1/17/2009

Ni un apoyo recibí del Gobierno por el asesinato de mi hija en Sucumbíos


Ana María Ramírez, madre de Verónica, estudiante de la UNAM

Por Sandra Torres Pastrana

México DF, 16 enero 09 (CIMAC).- Verónica Velásquez era una estudiante mexicana que cumpliría en septiembre pasado 31 años de edad, estudiaba en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y ahí mismo vendía aretes o en tiempo de frío bufandas tejidas por ella para pagar sus estudios, pero no pudo concretar su sueño de terminar su carrera y ayudar económicamente a su madre, pues fue asesinada el 1 de marzo de 2008, en Sucumbíos, Ecuador.

Verónica fue una de las víctimas del ataque que el Ejército colombiano realizó contra un campamento de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) asentado en Ecuador. En ese país había asistido a un Congreso y realizó una visita al campamento junto con otra y otros estudiantes mexicanos.

Sus compañeros y amigos de la Facultad Fernando Franco y Juan González del Castillo, así como Soren Ulises Avilés, quien estudiaba en el Instituto Politécnico Nacional, también murieron. Sólo Lucía Morett, también estudiante de Filosofía, sobrevivió.

He vivido con gran tristeza y rabia el asesinato de mi hija, dice entre lágrimas, en entrevista exclusiva con Cimacnoticias, la señora Ana María Ramírez Maldonado, madre de Verónica, quien hace cinco años sufrió también la muerte de su esposo.

Nada fácil ha sido enfrentar el asesinato de Verónica, señala Ana María, pues no tenemos recursos económicos. Ella vende dulces afuera de una escuela porque es viuda, dice, y porque con eso sacaba adelante a su hija y a su hijo, quien acaba de terminar su carrera.

Cuando vivía mi esposo, recuerda Ana María, siempre nos esforzamos para que nuestros hijos estudiaran, pero desde hace 5 años que él murió hicimos un gran esfuerzo para que ellos llegaran a la Universidad. Él término su carrera y Verónica estaba a punto de terminarla. Ella me decía “no te preocupes, mamita, ya voy a terminar mi carrera y te voy a ayudar”, y estaba haciendo su tesis.

NADA SABÍAN

La señora Ana María se enteró de la muerte de su hija por la televisión. “Yo oía en la tele que se habían muerto unos estudiantes mexicanos en Ecuador y le dije a mi hijo si no estaría ahí su hermana. Nombran a Lucía, le decía, pero no daban los nombres de los muchachos muertos, así que fui a la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE) pero me dijeron que no sabían nada”.

Fue hasta el día 8 de marzo que dieron el nombre de mi hija como uno de los muertos en el ataque, afirma. Entonces regresé a la Secretaría pero me dijeron que no sabían nada y como llegue en la tarde me dijeron que ya estaba cerrado. Era un viernes, así que tuve que esperar hasta el lunes para ver si alguien me daba informes”.

Esos días fueron los más horribles de mi vida, describe la señora Ana María, estaba desesperada no sabía a quién preguntarle, ni cómo moverme, ni qué hacer. ¿Quién me decía dónde estaba mi hija? Para el lunes las autoridades del Estado de México se comunicaron conmigo y ellos me ayudaron para sacar mi pasaporte y los papeles para ir a Ecuador”.

Cuando regresé de los papeles, la gente de Relaciones Exteriores ya había ido a buscarme y dejaron dicho que me comunicara con ellos, me ayudaron a que los trámites se agilizaran pero pedí ayuda porque yo no contaba con los recursos para viajar a Ecuador por mi condición económica, me dijeron que la embajada de México en Ecuador me iban a dar los recursos, relata.

“Así, continúa, que entre vecinos y familiares juntamos para que yo hiciera el viaje a Ecuador junto con mi hijo. Cuando llegué a Ecuador la Embajada de allá me dijo que ellos no tenían presupuesto y que la Secretaría de Relaciones Exteriores me tenía que haber dado los recursos desde México. Así se echaron la bolita y no recibí ninguna ayuda, solo de papeleo”.

Una semana duró nuestra estancia en Ecuador, explica. Nos llevaron a la morgue, pero ya no pude ver a mi hija por el estado de descomposición en el que estaban los cuerpos, así que con las pruebas de ADN supieron que era mi hija, después la cremaron y arreglamos los papeles para traerla.

Por parte del Gobierno de México nunca tuvimos apoyo ni económico, ni moral, denuncia la señora Ana María, el apoyo y fuerza nos la dimos cada uno de las madres y padres de los muchachos que desde que nos conocimos en el hotel de Ecuador nos hicimos una familia.

La señora Ana María llora por un momento y continúa: “extraño mucho a mi hija, ella era mi compañera, me llevaba al cine y estábamos mucho tiempo juntas, era muy detallista, llegaba de la escuela con una flor, un dulce o chocolate, era muy ahorrativa. Cuando supo del Congreso en Ecuador tenía muchas ganas de ir al viaje, así que ahorró mucho con sus aretes tejidos, yo tenía unos ahorritos y su hermano le dio otra parte, así pudo hacer el viaje”.

Y concluye: no puedo superar la muerte de mi hija, pienso que aún está de viaje y que algún día va a regresar y, pues como no la vi, hay gente que me dice que a lo mejor regresa, pero ya no quiero pensar en eso porque me hace mal. Sólo debo aceptarlo y luchar porque se haga justicia. Ahora trato de leer libros, los periódicos y estar al pendiente de lo que pasa, participar más para que le haga justicia a mi hija.

09/STP/GG

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