Su cotidiano compromiso con la defensa de la biodiversidad es ejemplo en la región. “Me uní a la defensa de los bienes naturales de mi pueblo como se engarza un eslabón de una cadena de vida con otro”, afirma, aunque esto ha puesto en riesgo su integridad.
Originario de Unión Hidalgo, el defensor tiene mapeado cada metro del trayecto que comunica Ixtepec, Oaxaca, con Ciudad Hidalgo, Chiapas. Conoce los impactos en las tierras comunales y se ha dedicado a denunciarlos públicamente.
A la periodista Diana Manzole comparte que aunque cada vez “se vuelve más riesgoso defender”, es necesario denunciar que en Unión Hidalgo persiste la extracción ilegal de minerales y material pétreo de parte de elementos de la Marina (a través de Grupo Ferrocarrilero del Sureste) y de la autoridad local de la comunidad.
Édgar debería tener todas las garantías de seguridad para su noble y necesaria labor, pero desde el 30 de octubre de 2024, durante una mesa de paz y seguridad que convocó el secretario técnico de Seguridad y Protección Ciudadana, se determinó dejarlo sin protección, porque, admitieron, su actividad de defensor causa molestias en propiedad privada. Las denuncias públicas le han traído mayor intimidación.
“El 23 de diciembre, cuando acudí al palacio municipal a presentar una solicitud de información, me topé con el presidente municipal y me dijo que colecciona notas periodísticas para actuar en mi contra cuando proceda, y le dice a la gente que por mi culpa las obras no se realizarán, lo cual representa estigmatización de la defensa de los derechos humanos”, señala el ambientalista.
Denunciar la deforestación de más de 12 mil árboles endémicos y algunos en peligro de extinción también le ha traído amenazas, en un país en que defender la naturaleza es poner en riesgo la vida.
manera de comunicar// Agrede y amenaza, pero
así es él// Tiene límite la paciencia de Kalimán
Así es: el impúdico Trump declaró que “vamos a empezar ahora a atacar por tierra a los cárteles. Los cárteles están controlando México, declaró anoche en entrevista con Fox News. Horas antes, ante una pregunta de The New York Times sobre si existen límites a su poder global, respondió: sí, hay una cosa. Mi propia moralidad. Mi propia mente. Es lo único que puede detenerme. No necesito el derecho internacional” ( La Jornada).
Cierto es que la relación bilateral amén de complicada debe manejarse con pinzas y pulso de cirujano, pero tras la más reciente barbaridad del jefe del cártel de la Casa Blanca, que abierta y descaradamente anuncia que invadirá territorio nacional porque se le pega la gana, era de esperarse una respuesta contundente por parte del gobierno mexicano. Pero no fue así. En la mañanera de ayer, la presidenta Sheinbaum dijo que “con el presidente Trump tenemos un acuerdo, un entendimiento en el tema de seguridad con México; que, por cierto, estamos fortaleciendo… Por las declaraciones que ha hecho el presidente Trump en estos días, que consideramos, en fin, que es parte de su manera de comunicar, pero de todas maneras le pedí al canciller Juan Ramón de la Fuente que pudiera hacer contacto directo con el secretario del Departamento de Estado (el halcón Marco Rubio, otro impresentable). Y si es necesario, hablar con el presidente Trump para fortalecer la coordinación en el marco que hemos explicado ya en varias ocasiones”. Bien, pero también la paciencia de Kalimán tiene límite.
Algo más: “vamos a estrechar la comunicación… Hace dos o tres días el propio secretario Rubio habló de la buena coordinación en materia de seguridad que hay con México, que lo han presentado en varias ocasiones; está el grupo de trabajo que tenemos conjuntamente. Entonces, estrechar más la relación, esta información que estamos dando, de la cantidad de laboratorios incautados, en fin, que tengan toda la información. Y en el marco de lo que hemos venido trabajando, pues estrechar la coordinación”.
Días atrás, después del secuestro de Nicolás Maduro y la violación de la soberanía venezolana, la mandataria reiteró que “nosotros no estamos de acuerdo ni con el injerencismo, ni con el intervencionismo, sino con la cooperación y la colaboración. Eso es lo que hemos manifestado siempre y se lo manifestamos siempre al gobierno estadunidense. Primero, es un asunto de soberanía, de defensa de la soberanía nacional. Pero, segundo, no serviría de nada (un intento de intervención o acción unilateral en territorio mexicano). Y con Estados Unidos colaborar, coordinarse, pero nunca en una situación de subordinación, sino de colaboración y de coordinación… Es comunicarse, es el diálogo, nosotros privilegiamos el diálogo por encima de todo. Tenemos nuestra posición, tenemos nuestros principios, pero buscamos el diálogo con el gobierno estadunidense siempre y afortunadamente tenemos una muy buena comunicación”.
Bien, pero el punto es que nada puede confiarse al bucanero Trump por ser el primero en reventar los acuerdos, pretextando cualquier cantidad de sandeces. Es mitómano, indecente y traicionero, y si, como él mismo se ufana, su único límite “es mi propia moralidad; es lo único que puede detenerme; no necesito el derecho internacional”, entonces agárrense, porque obvio es que para él, como el clásico, la moral es un árbol que da moras o sirve para una chingada.
Las rebanadas del pastel
A raíz de la guerra con Ucrania, de inmediato Rusia fue sancionada por Estados Unidos y sus títeres europeos (todos expansionistas, colonialistas y depredadores) “por violar la soberanía” de dicha nación. Por ejemplo, el oso ruso fue expulsado de la FIFA. Pero como aquellos están orgullosos de su doble moral, “todo cambia” ahora que Trump hizo lo propio en Venezuela y las “penalizaciones” al gringo brillan por su ausencia. De hecho, en lugar de defenestrarlo del paraíso del balompié, la mafia futbolera le otorgó el “premio de la paz”. Más lamebotas, imposible.
X: @cafevega
El pasado martes 6, el Departamento de Justicia de Estados Unidos eliminó la mención del presidente venezolano, Nicolás Maduro, como presunto líder del cártel de Los Soles en una acusación modificada presentada por la fiscalía, con lo que en los hechos admitió lo que todo mundo sabía: que el mandatario secuestrado nunca lideró esa organización y que la misma ni siquiera existe. De este modo, ya es completo el paralelismo entre la invasión de Irak de 2003 y el secuestro de Maduro perpetrado por el trumpismo en el tercer día de este 2026, y quienes insisten en presentar los acontecimientos en curso como una “liberación” o una “restauración democrática” de Venezuela, han quedado exhibidos como meros propagandistas del imperialismo estadunidense.
La propia Casa Blanca no muestra ningún reparo en reivindicar su lógica neocolonial. Como dijo Stephen Miller, jefe adjunto de personal para políticas y asesor de seguridad nacional del presidente Donald Trump, “puedes hablar todo lo que quieras sobre sutilezas internacionales y todo lo demás, pero el mundo real se rige por la fortaleza, por la fuerza, por el poder”. En ese “mundo real” del neofascismo, el hecho es que el destino de Venezuela sigue lejos de haberse decidido. Por una parte, Trump presume de tener totalmente sometida a Caracas, de controlar sus reservas petroleras y de haber impuesto un sistema económico idéntico al que los imperios europeos establecieron en sus posesiones de ultramar entre los siglos XVI y hasta bien entrada la década de 1970: según el magnate, en lo sucesivo Estados Unidos es el único país al que la nación sudamericana puede exportar hidrocarburos, y el único del que puede obtener cualquier producto industrial o agrícola que requiera, incluidos los de primera necesidad.
Sin embargo, aunque ciertamente hay una vulneración terrible de la soberanía venezolana, la situación en el terreno no es de ningún modo tan lineal como la presenta Trump. Por ejemplo, en el exterior casi todos los observadores dan por sentada la caída del chavismo, pero en las calles de Venezuela miles de personas piden por la liberación y el regreso de su presidente.
Mientras el político republicano dice que obligó a Caracas a romper todo vínculo con Rusia, China, Cuba e Irán, el jueves la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, sostuvo un “afectuoso encuentro” con el embajador de Pekín, Lan Hu, a quien agradeció su condena a las agresiones estadunidenses. Asimismo, la aseveración de que las “grandes petroleras” invertirán “al menos 100 mil millones de dólares” en Venezuela para “reconstruir, de una forma mucho más grande, mejor y más moderna, su infraestructura de petróleo y gas” choca con las reticencias de la industria a involucrarse en el país en un contexto de demanda cubierta por la producción actual. En este sentido, está por verse si la fijación de Trump por controlar Venezuela se mantiene en caso de fracasar sus delirios petroleros.
Ésas y otras contradicciones obligan a recordar que la suerte de la lucha por la libertad de Venezuela frente al imperialismo no se ha decidido y que la solidaridad internacional es más importante que nunca para auxiliar a una nación enfrenta uno de los trances más difíciles desde la gesta de Bolívar, pero no ha sido derrotada.
De hecho, la última vez que estuve en ese país, por demás entrañable, lo mismo que un par de amigos, tuve que salir casi clandestinamente y, eso sí, de manera precipitada.
Habiendo sido elegido presidente de la Asociación de Historiadores Latinoamericanos y del Caribe (Adhilac) que había tenido en Caracas una reunión general, en virtud de que el presidente saliente era precisamente un importante funcionario cultural, al entonces jefe de estado venezolano se le ocurrió que este servidor debería residir también en Caracas y no quiso entender las razones por las cuales mi residencia en Guadalajara no ameritaba cambios.
Al fallecer el dicho “prócer”, su sucesor me mandó decir, no sé por qué, que se requería mi presencia en Caracas. Mi respuesta por escrito consistió en decirle que ya había renunciado a la dicha presidencia, pero que estaba a sus órdenes en la embajada de su país en México, aunque no podía ir hasta allá. Fue la última comunicación, además de que Adhilac en manos de un cubano fue muriendo por inanición. Ojalá que algún día resucite…
Ahora bien, tal discrepancia con el gobierno venezolano, lo mismo que la política represiva de sus opositores, no implica que apruebe la arbitraria, prepotente y fascista conducta del señor Trump:
Un verdadero “jijo de la trumpada”. De manera tal que ahora me solidarizo cabalmente con Maduro y, sobre todo, manifiesto mi repugnancia por aquellos venezolanos, mexicanos y naturales de otros muchos países, que simpatizan con la política gringa, cuya principal intención es recuperar la potestad que había ejercido antaño, gracias a venezolanos y venezolanas vendepatrias que ahora vuelven a cacarear, sobre el abundante petróleo de ese país hermano.
El hecho de que su gobierno no nos resulte satisfactorio, aunque no desagrade tanto como el argentino, el ecuatoriano y varios más, no quiere decir que sea conducente lo que pretende el neofascismo estadunidense encabezado por esta versión orate y hitleriana del siglo XXI, que puede llegar a cometer barbaridades aún peores.
Viendo algunos periódicos y demás medios de comunicación de otros países que merecen el calificativo de “reaccionarios”, me despierta la preocupación de que la historia nefasta de las relaciones con Estados Unidos no ha sido lo suficiente para repudiar un gobierno de la calaña del señor Trump.
Tal parece que los mexicanos no hemos sufrido bastantes oprobios como para no andar de nalgasprontas con la escoria fascista de los estadunidenses en vez de sumarnos a las múltiples manifestaciones que en su propio país han emergido en contra del señor Trump y rufianes que lo acompañan, entre los que se halla, para vergüenza nuestra, algún mexicano.
Éste puede que saque tajada de su abyecta conducta, pero de los mexicanos, en verdad traidores, como el que es dueño de varios medios informativos, podemos proferir con voz fuerte “que no tienen madre”.
Por suerte, nuestro gobierno, por más que lo maldigan tales mexicanos de esos que nos avergüenzan, enarboló el ideario de la Revolución Mexicana y ha establecido una postura ecuánime y de gran dignidad. Afortunadamente, hoy es hegemónico en el gobierno de nuestro país un contingente que recuerda al PRI de antaño.
No podemos manifestarnos optimistas sobre los resultados de los ires y venires que se avecinan en los próximos tres años, pero sí resulta claro que resistencia habrá gracias a mexicanos que sabrán pasar por encima de controversias y diferencias partidistas, para volver a blandir principios de la política exterior mexicana que tanto lustre le dieron antes a nuestra patria y tanto favoreció el gran desarrollo que tuvo nuestro país.
Lo cierto es que la doctora Sheinbaum recuerda a los gobiernos aquellos que, en el ámbito internacional, dejaron muy bien parado a México, a pesar de que también padecieron lastres reaccionarios como los de ahora que no impidieron el reconocimiento general.
Occidente es la historia de varios grupos de personas que se piensan esenciales dentro del resto que es desechable. Fundan la idea de que lo humano es un rasgo restrictivo y exclusivo de su grupo. Los griegos consideraban bárbaros a los que no hablaban su idioma y sostenían que eran pueblos balbuceantes destinados a la esclavitud. Es una idea que legitima toda forma de dominación, primero en Europa y luego en Estados Unidos. Los demás son un contagio. Puede ser de criminalidad, de culturas distintas, y hasta de lo que se considera “feo”, como dijo hace poco el presidente de los Estados Unidos a un grupo de venezolanos deportados.
Son parásitos que le chupan la sangre al hombre común, decente, trabajador y que, además, reclaman un lugar que no se han ganado, se reproducen a velocidades de terror, y su subhumanidad se va pasando de generación en generación. Como lo son “los pobres” para la ultraderecha en el México actual. Racializada la pobreza, los señalados llevan en el color de piel su desventaja natural que justifica que se les trate como cosas. Al revés de los Kalam, los soberbios “occidentales” le han dicho impuro, no al que asesina a un igual, sino al que consideran su inferior y que merece morir o ser esclavizado.
Pero veamos qué ha sido “Occidente” con el que se llenan la boca lo mismo los trumpistas, que los de Vox en España, la OTAN, y hasta una ralea latinoamericana que espera que el “primer mundo” le llegue, aunque sea a bombazos. Un reciente libro de Georgios Varouxakis, llamado simplemente West, hace la historia del concepto racista desde su inicio griego. Primero, incluyó todo lo que estaba al norte de Europa, con todo y la Rusia de Pedro El Grande. Pero, tras la victoria de los rusos sobre Napoleón, Occidente, aterrorizado, se convirtió en algo que excluyó para siempre a Rusia.
Lo que pasaba del oeste de Alemania y del sur de Italia era “oriental”, “musulmán”, “cosaco”. “otomano”, “turco” o “bárbaro”. Pero he ahí que el racismo se fue haciendo exclusivista: los del sur de Europa, España e Italia incluidas, no eran ya realmente Occidente, por ser católicos. Luego, en la propia Gran Bretaña, los irlandeses no eran tampoco “occidentales”. No era la Europa cristiana, porque estaban fuera los ortodoxos del “Oriente”, incluyendo a los mismísimos griegos. No eran tampoco franceses y alemanes porque, entre ellos, se disputaron ser el centro de la humanidad. Pero fueron los positivistas de Francia, Augusto Comte en específico, que colocó a su patria en el centro desde donde emergía la universalidad, con un guiño al imperio de Carlomagno, sucesor supuesto de la Roma de los césares. Alemania se quedó con su profunda “kultur”, resistiendo ese universalismo que despreció por ser tan sólo “una civilización”, es decir, superficial. Los Estados Unidos entran ahí, no sólo porque se digan herederos de los migrantes europeos, sino porque son muy cristianos, blancos, y “superiores”, es decir, porque llevan consigo el racismo al que le suman su supuesta supremacía tecnológica. Desprecian a los europeos católicos, y se ponen al frente de ese imaginario del racismo fluctuante y voluble que se llama “Occidente”.
Así, los esclavistas del sur de Estados Unidos están convencidos de que fueron puestos por Dios en esta tierra para explotar a los inferiores y apropiarse de sus recursos. Al “negro” flojo e ignorante, lo sustituyen con el afroamericano criminal, drogadicto, y naturalmente violento después de la emancipación. A los latinoamericanos nos consideran subhumanos con poderes sobrehumanos para “minar su modo de vida”, engendrar el caos, y las sobredosis. No merecemos los recursos naturales porque hacemos mal uso de ellos. Somos, a la vez, autoritarios e indolentes. Contagiosos y desechables.
Lo humano que surgió después de las bombas de Hiroshima y Nagasaki habló de nuestra vulnerabilidad ante nuestra propia tecnología. Ahora los mega millonarios hablan de prescindir de lo humano con la inteligencia artificial. Después de Hiroshima y Nagasaki, se expandió el imaginario de que todos teníamos un irreductible: nuestra propia dignidad. Vivíamos en naciones que, al menos en el papel, tenían todas por igual derecho a la autodeterminación. Todo eso se está rompiendo en estos días. El presidente de Estados Unidos dice que el límite de su poder global es “su propia moralidad”. Como un esclavista lleva a cabo linchamientos para regocijo de sus seguidores digitales. Esos rituales de degradación, como exhibir a un presidente constitucional con esposas y vendado de los ojos, son los viejos espectáculos callejeros de llevar a la horca a un afroamericano, no por haber violado a una mujer, sino por tener una “naturaleza violadora”. Lo mismo puede decirse del lenguaje de la ultraderecha, sus insultos, apodos, amenazas diarias. Son linchadores confederados. En estos días parece que hemos llegado a la hora de la crueldad. Y, para no pensar más, imagino a un magnífico casuario azul, con su cresta, agazapado.
Tras una comida llena de conversaciones frívolas, Hitler se va a descansar y dos horas de ansiedad después, le expone a Schuschnigg sus condiciones para “respetar” la soberanía austriaca. Entre otras cosas, debe situar a un nazi austriaco al frente del ministerio del Interior y amnistiar a todos los nazis encarcelados, también a los que mataron a Engelbert Dollfus, antecesor de Schuschnigg. Y le da ocho días para cumplir las condiciones a cambio de las cuales, según el documento encima de la mesa, “Alemania renuncia a toda intromisión en la política interior de Austria”.
Schuschnigg intenta negociar y Hitler responde: “No cambiaré una coma. O firma usted o no tiene sentido que prosigan estas conversaciones”. Generales de la Wehrmacht miran expectantes. Dos oficiales de las SS sirven el café. El austriaco, ser diminuto, acaba anunciando su firma. Pero hay tiempo para un pero, según cuenta en sus memorias. “Con esa firma no va a adelantar usted nada. Según nuestra Constitución, sólo la más alta autoridad del Estado, es decir, el presidente de la República, puede nombrar a los miembros”.
Éric Vuillard, de cuyo libro El orden del día se nutren estas líneas, no tiene piedad con el pusilánime Schuschnigg: “No se contentaba con ceder ante Adolf Hitler, necesitaba también atrincherarse tras otra persona”. El alemán, contrariado, se retira con un general. Schuschnigg cree haber ganado un tanto. 45 eternos minutos después, llama de nuevo al austriaco: “He decidido, por primera vez en mi vida, replantearme una decisión. Espero que este acuerdo entre en vigor en un plazo de tres días”. La maniobra procedimental le ha costado a Schuschnigg cinco días de margen. Acepta el trato sin rechistar, junta los añicos de soberanía austriaca esparcidos por el suelo y regresa a su país, que sólo un mes después será invadido por los tanques alemanes.
Es una buena época para releer a Vuillard, que culmina su libro con un epitafio sublime: “Nunca se cae dos veces en el mismo abismo. Pero siempre se cae de la misma manera, con una mezcla de ridículo y de pavor”.
Hitler fue Hitler y Schuschnigg fue Schuschnigg, igual que Trump es Trump y Von der Leyen es Von der Leyen. Hay que huir del cliché, pero así, con los pies de puntillas y aprovechando que no nos escucha nadie, yo no sé si la escena en el campo de golf escocés del presidente estadunidense, en el que Von der Leyen entregó un buen pedazo de soberanía europea a Washington este verano, dista demasiado de aquel encuentro en el Berghof. Salvando las distancias, que las hay, los paralelismos son francamente sencillos de establecer, empezando por el propio escenario. Del refugio alpino del führer, al campo de golf de Trump.
Pero las comparaciones históricas no pueden ser sólo un ejercicio literario. Hay que escarbar un poco en la realidad para ver si tienen fundamento. ¿Aguanta la etiqueta de fascismo lo que está ocurriendo en EU?
Robert Paxton explica en su Anatomía del fascismo que éste no se caracteriza tanto por un corpus ideológico concreto, sino por su acción. Son los actos los que dan cuerpo al fascismo, un accionar en el que brilla con luz propia la fascinación por la violencia. El ataque a Venezuela lo puede explicar por sí solo un imperialismo renovado, pero no las declaraciones de Trump: “Deberían haber visto esa velocidad, esa violencia, fue realmente increíble”. El discurso antinmigración no es exclusivo del fascismo, pero la actividad del ICE, no sólo por el reciente homicidio de una mujer en Minnesota, difícilmente puede recibir otro calificativo.
El propio Paxton, reacio durante el primer mandato de Trump a calificarlo de fascista, se autoenmendó tras el asalto al Congreso de 2021. Desde entonces lo ha tenido claro: es fascismo. Pero no sólo porque Trump sea un fascista que pueda compararse con Hitler o Mussolini, añade, sino, sobre todo, porque tiene tras él un sólido movimiento de masas de corte supremacista, predispuesto a la acción violenta y para el que la democracia no significa absolutamente nada.
Este académico no está solo, ni mucho menos. Jason Stanley, otro investigador de la misma materia en Yale, anunció en abril que se muda a Canadá: “Ya somos un régimen fascista”.
Es crucial llamar las cosas por su nombre y, sobre todo, hacerlo a tiempo. Llamándolos fascistas quizá visualicemos mejor el peligro que son. Y en cualquier caso, es mejor equivocarse ahora que lamentarse después. Todo el libro de Vuillard es un recopilatorio de momentos en los que alguien pudo haber hecho algo para parar los pies a Hitler y no lo hizo. Que no escriban ese libro sobre nosotros de aquí a unas décadas.
La guerra de EU contra Venezuela en estos 27 años ha sido constante y con distintas fases. La desinformación y el ataque mediático han estado siempre presentes, pero también el financiamiento a grupos de oposición y asesoramiento político y militar para golpes de Estado. En el memorial de agresiones queda el golpe de Estado y secuestro de Hugo Chávez en 2002, que contó con el respaldo de EU, y que se logró revertir gracias al pueblo movilizado. También recordamos el intento de asesinato en 2018 de Nicolás Maduro, con la utilización de drones y explosivos. Junto a la desinformación, ataques mediáticos, asesoramiento y financiamiento político y militar, están también las sanciones económicas, el congelamiento de cuentas y otras medidas financieras que buscaron siempre asfixiar al pueblo venezolano.
Mientras todas las formas de guerra se aplicaron y aplican contra Venezuela, los gobiernos de EU, sus aliados y algunos progresistas extraviados, fueron fortaleciendo mediáticamente a líderes y lideresas de cartón. Aunque una y otra vez Juan Guaidó, Corina Machado, Leopoldo López o Edmundo González dijeron “ganar elecciones”, “contar con el respaldo de la sociedad” e incluso ser reconocidos como “presidentes” por gobiernos de otros países; hoy queda claro que sólo eran marionetas desechables de Washington.
A todo eso el pueblo de Venezuela resistió, y sigue resistiendo. Resistió a la muerte de Hugo Chávez cuando auguraron que todo acabaría y resiste también hoy al secuestro de su presidente Nicolás Maduro y de Cilia Flores.
El pueblo de Venezuela resiste a las múltiples formas de la guerra que desde afuera le imponen y resiste también a las contradicciones y errores de su dirigencia y su burocracia. Resistieron y resisten a esas guerras que nunca fueron por la democracia y los derechos humanos, que siempre fueron por el petróleo y por el territorio.
La intensificación de la guerra contra Venezuela en los últimos días se inscribe, sin embargo, en una fase de reordenamiento global del capital, con la expansión de guerras de conquista. En esta fase, el petróleo de Venezuela sigue siendo el objetivo, pero también dar un mensaje “disciplinador” y de generación de miedo: cualquiera que no se alinee, puede ser el siguiente objetivo. “Cada bomba que cae en Gaza, cae también en las capitales y las principales ciudades del mundo, sólo que todavía no se han dado cuenta”, dijeron los zapatistas en 2023. Esas bombas ya cayeron en Venezuela.
De a poco va saliendo más información de lo sucedido hace unos días en Venezuela. Hoy sabemos, por ejemplo, que hubo una feroz resistencia a la invasión, que los combatientes internacionalistas cubanos y también muchos venezolanos dieron la batalla durante varias horas. El saldo no es oficial todavía, pero se habla de al menos 80 personas asesinadas y un centenar de personas heridas del bando venezolano. La actitud de Nicolás Maduro durante los traslados y en su presentación, deja más la impresión de que es un ganador en la batalla, si por ganar entendemos que él y Cilia están vivos, que el gobierno bolivariano continúa, que su país no fue conquistado, que está ganando la narrativa y, lo más importante, que el pueblo venezolano resistirá en las calles.
En los días que han pasado y en los que vienen, mucha desinformación circulará. A una posición ética y a la verdad debemos aferrarnos: sin contar con el respaldo del aparato legal de su país, el gobierno estadunidense invadió Venezuela, secuestró a su presidente y a su esposa, asesinó a decenas de personas –incluidos civiles–; afectó viviendas y centros educativos, y hoy se propone imponer una especie de protectorado. Acostumbrado y preparado para resistir, el pueblo de Venezuela empieza a salir del shock y a manifestarse en las calles. Necesita de la solidaridad de los pueblos del mundo, y más importante todavía, los pueblos del mundo necesitamos a los pueblos de EUA intensificando las protestas desde adentro.
Es la hora del pueblo venezolano. Es la hora de los pueblos del mundo.
*Sociólogo
Aunque suene paradójico, una de sus principales características no es que miente −cosa que hace a menudo, pero que es algo que, en sí mismo, no es nada inusual en la política−, sino que de repente y de manera espectacular dice la verdad. Como ahora cuando, para el asombro de muchos, aseguró repetidamente que lo único que le interesa de Venezuela “es su petróleo”, o cuando en enero de 2025 cuando llegaba de nuevo a la Casa Blanca con un programa explícitamente neoimperialista y neocolonial.
A primera vista sus amenazas del año pasado de “convertir a Canadá y a México en nuevos estados de EU”, de “reapropiarse del Canal de Panamá” o de “comprar Groenlandia a Dinamarca”, el afán que después de su golpe en Venezuela, mutó subidamente en amenazas de invadirla militarmente –cosa que, dicho sea de paso, dejó a las élites europeas (siempre en la mira de la DM), que hasta ahora hacían todo lo que les dictaba Trump, en puro estado monsivaiano de “ya no entiendo lo que está pasando, o ya pasó lo que estaba entendiendo”–, parecían unas simples pifias. Y aún queda por ver hacia dónde nos vamos desde acá, pero los afanes de EU de convertir a Venezuela en un controlado por la vía remota protectorado, son ilustrativas.
Lo más llamativo sin embargo es que con su raid caraqueño −para el cual, por cierto, la excursión panameña de Bush padre para capturar a Noriega (1989) es la analogía histórica más cercana– y sus justificaciones, Trump, a diferencia de su mucho más borroso e inerte gobierno 1.0, logró insertarse bien, por fin, en los viejos patrones históricos de EU en la región, apuntando así a sus linajes políticos concretos y sus precursores e incluso codificar, apresuradamente, su propia doctrina al respecto.
Después de haber publicado en diciembre pasado su Estrategia de Seguridad Nacional según la cual, entre otros, “después de años de negligencia” [ sic], EU va a “reafirmar y aplicar la DM para restaurar su preminencia en el hemisferio occidental” –algo que fue bautizado como “Corolario Trump” a la DM−, Trump, famosamente ignorante de la historia, anunció ahora el nacimiento de la “Doctrina Donroe”. Aunque, en sus propias palabras “la nueva doctrina sobrepasa la anterior en todo”, en realidad, lo único que hace es liberar al imperialismo gringo de todo el peso “innecesario” que se le pegó en un contexto internacional post 1945 (legalidad, derechos humanos, democracia).
Todo esto −si uno no se dejaba a atrapar en un cul de sac de querer a explicar al trumpismo como “fascismo”: solamente en el contexto internacional la diferencia crucial era que los regímenes fascistas de entreguerras eran poderes de segundo nivel que trataban “alcanzar” a la principal potencia global (Reino Unido), mientras EU siendo ahora, aún, la máxima potencia, en su senilidad trata desesperadamente a refrescar sus viejas doctrinas imperialistas y “ahuyentar” a los nuevos aspirantes (¡China!)− ya se veía venir.
El propio Trump a finales de 2024 ofreció las pistas concretas para ir entendiendo a su futura presidencia. Comparándose con William McKinley (1897-1901), el presidente que encabezó la expansión global de EU −fue en su presidencia que, tras la guerra con España, Washington se apoderó de las Filipinas, Guam, Puerto Rico y Cuba (protectorado de facto)−, introdujo las políticas de los “aranceles fuertes” y convirtió a la Casa Blanca en la proveedora de los servicios corporativos, se presentó como su continuador empeñado a regresar a los modos de hacer las cosas “como en los viejos, buenos tiempos”.
Lo mismo aplica a sus parecidos −menos explícitos ya que éste era mucho más progresista en varios aspectos que Trump−, con Theodore Roosevelt (1901-1909), el vicepresidente de McKinley que lo sucedió tras el asesinato, ambos representantes de una suerte de “nacionalismo unilateral”. Roosevelt arrancó a Panamá de Colombia, supervisó la construcción del canal allí y frente al intervencionismo de los europeos que –aquí regresamos otra vez a Venezuela– trataban de cobrarle las deudas al dictador venezolano Cipriano Castro, introdujo al “Corolario Roosevelt” (1904) que consumó la transformación de la DM en una herramienta del neocolonialismo (República Dominicana, Cuba, Haití, Nicaragua).
El hecho de que, según la administración estadunidense, después de Venezuela, “la siguiente en la lista” es Cuba, inscribe a Trump inequívocamente en este linaje político-histórico del cual el último representante más sonado era Patrick Buchanan, que en los años 90 buscaba infructíferamente, con el lema “Estados Unidos Primero”, competir por la presidencia y que igual que Trump ha sido a menudo, erróneamente, tildado de “aislacionista”.
Si algo ha demostrado hasta ahora el secuestro de Maduro, es que Trump siempre se entendía mejor en términos de la “continuidad”, no la “ruptura” con los viejos patrones estadunidenses. Una de las principales debilidades de la “tesis del ‘fascismo’” −en su versión mainstream− es que es un esfuerzo de “abnormalizarlo” y tratarlo como un “cuerpo extraño”, mientras lo que representa él es, en realidad, la quintaesencia de los impulsos imperialistas de EU, dentro de sus propios linajes y de acuerdo con sus doctrinas principales.
En el giro a la derecha de Ávila Camacho, Alemán Valdés y Ruíz Cortines, se eliminó la práctica educativa cardenista entendida como una herramienta de transformación social. Así, se entabló un combate estudiantil recurrente que configuró al IPN como parte de la vanguardia en los movimientos de 1942, 1950 y 1956. En este último se registraron la huelga masiva de aproximadamente 150 mil alumnos que pararon más de 70 planteles en 23 estados a lo largo de 125 días; y las resistencias de los politécnicos ante la ocupación policiaco-militar de su Internado y del Casco de Santo Tomás durante más de dos años.
Los paristas compartían elementos centrales: extracción popular, lazos consanguíneos o de paisanaje identitarios, amistades, noviazgo, compañerismo y flexibilidad escolar. Sus pliegos petitorios coincidían: mejoramiento académico, mayor presupuesto, renuncia de autoridades abusivas y corruptas, alto al cierre de sus colegios, marco normativo y participación democrática. Poseían una fuerte disciplina y tradición gremial vinculados por federaciones autónomas, elegidas de manera periódica, directa y democrática, como la Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México o la Federación Nacional de Estudiantes Técnicos, quienes gozaron del reconocimiento y de la interlocución con el gobierno federal.
Todo lo anterior explica su coordinación estratégica en un frente unido, que desplegó una nueva cultura de la protesta con recursos reinventados de resistencias obreras y campesinas, así como de sus propias experiencias: mítines relámpago, manifestaciones de antorchas o de “sentados”, brigadas informativas, boteo, “plantón-escracheo”, “paros escalonados”, “ toma” de autobuses e instalaciones, “rescate” de detenidos y violencia defensiva. Las mujeres rompieron estereotipos de hija, esposa o madre para ser lideres, oradoras, representantes en las mesas de negociaciones y redactoras de periódicos.
El freno al movimiento se diseñó minuciosamente por el Presidente de la República, los secretarios de la Defensa Nacional, de Educación y de Salubridad y Asistencia; los jefes de la Policía Judicial y del Servicio Secreto; el Director General del IPN y el rector de la UNAM. Empresarios, medios de comunicación, jueces y carceleros coadyuvaron en el sometimiento.
Asestaron un golpe demoledor el 23 de septiembre con la “Operación P”, intervención de desalojo, clausura y ocupación del Internado, implementada por más de 2 mil soldados, policías, granaderos y agentes de la DFS; armados con bombas de gases lacrimógenos, garrotes, rifles, pistolas y metralletas. Los internos sacados a bayoneta calada fueron trepados en camiones y abandonados en las carreteras de Toluca y Pachuca. Arturo Gámiz de la Prevocacional 4, fue uno de los desterrados.
Doscientos cuatro estudiantes, entre éstos 54 adolescentes casi niños, fueron maltratados, interrogados y fichados en la 9ª Delegación y encerrados en la Cárcel de la Ciudad o El Carmen, con multas de mil pesos y 15 días de prisión por “escandalizar”. El día 27, los líderes Nicandro Mendoza, Mariano Molina, Raúl Lemus y Efraín Ruiz fueron capturados, incomunicados, golpeados y “hambreados” en los separos de la 6ª Delegación y del Servicio Secreto. Permanecieron más de dos años como presos políticos en la Penitenciaría de Lecumberri, acusados de portación de armas prohibidas, lesiones, resistencia de particulares, injurias contra agentes de la autoridad, amenazas contra funcionarios públicos y disolución social (ley de excepción reformulada como tipo penal ex profeso para castigar la disidencia). Simultáneamente, se maniató la defensa de la educación con la nueva Ley Orgánica de 1956 y la presencia castrense en la Secretaría General, el Departamento de Servicios Escolares, la prefectura y las escoltas del director Alejo Peralta.
Internados, casas hogar, hogares colectivos, casas de estudiantes de provincia y comedores clausurados, carreras canceladas, institutos separados, planes de estudio alterados, inscripciones meritocráticas con exclusión de admisiones foráneas, expulsiones, “listas negras” y pérdida de derechos constitucionales provocaron la baja de más de 3 mil alumnos. La situación empeoró con el sismo de 1957 (ESCA y ESIA se desplomaron).
Con el Politécnico al borde de su clausura reinició la movilización, ahora liderada por los Ateneos y la Vanguardia Revolucionaria. “Fuera tropas del IPN” fue el eje articulador estudiantil y la demanda solidaria de los movimientos sociales en los años 50. Iniciaba una nueva era en las batallas por la educación, que aún continúa.
*ENAH
Muestra también un aspecto sobre el que necesitamos urgente reflexión crítica: el uso de tecnologías y plataformas digitales y de inteligencia artificial y su relevancia en las guerras imperiales, la vigilancia y control generalizado de las poblaciones, en lo cual el genocidio en Gaza ha sido un campo de ensayo.
Trump y secuaces se vanaglorian de su poderío militar, todo ello televisado para impresionar y amenazar a cualquier país que piense en oponerse al saqueo imperial. Alegan que la rapidez y magnitud del ataque fue lo que inhibió la activación a gran escala de la defensa militar venezolana.
Sin subestimar la amenaza que representa, necesitamos ser críticos ante la visión superpoderosa que intenta imponer Estados Unidos sobre sí mismos. Al parecer, además de fuego y tecnología, elementos clave del ataque a Venezuela fueron la vieja infiltración de la CIA y la compra de traición interna en el aparato de seguridad.
No obstante, hay otros aspectos importantes a tener en cuenta. Según el historiador brasileño Fernando Horta, “la operación no fue ganada con misiles, helicópteros o por la cantidad de metal que Estados Unidos pueda lanzar sobre un país. Una batalla crucial se libró y ganó en las capas invisibles del espectro electromagnético y en los flujos de datos que cruzan nuestro continente cada milisegundo. Antes de los primeros disparos, los aviones de guerra electrónica EA-18G Growler ya habían ‘borrado’ Caracas” (https://tinyurl.com/6jd448p7).
En efecto, los aviones EA-18G cuentan con equipamiento para detectar, bloquear y degradar radares, sensores, dispositivos y redes de comunicación, con el cual pudieron “silenciar” Caracas antes del ataque, además de destruir torres de comunicación que ya tenían mapeadas.
Vivimos, además, en una época en que el uso casi omnipresente de teléfonos “inteligentes”, tabletas, computadoras, relojes, cámaras, dispositivos digitalizados de automóviles y hasta los de uso doméstico, como aire acondicionado, refrigeradores y pantallas están emitiendo señales todo el tiempo. Mensajes y señales que van por redes y plataformas digitales de Internet y de telefonía dominadas por trasnacionales estadunidenses, o cuando éstas no están directamente presentes, como pasa parcialmente en Venezuela, otras compañías contratan nubes informáticas de alcance global para almacenar y procesar datos, que están controlados en vasta mayoría por tres titanes tecnológicas de Estados Unidos (Amazon, Google y Microsoft).
Con programas y algoritmos de IA se puede extraer, cruzar e interpretar datos relevantes de esos enormes volúmenes de información y deducir con bastante precisión lugares y personas.
Las mayores tecnológicas, como Microsoft, Alphabet (Google y YouTube), Meta (Facebook, Instagram, Whatsapp), OpenAI (ChatGPT) y Amazon, colaboran activamente con Estados Unidos y los departamentos de Defensa de varios países en guerra y genocidio, como Israel. Han contribuido a desarrollar, por ejemplo, programas para control y vigilancia de poblaciones enteras y rentan capacidad de almacenamiento y procesamiento con inteligencia artificial especialmente para objetivos bélicos (https://tinyurl.com/3p89dxwz).
En junio de 2025 cuatro altos ejecutivos de Meta, OpenAI y Palantir se unieron al Ejército de Estados Unidos con el grado de teniente coronel, en cumplimiento del objetivo de este cuerpo de ser “una fuerza más efectiva, inteligente y letal” (https://tinyurl.com/yc5422b4).
Palantir, empresa tecnológica que comenzó financiada por la CIA, se especializa en análisis de datos con base en inteligencia artificial para defensa/guerra, seguridad y vigilancia. En agosto de 2025 obtuvo un contrato por 10 mil millones de dólares del gobierno de Estados Unidos para trabajar con el Departamento de Guerra y otros. Stephen Miller, asesor clave de Trump y encargado de la estrategia para Venezuela, es un importante accionista de Palantir. Las acciones de la empresa subieron notablemente después del ataque.
Elon Musk, dueño de SpaceX, Tesla y la red social X, ofreció “acceso libre” en Venezuela a su red de satélites Starlink por un mes. La apuesta de Musk es favorecer las conexiones que no dependen de torres de retrasmisión, para aumentar su propio control de las comunicaciones, como ya ha hecho en otras zonas de conflicto.
El tema de la soberanía digital en América Latina es tan urgente como inexistente. No se trata solamente de no permitir ciertas empresas, algo en lo que la mayoría de los gobiernos latinoamericanos van en sentido opuesto. Tenemos que entender y cuestionar todas las aristas del uso de estas tecnologías y redes en las que diariamente personas, instituciones y gobiernos vertemos innumerable información sobre lo que hacemos, consumimos, pensamos, con quién y dónde.
Volvemos a las épocas de mayor oscuridad del continente y necesitamos prepararnos ante el aparato industrial-militar-digital del hiperimperialismo 3.0.
Nada de esto constituye una sorpresa para muchos en la izquierda. Todavía recordamos la advertencia de despedida del ex presidente Dwight Einsenhower, referente al surgimiento de un complejo industrial-militar a partir de la Segunda Guerra Mundial. Era inevitable que una nación cuyo gasto militar era igual al del resto del mundo combinado llegara con el tiempo a utilizar sus armas para dominar a otros.
Sin duda, las intervenciones populares se volvieron cada vez más impopulares después de las malhadadas incursiones estadunidenses en Vietnam, Irak, Afganistán y otras partes. Sin embargo, Trump nunca ha mostrado mayor preocupación por la voluntad del pueblo estadunidense. Desde que entró en la política (y con seguridad desde antes) ha considerado estar por encima de la ley, alardeando de que podría dispararle a alguien en la Quinta Avenida de Nueva York sin perder un voto. La insurrección del 6 de enero de 2021 en el Capitolio –cuyo aniversario acabamos de “celebrar”– mostró que tenía razón. La elección de 2024 reforzó el control de Trump sobre el Partido Republicano, al asegurar que no hará nada para obligarlo a rendir cuentas.
La captura del dictador venezolano Nicolás Maduro fue descaradamente ilegal e inconstitucional. Como intervención militar, requería el conocimiento previo del Congreso, si no su aprobación. E incluso si se estipulara que se trataba de un asunto de “aplicación de la ley”, el derecho internacional requiere que tales acciones se lleven a cabo mediante la extradición. Un país no puede violar la soberanía de otro ni capturar ciudadanos extranjeros –ya no digamos jefes de Estado– dentro de otro país. El primer ministro israelí Benjamin Netanyahu, el presidente ruso Vladimir Putin y otros han sido acusados de crímenes de guerra, pero nadie ha propuesto enviar soldados para capturarlos dondequiera que estén.
Aún más descaradas han sido las subsecuentes afirmaciones de Trump. Sostiene que su gobierno “manejará” Venezuela y tomará su petróleo, dando a entender que no se le permitirá vender al mejor postor. Dados estos designios, parecería que una nueva era de imperialismo se cierne sobre nosotros. El poder hace el derecho, y nada más importa. Las cuestiones morales –como matar docenas de presuntos narcotraficantes sin ninguna pretensión de proceso debido– y el imperio de la ley han sido hechos a un lado, con apenas algún gemido de los republicanos que alguna vez proclamaron con orgullo los “valores” estaunidenses.
Muchos comentaristas se han referido ya a las implicaciones para la paz y estabilidad globales. Si Estados Unidos reclama al hemisferio occidental como su esfera de influencia (la “doctrina Donroe”) e impide a China el acceso al petróleo venezolano, ¿por qué China no debería reclamar el este de Asia e impedir a Estados Unidos el acceso a los chips de Taiwán? Para hacerlo no necesitaría “manejar” a Taiwán, sino sólo controlar sus políticas, en particular las que le permiten exportar a Estados Unidos.
Vale la pena recordar que a Gran Bretaña, la gran potencia imperial del siglo XIX, no le fue bien en el siglo XX. Si la mayoría de las otras naciones cooperan frente a este nuevo imperialismo estadunidense –como deberían–, las perspectivas a largo plazo para Estados Unidos serían aún peores. Después de todo, Gran Bretaña al menos intentó exportar principios saludables de gobierno a sus colonias, introduciendo un mínimo de estado de derecho y otras instituciones “buenas”.
En contraste, el imperialismo trumpista, ausente de cualquier ideología coherente y por completo carente de principios, es tan sólo una expresión de codicia y voluntad de poder. Atraerá a los más avaros y mendaces réprobos que la sociedad estadunidense puede producir. Tales ejemplares no producen riqueza: dirigen su energía a la búsqueda de ganancias, saqueando a otros mediante el ejercicio del poder del mercado, el engaño o la abierta explotación. Los países dominados por los buscadores de ganancias producen algunos individuos acaudalados, pero no llegan a ser prósperos.
La prosperidad requiere del estado de derecho. Sin él, existe una perpetua incertidumbre. ¿Se quedará el gobierno con mis bienes? ¿Exigirán los funcionarios un soborno para pasar por alto algún pecadillo insignificante? ¿La economía será un campo de juego parejo, o los poderosos siempre darán la ventaja a sus amigotes?
Es famosa la observación de Lord Acton: “El poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente”. Pero Trump ha mostrado que no se requiere poder absoluto para sumirse en una corrupción sin precedente. Una vez que el sistema de pesos y contrapesos comienza a venirse abajo –como de hecho ocurre en Estados Unidos–, los poderosos pueden operar con impunidad. Los costos serán pagados por el resto de la sociedad, porque la corrupción siempre es mala para la economía.
Uno esperaría que hayamos llegado al “tope de Trump”, que esta era distópica de cleptocracia termine con las elecciones de 2026 y 2028. Pero Europa, China y el resto del mundo no pueden confiar sólo en la esperanza. Deben desarrollar planes de contingencia que reconozcan que el mundo no necesita a Estados Unidos.
¿Qué ofrece Estados Unidos de lo que el mundo no pueda privarse? Es posible imaginar un mundo sin los gigantes de Silicon Valley, porque las tecnologías básicas que ofrecen están ahora disponibles en muchas partes. Otros correrían a suministrarlas, y bien podrían establecer salvaguardas mucho más fuertes. También es posible imaginar un mundo sin las universidades y el liderazgo científico estadunidense, porque Trump ha hecho ya su mayor esfuerzo por asegurar que esas instituciones tengan que batallar para mantenerse entre las mejores del planeta. Y es posible imaginar un mundo donde los demás no dependan del mercado estadunidense. El comercio trae beneficios, pero no tantos si una potencia imperial busca hacerse con una porción desproporcionada para sí misma. Llenar el “hueco en la demanda” planteado por los persistentes déficits comerciales de Estados Unidos será mucho más fácil para el resto del mundo que el reto que enfrenta Estados Unidos de atender el lado de la oferta.
Una potencia hegemónica que abusa de su poder y amedrenta a otros debe ser acorralada en su esquina. Resistir a este nuevo imperialismo es esencial para la paz y la prosperidad de todos. Si bien el resto del mundo debe esperar lo mejor, necesita planear para lo peor y, al planear para lo peor, puede que no haya alternativa al ostracismo económico y social: ningún otro recurso más que una política de contención.
*Premio Nobel de economía, ex economista en jefe del Banco Mundial, ex presidente del Consejo de Asesores Económico del Presidente de Estados Unidos, profesor de la Universidad Columbia, y autor, como su obra más reciente, de The Road to Freedom: Economics and the Good Society (W. W. Norton & Company, Allen Lane, 2024).
Copyright: Project Syndicate, 2026.www.project-syndicate.org Traducción: Jorge Anaya
A lo largo de la exposición, se menciona o se cita tanto a expertos de la Universidad de Viena como a relevantes personajes del pensamiento filosófico como Theodor W. Adorno, George Orwell, Byung-Chul Han, Friedrich Schiller, Gilles Deleuze, Martin Heidegger, a través de reflexiones sobre diversos temas que son directamente aplicables al paupérrimo estado de una proporción mayoritaria de la música popular actual. Esas referencias tienen tangentes con conceptos destacados, como la simplificación progresiva de la música hacia estados primitivos, su duración estándar de tres minutos que es a la vez un dictado de la industria y un impedimento para la concentración y la reflexión, la música sin misterio de la que se alimenta masivamente el oyente pasivo, la ausencia total del pensamiento crítico en la masa consumidora. También se glosa el hecho de que están surgiendo generaciones técnicamente competentes, pero emocionalmente planas y estéticamente ciegas, lo cual conduce a una de las afirmaciones más inquietantes que se hacen en el video: acostumbrarse a aceptar pasivamente la canción-basura puede llevar a aceptar acríticamente un discurso político totalitario. Todo ello, cimentado en buena medida en el éxito de tantas y tantos artistas ignorantes que escudan su incompetencia tras la máscara de la tecnología.
Un aspecto fundamental de esta feroz y plenamente justificada diatriba contra la seudo-música del momento es el hecho de que ahí se proponen algunas posturas de resistencia que, en mi opinión, adquieren el carácter de urgente: recuperar la soberanía del oído, exigir que un músico sepa música, dejar de consumir toda esa papilla sonora, rechazar lo mediocre para exigir lo excelente, dejar de ser rehenes del marketing, reinstaurar la enseñanza de la música en las escuelas, recuperar el silencio y la escucha activa. En suma: ¡despertar! El problema es que para intentar todos estos modos de resistencia se requiere una mínima preparación que no existe, una mínima voluntad que no está ahí. Diríase que hay una especie de cártel de la anti-música en el que participan los mercaderes de la industria, los distintos niveles de los gobiernos, los medios de comunicación (los públicos los estatales, los privados, todos), los sistemas educativos paupérrimos y en constante deterioro y, de manera importante, las audiencias que prefieren consumir lo que la industria dicta sin la menor reflexión, lo que da como resultado las obscenas y malhabidas ganancias de esa misma industria, que reinvierte buena parte de sus utilidades en mantener a sus rehenes en ese estado de apatía musical y consumo zombie. Y los músicos, que corren el peligro de ser sustituidos por El Gran Algoritmo, ¿cuándo van a empuñar masivamente las armas de la buena música y difundirla de la manera más estentórea posible?
Un concepto realmente importante que se manifiesta en este video es el que afirma que recuperar el arte musical no es elitismo, sino supervivencia, lo que viene particularmente bien en estos tiempos del victimismo miserabilista y abyecto de tantos “músicos” mediocres a los que se ha vuelto imposible cuestionar o criticar, porque si son de origen popular, es clasismo, y si son latinos, es racismo. Y un largo etcétera de cortinas de humo sonoro.
No he hecho aquí más que glosar algunos de los muchos puntos de interés y conceptos originales de este video; quienes quieran profundizar en él (creo que vale la pena como alarma, advertencia y llamada de atención) lo encontrarán aquí: https://www.youtube.com/watch?v=cg9ECtsHfSc

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