"El panorama de hoy es rimador con el de 1938, cuando las derechas mexicanas, luego de su crisis brutal desde 2018, viven una situación contradictoria".
Justamente hoy, 18 de marzo, se cumple ya casi el nonagésimo aniversario de la expropiación petrolera encabezada por el Presidente Lázaro Cárdenas. El episodio, en ese contexto, fue un parteaguas en el sistema político mexicano. La nacionalización del energético fue clave para la reestructuración del estado, una recuperación de los valores de la revolución, que en los gobiernos de Calles y el Maximato parecían haberse quedado en la retórica anticlerical sin resolver las demandas de reforma agraria; y asentó las bases para el proyecto de crecimiento económico sin inflación que devino en los siguientes seis lustros.
Al exterior, el cardenismo era visto como una especie de versión complementaria del New deal estadunidense, y de ahí que Roosevelt, preocupado por la geopolítica de la guerra que se avenía en Europa, preconizó la política de “Buena vecindad” con América Latina, que significó un lapso insólito de nula injerencia de la potencia del norte en el subcontinente, antesala de la famosa reunión de Roosevelt con Ávila Camacho, donde pronunció su frase de que “había pasado ya el tiempo en que los recursos de un país eran aprovechados por otro país”. Si bien la buena fe de Roosevelt no correspondió con la política de sus sucesores, dejaba en claro que los proyectos nacionalistas latinoamericanos tenían razones de peso para pensar en un desarrollo propio.
En suma, el ambiente internacional dominado por una guerra en ciernes, y un ambiente nacional dominado por un estadista cuyo proyecto fue más que visionario, condicionaron una gesta como la de la expropiación petrolera, que no sólo influyó en la construcción económica e ideológica del régimen mexicano, sino que también redefinió a los adversarios de la revolución.
El Gobierno cardenista articuló a varios adversarios en su contra, desde el último alzamiento armado posrevolucionario, el de Saturnino Cedillo en San Luis, neutralizado por Cárdenas; y la ulterior candidatura de Juan Almazán, inserta en las postrimerías de los cristeros y el sinarquismo mexicano, a la par de grupos empresariales, terratenientes y exportadores, contrarios a la política cardenista.
En ese aspecto, el PAN se fundó el 16 de septiembre de 1939, como una articulación de diversas corrientes ideológicas, pero donde el rival común era sin duda la política cardenista, y en específico la expropiación petrolera. Ningún partido es, sin embargo, un monolito donde todos piensan igual. Aunque tengan denominador común, los partidos políticos pueden ser corrientes diversas con disensos internos.
El PAN no fue la excepción, y su seno se caracterizó por una cauda de abogados y profesionistas urbanos de capas medias, letrados y demócratas; a los que se sumaban también ciertos democristianos del reformismo religioso vaticano de la encíclica obrerista del Rerum Novarum; pero también se sumaron engendros que más tarde tomarían protagonismo indeseable, como corrientes franquistas y abiertamente pronazis de la extrema derecha del catolicismo nacionalista. Fiel reflejo de esta contradicción era el propio fundador Manuel Gómez Morin, hombre de leyes y de letras, ilustrado exrector de la UNAM, que sin embargo también era parte de la revista nazi La Reacción (?), donde escribía panfletos abiertamente hitlerianos.
La gesta del nacionalismo petrolero fue siempre en el grueso de Acción Nacional un enemigo. De ahí que cuando llegó ese partido a la Presidencia de la república, en el trágico lapso de 2000 a 2012, se trató de impulsar la privatización velada con Vicente Fox, y una abierta en 2008, con el intento de reforma energética de Calderón, que abiertamente, y sin precedentes en setenta años, buscó abrir Pemex a la inversión extranjera. Un movimiento popular y un correlato legislativo lo impidieron momentáneamente, pero en 2013, la corruptela del Pacto por México y los sobornos de Odebretch sí lograron que, en una paradoja, un gobierno priista anulara el legado cardenista y tuviera el cinismo de promocionar su privatización como un legado a la memoria del general Cárdenas, mientras su hijo Cuauhtémoc y la izquierda que poco después se convertiría en el partido Morena se oponían a ello.
En 2018 la historia cambió. Ochenta años después de la expropiación petrolera, un partido que labró sus principios doctrinarios en torno a ella llegó al poder presidencial. Con resistencias, logró echar a andar una redefinición nacionalista al recuperar la estructura gasolinera del estado para contrarrestar el robo de combustible, crimen agravado por la irresponsabilidad del narcogobierno calderonista que compartió planos estratégicos de ello a actores secundarios; y asimismo es un gobierno que encabeza la construcción de una nueva refinería, escaló al litio como energético estratégico y pretendió una reforma eléctrica en 2022 que chocó con una moratoria constitucional en el congreso.
El panorama de hoy es, sin embargo, rimador con el de 1938, cuando las derechas mexicanas, luego de su crisis brutal desde 2018, en donde por sus propios errores, pésimos diagnósticos y oídos plenos a ideólogos extraviados, viven una situación contradictoria. Por un lado, son pocos sus militantes que impugnan por una autocrítica seria, un diagnóstico realista de país que no se limite a gritar que vivimos en el infierno y preconicen un proyecto creíble.
El grueso de sus voces, aún en la histeria alucinante de que vivimos en una dictadura, o en un régimen autoritario o en una deriva regresiva y antidemocrática, ha asumido también una postura cada vez más arriesgada, y es la de asumir que la resolución de los problemas mexicanos está en la intervención extranjera de los Estados Unidos.
Si bien en el siglo XIX el llamado interventor de un emperador europeo, aunque éste haya sido más progresista e indigenista que los propios conservadores que lo trajeron, fue un acto de traición, que hoy una parte representativa del PAN, encabezada por entes oportunistas o desorbitados como Lili Téllez o América Rangel, llame a una intromisión que nos salve de los cárteles del narco, encabezada por alguien como Donald Trump, es suicida.
No sólo porque ignora que ningún país se ha democratizado ni resuelto sus problemas internos por injerencia externa, sino parecen no entender que las personalidades importan y lo peligrosos que sería abrir la puerta a un peligroso postfascista que no tiene empacho en bombardear o secundar bombardeos a escuelas y niños, y cuyo único proyecto es él mismo y su narcisista vocación antidemocrática.
A eso se suma la vergonzosa actitud de la franja pseudoliberal de la comentocracia, que se ha comportado como trumpista de facto, y que con tal de paliar sus fobias históricas legitima y agradece, como mascota amaestrada, secuestros internacionales, como el que perpetró Trump a Nicolás Maduro, donde ni siquiera se usó una coartada para disfrazar las oscuras intenciones de la potencia del norte.
Hoy como hace 88 años, y como en el siglo XIX; la vocación entreguista y acomplejada de ciertas derechas les impide observar que su falta de capacidad de soberanía no sólo es un autogolpe electoral que los margina aún más del protagonismo público, sino que también es darle la espalda a la propia supervivencia del país en que, aunque les pese, nacieron.
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