"Los Santis en el Estadio son producto de un intercambio mercantil entre riqueza y belleza. De estados financieros por medidas corporales".

Viendo los partidos de la Selección nacional de futbol por la televisión, una antropóloga se quejó: “Tantos estudios sobre el racismo y el clasismo en México, y miren: bastó que la FIFA pusiera los precios por las nubes para tener un estadio completo como muestra”. A lo que se refería la antropóloga era a la similitud de la apariencia física de los ricos. En otras palabras, la poca variedad entre los que pagaron boletos para ver partidos en un estadio. Otra colega me dijo: “Hay puro Santi”, refiriéndose al nombre que la élite le puso preferentemente a sus hijos varones desde 2010 a la fecha: Santiago. Dentro de los estadios del Mundial se puede apreciar esa uniformidad de pigmentación que es propia de nuestro país colonial: el color de la piel asociado a la riqueza. De esto trata esta columna, de la estratificación social de la apariencia física.
Es necesario comenzar, por supuesto, con el sistema de castas colonial. Todos hemos visto las pinturas pero casi nunca asumimos las consecuencias personales, familiares y laborales que realmente tuvo para la mayoría de los mexicanos durante los 300 años de Colonia. La Iglesia católica llevaba registros de nacimientos por separado: españoles, indios, negros. Así, si un mestizo tenía algún padre o madre mulata, por ejemplo, su matrimonio con una blanca podía ser prohibido legalmente por los padres de la novia. Ciertos gremios eran sólo para españoles, como el de boticario. Así tenemos casos como el de José de Sevilla que pretendía acceder a ese gremio vía un matrimonio con una española pero estaba registrado en el libro de los mulatos. Su profesión y su estatus social dependieron de su apariencia física y la sanción que de ella hacía el poder de la Iglesia. Otro caso muy conocido del siglo XVIII es el de la oposición de un director italiano de teatro, Marini, al matrimonio de su propio hijo con una mexicana, Bárbara Álvarez, sobre la base de que “manchaba” la pureza de sangre de su familia. La mamá de Bárbara le respondió al italiano que él seguramente tenía sangre musulmana o turca. Tanto Bárbara como su madre jamás se sometieron a enseñar sus actas bautismales que comprobaran alguna casta y el asunto acabó, como muchos, en una pobre historia de amores rotos. Este uso de la apariencia física como sustento legal de las oportunidades o barreras sociales y familiares todavía existe, aun después de que Morelos nos decretara a todos como igualmente americanos o de que Juarez le quitara a la Iglesia católica la facultad de registrar nacimientos, casamientos y muertes. Sigue vivo entre la gente que tiene supuestos escudos de armas de sus apellidos en el bar de la sala o en la insistencia en hacer linajes familiares para demostrar su parentesco final con algún aristócrata de naftalina y corsé.
De las muchas encuestas de movilidad social o discriminación del INEGI, sabemos que un nueve por ciento de todos los mexicanos tiene la piel blanca. El resto somos morenos. Pero, a la hora, de medir a los más ricos resulta que ahí el 26 por ciento es blanco. Entre los más pobres, la apariencia se invierte y resulta que ahí sólo el siete por ciento es blanco. Hay pues una jerarquía del color de la piel. Los morenos oscuros, por ejemplo, según estas encuestas, permanecen en la pobreza y la falta de oportunidades de ir a la escuela, mientras que los blancos permanecen en la riqueza y la educación superior. La posibilidad de que un blanco baje de clase social es tan poco probable como que un moreno oscuro suba. El sistema de castas inamovible, extinto hace 200 años, sigue su curso por otras vías.
Las vías son las de la apariencia como poder. Los Santis en el Estadio son producto de un intercambio mercantil entre riqueza y belleza. De estados financieros por medidas corporales. De capacidad de consumo por rasgos de la apariencia. En México, la belleza sigue siendo lo rubio, ojos claros, esbelto y juvenil. En esto tienen la responsabilidad los medios de comunicación, la mercadotecnia y las propias familias. Si sólo el nueve por cinto de la población es blanca, el restante 90 por ciento lo tenemos como estándar de deseabilidad, aceptabilidad social, y poder social. Es un poder social precisamente porque le atribuimos a unos rasgos que no tienen ningún significado, el sentido de lo agradable, lo bueno, agraciado, y al final, de ser mejores. De la misma forma, por ejemplo, le atribuimos seriedad a la voz más ronca. Le atribuimos capacidad a alguien más alto. Y, al contrario, moralizamos a alguien obeso como falto de voluntad, indisciplinado o negligente, y a un niño de baja estatura no lo escogen para ningún equipo de futbol. Esas atribuciones existen sólo porque las aplicamos porque los rasgos no significan nada: los pies compactados por vendas de los japoneses ni los aros en los cuellos de los africanos son menos disparatados que el estándar de buen cuerpo de Marilyn Monroe o, ahora, el de las modelos que tienen 30 por ciento menos masa corporal que el resto de las mujeres.
Al estándar de belleza inalcanzable para la mayoría lo hemos convertido en estatus social. Volvamos al estadio de los Santis. Sus padres, supongo financieros o habitantes de la burbuja de la rancia élite mexicana, se casaron con los signos de ese poder de la apariencia y, ahora, tienen esos rasgos blancos y rubios reproducidos en sus hijos. Los hombres que no son guapos pero tienen recursos económicos pueden optar por casarse con las mujeres más guapas que puedan permitirse.
Tener parejas atractivas dice algo positivo entre las élites. Indica que deben tener algo que ofrecer —especialmente si ellos no somos atractivos— para haber conseguido parejas tan atractivas. Contar con una pareja atractiva es señal de poder social. Si sus parejas atractivas poseen todas esas cualidades maravillosas que le solemos atribuir a las personas de buen físico como carisma, personalidad, poder social, o destreza sexual, y mantienen una relación sentimental con ellos, eso demuestra que son personas valiosas. Son las llamadas “esposas trofeo” porque, en efecto, se portan y muestran como un valor agregado al éxito corporativo. Eso es lo que vemos en el Estadio: un mercado matrimonial y, al mismo tiempo, un enorme anuncio publicitario de la riqueza como superioridad moral y “estética”, como le gusta decir a los teóricos de la ultraderecha, que son incapaces de reconocer que ese estándar es tan obtuso como cualquier otra construcción de la mercadotecnia.
Los Mundiales son momentos para tratar de esconder a los pobres, feos, gordos, discapacitados, menesterosos. En 1986, Miguel de la Madrid entabló cuadras enteras para que los vistantes no vieran los campamentos de daminificados por el terremoto del año anterior que todavía no accedían a una nueva vivienda. En Monterrey del 2026, el Gobernador Samuel García colocó bardas de concreto, mallas ciclónicas, y lonas para ocultar los asentamientos populares, de tal manera que no los vieran quienes iban del aeropuerto al estadio. Su acción recuerda las leyes contra la fealdad impuestas después de 1864 en San Francisco, California, y que cundieron por todo Estados Unidos, en Chicago, Pensilvania, Portland y Nuevo Orleans. Según estas leyes, la pobreza no debería ser visible. Tras la guerra civil en EU, había muchos limosneros y hombres mutilados a raíz de la furia de los enfrentamientos. Pero no sólo encarcelaban a sus veteranos y a sus empobrecidos vecinos, sino que prohibieron lo popular, en general: los mercados ambulantes, bailes plebeyos, demostraciones de embriaguez pública, y hasta usar plumas en el cabello. Los muros para tapar la pobreza tienen el mismo sentido que la gentrificación de los barrios populares o el diseño hostil del urbanismo que impone, por ejemplo, bancas de parques donde es imposible acostarse a dormir o sentarse a platicar por más de una hora, por la incomodidad. Otros ejemplos son las quejas continuas de los que ven fealdad en los tianguis, advierten amenazas a su integridad si una persona en situación de calle ronda el vecindario, o ven un peligro en más de tres adolescentes juntos en un parque. Pero lo que nunca habíamos visto hasta ahora fue la gentrificación de los estadios de futbol.
En México no existen estadísticas de la relación entre fealdad, es decir, pobreza, color de piel, gordura, pelo chino, y estatura pero en Estados Unidos es brutal. Pongo algunos ejemplos que da la ensayista allá de este mismo tema, Bonnie Berry: los gerentes de Wall Street son más altos que el promedio de varones en Estados Unidos y ganan 800 dólares extra al año por cada pulgada más. Las rubias delgadas ganan cinco por ciento más y las negras gordas un nueve por ciento menos. No se diga, la realidad laboral de los adultos mayores. La edad, que es una característica a la que los patrones le atribuyen incapacidad, lentitud, falta de innovación es quizás la más fuerte de las discriminaciones en el empleo formal. La gordura y cualquier otro aspecto relacionado con la apariencia física nada tiene que ver con la capacidad de trabajo. Sin embargo, vemos que actrices y actores, auxiliares de vuelo, entrenadores personales, dependientes de tiendas departamentales, y otros profesionales son juzgados según criterios de apariencia física ajenos a las exigencias de su labor. Las redes han aumentado esa discriminación disfrazándola de número de seguidores que, en plataformas como Tik Tok, Instagram y no se diga Only Fans, tienen sólo el valor de calentar al respetable con la apariencia. De ahí la fiebre de las dietas, suplementos, gimnasios, y cirugías plásticas estéticas. De ahí la dismorfia corporal de gente que se ve más gorda, chaparra, prieta o chueca de lo que la ven los demás.
En el imaginario del género mexicano por excelencia, la telenovela, los morenos y morenas son sirvientas, choferes, narcotraficantes. Es decir, el 90 por ciento de la población a la que van dirigidos. Los medios nuevos, como Netflix, además de servir para lavarle la cara a políticos corruptos como Carlos Salinas, perpetúan esa superioridad moral de lo rubio sobre lo moreno. Esto caló en una parte de las familias clasemedieras mexicanas que pretenden casar a sus hijos con mujeres que “blanqueen” a la familia o que piensan que existe un Primer Mundo o que brincan a la primera sospecha de que el mestizaje en su país de origen fue entre distintos pueblos indígenas y no con españoles. Ese pequeño porcentaje que le va, como el Gobernador de Nuevo León, a Holanda, no sólo porque el color de su camiseta sea el mismo que el de su partido político, el MC, sino porque viajó en un helicóptero Black Hawk para ir a recibir a los fanáticos holandeses en la frontera, mientras que no hizo lo mismo con el equipo que lo enfrentaría: el de Marruecos.
Dicho todo esto, me parece crucial definir de qué estamos hablando cuando hablamos de estratificación social por vía de la apariencia física. En realidad estamos hablando de una forma de control. El mito de la belleza socialmente aceptada legitima, justifica, las discriminaciones porque se toma como algo que es natural, que viene de nuestros deseos reproductivos o de cualquier otra esencia que se le quiera atribuir. Mantiene en el poder a los machos, blancos, adinerados y hace girar a las mujeres, a los morenos, más pesados, más bajos de estatura en torno a sus criterios inventados. Provoca que los no favorecidos por esa construcción de élite de lo deseable, tengan que trabajar el doble para demostrar sus capacidades en el trabajo, la familia, y la esfera pública. Si se usa para organizar las jerarquías sociales, también puede ser un arma contra las mujeres. Como ha escrito la socióloga, Naomi Wolf, el aspecto bello en las mujeres, tras la tercera ola de feminismo que produjo equidad en algunos puestos de trabajo, ahora es usada en su contra diciendo que sólo tener buena apariencia es sólo el punto de partida. Por eso sigue existiendo esa sospecha del machismo más recóndito de insinuar que los puestos que tienen las mujeres son sólo por su apariencia. La belleza estandarizada y uniforme tiene ese componente de arma política que sigue en manos de los ricos, blancos, que no saben que la Sierra Morena del Cielito Lindo no está en España sino en Veracruz. Era la Sierra de Zongolica y ahí se escapaban los afromexicanos que escapaban de la esclavitud de las plantaciones de caña y tabaco. Los veracruzanos les llamaban “morenos”, no negros, y así esa sierra de la canción que tanto cantan en los estadios habla de una mujer afromexicana que viene bajando hacia las ciudades de los blancos y mestizos. Nada más ni nada menos que la afromexicana sobre la que Santi canta a voz en cuello.
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