"El libertarismo de Milei, que lo lleva hoy a reivindicar a un dictador sanguinario, significa llanamente estar libre de escrúpulos".

El 3 de septiembre pasado, en el contexto del Foro de Madrid, es decir, una reunión internacional de las derechas más representativas de América Latina, el Presidente argentino Javier Milei habló en Santiago de Chile para tratar de articularse en pos de combatir a los “zurdos mugrosos”.
La jerigonza y coprolalia de Milei no es absolutamente nada nuevo. De hecho, se ha tratado de una estrategia exitosa para que los personajillos de su tipo, que no encajan en ningún partido político por carecer de límites normales, transiten de las cloacas mediáticas a la competencia política; es decir, de la marginalidad al centro, haciéndose pasar por llaneros solitarios que atacan a todo el statu quo político cuando en realidad dependen de él para avanzar, como fue el caso del desprolijo argentino, que debió aliarse al macrismo y remanentes de la última dictadura de su país y empresarios como Eduardo Eurkenian para volverse Presidente en 2023.
Que ese personaje estridente y sádico, que disfraza de un supuesto individualismo económico su enfermiza incapacidad de socializar sanamente, hable de “zurdos mugrosos” o “zurdos de mierda” en una reunión de fachas no tiene ya nada de original y solamente recrudece a los modos flemáticos y sosos de otras derechas del continente.
Pero más que el contenido del mensaje de Milei, vale la pena resaltar el escenario y los destinatarios. Porque ahí, en Chile, el dizque libertario argentino se dedicó a tres cuestiones fundamentales; fustigar a los zurdos; despotricar contra el Presidente español Pedro Sánchez; y, en algo destacable por su miseria, fue a hablar en tono laudatorio del exdictador chileno Augusto Pinochet, aunque no lo haya mencionado.
En una rabieta anacrónica, el porquerizo Milei reivindicó el golpe de Estado pinochetista a escasos días de que se celebre su 53 aniversario. Y lo hizo con un discurso indigno, alegando dos cuestiones: la primera, que Allende era “comunista”; y la segunda, que el derrocamiento trajo supuesta estabilidad económica al país sudamericano por 40 años, lo que lo volvió la “envidia” regional.
Así, Milei refrió las viejas taras autoritarias del siglo XX. Su discurso en nada se diferencia de las sandeces que dijo Moors Cabot, quien en 1954 le presumió al Embajador brasileño en Washington que deliberadamente su país había mentido con que Jacobo Árbenz en Guatemala era comunista para facilitar su derrocamiento ilegítimo; ni se distingue de los berrinches antidemocráticos de Claudio X. González Laporte, que en 2006 acusaba que, si López Obrador ganaba, habría que hacer un golpe como a Allende.
Pero en esta zahúrda de personajes grotescos, es necesario resaltar cuatro cuestiones de por qué la figura de Pinochet es intolerable.
La primera de ellas, porque Pinochet se trató no sólo de un anticomunista estándar respaldado por la peor directriz de la política exterior norteamericana del siglo XX. Se trató también de un traidorzuelo oportunista. Un tipejo acomplejado que le tenía un resentimiento brutal a los militares progresistas Carlos Prats y René Schneider, ya que ellos fueron siempre brillantes y respetados en la armada chilena, mientras el lerdo Pinochet era visto como un grisáceo que apenas logró pasar sus materias.
Inmerso en el entorno de Allende en 1970, Pinochet fingió lealtad y simuló al máximo su teatro, incluso al ser el comandante que derrotó un primer intento de golpe de Estado contra Allende el 29 de junio de 1973, denominado "El tanquetazo", perpetrado por Roberto Souper, a quien el doble cara Pinochet neutralizó, pero sólo para copiarle las mañas y encabezar él miso el golpe definitivo dos meses después.
El segundo elemento es el siguiente. Después de perpetrar el antidemocrático golpe de Estado, Pinochet implementó un fallido proyecto económico que hizo agua en 1975, ante lo cual importó a rajatabla los dogmas neoliberales, removió a su Ministro de Economía Fernando Léniz para enquistar a Sergio de Castro, y fue respaldado por una serie de economistas de la Escuela de Chicago, como Hayek y Friedman, donde el primero escupió que era mejor una dictadura liberal que una democracia sin liberalismo. Así, mientras el proyecto neoliberal se iniciaba en el mundo anglosajón por la vía de las urnas, con los triunfos horribles pero legales de Reagan y Thatcher, en América Latina el neoliberalismo se abría paso por la vía antidemocrática de la dictadura y la imposición militar.
El tercer elemento es que Pinochet profundizó una herida ya abierta desde 1954 en América Latina con el primer golpe de Estado de la Guerra Fría interamericana en la región en Guatemala, y eso fue el de llevar las Dictaduras de la Seguridad Nacional a su punto culminante: la Operación Cóndor. El golpe chileno de 1973 fue represor y persecutor despiadado contra todo tipo de opositores democráticos. Muchos de ellos se refugiaron en el país vecino, la Argentina, aún gobernada en ese año por la herencia peronista.
Pero en marzo de 1976 un nuevo golpe militar, encabezado por el asesino Videla, sacudió a los argentinos, que de ese modo comenzaron a padecer la peor dictadura del siglo XX en su tierra. La posición geográfica separada por los Andes, la afinidad ideológica, la paranoia anticomunista y la mentalidad criminal, generó puentes de comunicación entre las dictaduras chilena y argentina, porque entre los objetivos de Pinochet estaba el perseguir no sólo a los disidentes dentro del país sino a los que habían logrado huir.
Así, con la intención de atacar a posibles focos de organización anti-dictaduras fuera de las fronteras; Pinochet, Videla y el dictador paraguayo Stroessner instaron a la Operación Cóndor, un mecanismo de represión selectiva contra personajes notables y de coordinación supraestatal que pretendía que los disidentes estuvieran acechados en cualquier país del Cono Sur e incluso otras regiones, y, con redes logísticas y militares coordinadas, las dictaduras pudieran atrapar y castigar, usando recursos de los otros regímenes criminales militares aliados, a perseguidos donde quiera que se encontrasen y aunque hubiera podido huir de su país de origen.
El cuarto elemento es la brutalidad sanguinaria que perpetró Pinochet. Con 40 mil víctimas entre asesinatos, desapariciones, tortura y presidio político; el golpe inenarrable contra los derechos humanos que significó el pinochetismo fue tan hondo, tan multicriminal y tan oscuro, que incluso la política exterior estadunidense debió desentenderse del carnicero chileno. En un episodio histórico, el gobierno de James Carter en Estados Unidos puso de manifiesto su escepticismo ante el salvajismo pinochetista, y se recuerda la frase del criminal Kissinger, quien respecto a Pinochet decía que necesitaban un cirujano y contrataron a un carnicero.
Ya para que un criminal de Guerra como Kissinger vea con desdén a un asesino lerdo como Pinochet es porque la situación chilena era de una gravedad abismal, misma que, ante las múltiples denuncias internacionales sobre derechos humanos y presión del entorno global; terminó desprestigiando a todos los regímenes militares anticomunistas latinoamericanos en su conjunto. No puede entenderse el proceso de democratización del fin de siglo XX en América Latina -así haya sido limitado y poco fructífero- sin entender el desgaste de las dictaduras militares de la región. Y no puede entenderse este desgaste sin la imagen real de un Pinochet sanguinario, corrupto, criminal en todo orden, que terminó mal visto incluso por la égida estadunidense.
Este último punto debería ser más que suficiente para saber que el pinochetismo en Chile dejó sólo sangre, destrucción y fracaso. Miles de muertos y desaparecidos y torturados inocentes. Una economía que aunque se pregonó ejemplar asedió a los derechos laborales de los chilenos. Y un país fracturado, sangrante, donde hasta 1970 había cierto consenso incluso de tintes progresistas (porque hay que recordarlo, en la elección que ganó Allende en ese año, sus adversarios tenían muchas coincidencias programáticas con él) y el anticomunismo rabioso era una expresión minoritaria, que creció a causa de las mentiras y violencia ejercidas por el propio Pinochet y sus adláteres en medios.
Por esas razones, Pinochet debió lanzarse al basurero de la historia y al excusado de una cárcel, donde en un acto de justicia legal y poética murió su vecino y colega Videla en 2013. Pero no. La derecha chilena lo sacó de la alcantarilla y hoy es una referencia central del gobierno de Kast, quien por cierto actuó en campañas propagandísticas a favor de Pinochet en el plebiscito de 1988.
Que hoy Milei haya ido a reivindicarlo en Chile es un signo ominoso. Sobre todo al venir de un Presidente de Argentina, país que a diferencia de su vecino chileno y de todas las demás dictaduras, fue el único que sí castigó a muchos de sus dictadores. Milei busca con ello hacer lo que siempre ha hecho: tratar de correr los límites de lo tolerable; decir sandeces que el sentido común y la historia han rechazado ya para tratar de insertarlos y validarlos en la conversación pública.
En eso consiste la libertad de Javier Milei. No en una ausencia de barreras estatales para que los individuos interactúen en un beneficio común. El libertarismo de Milei significa llanamente estar libre de conocimiento histórico; libre de decencia y libre de la sensibilidad mínima que debe imperar en cualquier persona sana. En resumen, el libertarismo de Milei, que lo lleva hoy a reivindicar a un dictador sanguinario, significa llanamente estar libre de escrúpulos.
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