12/17/2022

Los niños con los niños, las niñas con las niñas

 miguelorenteautopsia.wordpress.com

Miguel Lorente Acosta

La derecha tiene una forma sencilla de educar a niños y niñas para solucionar los problemas que forman parte de la realidad social. No es nada nueva ni original, de hecho la aplican en sus colegios religiosos y en sus colegios mayores, y se trata de esa idea recogida en la frase “los niños con los niños y las niñas con las niñas”. Es decir, segregar por sexo en las aulas para que luego, cuando la segregación continúe en la sociedad a través de la desigualdad, todo siga bajo la misma referencia y las mujeres no la vean como algo anormal ni ajeno a su condición, ni los hombres crean que tienen algo que compartir con ellas y así asuman que lo que ellos ocupan, desde el espacio público del patio del recreo en el colegio hasta la dirección de las empresas y los puestos de gobierno, es suyo.

La reacción de la derecha en su deriva dextrógira (Vox cada vez más ultra, el PP cada vez más Vox y Ciudadanos cada vez más PP), ante la propuesta de la Ministra de Igualdad, Irene Montero, sobre la educación sexual y afectiva para niños y niñas, revela el miedo que tienen a que se descubra que en realidad es su “adoctrinamiento” machista el que históricamente ha venido educando a niños y niñas. 

Porque adoctrinar es imponer las ideas particulares que la derecha y su concepción androcéntrica de la realidad han considerado necesarias, para que esos niños y niñas adquieran una identidad y valores que permitan mantener el orden con todas sus características, aceptando como parte de él, entre otras cosas, la violencia estructural de género que lleva a que muchas mujeres digan “mi marido me pega lo normal”, y muchos hombres repitan que las mujeres dicen no cuando en verdad quieren decir sí” ante una violación.

Educar es transmitir los valores comunes que la democracia establece como marco de convivencia sobre la referencia de los Derechos Humanos plasmados en la Constitución, algo que es responsabilidad de cada familia y del Estado. Si algunas familias renuncian a ese compromiso con lo común y lo público en nombre de su ideología, sus creencias y sus valores, el Estado democrático no lo va a hacer, y va a mantener la educación pública para que la convivencia se desarrolle de manera pacífica y respetuosa entre la pluralidad y la diversidad social.

De ese modo, y a través de la educación democrática en igualdad, algún día podremos evitar que el 20% de esos niños y niñas que tanto defiende la derecha sufra abusos sexuales, algunos de ellos en instituciones religiosas y educativas privadas, y la mayoría en los propios entornos familiares, como recoge el informe del CGPJ que analiza las sentencias dictadas por el Tribunal Supremo sobre violencia sexual en 2020, que revela que el 75,3% de los agresores que abusaron o agredieron sexualmente a niños y niñas eran conocidos, y de ellos el 37,7% de la propia familia. Y en cualquiera de los escenarios (familia, entornos sociales, colegios, desconocidos…) fueron hombres quienes cometieron la mayoría de las agresiones, concretamente el 93,8%.

Y también evitaremos con la educación que muchos jóvenes lleven a cabo violaciones de chicas de su edad, como ahora lo hacen en grupo y en solitario, con sustancias químicas o con fuerza, en gran parte bajo la “educación pornográfica” que reciben a edades cada vez más precoces a través de los dispositivos tecnológicos.

Abstraerse de esta realidad negando la necesidad de abordar una educación sexual y afectiva, es reconocer que para ellos la defensa de su modelo de sociedad vale más que la integridad de los niños y niñas del país, incluidos los suyos. Lo importante son sus valores, creencias, ideas y principios, todo lo demás son “víctimas colaterales” de los ataques que recibe el sistema por parte de quienes quieren transformarlo.

Porque si las mujeres no se enfrentaran a sus maridos y parejas y fueran sumisas ante lo que ellos les imponen no serían maltratadas, si los niños estuvieran con los niños y las niñas con las niñas no habría agresiones ni violaciones, si los españoles convivieran con los españoles y los extranjeros con los extranjeros no tendríamos xenofobia, si los blancos se relacionaran con los blancos y los de otros grupos étnicos lo hicieran con los suyos no habría racismo, y si los gays y lesbianas se quedaran juntos y dentro de sus armarios y guetos tampoco habría homofobia. El modelo machista que defiende la derecha está basado en la exclusión para que sólo el grupo de la sociedad que ellos decidan sea considerado con plenos derechos.

Por eso a la educación democrática la llaman “adoctrinamiento” y a las ideas que la respaldan “ideología de género”, porque a través de esos mensajes inciden en el plano emocional y manipulan los elementos cognitivos con la ayuda de los mitos y estereotipos que la propia cultura machista pone a su disposición, y de ese modo logran una distancia de la sociedad a la realidad que da lugar a la pasividad necesaria para que todo siga igual.

Esa es la clave, que todo continúe del mismo modo bajo su “ideología de género machista”, porque eso es el machismo, una serie de ideas impuestas por los hombres que hacen que la organización social y las relaciones dentro de ella se lleven a cabo sobre las referencias atribuidas a los hombres y mujeres, es decir, a lo que es ser hombre y ser mujer, o sea, al género masculino y al femenino. Como se puede ver, pura “ideología de género machista”.

Su verdad sólo se sostiene dentro del machismo, pero el machismo es mentira; porque no es cierto que los hombres sean superiores a las mujeres, tal y como afirma la esencia de la construcción androcéntrica. 

Defender el poder y los privilegios del modelo no se puede hacer a costa de los derechos de las personas ni de la injusticia social que conlleva. La educación es un instrumento de la democracia, no un arma contra ella.

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