Un Quijote en Tenochtitlán
Juan Carlos Monedero
Noelia, Dios, la eutanasia y el infierno
"Noelia ya no está con nosotros pero los interrogantes que nos ha dejado siguen abiertos porque expresan una suma de fracasos".
Noelia Castillo era una joven de 25 años de Sant Pere de Ribes, en Barcelona. Se ha hablado mucho de ella y los grandes medios de comunicación, que son carroñeros sin escrúpulos, se han metido en su vida privada, han mentido sobre lo que le pasó, han aprovechado para disparar contra la izquierda, han contado cosas de su vida que sólo debiera conocer ella y han podido convertir algo realmente grave en la antesala de un circo.
Cada vez que hay un debate social hay algo claro: los grandes medios de comunicación, vinculados a la derecha y a la extrema derecha, se llenan un poco más de mierda. Si Noelia hubiera sido estadounidense, seguro que Paula White, la responsable de la Oficina para la Fe de Trump, le hubiera pedido dinero para que así se “salvara”, como hace constantemente con sus seguidores. Las asociaciones religiosas ultras son sacadineros de gente ignorante que encontraría más paz dejando los salmos y agarrando un tirachinas.
Además del daño que le ha causado los medios, están los responsables de haber alargado su sufrimiento 601 días, su propio padre y la asociación ultra católica Abogados Cristianos, quienes la han tenido en un abismo judicial: hablando de malos cristianos que no saben nada de compasión, debiera existir el infierno sólo para que los que ganan dinero con el sensacionalismo y con el dolor de los demás, ardan toda la eternidad.
Noelia ya no está con nosotros pero los interrogantes que nos ha dejado siguen abiertos porque expresan una suma de fracasos. Noelia quedó parapléjica tras un intento de suicidio en octubre de 2022 después de varias agresiones sexuales, la última una grupal en 2022 aún sin resolverse. Solicitó la eutanasia en abril de 2024. Su petición fue aprobada en julio de 2024 por la Comisión de Garantía y Evaluación de Cataluña, tras pasar los controles previstos en la ley y la decisión de hasta cuatro jueces.
La eutanasia estaba prevista inicialmente para el 2 de agosto de 2024, pero su padre, con apoyo de Abogados Cristianos, inició una batalla judicial para frenarla alegando que Noelia no tenía plena capacidad para decidir. El procedimiento quedó detenido y el caso pasó por varias instancias judiciales, que terminaron validando su capacidad y su derecho a recibir la prestación. Noelia tenía toda la capacidad para tomar esa decisión y no se le ha concedido por depresión ni nada que se le parezca: la depresión se puede tratar. Pero los dolores terribles que padecía y el necesario uso de cada vez más drogas y más fuertes para paliar el sufrimiento hacían del escenario de 60 años de vida por delante en esas condiciones algo comprensiblemente inaceptable.
Finalmente, Noelia recibió la eutanasia el 26 de marzo de 2026, después de 601 días de espera desde que la pidió. Su caso ha abierto un debate público y político sobre la ley de eutanasia, sobre los recursos judiciales para bloquearla de que disponen los que hacen un uso bastardo de la ley y la necesidad de agilizar los procedimientos en casos urgentes
La pregunta más importante para un ser humano tiene que ver con la vida, con este misterio que hace que corra la sangre por nuestras venas, que la respiración nos llene los pulmones, que tengamos memoria y que, a fuerza de pensarnos a nosotros mismos, necesitemos pensar a los demás. La pregunta sobre la vida es tan importante que sólo puede estar llena de dudas cuando es a la razón a la que preguntamos.
Esa pregunta por el hecho de estar vivos nos lleva a preguntarnos qué vida merece la pena ser vivida, si las vidas deben tener las mismas oportunidades, si la vida tiene sentido, qué significa la muerte, si somos responsables de nuestra vida o le cedemos esa responsabilidad a alguien o algo, si el suicidio sigue siendo la pregunta filosófica más relevante en un mundo donde hemos decidido, al menos en las Constituciones, que la vida es un valor incuestionable.
No fue por tanto apropiada la presencia de personas supuestamente cristianas contrarias a la eutanasia ante la residencia-hospital Sant Camil, entonando cánticos y proclamas, justo en los instantes en los que Noelia esperaba morir en paz acompañada de los recuerdos felices que tenía. Hay que ser muy hijo de Satanás para intentar arruinarle los últimos momentos de vida a una persona que ha sufrido tanto. Por cierto, con demasiada frecuencia, esta gente también está en contra del aborto, pero nunca están en contra de que los niños trabajen, que los niños no tengan escuela, que no tengan sanidad pública o que no tengan electricidad, como le pasa a los niños de la Cañada Real en Madrid. Quizá es porque para estos cristianos ultras los niños gitanos no son hijos de Dios.
En este mundo donde los dictadores hablan tanto de libertad, conviene resaltar que son los que hablan de libertad quienes siempre quieren frenarla cuando la libertad es la de los demás.
La ley que regula la ayuda a morir en España (que hace referencia tanto a la eutanasia como al suicidio asistido) no tuvo apenas discusión pública cuando se aprobó en marzo de 2021. Todo lo contrario a lo que pasó en los años ochenta del siglo pasado con el aborto y el divorcio o con el matrimonio de parejas del mismo sexo y la adopción por parte de parejas homosexuales en 2005, que movilizó a la iglesia y a la derecha política que aprovechó para intentar tumbar el gobierno de Zapatero. La ley de eutanasia expresaba un gran consenso social, incluso entre católicos, al que ayudaron algunos casos de sufrimiento horrible y serenidad absoluta, como el de Ramón Sampedro, y su divulgación a través del cine, o de María José Carrasco. El debate en España siempre fue en torno a la autonomía personal, el sufrimiento irreversible y el derecho a una muerte digna.
El gran argumento de la “pendiente resbaladiza” que llevaría a una suerte de holocausto si se convertía en legal la muerte asistida no tuvo tanta repercusión como el apocalipsis al que, se advertía, hoy sabemos que sin mucha razón, llevaría el divorcio ya que acabaría con la familia, el aborto que desembocaría en un infanticidio cotidiano y los padres homosexuales que llevarían a la pedofilia y el infierno. El infierno está en Gaza y esas sectas de ultras no están con los que sufren
En sociedades capitalistas, donde tanto tienes tanto vales ¿puede ser la eutanasia el sueño capitalista para quitar de en medio a los superfluos? ¿Abre el caso de Noelia la pendiente para que vengan millones de eutanasias que se apliquen a pobres, discapacitados, parados de larga duración o ancianos? Es un argumento falaz: lo que quita de en medio a los superfluos tiene que ver con el modelo neoliberal y con que la no tenga medios suficientes para vivir.
La revista de medicina legal de Cambridge dice que “Los argumentos de pendiente resbaladiza aparecen regularmente cada vez que se propone un cambio social moralmente cuestionado. Tales argumentos suponen que todas o algunas consecuencias que podrían fluir de permitir una práctica particular son moralmente inaceptables".
Por lo general, los argumentos de “pendiente resbaladiza” afirman que respaldar alguna premisa, hacer alguna acción o adoptar alguna política conducirá a algún resultado definido que generalmente se considera incorrecto o malo. La “pendiente” es “resbaladiza” porque, se afirma, no hay puntos de parada plausibles entre el compromiso inicial con una premisa, con una acción o con una política y el resultado perverso que resulte. Por tanto, si es sensato evitar tales consecuencias futuras según esa proyección, lo conveniente sería no dar el primer paso. Como demostró Albert Hirschman en su esencial Retóricas de la intransigencia, es el argumento histórico de la derecha: no vas a cambiar nada, si logras cambiarlo será para empeorarlo, si lo cambias y lo mejoras será porque vas a romper otras cosas. En conclusión: no quieras cambiar nada.
Por lo tanto, se afirma que la legalización del aborto en circunstancias limitadas conduce a la pendiente resbaladiza hacia el aborto a pedido e incluso al infanticidio; y la legalización del suicidio asistido conduciría inexorablemente a la aceptación de la eutanasia voluntaria y, posteriormente, a la sanción de la práctica de la eutanasia no voluntaria, incluso la eutanasia involuntaria de individuos “indeseables”. Eso no es eutanasia: serían asesinatos.
A Noelia no la “autorizó” una sola persona. La autorizaron, en cadena, su médico responsable, un médico consultor independiente y la Comisión de Garantía y Evaluación de Cataluña, en concreto dos evaluadores designados por su presidente —un médico y un jurista—, y después la justicia confirmó que no había base para impedir la ejecución de esa decisión. Algunos han planteado que los médicos de la Comisión de Garantía y Evaluación de Cataluña eran médicos vinculados a la sanidad privada. Si bien es cierto que sería conveniente que esa Comisión la configuraran médicos de la sanidad pública, pues es a la que le corresponde el bienestar general de la población, pretender que esos médicos pueden ser una suerte de Mengele no deja de ser sensacionalismo, aunque venga desde la izquierda.
Los fallos sociales en el caso de Noelia tienen que ver con los 600 días de sufrimiento alargado por culpa de leguleyos, tiene que ver con la falta de apoyo psicológico cuando tuvo las agresiones, tiene que ver con el mismo hecho de que sufriera agresiones sexuales, tiene que ver con la precariedad en la que vivía su familia, tiene que ver con una sociedad que se ha endurecido en exceso y que confunde los términos cuando aplica la violencia negando a una persona mayor de edad a decidir acabar con un enorme sufrimiento con la pérdida de compasión en nuestras sociedades, pérdida de empatía que tiene que ver con el modelo económico y la falta de respeto a los derechos humanos.
La libertad nunca hace daño a los pueblos. Es curioso que sean los que se llaman a sí mismo, con abuso, libertarios, como Javier Milei, Isabel Díaz-Ayuso, Ricardo Salinas Pliego, Donald Trump o los pentecostales que celebran cuando caen bombas sobre niñas iraníes o palestinas, quienes nieguen la máxima expresión de la libertad de un ser humano, que es disponer de su propia vida. Los que nos quieren condenar a vidas miserables, a vidas sin calidad, a un medioambiente podrido, a trabajos precarios, a viviendas infrahumanas, a la guerra (a la que no mandan a sus hijos) no quieren que tengamos el derecho a acabar con el sufrimiento de una enfermedad incurable y dolorosa porque una sociedad que decide sobre estas cosas, es una sociedad más desobediente. Y los que nos hablan tanto de libertad, no quieren en verdad que seáis libres, no vaya a ser que os acostumbréis a no obedecerles.
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