado en el camino, otras habían caído del tren… Cosas básicas como
pedirles una prueba de orina, a veces no podían darme ni unas gotitas de
pipí, por su deshidratación”, cuenta.
Durante septiembre de 2016, 7.500 personas migrantes extranjeras
cruzaron a Estados Unidos para solicitar protección y 3.400 permanecían
en el estado de Baja California: el 75 por ciento en Tijuana y 25 por
ciento en Mexicali, según un informe
que hicieron conjuntamente la Comisión Nacional de Derechos Humanos de
México (CNDH) y el Colegio de la Frontera Norte (COLEF). Ese mismo
estudio dice que en diciembre de ese año el 80 por ciento eran
originarias de Haití.
“Soy partera de parto en casa, ellas no tenían casa y puse la mía”
La situación removió a Ximena Rojas a muchos niveles. Su
voluntariado, que comenzó siendo los fines de semana, se fue extendiendo
hasta casi ni descansar. Así se convirtió en “la partera de mamás
haitianas principalmente y de mamás migrantes. Yo soy partera de parto
en casa, ellas no tenían casa y, entonces, puse la mía”.
Esos recuerdos los revive sentada en el sofá de esa misma casa. Es
amplia, de dos pisos, con garaje y patio, y está en Playas de Tijuana,
una de las zonas de clase media y media-alta más tranquilas de la
ciudad, a unas cuantas calles de donde las olas del océano Pacífico se
convierten en espuma sobre la arena que ahí es de México y a unos
cuantos pasos ya es de Estados Unidos.
En esa casa ahora mismo hay, además de ella, cuatro parteras
trabajando. Pasarán ahí unos meses y luego se irán y vendrán otras
mujeres a reemplazarlas. El colectivo Justicia en Salud es dinámico y cíclico. Una de las que está en esa casa es Lupita Galarza,
que viene de Jalisco. Tiene el pelo corto, negro y ondulado, lleva
gafas y, a pesar del ritmo amable, al hablar desprende autoridad. Quizás
por ahí reverbera algo de los años que pasó ejerciendo de enfermera
militar. Es la mayor de las cuatro. Está también Karen Olvera, que ha venido con su hijo desde Michoacán. Y Maritere Salazar,
abierta y habladora, muy enfocada en reivindicar que se inserte la
partería tradicional en el sistema de salud público. Y está también Yoalty Aylin Alcantar,
la más callada de todas. La partería la lleva en su linaje y hasta en
su nombre. Ella no sabía qué significa Yoalty hasta hace un año, cuando
una partera que estaba pasando también una temporada en Tijuana se lo
dijo. “Yo jamás me imaginaba que me iba a decir que mi nombre proviene
del náhuatl, es Yoalticitl y lo más interesante es que significa
guardiana de los nacimientos. Muy fuerte”. Aunque ella no la conoció, su
bisabuela también fue partera en su comunidad, en Michoacán.
En la época prehispánica, las parteras eran una figura de prestigio
La partería tradicional en México es un oficio milenario. Según datos
oficiales, los primeros registros son de la época prehispánica, y era
practicada principalmente por mujeres. En aquellos tiempos, las parteras
eran una figura de prestigio, pero con la colonización y el imperio de
la religión católica, la situación cambió drásticamente. Se prohibieron
algunas prácticas y las parteras fueron estigmatizadas.
En el salón de la casa para partos en Playas de Tijuana hay una
estantería blanca sobre un fondo pintado de amarillo claro. Está llena
de tinturas de medicina tradicional. Debajo, sobre una mesa, se
amontonan bolsas con medicamentos chinos. Ximena Rojas cuenta que son
donados. “Nuestro modelo está enfocado en la medicina integrativa, donde
trabajamos con la medicina natural, acupuntura, todas las técnicas que
se puedan naturales, y después vamos escalando a otras situaciones”,
dice. “Desafortunadamente, muchas de las usuarias que vienen a nuestros
servicios han sido asaltadas sexualmente en la migración. Eso también ha
sido un reto porque hemos tenido que estar navegando con diferentes
organizaciones para encontrar grupos de defensa de la mujer. Incluso,
casos de trata”, explica.
Desde el sofá en el que habla Rojas, en la planta baja de la casa, se
ve la puerta entreabierta de una de las habitaciones donde se realizan
los partos. A la piscina hinchable que hay entre la cama y la ventana la
está dando la luz suave de la tarde, entre ocre y anaranjada. Ahí las
mujeres tienen a sus bebés de manera natural, en el agua. De encima de
la cama, Lupita Galarza ha recogido una pelvis de plástico y ha
explicado cómo se mueven esos huesos, la flexibilidad en el parto y por
qué algunas posiciones son mejores que otras para facilitar que nazca el
bebé. Ha contado que la postura que se suele utilizar en las clínicas a
la hora de dar a luz tiene un origen cercano al fetiche de un rey
caprichoso. Según esa teoría, fue Luis XIV de Francia
el que puso de moda esta postura, para que él pudiera ver bien a las
mujeres mientras daban a luz a hijos suyos, aunque para ellas resultara
mucho más incómodo.

Varias parteras en la consulta.
Alejandra Martínez y Samuel Karchmer publicaron
un estudio en 2022 que recoge que, en México, más del 90 por ciento de
las mujeres que viven en las grandes ciudades tienen su parto en
hospitales. La investigación afirma que se dan índices elevados de
episiotomías y cesáreas, que están directamente relacionadas con un
“elevado nivel de medicalización de la atención materna en estos
lugares”. Según Martínez y Karchmer, estos procesos implican
intervenciones innecesarias y “descuida las necesidades emocionales de
las embarazadas”.
Un estudio sobre la atención prenatal en el Instituto Mexicano del
Seguro Social (IMSS), uno de los hospitales públicos de Tijuana, va más
allá y reporta que entre 2005 y 2011 hubo 19 muertes directamente
relacionadas con causas obstétricas. En un informe
de la CNDH se reivindica el reconocimiento de las parteras
tradicionales “como agentes que pueden colaborar en la reducción de la
mortalidad materna”. Los objetivos del grupo que lidera Rojas están
alineados con esa idea: ofrecer una alternativa de cuidados a las
embarazadas que evite cualquier tipo de violencia. “Es otro concepto de
atención, estamos más unidas con la mujer embarazada, las consultas son
mucho más a fondo en comparación con el médico, que no te pregunta cómo
estás de tus emociones, cómo estás con tu familia. Esta unión que
hacemos con mamá, papá y pues tal vez hasta la suegra también, hace ya
una red de apoyo para la mujer”, cuenta Yoalty Aylin Alcantar.
De las calles a la clínica
“Hola, bebé”, dice Maritere Salazar a la tripa de una embarazada. La
mujer está estirada sobre una camilla y la partera le va masajeando la
tripa con una pomada. Luego le pasa por encima un aparato que se llama
Doppler y que sirve para escuchar el corazón del bebé. El bebé se mueve y
la partera le vuelve a hablar: “Gracias por responder”. Le acerca el
aparato a la madre para que escuche el corazón de su hijo y ella sonríe
con felicidad. Se escucha fuerte. El bebé patea de vez en cuando dentro
de la tripa. Maritere Salazar le dice a la madre que todo está bien.
En las horas en que el tráfico no es excesivamente pesado en Tijuana,
se puede tardar alrededor de media hora desde la casa de las parteras
hasta la clínica, la otra pata del colectivo Justicia en Salud, donde se
realiza la atención primaria. Esa clínica es un conglomerado, una unión
con otros colectivos, el resultado de una evolución.
Desde la atención a mujeres en las calles, Ximena Rojas pasó a
atender también en los albergues para migrantes. Ella dice que, según la
ley, deberían recibir a las mujeres migrantes en los hospitales, pero
que en la práctica a veces no ocurre: “Sobre todo para las familias en
tránsito, que tú les digas vete a otro hospital es bien complejo. A
veces no hay dinero ni para pagar un taxi…”.

Una mujer migrante, embarazada.
En uno de esos albergues está Marta Loza, nombre
ficticio para proteger su identidad. “Ayer amanecí con dolores. No se
está en paz la bebé. Es niña”, dice. Está de nueve meses y lleva tres en
Tijuana, esperando para poder cruzar “cuanto antes” a Estados Unidos.
Se vino embarazada porque su marido la maltrataba: “Es traficante. Me
vine para acá, no me quedó otra opción. Tengo miedo porque él me marca
[llama] a veces y me dice que me va a quitar mi bebé”. En el tiempo que
lleva en Tijuana ha estado visitando con el colectivo de parteras.
Edeleine es de Haití y lleva cuatro meses en el
mismo albergue que Marta. En su país era profesora y dice que le gustan
mucho los niños pequeños. Está embarazada de seis meses y quiere que el
bebé nazca en Estados Unidos. En este hogar temporal duerme con su
marido en una litera en un segundo piso, así que cada día tiene que
subir y bajar escaleras. Cuenta que es difícil, porque tiene dolores. La
pareja conoció la clínica de las parteras a través de unos amigos que
se la recomendaron, y Edeleine también se está tratando allí mientras
espera a poder entrar a Estados Unidos.
Esa espera puede alargarse incluso años. El tiempo que se tarda en
conseguir el asilo para cruzar de forma legal. Por eso, las parteras
pueden llevar un seguimiento médico de las mujeres embarazadas.
En los albergues, unos años atrás, Ximena Rojas empezó a conocer a
otras personas voluntarias y se fueron organizando. En 2018 acabaron
cofundando Refugee Health Alliance, organización detrás
de la clínica donde atienden a mujeres como Edeleine o Marta. El local
es un espacio cuadrado, de paredes blancas, con una fila de sillas gris
claro al lado de la entrada, pegadas contra la pared. Colgadas hay fotos
de bebés, un gráfico de las etapas de embarazo, imágenes de mujeres
dando de mamar, dibujos hechos por niños y niñas…
Al fondo están las camillas donde auscultan a las embarazadas,
separadas de las sillas de la entrada por estanterías llenas de
diferentes medicinas, la mayoría chinas, como las que hay en la casa
para partos de Playas de Tijuana.

Diferentes objetos que usan las parteras.
Esa es la parte de la clínica que pertenece al área de Justicia en
Salud. Ahí está todo lo relacionado con salud reproductiva y embarazo.
Hay dos áreas más, separadas por paredes. Está la parte médica, que es
Resistencia en salud; y otra parte, muy importante, que es Dignidad en
salud, donde hay regaderas [duchas] para que las personas que lo
necesiten se metan a bañar y si no traen una muda de ropa, les disponen
una. “Son tres cosas bien unidas. Cuando aquí hay algo que no sabemos,
las mandamos para allá, y ellos cualquier embarazada con cualquier cosa,
nos la mandan”. Lo cuenta Maritere Salazar sentada en el mostrador de
cristal a la entrada de la clínica, y ese ejemplo práctico lo utiliza
como muestra de lo que para ella es importante: que la partería
tradicional esté integrada en los servicios de salud médicos, en los
hospitales. No lo pide solo ella, es una reclamación bastante extendida
en este sector de la partería. El 5 de mayo de 2021, Día Internacional
de la Partera, en Ciudad de México se reunieron varios colectivos
para compartir conocimientos y debatir los retos de esa profesión. Algo
de lo que se habló allí tenía que ver con las dificultades que enfrenta
la partería tradicional en centros de salud y clínicas, aunque también
destacaron la necesidad de acceder a capacitación para que no se pierdan
sus técnicas y pidieron que se cree una certificación oficial. Desde la
Secretaría de Salud de México se anunció
en septiembre de 2022 que estaban trabajando en una norma que refuerce
la partería tradicional, pero todavía no ha habido nada más allá.
Sentada en la recepción de la clínica, Maritere Salazar también dice
que hay días tranquilos, en los que atienden alrededor de 15 pacientes, y
otros más frenéticos en los que ven a más de 45 mamás. Mujeres en
tránsito, recién llegadas a la ciudad o que están esperando a que les
acepten el asilo en Estados Unidos. Aunque la frontera por donde se
cruza está a menos de diez minutos a pie de la clínica, para ellas a
veces se aleja indefinidamente.