7/26/2026

Cómo nos entregamos al tiempo

 El Oasis de la Insignificancia

Óscar de la Borbolla

"Hay quienes a los 40 o más siguen jugando como niños y quienes a los 80 o 90 están orientados al futuro, aunque les vaya a resultar póstumo".

Cómo nos entregamos al tiempo. Por Óscar de la Borbolla

A Beatriz Escalante.

Cada semana busco en mi memoria, en mi biblioteca, en mi imaginación, por aquí y por allá, pero, sobre todo, en lo que observo, algún rasgo de la conducta de los seres humanos o de cualquier otro campo significativo. Si descubro un tema que pueda resultar interesante para quienes me escuchan o me leen, lo desarrollo de la forma más clara que puedo. No siempre es fácil y en muchas ocasiones el transcurso de la semana va estresándome hasta que doy con algo. Esta vez me topé con una posible relación entre la edad de las personas y las maneras de disponerse respecto del tiempo. Pienso que hay unas constantes entre la edad y el que nos orientemos más hacia alguna de las tres dimensiones del tiempo: pasado, presente o futuro. Edades para las que el presente lo es todo y otras, en cambio, en las que uno se dirige completamente hacia el mañana y, a veces también, cuando uno ya sólo se enfoca hacia el pasado.

Establezcamos una premisa para perfilar nuestro tema: aunque de acuerdo con la teoría física del Universo Bloque, derivada de Einstein, el tiempo es un continuo donde pasado, presente y futuro coexisten y, aunque de acuerdo con la Gravedad Cuántica de Carlo Rovelli, el tiempo no exista a nivel fundamental y sea sólo una propiedad emergente que aparece exclusivamente para nosotros, el tiempo es decisivo para nosotros. Así, aunque esto sea cierto para la Física actual; para nosotros, en cambio, el tiempo con sus tradicionales tres momentos a todos nos consta. A nivel vital —que es el que vale— es innegable que el pasado ya no está, el futuro todavía no llega y que lo único real es el presente: cada uno de nosotros lo corrobora en su experiencia, pues siempre estamos en un aquí y un ahora. En suma: si hablamos vitalmente: el pasado se fue, el futuro es lo que aún no llega y, por ello, el único que tiene valor es el presente, pues en él es donde estamos y podemos actuar. Dejemos, pues, de lado la inexistencia del tiempo según las teorías físicas y atengámonos a lo que nuestras vivencias nos dicen, pues, pese a las conclusiones matemáticas a las que se llega con la Teoría de la Relatividad, todos sentimos que el tiempo fluye, que los segundos pasan y que, a cierta edad, nuestro tiempo va agotándose. Intelectualmente podemos comprender que el tiempo, al ser una dimensión más en el continuo espacio-tiempo, se comporta como la altura o la anchura, dimensiones en las que podemos movernos de atrás para adelante o viceversa; sin embargo, el entenderlo no nos quita la angustia de saber que cada instante pasado es irrecuperable y, sobre todo, que habrá un momento al que ya no podremos llegar. Nuestra existencia está fundada en esta premisa existencial: cada quien posee como patrimonio, una cantidad de tiempo que puede extenderse, nunca más allá de cierto límite, o abreviarse dependiendo de nuestra conducta o mala suerte.

En suma, el tiempo al que quiero referirme es el que nos lleva, con su flecha insobornable, en una sola dirección: nuestra muerte. Y para los efectos prácticos siempre estamos aquí, en este momento, en este ahora: en el presente, en la única zona del tiempo que realmente importa.

Por supuesto, el pasado también importa: contiene infinidad de claves; pero su relevancia radica en la manera como puede auxiliarnos en el presente. Y otro tanto ocurre con el futuro, pues, aunque todavía no existe, está lleno de planes o expectativas que tiran de nosotros, que nos hacen dirigirnos hacia él o, dicho en otros términos: en la medida en que prefiguramos el futuro, lo dotamos de una fuerza tractora que da rumbo y sentido al presente. Quien no se asoma al pasado está condenado a repetirlo, dicen muchos historiadores, y con razón. Y quien no tiene un proyecto, un plan, una meta, por insignificante que sea, está condenado a vivir en un domingo estacionario que vuelve inútil el presente. Sin embargo, vivir volcado al presente quizá sea la manera más sabia de vivir.

Pasemos, pues, a establecer una correlación somera entre la edad y la disposición frente al tiempo. Hagamos un esquema obvio: los niños, 2 a 5 años, están en el presente; el modo como juegan revela que para ellos no hay más que presente. Una y otra vez hacen lo mismo y con una alegría que no cesa. Por supuesto que estoy pensando en niños ideales, por desgracia, no todos tienen esa suerte… Luego, de los 6 a los 9 años, aparece un plazo adverso: el lunes intimida, en esa fecha está situada la amenaza de verse envueltos en el tiempo estancado en los pupitres hasta la hora del recreo que se espera con ansia o en la hora de la salida, cuando, por fin podrán regresar a su mundo. Pero ese mundo se ha vuelto fraudulento, pues está ahora ceñido por un horario: la hora de la tarea, la de dormirse por fuerza para levantarse temprano y nacen, entonces, las primeras grandes expectativas: el fin de semana, las vacaciones; los niños de estas edades quisieran recuperar el puro goce del presente, pero son obligados a pensar en cuando sean grandes.

Poco a poco la orientación al futuro se instala y, a partir de los 10 años, la cara se orienta cada vez más hacia el mañana. De los 10 a los 20 casi todo es futuro, con momentos de presente intenso como los que regala el enamoramiento. En esa experiencia se vive un presente pleno y, aunque los jóvenes ya intelectualmente entienden que las cosas acaban, que todo va a ir a dar al pasado irrecuperable, conservan, todavía, la esperanza de que algunas cosas perdurarán toda la vida. Es la época de los amores para siempre, de los principios y de los valores para siempre, pues en esos años uno sitúa lo que valora en un tiempo ilusorio: aún se cree ciegamente en que hay cosas eternas. Pero junto al amor, también aparecen la muerte y las pérdidas, las primeras ausencias, y se comienza a mirar de reojo hacia atrás, cuando estaba esta persona o aquella; cuando uno era inocente.

De los 30 a los 50 ese dirigirse por completo al presente ya está muy diluido y, aunque a ratos atrapa con sus momentos intensos, se da una alternancia de orientaciones: a veces al pasado, aunque casi siempre al futuro. Hay muchos que a los 30 añoran los años de su primera juventud y sienten que lo mejor ya ha pasado; otros, en cambio, están más que nunca consolidando su futuro y entregados a él. Pocos viven ya dirigidos al presente. No tienen tiempo, dicen.

De los 60 a los 70 la orientación al futuro comienza a declinar y va asomando con más fuerza el pasado: lo mejor quedó atrás. Ya se llegó adonde se llegó; la vida yace en el pasado y la memoria brinda un testimonio de lo conseguido. Para quienes están en esa edad, el presente es huraño, desagradable, ya no invita a mirar hacia el ahora.

Pero hay de todo, por supuesto: desde quienes a los 40 o más siguen jugando como niños y quienes a los 80 o incluso 90 están orientados al futuro, aunque este les vaya a resultar póstumo. Hay, incluso, quienes hacen su biografía al final de su vida, preocupados no por un futuro al que no llegarán, sino por la eternidad.

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P. D. Habría, sin embargo, que poner al día este somero esquema, pues, hoy, la situación en se vive se ha vuelto tan tétrica, que la relación: edad disposición ante el tiempo ha cambiado por completo: los niños no se orientan al presente, no juegan. Los jóvenes ya no se orientan al futuro, ¿cuál? Las personas maduras ya no entienden el presente, y no se diga los viejos… De cualquier manera, que este modelo valga, al menos, como un punto de referencia para intentar comprendernos.

X @oscardelaborbol

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