12/01/2017

Meade, el hombre del traje PRI


Bárbara Ester y Ava Gómez

CELAG

 Para las próximas elecciones de México, Enrique Peña Nieto designó a José Antonio Meade como candidato del PRI, avalado por las confederaciones trabajadoras del país, grupos de mujeres, jóvenes y movimientos territoriales del partido [1], lo que genera un entorno de cierto consenso en torno a la propuesta.

Al comenzar el gobierno de Enrique Peña Nieto, fue nombrado Secretario de Relaciones Exteriores, siendo el único Secretario de Estado proveniente del gabinete presidencial anterior que continuó al frente de una Dependencia Federal. Desde el 2015 dirigió la Secretaría de Desarrollo Social Federal y desde el 7 de septiembre de 2016 regresó al frente de la Secretaria de Hacienda y Crédito Público, cargo que ocupó hasta el 27 de noviembre de 2017.

La candidatura de José Antonio Meade ha sido promovida por los banqueros, quienes lo reconocieron como un candidato fiel al sector financiero tanto nacional como internacional. Elogiado por el gobernador del Banco de México y con el visto bueno de las agencias calificadoras de crédito, es reconocido por su intención de cumplir a rajatabla los pagos de sus deudas[2]. Además, es valorado por su versatilidad para moverse con soltura entre la clase política del PRI y el PAN [3].  Meade no milita de manera formal en ningún partido pero ha sido funcionario en dos administraciones federales del PAN y otras dos del PRI, además de ser hijo del priísta Dionisio Meade y sobrino nieto de Daniel Kuri Breña, uno de los fundadores del PAN en 1939-. Esta ambivalencia partidaria le ha acarreado ventajas: el pasado 23 de agosto fue inscrita su candidatura, quince días después de que el PRI amplió sus reglas de postulación permitiendo la incorporación de un ciudadano sin afiliación y trayectoria previa [4], en pocas palabras la confección de un traje a medida.

Paradójicamente, este estilo -al menos potencial- de transfuguismo político es percibido como una cualidad positiva en un contexto de imagen negativa del PRI. Según Luis Efrén Ríos Vega este concepto, a pesar de ser jurídicamente reciente, ha sido clave para entender las prácticas políticas de la transición democrática mexicana. Mientras que la unidad, disciplina y lealtad hacia la línea presidencial fueron la piedra angular de la consolidación del partido hegemónico, en la alternancia el transfuguismo es parte de la forma de “hacer política”. Ser un nómade de partido ofrece la posibilidad de ganar el poder de modo que la deslealtad o la disidencia partidistas comenzaron a ser eficaces en lo electoral y como forma de canalizar la oposición. El saldo: un transfuguismo electoral producto de la fragmentación partidista, ideológica y política [5].

Ahora bien, el camino hacia la Presidencia de México no está exento de complicaciones. Su talón de Aquiles son los conflictos de intereses y sus relaciones con personajes bajo sospecha de corrupción. El apoyo de Peña Nieto tampoco garantiza su triunfo en las urnas en julio de 2018. En los últimos tiempos a los candidatos priístas no les ha ido bien, exceptuando la victoria de Peña Nieto gracias al apoyo de una alianza de gobernadores del partido -actualmente se encuentra concluyendo su sexenio con una escasa valoración positiva-. Si bien la imagen del actual mandatario mejoró respecto del cimbronazo en septiembre del 2014 –cuando registró una caída libre que lo llevó a su punto más bajo luego del asesinato de 43 estudiantes de una escuela para docentes- persiste una proporción de dos a uno entre los que desaprueban su gestión y quienes la aprueban. De acuerdo con una encuesta de la firma Buendía & Laredo, publicada por el diario El Universal, el 31% de los mexicanos tiene una imagen positiva de su gobierno, mientras que el 64% lo rechaza [6]. En cuanto a las preferencias partidarias el último sondeo de la consultora mencionada anteriormente, arroja que en primer lugar se encuentra MORENA encabezada por AMLO con un 25% de intención de voto seguido de el PAN (19%) y el PRI (16%) [7].

Su perfil intencionalmente discreto no le impidió a Meade sacar provecho de su breve estancia en la Secretaría de Desarrollo Social (Sedesol) aun sin modificar ninguna de las estrategias de combate a la pobreza implementadas por su antecesora Rosario Robles. En un breve lapso -sólo 378 días– comenzó a realizar una intensa campaña política para posicionarse en la administración peñanietista, encabezando nada menos que 246 actos públicos. Los viajes desde su cargo en Sedesol le permitieron tejer alianzas con actores clave del país, las cuales quedaron plasmadas en 85 acuerdos o convenios, a razón de uno cada cuatro días. También le permitieron reforzar sus vínculos con gobernadores, alcaldes, empresarios, banqueros, líderes de organizaciones campesinas y ganaderas, militares, académicos y representantes religiosos. A comienzos de 2017, Meade firmó con los gobernadores de las 32 entidades federativas un “Convenio por un México sin pobreza” [8].

No faltan quienes afirman que su mala administración desde la Secretaría de Hacienda –prácticamente en quiebra- y la falta de trayectoria militante inhabilitan una candidatura sólida de Meade. Sin embargo, constituye la opción de quienes desconfían de la “amenaza populista” de Andrés Manuel López Obrador (AMLO), al tiempo que le permite al PRI llevar a un candidato “ciudadano” que no está directamente asociado a los escándalos de corrupción [9].

Meade representa un nuevo acercamiento del PRI a los sectores empresariales, identificando de esta forma un discurso atravesado por un enfoque económico más superficial, sin tener en cuenta que sus gestiones fueron ampliamente cuestionadas; durante su gestión cayó la producción petrolera y se aprobó el gasolinazo, el ocultamiento de millones de mexicanos y mexicanas pobres luego de que el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) cambiara el método en la forma de medir el ingreso, mejorando las estadísticas pero sin repercusión en la vida de las personas [10].

Por último, cuenta con una trayectoria política marcada por dos factores: su amplia experiencia en sectores relacionados con la economía –su desempeño como Ministro de Hacienda y en PEMEX [11] – y su labor en relaciones internacionales. Estos dos ámbitos de experiencia son funcionales precisamente en un punto álgido de la política mexicana, donde uno de los debates más centrales es la renegociación del TLCAN.

 

Notas

[1] http://www.elfinanciero.com.mx/nacional/meade-se-reune-con-mujeres-y-jovenes-en-la-sede-del-pri.html

[2] http://www.jornada.unam.mx/2017/11/28/opinion/006o1eco

[3] https://www.vice.com/es_mx/article/8x5j7z/vice-news-la-recetas-del-doctor-meadeuno-de-los-presidenciables-en-mexico

[4] http://www.animalpolitico.com/2017/08/pri-candidatos-ciudadanos/

[5] https://revistas.juridicas.unam.mx/index.php/cuestiones-constitucionales/article/view/5886/7816

[6] http://interactivo.eluniversal.com.mx/interactivos/external/graficos/online/PDF_17/PDF-encuestaEVALUACION.pdf

[7] http://interactivo.eluniversal.com.mx/online/PDF_17/PDF-panoramaCOMICIOS.pdf

[8] http://www.proceso.com.mx/454756/jose-antonio-meade-sigiloso-aspirante-prianista

[9] http://www.proceso.com.mx/454723/meade-amasiato-funcional

[10] http://www.bbc.com/mundo/noticias-america-latina-36872294

[11] http://www.celag.org/mexico-cronica-de-una-privatizacion-encubierta/ 

Bárbara Ester y Ava Gómez son investigadoras de CELAG.

Fuente original: http://www.celag.org/meade-hombre-del-traje-pri/

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