"El nuevo PAN, convertido en nido de ultras, cedió el mando a oligarcas y devotos de Trump que direccionan vuelo a la órbita de Washington".

El Partido Acción Nacional (PAN) abrazó entre máscaras la radicalización. Un día envuelve su retórica en la bandera “patria” y al otro colabora con la Agencia Central de Investigación (la CIA estadounidense) de forma encubierta. Por la mañana llama a la “reconciliación nacional” y por la noche patrocina provocadores del extranjero. El escándalo en Chihuahua bajo la Gobernadora Maru Campos y la visita a México de Isabel Díaz Ayuso son dos señales inequívocas de un partido que nutre una de las versiones más radicales desde su fundación. En el mejor caso, el PAN mudó su orientación ideológica desde la derecha blanda a la derecha dura. En el peor, escenario de creciente plausibilidad, libra un duelo interno entre una facción conservadora tradicional y otra ultraderechista emergente que abreva del extremismo global. “Cuando llegues a una bifurcación en el camino, tómala”, decía el pelotero Yogi Berra.
Disociar a la Gobernadora panista Maru Campos de los juegos de máscaras es imposible. Ejemplos sobran. En gobiernos pasados, integró una red de protección política y presunta nómina secreta del exgobernador César Duarte. Como candidata, Hernán Gómez documenta en su libro Traición en Palacio los intereses tras bambalinas de Julio y Hugo Scherer. Y en el más reciente capítulo de un mamotreto de controversias, las operaciones encubiertas en Chihuahua —catalogables como traición a la Patria— sugieren que el PAN es más cercano a un gobierno como el de Trump que el de Sheinbaum, escenario posibilitado por la retórica incendiaria de legisladores y dirigentes que abusan de etiquetas como “narco-partido” y “narco-Gobierno”.
Ricardo Salinas Pliego, oligopolista que construyó una fortuna entre parasitaria y rentista bajo gobiernos facilitadores, está convertido en el nuevo Claudio X González del PAN. A plena luz del día, el magnate pendenciero nutre a públicos radicalizados combinando los insultos de Milei con las tácticas de Trump para crecer su influencia en todo el arco político a la derecha de Movimiento Ciudadano, que incluye en lugar destacado al PAN. Sin pudor ni recato, reparte halagos y recursos mediáticos —de alto valor monetario— para impulsar a figuras como Maru Campos, a quien ha proyectado públicamente como carta de la oposición para la candidatura presidencial de 2030, en un presunto intercambio de favores. Para sorpresa de nadie, investigaciones periodísticas locales han denunciado que el Gobierno de Chihuahua otorgó 11 contratos de publicidad oficial a TV Azteca en los primeros cuatro años de la Administración de Maru Campos. Favor con favor se paga.
En complicidad con gobernadores y la dirigencia nacional del PAN, Salinas Pliego fue quien también tendió la mano a Isabel Díaz Ayuso en una visita a México que coleccionó controversias. En agradecimiento (¿pago?), la Presidenta de la Comunidad de Madrid, catalogada como trumpista en España, llevó su discurso libertario a la universidad de Salinas Pliego y sostuvo un encuentro con el magnate. Entre otras afinidades, ambos comparten una ferviente devoción por el Partido Republicano, como da fe la reciente participación de Ayuso en la The Hispanic Prosperity Gala, un evento de alto calado ideológico celebrado en la residencia privada de Trump en Mar-a-Lago, Florida. En ese acto político, Ayuso concedió la Medalla Internacional de Madrid a Estados Unidos, afirmando que es "el principal faro del mundo libre". Para despejar dudas, los últimos galardonados por Ayuso fueron Edmundo González Urrutia (2026) y Javier Milei (2024).
En política, los homenajes y la pleitesía a extranjeros dicen mucho sobre los referentes y la estrategia de un partido. Como prolegómeno de la vía indirecta a Trump, es decir mediante una red global de aliados, que el PAN haya tomado por lema nacional “Patria, familia y libertad” daba pistas de su acercamiento al extremista Vox y a su socio en muchos gobiernos de España, el Partido Popular (PP) de Ayuso, que a su vez ha rendido tributos en España a colaboradores como Enrique Krauze, aliado (¿proveedor?) de la Universidad de la Libertad de Salinas Pliego, y a otras figuras de Atlas Network, encabezada en América Latina por Roberto Salinas León, primo del oligarca. El círculo se cierra.
Ante el cúmulo de críticas en España y México, ¿fue acaso una estrategia fallida del PAN invitar a una admiradora de Trump, como Ayuso, o más bien una confirmación del volantazo dado por mandamases radicalizados? Como sea, el sello de partido vendepatrias o antisoberanista equivale a jugar una apuesta al doble o nada. Encuesta tras encuesta muestra que Trump carga un elevado rechazo en México, y el PAN podría contagiarse de una mayor imagen negativa. Si las elecciones intermedias son desfavorables a los republicanos y MAGA entra en crisis existencial, el PAN como socio encubierto compartiría parte del castigo.
Frente al circo extremista, cabe señalar que ciertos analistas evaden la etiqueta ultraderechista por un ovillo de (a) incomodidad frente al espejo, (b) vaguedad de las etiquetas políticas, (c) estrategia mediática para retener al votante mediano y (d) hasta una genuina subestimación del momento histórico. En cualquier caso, tratan al PAN con guante aterciopelado. Son o se hacen. La irrupción de Lilly Téllez, Gabriel Quadri y demás estridentes eran alertas tempranas que no vieron o no quisieron ver. Hoy día, la nueva generación de radicales, desde Ricardo Salinas Pliego hasta Alessandra Rojo de la Vega, toma los controles y con su irrupción desmiente cualquier hipótesis de las manzanas podridas, cada vez más implausible.
Quien tenga ojos para ver, que vea. El nuevo PAN, convertido en nido de ultras, cedió el mando a oligarcas y devotos de Trump que direccionan el vuelo a la órbita de Washington. Si no lo han hecho ya, en un descuido atarán su futuro al MAGA ultraderechista y neofascista: cuac, cuac. Si grazna y camina como pato, probablemente lo sea.
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