Hablar de imperialismo, dice la posmodernidad, es un recurso perezoso de gente que se niega a asumir que estamos en el siglo XXI. La verdad es que en Europa no se puede hablar democracia si no hablas de antifascismo. ¿Puede hablarse de democracia en América Latina sin ser antiimperialista?
Cuando uno mira la situación política en el mundo, se da cuenta de que estamos en callejones sin salida. Hay una potencia mundial, los Estados Unidos, que en un momento de crisis económica y geopolítica ha llamado a un “liquidador” para que le solvente sus problemas internos cobrándoselos, como siempre, al mundo. Y también como siempre, castigando a los de dentro que protesten. Se trata de una potencia con capacidad nuclear, que gasta en armamento casi un billón de dólares, el 39 por ciento del gasto mundial total, cifra que supera la suma de los siguientes diez países, incluyendo a China y Rusia; que ha solventado históricamente sus problemas con bombas, misiles, mercenarios, golpes de Estado y presiones, que se ha aliado históricamente con dictaduras y que usa el mercado y la democracia parlamentaria siempre y cuando no dificulte su verdadera vocación, que es el dinero. La izquierda hablaba de EU como de una potencia imperialista. Pero ese nombre sonaba a antiguo. Cosas de la vieja izquierda.
Añadido a eso, la Junta de Paz inventada por Trump para sustituir a la ONU y repartirse las ruinas de Gaza, se ha convertido en un espectáculo que, como dice Pedro Brieger, ni siquiera Stalin se habría atrevido a representar con los países satélites de la URSS. Trump se elogió a sí mismo y humilló a los asistentes haciendo que se pusieran en pie como niños en el colegio mientras los nombraba, elogiándoles como idiotas o diciendo que le deben su victoria electoral en sus países. Los países que se ponen de rodillas con Trump reciben humillaciones y los que plantan cara son respetados o aranceleados o bombardeados. Es la “presidencia imperial” de la que hablaba el recientemente fallecido John Saxe-Fernández
Estamos viendo que los países latinoamericanos que mantienen la dignidad y la soberanía están intentando ganar tiempo. El caso más evidente es el de Venezuela, pero vale igual para México, Colombia o Cuba, que está resistiendo con valentía un cerco medieval que bien puede ser un Bahía de Cochinos 2.0.
Ganar tiempo es lo único posible en un escenario donde Trump está proponiendo tres salidas a los desobedientes:
Eliminación física o inhabilitación. En virtud de las circunstancias, cada dirección y país tendrá su trato. En Venezuela, secuestrando al Presidente y prometiendo una tormenta de metralla en caso de respuesta a la agresión. El chavismo podría haber tomado las armas contra los invasores y organizar la resistencia, lo que habría significado, como pasó en Irak, destrucción de la infraestructura, incluidos los pozos petroleros, una guerra que devastaría al país y, finalmente, la victoria de los EU sobre un país con, sin duda, bajas entre los norteamericanos pero muchísimas más entre los venezolanos. Además del destrozo de la economía y la intervención total del país por parte de los norteamericanos.
En otros lugares, Trump buscará derrotar en las urnas a los líderes de la izquierda regando de dinero a la derecha y con amenazas en caso de que gane la izquierda, como hizo en Honduras y, seguro, hará en Colombia y Brasil.
Ofrecer salidas personales a los líderes que se rindan. Roma, en el siglo XXI, sí paga a los traidores. Ahí están Tony Blair, José María Aznar o Durao-Barroso, bien recompensados por permitir el asesinato de cientos de miles de seres humanos en Irak. Trump los maltrata y los desprecia (es evidente con Zelenski, con Milei, con María Corina Machado), pero les da de comer como a los perros fieles. A Nicolás Maduro le ofreció Trump una salida del país para que se pudieran hacer con las riquezas petroleras. Maduro prefirió estar en una cárcel en Nueva York o que le hubieran pegado un tiro.
Negociar sus intereses donde, en virtud de la capacidad estructural de presión del país (no es igual que el 15 por ciento de las exportaciones de EU vayan a México a que dependas económicamente de las remesas de los migrantes), de la correlación de fuerzas y de la personalidad de los dirigentes. En este tercer apartado se está moviendo Delcy Rodríguez, consciente, como el propio Maduro, de que convertir al país en mártir sería inútil. Ahí está Petro yendo a Washington a reunirse con Trump o Claudia Sheinbaum negociando aranceles, mandando ayuda humanitaria a Cuba y discutiendo diplomáticamente para no abandonar a una isla que siempre ha significado, en México y en todo el continente, la dignidad frente al imperio del norte. Groenlandia también ha resistido. De momento se ha “salvado” porque los aliados de la extrema derecha europea de Trump le hicieron desistir del empeño, además de amenazar a la OTAN, esencial en el control de Oriente Medio por las bases norteamericanas en el Mediterráneo.
Todo sigue agravándose día a día. El discurso de Marco Rubio este mes de febrero en la Cumbre de Seguridad de Múnich ha sido otro insulto al mundo, amparado en una de las grandes mentiras de los EU: su compromiso con la democracia al entrar en la Segunda Guerra Mundial. Es mentira: Roosevelt aceptó entrar en la guerra a cambio de que Gran Bretaña le cediera sin aranceles el mercado del imperio británico, además del derecho a establecer bases militares por toda la Commonwealth. La segunda guerra mundial fue una guerra entre imperios y países que para sobrevivir tenían que frenar a los imperios haciendo otro tanto (Rusia y China). Marco Rubio en Múnich ha vuelto a dejar claras las cosas: o estás con los blancos ricos y protestantes norteamericanos o estás contra ellos y así serás tratado.
El diálogo no es sencillo. Porque Marco Rubio, como Trump, dicen que lo mejor de las Américas -recordemos que Marco Rubio es de origen cubano- es que llegaron ahí los europeos, para, inmediatamente, decir que los migrantes de hoy son una amenaza. En el fondo están diciendo algo muy propio del fascismo: ellos y sólo ellos son la medida de las cosas. Los argumentos ya dan lo mismo porque pueden ser contradictorios y les da igual.
El supremacismo de las extremas derechas, expresadas en el gobierno de Trump, sus imitadores y perritos falderos, es esencialmente agresivo con los demás países y, aún más, con quienes expresen un color de piel distinto. Es algo que algunos han sabido desde siempre: el imperialismo, donde algunos países se han creído superiores a otros, es verdad que han existido en otros sistemas económicos, pero es una característica propia del capitalismo.
O, dicho de otra manera, la retórica del mercado libre, de la oferta y la demanda, de la santidad de la propiedad privada, de la autorregulación del mercado y de la crítica al Estado son todo mentiras cuando las élites económicas de un país se ven amenazadas interna o externamente o deciden incrementar su riqueza robando a otros países.
Así que no, hablar de imperialismo no es una cosa vieja propia de
mentes perezosas. Es tan real como el hambre, la sed y la enfermedad que
amenazan a millones de cubanos por culpa de los que lanzaron las bombas
de Hiroshima y Nagasaki.
https://www.sinembargo.mx/4768236/cuidado-con-los-cuatreros-gringos-siempre-regresan/

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