1/20/2010

Horizonte político

José Antonio Crespo

El fatal primer paso

En el debate nacional sobre temas diversos, es frecuente oír que tal o cual cambio, tal o cual reforma, no debe hacerse porque podría implicar “el primer paso” a algún tipo de desastre. Así, podemos escuchar que no es deseable la reelección legislativa porque significa “el primer paso” a la reelección de gobernadores y presidente. En su momento se dijo, también, que abrir los contratos de riesgo en materia petrolera supondría “el primer paso” a la privatización total. O que cualquier embate al sindicalismo corporativo constituye “un primer paso” para erradicar al sindicalismo mexicano. Y que la figura de “afirmativa ficta” que agilizaría el proceso legislativo en temas prioritarios, sería “el primer paso” al gobierno por decreto. O que elevar el umbral de votos para que los partidos políticos mantengan su registro, representa “el primer paso” al bipartidismo. Cualquier cambio, cualquier ajuste, cualquier corrección, más allá de su racionalidad y límites, constituyen desde esta óptica un primer paso al desfiladero. Como si ese primer paso fatalmente diera lugar a un movimiento incontenible, hasta conducirnos al precipicio.

Se trata de una lógica que, de ser tomada en serio, nos condena a la inmovilidad absoluta, a la parálisis, al anquilosamiento institucional. Pero es un razonamiento falaz, porque si lo que se busca es un punto más equilibrado entre los extremos cuando se está en uno de ellos, cualquier movimiento hacia ese punto medio también será un paso (o dos o tres) hacia el otro extremo (cuyo alcance requeriría, por ejemplo, no dos o tres pasos, sino diez). Así, entre el extremo de la privatización total de Pemex y el de la estatización total (que hoy rige), se podría pensar en una situación más equilibrada, como la que ya posee, por ejemplo, Petrobras. Pero una reforma concebida con esa dirección es de inmediato descalificada como “un primer paso”, oculto, tramposo, disfrazado, hacia el otro extremo: la privatización total de la empresa. Igualmente, entre el polo de un reeleccionismo presidencial sin límites (que conlleva un riesgo dictatorial) y el otro extremo, no tener reelección consecutiva para ningún cargo de elección popular (y que implica una representación política trunca), existe un punto intermedio (como el que se plasmó justo en la Constitución de 1917). Sin embargo, para alcanzar ese equilibrio (con el cual, es cierto, no todos están de acuerdo), se deben dar algunos pasos en dirección del reeleccionismo, por lo que dicha propuesta es acusada de ser una maniobra velada cuyo verdadero interés es restaurar la reelección presidencial ilimitada (a favor de quién sabe quién).

La democracia liberal y la economía funcional están constituidas por múltiples puntos de equilibrio, y de hecho se conciben como un andamiaje institucional de balanzas, controles y contrapesos, pues son éstos los que la dotan de eficacia, sin que por ello se pierda un sentido esencial de justicia. Así, si se tiene clara la diferencia entre el punto de equilibrio (o uno cercano a él) y uno de los extremos de la gama respectiva (en cualquier tema), no tendría por qué descalificarse cualquier paso que lleve de un extremo al punto medio, aunque ello implique un movimiento en dirección del polo opuesto. Lo consecuente para quien busque tales equilibrios (una vez habiendo sido comprendida y aceptada su racionalidad) es impulsar un movimiento limitado, moderado, en la dirección correcta, pero dispuesto a detenerlo una vez que haya cruzado el punto buscado, pues, entonces sí, de no ser contenido, podría irse al extremo opuesto, con lo cual la ventaja de la reforma misma quedaría anulada.

Pero son dos momentos distintos, dos procesos diferentes, que pueden perfectamente dar lugar a dos propósitos distintos y a dos movilizaciones de diversa índole, sin que ello implique una contradicción. ¿Se puede estar a favor de la reelección legislativa, y al mismo tiempo en contra de la reelección presidencial? Sí. ¿Se puede respaldar cierta apertura y flexibilización de Pemex, y simultáneamente estar en contra de su absoluta privatización? Sí. ¿Es posible estar en contra del corporativismo sindical, y además estarlo en contra de la desaparición del sindicalismo? Sí. ¿Puede ser congruente impulsar las candidaturas independientes a nivel de diputado y senador, pero oponerse a la misma figura aplicada a gobernadores o presidente? Por supuesto. Pero el temor de pasar de un extremo a otro, sin siquiera intentar buscar un avance moderado hacia el punto de equilibrio, supone la absoluta parálisis, el empantanamiento, la putrefacción institucional.

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