6/14/2015

Jurassic World

 
Indominus Rex

Como los dinosaurios "ya no sorprenden a nadie", aquellos que hace 22 años crearon el Parque Jurásico original ahora tienen que recurrir a un presupuesto mayor y tecnología de punta para idear una nueva atracción que convoque a la audiencia como antaño.
Alejandro Alemán

Lo anterior no sólo es el argumento central de "Jurassic World", la nueva secuela basada en el clásico de Steven Spielberg de 1993, sino que además describe bien la idea detrás de este filme (con sabor a reboot): retomar muchas de las ideas de Jurassic Park original para contar la misma historia otra vez.


O dicho de otra forma: continuemos ordeñando a esa vieja vaca.

La trama es básicamente la misma que en la cinta original; estamos de regreso a la Isla Nublar, el otrora llamado Parque Jurásico es ahora Jurassic World, un impresionante complejo turístico capaz de albergar 22,000 asistentes, con atracciones novedosas y tecnología de punta. No se reparó en gastos, como dijera el viejo John Hammond (Sir Richard Attenborough, recientemente fallecido) fundador y mecenas del viejo parque.
No obstante, la junta directiva está preocupada por los números, urge tener una nueva atracción que quite el aliento al público y eleve las ganancias; es aquí donde entra Indominus Rex, una nueva especie dinosaurio diseñado genéticamente para ser más grande que un T-Rex y tan letal como un Raptor. Por supuesto, si algo hemos aprendido -desde King Kong para acá- es que eso de jugarle al dios siempre se le revira al ser humano por lo que, ¡oh sorpresa!, todo saldrá mal, la nueva bestia escapará y la isla, con todo y sus 22,000 visitantes, están en peligro. Empiecen a correr.
Así como los ingenieros de Jurassic World son capaces de crear un híbrido genético para dar vida a una nueva especie de dinosaurio, Colin Trevorrow y sus guionistas crean un híbrido de algo que parece una cinta Spielberg pero sin su brillante manejo de la acción, su impecable construcción de personajes, su entendimiento del ritmo y los espacios.
Colin Trevorrow se maneja en esta cinta como un impetuoso y ansioso clonador de Spielberg. Todos los ingredientes están ahí (la familia disfuncional, los niños como puente de la historia, los adultos que ante el desastre aprenden a ser padres), pero algo falta. Y ese algo es talento.
De menos a más, Trevorrow lucha durante toda la película por entregar buenos momentos. Lo logra de repente, se vuelve incluso más efectivo con el avanzar de la cinta, pero por cada buen movimiento en su torpe andar tenemos que sufrir un diálogo eterno (el speech pro animales de Chris Pratt), una sobreexposición machacante (el plan armamentista de Vincent D’Onofrio), algún hecho ridículo (Bryce Dallas Howard todo el tiempo en tacones, corriendo en lodo, y sin caer una sola vez) y un pésimo, pobre, nulo manejo de los espacios (los personajes van y vienen de un lado a otro como si moverse dentro de esa isla fuera cuestión de segundos).
La película está plagada de personajes sobre los cuales es imposible hacer empatía (un error que Spielberg jamás cometería): ya sea el par de niños perdidos en el parque (un escuincle chillón y un adolescente precoz que se descubre guapo a medio viaje), ya sea el enfadoso Chris Pratt, a medio camino entre la autoparodia de sí mismo en Guardians of the Galaxy y un Indiana Jones de quinta (al parecer pensó que esta cinta era su casting previo a que lo acepten como protagónico en el posible relanzamiento de las aventuras del arqueólogo, ojalá no), el cliché de la mujer empresaria, metódica pero sin alma, que no sabe de relaciones y mucho menos de tener hijos (¿cómo?, ¿una mujer que no quiere tener hijos?) en el personaje de Bryce Dallas Howard, y un Vincent D’Onofrio vuelto una botarga que una y otra vez insiste en contarnos a cuadro su malévolo plan. Todos ellos son tan odiosos que no hay sentido de peligro: a todos los quisiéramos ver muertos, cuanto antes mejor.
Con todo, sería mezquino no reconocerle a Trevorrow aquellos pequeños momentos en que logra deshacerse de tanta tontería y consigue impresionarnos, a veces incluso emocionar. Muchos de esos momentos, curiosamente, son aquellos en los que la cinta adquiere un tamiz de película de terror: los dinosaurios acechan, aparecen de la nada, y son letales. El director no duda en ser cruel y despiadado, no duda en dejar correr la sangre humana y mostrarla en pantalla.
Las secuencias de acción en general están bien logradas: el paseo en la burbuja móvil, aquella escena de los velociraptors corriendo a toda velocidad en la noche junto con Chris Pratt montado en una motocicleta, la entrada triunfante del verdadero héroe de este filme (una especie de dino ex machina) y la pelea final, que -esa si- resulta memorable por efectiva y bien hecha.

La película deja muchas preguntas sin contestar: ¿cómo es que Trevorrow consiguió la chamba?, ¿qué vio Spielberg en él como para palomear su nombre?, ¿cómo es posible que aún con seis guionistas (¡seis!) se colaron tantas tonterías en el guión además de diálogos malos?, ¿dónde aprendió Bryce Dallas Howard a correr con tacones?, ¿dónde guardaba su celular si ese vestidito no parecía tener bolsas?, ¿por qué Chris Pratt todo el tiempo modela en vez de actuar natural frente a la cámara?

Torpeza es el nombre de esta película. Torpeza en su guión, en su armado, sobre todo en su dirección. Trevorrow es a lo más un artesano con buenas intenciones, alguien que se empeña en ser Spielberg y que al menos consigue (por la vía de su ausencia total) que recordemos lo gran cineasta que es y los años luz que está esta cinta de su predecesora, un Jurassic Park que sin tanto presupuesto y en los albores del CGI sigue siendo un clásico irrepetible.

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