"En el caso de que el conflicto en Medio Oriente escale o prolongue, Putin tendría los incentivos para retirarse de cualquier mesa negociadora de paz".
En la guerra y en el amor todo se vale, asegura el dicho popular. Otra frase, de Carl Von Clausewitz, dice que la guerra es la continuación de la política por otros medios. Tanta convulsión genera la guerra, y la política usada para ganarla, que en un descuido los feroces rivales se tornan cercanos amigos, muchas veces por virtud de la necesidad. La coyuntura global ofrece un caso más donde con tal de abatir al enemigo en turno se forjan alianzas con quien ayer encarnaba la mayor amenaza, al menos en el papel. Tras la guerra de Trump a Irán, emerge un aliado inesperado de la Casa Blanca y ganador relativo de corto plazo de la guerra: Vladímir Putin.
Rusia es un protagonista de los mercados energéticos globales. En el petróleo, es junto a Estados Unidos y Arabia uno de los tres mayores productores del mundo, con más de 10 millones de barriles de extracción diaria y la mitad de ellos destinados a la exportación, aun con las sanciones de Estados Unidos. En el gas, es el segundo productor mundial y exporta un cuarto de su producción, incluso con las restricciones impuestas por la Unión Europea tras la invasión a Ucrania. En el carbón, es el tercer mayor productor detrás de Estados Unidos y Australia y es el tercer mayor exportador detrás de Indonesia y Australia, con casi la mitad de su producción vendida al exterior. En los fertilizantes, controla un quinto de la demanda global y apenas consume un 15 por ciento de su producción. En suma, un choque energético, donde la oferta cae y el precio aumenta, beneficia sobremanera a Rusia en su calidad de exportador neto; es decir, exporta más de lo que importa.
La guerra a Irán desató un alza de precios energéticos que beneficia más a Rusia que a cualquier otro país. Por el estrecho de Ormuz transita un quinto del petróleo y el gas comercializado en el mundo, cuyo suministro está prácticamente paralizado hoy día por la falta de rutas alternativas, el ataque de buques petroleros y el incremento en las primas de aseguramiento. Por la misma causa, un 40 por ciento de las exportaciones de urea (fertilizante) globales están detenidas. Por otra parte, de manera más indirecta, los precios del carbón se catapultaron porque algunos países asiáticos buscan alternativas ante la escasez de suministro de gas natural para alimentar sus plantas de generación eléctrica. Para acabar pronto, tanta es la dependencia del mundo en los energéticos de Ormuz que la Casa Blanca aceptó a regañadientes que el principal sustituto, Rusia, tenga una relajación de sanciones —al menos temporal— para exportar a India y otros importadores netos de energéticos, lo cual eleva aún más el beneficio ruso al reducir el descuento de mercado como parte del castigo por la invasión a Ucrania.
Una muestra de las derramas que Rusia obtiene del choque energético global es el saneamiento de las finanzas públicas. Según cifras del presupuesto público de 2026, Rusia estimaba un precio medio de su barril de exportación en 59 dólares, prácticamente inalterado con respecto al año previo (2025). Tras la guerra a Irán, ese precio luce hoy conservador y significará con alta probabilidad un superávit fiscal que permitiría, entre otros fines, elevar el gasto militar. Antes, para compensar la debilidad de los ingresos, el plan ruso era debilitar la moneda (el rublo) mediante un recorte de tasas de interés, acompañado de un aumento del IVA de 20 a 22 puntos porcentuales. Ahora, de forma inesperada, Moscú ganó 150 millones de dólares diarios en recaudación tributaria extraordinaria por los elevados precios del petróleo, de acuerdo a estimados del Financial Times, al que no se puede acusar de ser un diario afín al Kremlin. Amén del obsequio fiscal caído del cielo, Putin pidió a las petroleras rusas aprovechar los precios elevados y reducir deuda.
No faltará quien objete que el beneficio es transitorio y que un nuevo TACO (Trump Always Chickens Out, o Trump siempre recula) de la Casa Blanca desvanecería el imprevisto botín por una normalización de precios internacionales. Sí y no. Si bien la paz temporal traería desinflación, el retorno a los precios anteriores sería cuestionable mientras no haya un cambio de régimen en Irán. Por otro lado, es incierto si Trump será capaz de liberar el estrecho de Ormuz pronto de prevalecer obstinado con una victoria total y con el uso de una retórica incendiaria que eleva el costo político de una retirada militar. Por último, incluso con un retorno pleno al escenario preguerra, las petroleras tienen ahora mismo la forma de aprovechar para el resto del año los precios actuales mediante un menú de coberturas financieras (forwards, futuros y opciones), mismas que con alta probabilidad ya fueron contratadas para asegurar al menos una parte de las ganancias extraordinarias proyectadas a futuro.
Beneficiado de forma directa por los precios de los energéticos, y de manera indirecta por la relajación de sanciones del Tío Sam, Rusia toma una bocanada de oxígeno para continuar su campaña en Ucrania. En el hipotético caso de que el conflicto en Medio Oriente escale o al menos se prolongue más de lo planeado, Putin tendría todos los incentivos para retirarse de cualquier mesa negociadora de paz, a saber, su probabilidad de triunfo es más alta que ayer. En esencia, Trump hizo a Putin grande otra vez. Zelenski, ya de por sí irritado con la Casa Blanca, estará todo menos contento.
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