Un Quijote en Tenochtitlán
Juan Carlos Monedero
"Identificar el dolor social y convertirlo en conciencia. La conciencia sabe quién es el causante y no echa la culpa a quien no la tiene".

En Europa, en concreto en España, aguanta Pedro Sánchez, con cada vez más dificultades y, sobre todo, más que por lo que hace por sus discusiones con Donald Trump. También están Dinamarca y Malta, países pequeños. Considerar de izquierdas al partido laborista inglés es un exceso. Hay algunas pequeñas victorias, como en la Alcaldía de Graz, la segunda ciudad más grande de Austria, pero el mapa europeo está lleno de banderas de la extrema derecha.
En América Latina resisten -digo resisten porque les atacan constantemente- México, Brasil, Uruguay con Yamandú Orsi y Guatemala con Bernardo Arévalo. El resto da susto. Como se está repitiendo en las redes: un acusado de pederastia en EU, un abogado de mafiosos en Colombia, un Presidente con una familia vinculada al narco en Ecuador, la hija de un genocida en Perú, un psicópata en El Salvador, el hijo de un nazi en Chile, un demente que no siempre se medica en Argentina…
Dice Boaventura de Sousa Santos que por izquierda debemos entender “toda resistencia colectiva -yo añadiría, o individual- organizada contra la injusticia social, la desigualdad y la discriminación causadas por las principales formas de dominación de la era moderna: el capitalismo, el colonialismo y el patriarcado”.
La resistencia está complicada. No solamente por leyes mordaza que silencian con multas, porras y gases las manifestaciones, marchas y protestas; también por la creciente represión; por la estigmatización social de la protesta en medios y redes; por la pérdida de gobiernos progresistas. Y no en último lugar, porque la ciudadanía está debilitando su conciencia crítica. Está comprando el marco neoliberal que dice que no hay alternativa y está perdiendo de vista que su enemigo no es su compañero de trabajo, ni el que es más pobre que él ni el inmigrante ni el sindicalista, el “zurdo”, el de izquierdas, la feminista, las mujeres en general o las personas de otra raza o etnia que reclaman su lugar en la sociedad.
Estos decenios de neoliberalismo nos han ido hurtando la capacidad de imaginar mundos alternativos, nos han convencido de que no hay sociedad para todos y que, por tanto, hay que pelear por recursos escasos. Una sociedad Mad Max. Cuando la educación, la sanidad, el transporte, el trabajo, la vivienda se van volviendo artículos de lujo, la sociedad neoliberal nos pone a luchar a todos contra todos, nos hace protagonistas involuntarios de Los juegos del hambre y nos lleva a votar a rudos, a canallas, a gente sin escrúpulos que nos autorizan también a nosotros a comportarnos como capataces en una plantación de esclavos. Por eso Dios debe ser cada vez más complaciente con nuestros deseos y menos exigente con cualquier compromiso.
Por supuesto, lo que quieren siempre es funcional al mantenimiento de su statu quo. Los ricos no van a poner a los partidos políticos en los que invierten, a los medios de comunicación que controlan, a los bots que costean, a los intelectuales que están en nómina, a las universidades que financian, a los religiosos que subvencionan, a los clubes de futbol que patrocinan, a los jueces que pagan, a los militares y policías que ensalzan, y a todo el entramado que llamamos “sociedad civil”, para que les perjudiquen económicamente. Por eso, que haya en nuestras sociedades con mucho dinero daña a la democracia; que haya gente con intereses económicos que sea dueña de medios de comunicación, daña a la democracia; que las empresas puedan financiar a los partidos políticos, daña a la democracia; que las empresas se inmiscuyan en las universidades, daña a la democracia; que el dinero decida los galardones, los premios Nobel, las distinciones y reconocimientos, daña a la democracia.
Si los trabajadores necesitan algo, sólo pueden recurrir a los sindicatos. Los sindicatos, a su vez, a la presión de sus delegados, a protestas parciales, quizá a hablar con algún medio progresista que no reciba publicidad de esa empresa, a una huelga en su fábrica o en el lugar de trabajo; a, llegado el caso, una huelga general. Todo con cada vez mayores dificultades.
A la gente de dinero le basta descolgar el teléfono. Saben al abogado a quien llamar, a la consultora que participó en el proceso, al político que elabora la ley, a los medios de comunicación que construyan el marco y pongan a la opinión pública en una dirección o en otra, al Presidente de este o aquel partido, a un Ministro o al Presidente del gobierno. Incluso pueden llamar a los secretarios generales de los sindicatos, sabiendo que algunos van a ser amables a sus peticiones. Y, por supuesto, a otros empresarios, a los banqueros o a la patronal para que defiendan los intereses particulares frente a las exigencias colectivas. En muchos lugares, entonces, también a los policías y a los militares.
Este trabajo puntual, siempre viene acompañado de un trabajo diario donde van convenciendo a la población de que el pez grande tiene derecho a comerse al pez chico, de que hay jerarquías sociales, de que hay un orden social y familiar donde las mujeres, los indígenas, los negros, los inmigrantes, los hijos tienen menos derechos, que lo público funciona peor que lo privado (un paréntesis: como no tienen escrúpulos, han aprovechado los terremotos en Venezuela para disparar contra la Gran Misión Vivienda que puso en marcha Chávez y que dio techo a cinco millones de venezolanos, diciendo que se habían caído esas viviendas, cuando más del 90 por ciento de las casas derruidas han sido de construcción privada, incluido el Hotel Marriot de Playa Grande); decía que van bombardeando con su discurso contra lo colectivo, contra la solidaridad, contra lo público, contra el Estado social (no tienen problema con el gasto en policía, jueces y militares). Y, sobre todo, contra los líderes de la izquierda, a los que acosan, denuncian, juzgan, estigmatizan, tergiversan su imagen y discurso (ahora con Inteligencia Artificial), dividen ofreciendo dádivas a los menos honestos, y, al final, invalidan con la suma de todos estos asuntos junto al discurso de que todos los políticos son iguales.
Una de las herramientas más poderosas del marxismo para sacar a los trabajadores de la miseria en la que estaban en el siglo XIX (y hacia la que vuelven a caminar muchos lugares del mundo) era pensar dialécticamente. Algo que después de Marx, Lenin aplicó para poner en marcha la revolución rusa. Pensar dialécticamente debía funcionar como esas apps que enseñan a hacer taichi en una silla o a meditar adecuadamente. Sería dialéctico usar una app de Apple para superar el capitalismo o, al menos, sus efectos más dañinos sobre los países, la gente y la naturaleza.
“No existe – decía Lenin- un sólo fenómeno que no pueda en ciertas condiciones transformarse en su contrario". Todo está en movimiento. Debemos pensar en el eslabón, en la cadena entera y en una cadena más compleja que la que forja el herrero. No hay reglas matemáticas ni recetas que se puedan aplicar siempre y en todo lugar. Por eso hay que detenerse a pensar. La dialéctica nos ayuda a entender que Trump genera lo que acabe con Trump y que lo que está haciendo Claudia Sheinbaum en México -por ejemplo, ser Presidenta-, en otras circunstancias y con otros actores podría volverse en contra de las mayorías (Una presidencia enemiga del pueblo). Por eso hace falta que la gente consciente se junte en un sitio que no se aleje del pueblo, con la intención de hacer constantemente análisis concretos en situaciones concretas y poner ese asunto concreto en relación con el conjunto. Es decir, crear un partido-movimiento.
Decía Lukács interpretando a Marx y a Lenin: “aprender a encontrar lo particular en lo general y lo general en lo particular, gracias al análisis concreto de la situación concreta; a encontrar en el momento nuevo de una situación lo que la vincula al proceso anterior y en las leyes del proceso histórico lo nuevo que va surgiendo una y otra vez; a encontrar en el todo la parte y en la parte el todo; a encontrar en la necesidad de la evolución el momento de la acción eficaz y en el hecho, la vinculación con la necesidad del proceso histórico”.
Si cualquier fenómeno puede transformarse en su contrario bajo ciertas condiciones, la tarea política es doble. Por un lado, identificar las condiciones bajo las cuales la contradicción interna de lo existente puede producir su inversión emancipatoria (es el gran reto en México, por ejemplo, con la seguridad, que debe solventarse para dar respuesta a una reclamación urgente, pero que no de paso a una política y a unos políticos autoritarios). También vigilar permanentemente las condiciones bajo las cuales lo que nos tiene que hacer libres no puede invertirse y convertirse en opresión.
Identificar el dolor social y convertirlo en conciencia. La conciencia sabe quién es el causante del dolor y, por tanto, no echa la culpa a quien no la tiene. Leer el momento, de donde se viene, a dónde se quiere ir y a dónde se puede ir. Volver a pensar colectivamente. Y salir de la trampa del pensamiento para pobres. Porque el que sabe las causas de sus dolores sociales, sabe que siempre son colectivos y, por tanto, se vuelve inmensamente rico en la voluntad de superarlo.
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