10/22/2011

Fin de ciclo



Porfirio Muñoz Ledo.-
Celebramos en Santo Domingo la sesión número 12 del Foro de Biarritz. El sitio no podía ser más evocador: aquí comenzó el encontronazo entre culturas y arrancó la primera de las globalizaciones. Quedó de manifiesto que éstas han enmarcado procesos civilizatorios dominados por la ambición colonial y que estamos en el umbral de un nuevo tiempo histórico.

Cuando comenzamos este ejercicio en el 2000 acababa de realizarse la primera cumbre entre Europa y América Latina y estaba entrando en vigor el acuerdo de asociación entre México y la Unión Europea. Dos años después se firmaría el compromiso con Chile y avanzaríamos en las negociaciones con Mercosur, el Pacto andino y Centroamérica. Las relaciones birregionales parecían promisorias.

Los debates iniciales suponían un interés europeo preponderante en sus vínculos con Latinoamérica tanto como nuestra voluntad de emprender procesos de integración semejantes a los de aquel lado. La crisis de Irak y sus efectos sobre la “alianza atlántica”, los flujos migratorios y la presencia de las potencias emergentes modificaron las prioridades europeas, relegándonos a una posición secundaria. Acá, la pujanza del sur contrastó con la subordinación creciente de la estrategia mexicana, evidenciando la polarización del proyecto regional.

Durante los años recientes el centro de atención se trasladó hacia la crisis de la economía capitalista y sus consecuencias en ambas regiones. Surgió un consenso respecto del carácter sistémico del problema que, más allá de sus manifestaciones financieras, afecta, gravemente las esferas de la política, la sociedad y el medio ambiente. Por ende, la necesidad de una nueva gobernanza mundial.
Hoy el espacio público pertenece a los “indignados” de todas las latitudes. Cientos de miles de personas en los diversos continentes se han manifestado contra las estructuras que someten las libertades para exigir un cambio global, ejercer la crítica social a los poderes públicos y condenar las consecuencias nefastas de las políticas neoliberales sobre todos los aspectos la vida comunitaria.

Este movimiento expresa la cólera de una generación sin futuro ni fe en las instituciones tradicionales a las que atribuyen con razón la maquinación de la crisis. “Al diablo con ellas” parecerían repetir, con López Obrador. Encarnan también una lucha universalista en la que están presentes “todas las anteriores por la emancipación humana”.

Planteamos en el foro, a cada debate, la exigencia del rigor intelectual. Igual en la discusión sobre la inclusión social como requisito para una democracia genuina, que en los fundamentos ciudadanos de la integración latinoamericana o en el imperativo de modificar radicalmente el patrón de seguridad que nos ha sido impuesto por el norte. La recreación latinoamericana de un ámbito de decisiones soberanas.

El tema que ejemplifica los sometimientos es el supuesto combate a la droga decretado desde un propósito imperial que cumple sesenta años. Este reemplazó gradualmente la guerra fría contra adversarios consolidados por el combate a enemigos elegibles unilateralmente como terroristas o peligros civilizatorios. La conclusión fue inequívoca: el fracaso absoluto de una política mortífera por cuenta ajena.

Los organizadores del evento traicionaron esta conclusión esencial por temor de afrontar poderes constituidos. Sin embargo, el consenso fue inocultable: la unidad y el futuro de América Latina dependen de la aceptación explícita del fin del ciclo neoliberal. Cualquier esquema en contrario está condenado al fracaso.

La conclusión verdadera es que han sido rebasadas tanto la economía de mercado como la democracia representativa. Hemos ingresado en un ámbito impredecible que debiera ser gobernado por la imaginación creadora. No es tal vez el dominio irrevocable de las redes sociales pero al menos la irrupción tumultuosa de la ciudadanía en las decisiones políticas.

El ciclo que fenece es la supeditación de los poderes públicos respecto de intereses particulares y corruptos. El que viene es el poder de una moral ciudadana capaz de devolver el poder a la sociedad y la soberanía a la República. La vida personal y nacional nos va en ello.

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