El Poder del Consumidor
"El deporte no genera violencia por sí mismo. Lo que ocurre es que el alcohol amplifica las emociones y reduce los mecanismos de autocontrol".

Con la colaboración del Mtro. Norberto Hernández-Llanes
El Mundial es un evento que despierta pasiones. Con cada victoria de la selección mexicana, diversas imágenes en los medios de comunicación y las redes sociales se repiten de forma inquietante. Miles de personas salen a las calles para celebrar, las plazas se llenan de banderas tricolores, la euforia colectiva parece convertirse en un momento de unidad nacional y vemos a la gente que se encuentra, se comunica, juega en conjunto con desconocidos y se divierte.
Sin embargo, conforme avanza la noche, la celebración suele transformarse en algo muy distinto: peleas, agresiones, vandalismo, daños al mobiliario urbano, comercios, accidentes. Los testimonios de esto, durante las celebraciones por los triunfos de México en las inmediaciones del Ángel de la Independencia, son compartidos en las redes.
Los medios de comunicación hicieron eco de estas peleas campales, agresiones contra mujeres, destrucción de espacios públicos y enfrentamientos con las autoridades, contrastando con festejos de unidad y juego colectivo, aunque varias veces peligroso. Y, como ocurre cada vez que hay un episodio de esta naturaleza, ya sea una fiesta tradicional en un pueblo u otros eventos deportivos, el debate público se concentró en la aplicación de la "ley seca" y en reforzar la presencia policial.
Pero esa discusión, aunque necesaria, vuelve a quedarse en la superficie. La pregunta que realmente deberíamos estarnos haciendo no es cómo controlar los daños después de que el problema ya estalló. La pregunta debe ser por qué seguimos organizando eventos masivos bajo la premisa de que el alcohol es el ingrediente indispensable, esencial, de cualquier celebración colectiva.
Durante décadas, la industria alcoholera ha construido una cultura donde resulta casi imposible separar el deporte del consumo de sus bebidas. Una industria que sabe que gran parte de sus ganancias las obtiene de los altos consumidores de alcohol y que se lava la cara con mensajes de “consumo responsable” que sabe bien que no tiene ningún efecto frente a sus estrategias publicitarias que aumentan su consumo.
El vínculo aparece en la forma de publicidad en los estadios, en las transmisiones deportivas, ofreciendo promociones de sus productos, en los patrocinios y el uso de figuras deportivas para mostrar una publicidad que asocia sistemáticamente la cerveza o los destilados con la amistad, el éxito, la masculinidad, la victoria y el orgullo nacional. El mensaje es constante: celebrar implica beber.
Y cuando ese mensaje se repite miles de veces, deja de parecer publicidad para convertirse en una norma cultural. Sin embargo, la evidencia científica cuenta una historia muy distinta.
El alcohol afecta los procesos cerebrales relacionados con el juicio, la regulación emocional, la toma de decisiones y el control de impulsos. Disminuye también la capacidad para evaluar riesgos, reduce la inhibición frente a conductas agresivas y aumenta la probabilidad de responder con violencia ante situaciones de frustración o conflicto.
Pero es importante destacar que, aunque no toda persona que bebe se volverá agresiva, cuando el consumo, sobre todo en exceso, ocurre en contextos donde ya existen emociones intensas, como un partido de fútbol, una rivalidad deportiva o una celebración multitudinaria, las probabilidades de que aparezcan conductas violentas aumentan de manera significativa. Y estos trastornos en la percepción y el comportamiento que genera el consumo de alcohol se potencian cuando el consumo es colectivo, en masa.
La investigación internacional ha documentado este fenómeno desde hace años. Diversos estudios muestran incrementos en las agresiones físicas, la violencia interpersonal e incluso la violencia familiar durante temporadas deportivas o después de partidos de alta intensidad emocional. El deporte no genera violencia por sí mismo. Lo que ocurre es que el alcohol amplifica las emociones y reduce los mecanismos de autocontrol precisamente cuando las personas experimentan niveles elevados de excitación colectiva.
Y lo que nos preocupa es que, frente a esta evidencia, la respuesta del gobierno continúa siendo reactiva. Ante cada episodio de violencia en los estadios se producen las mismas propuestas de siempre: reforzar operativos policiacos, limitar temporalmente la venta de alcohol en ciertas zonas o pedir a la ciudadanía que consuma "con responsabilidad". Esto último, de la mano de la industria alcoholera, la cual no tiene descaro en culpar al "consumidor individual" y decir que la solución es el consumo "responsable" o "moderado".
Después, cuando la atención mediática desaparece, todo vuelve a la normalidad. Y en la siguiente celebración se repetirá exactamente el mismo patrón. Como si no hubiera ninguna alternativa. Pero existe una enorme diferencia entre administrar una crisis y prevenirla.
Organismos internacionales han señalado que las políticas públicas más efectivas para reducir los daños asociados al alcohol son conocidas desde hace años, e incluso forman parte de los planes internacionales y compromisos-país firmados ante estos organismos. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) y la Organización Mundial de la Salud (OMS) han identificado un conjunto de medidas altamente costo-efectivas que reducen los problemas asociados al consumo de alcohol: limitar su disponibilidad mediante controles sobre horarios, control de la densidad de puntos de venta y acceso; restringir la publicidad, particularmente aquella dirigida a población joven; eliminar el patrocinio deportivo; establecer etiquetados sanitarios con advertencias claras sobre los riesgos para la salud; y aumentar los impuestos a las bebidas alcohólicas para reducir su asequibilidad. En México, es más barato comprar una bebida alcohólica que una barra de pan; es decir, es más asequible el alcohol que el pan. El precio de la cerveza es uno de los más bajos en América Latina en relación al salario, al igual que las bebidas de muy alta graduación alcohólica que se venden en las tiendas de conveniencia, las cuales han disparado los puntos de venta de estos productos en todos los barrios donde antes eran pocos los puntos autorizados a vender alcohol de alta graduación.
Estas medidas no buscan prohibir el consumo. Buscan disminuir los daños que dicho consumo ocasiona sobre quienes beben y, sobre todo, sobre quienes no eligieron hacerlo pero terminan padeciendo sus consecuencias. Porque el problema del alcohol nunca afecta únicamente a quien consume. En una de estas celebraciones murieron cuatro personas en la Ciudad de México, estableciendo un récord mortal en todas las Copas Mundiales de fútbol. El daño lo sufren las personas atropelladas por un conductor intoxicado. Lo viven las familias que enfrentan violencia dentro del hogar después de un partido, como reportan informes de Naciones Unidas: la violencia en las familias aumenta, gane o pierda el equipo, y es mayor cuando pierde. Lo padecen las mujeres que son agredidas durante concentraciones masivas. Lo sufren las personas que sufrieron una caída. Y estos daños los pagamos todos los mexicanos con nuestros impuestos: los servicios de emergencia, los hospitales, las policías, los municipios que deben reparar el mobiliario urbano y, en última instancia, toda la sociedad.
Aun así, México continúa sin contar con una política nacional integral sobre alcohol. Resulta insuficiente responsabilizar únicamente a quienes participaron en los disturbios del Ángel de la Independencia. Las personas son responsables de sus actos, por supuesto. Pero una política pública seria no puede limitarse a señalar culpables individuales mientras ignora el entorno comercial, regulatorio y cultural que favorece la repetición de estos episodios.
Las celebraciones mundialistas deberían dejarnos una lección que va mucho más allá del fútbol. o se trata de estar en contra de la celebración ni de prohibir que las personas adultas consuman alcohol. Se trata de reconocer que la violencia que aparece una y otra vez después de grandes celebraciones no es producto del azar ni una característica inevitable de la pasión deportiva. Es el resultado de una combinación predecible entre disponibilidad prácticamente ilimitada de alcohol, mercadotecnia intensiva, regulación insuficiente y una cultura que sigue equiparando embriagarse con la celebración. Y esto tiene que ver con la ausencia de una política nacional sobre consumo de alcohol.
La pregunta ya no es si volverá a ocurrir. La pregunta es cuánto tiempo más estaremos dispuestos a aceptar que el costo de celebrar sea poner en riesgo la salud, la seguridad y la vida de otras personas. Hasta cuándo tendremos una política nacional sobre consumo de alcohol que transforme la norma social que los intereses comerciales han establecido con todos estos costos.
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