4/29/2019

El conde de Gustarredondo


Hernán Gómez Bruera


El rostro de Rafael Tovar y López-Portillo lucía digno y altivo en la portada del suplemento Clase de diciembre de 2017. No podría ser de otra manera siendo nieto de un presidente e hijo de uno de los mayores caciques culturales que haya conocido nuestra gran nación.
Su semblante era el de un hombre que se sabe respetable por su antiguo linaje. El rostro del legítimo VI conde de Gustarredondo, un título de nobleza español concedido por el arquiduque Carlos Francisco de Habsburgo, del que el pequeño Rafael se dice “orgullosísimo heredero”.
Pero en las últimas semanas ese rostro ya no luce igual. Hay en su semblante un dejo de nostalgia de un pasado que se fue. En su vida cotidiana parece haber más pretérito de la grandeza familiar que presente continuo.
Hace unos días el conde sufrió una crisis nerviosa. Alguien le envió de mala fe una fotografía que mostraba cómo el cuadro de su padre, Rafael Tovar y de Teresa, había sido descolgado de forma artera de su sitio en el Centro Nacional de las Artes.
“Estoy verdaderamente furioso e indignado”, escribió en su cuenta de Facebook, abierta al público. “Papa fue quien ideó y fundó esa institución hace 25 años y por debilidad mental, emocional y política de la nueva directora y quienes están en la Secretaría de Cultura retiran su fotografía intentando borrar su legado, cuando deberían de haberle puesto su nombre para que fuera ‘El Centro Nacional de las Artes Rafael Tovar y de Teresa’”.
Al final, el conde de Gustarredondo sentenció: “Mientras que a papá se le recordará siempre por haber creado la Secretaría de Cultura, el CNA y tantísimas otras instituciones, a los pequeños administradores que ahora manejan la cultura no los recordarán ni sus nietos”.
Pero este terrible acontecimiento, que de forma infame pretendía soslayar el poder que por varios sexenios tuvo el Fidel Velázquez de la alta cultura y las artes en México, no pasó desapercibido. Nietos, primos y sobrinos de algunas de las más grandes figuras de la vieja clase política y el antiguo régimen salieron al ataque en redes sociales.
“¡No lo puedo creer!”, exclamó Carmen López Portillo, tratando de contenerse. “Qué te digo…”, dijo con tristeza la pobre Paulina Díaz Ordaz, “de mi abuelito quitaron hasta las placas del metro”. “Es un gesto a la altura de su pequeñez”, sentenció Alberto Cinta.
De pronto se desató una locura pejefóbica. El México blanco y criollo de la “verdadera cultura” no podía soportar semejante afrenta. “Bola de ignorantes que no saben nada”, escribió una señora de buena cuna; “Bestias impresentables”, dijo otra. “Qué podemos esperar de esa gente”, exclamó Elena Slim.
Unos a otros se daban cuerda en una crisis de histeria reaccionaria donde todo era agravio personal: “Resentidos sociales con poder. Eso es lo que son”, escribía uno. “Personas acomplejadas”, “funcionarios mediocres”, “absurda gentuza sin cultura condenados al fracaso por su inculto proceder”, soltó otro.
Doña Rosi Belfer fue contundente: “Todo el mundo sabe quién era Rafael Tovar y de Teresa. Esta ‘secretaria de Cultura’ ¿quién es?”. “¡Salvajes!”, exclamó una internauta imitando el tono en el que Dulcina Linares se expresaba de Rosa Salvaje en aquella mítica novela.
Hasta expresiones de golpismo abierto, con llamados a la resistencia civil pacífica, pudieron leerse entre los cercanos al conde: “Este gobierno es un cáncer que hay que erradicar”, manifestó uno; “#AMLORENUNCIA”, puso otro. “Regresará la ley a gobernar este país pronto”, dijo uno en tono amenazante y profético.
Y de pronto, cuando parecía que se empezaba a organizar una revuelta de la oligarquía, la Secretaría de Cultura publicó un comunicado donde aclaraba que todo había sido una mala interpretación: el cuadro de Tovar y de Teresa tan solo había sido retirado temporalmente del sitio que ocupaba para colocarse en uno más seguro. Se hizo un silencio.
Qué alivio para toda esa gente decente. ¿Qué hubiera pasado si esos “incultos”, “rotos” e “iletrados” hubieran salido a quemar el retrato a la plancha del Zócalo capitalino? El conde de Gustarredondo habría tenido que salir a encabezar la gran batalla por el legado de su padre, ese dueño y señor de la cultura en México al que tanto le debemos.

@HernanGomezB

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