9/06/2026

Trump en Venezuela: ¿de villano a libertador?

Un Quijote en Tenochtitlán

Juan Carlos Monedero

"Trump necesita salir del atolladero de Ormuz y Delcy, de ver si encuentra tiempo para recomponer una base social que se fue alejando del chavismo".

 Trump en Venezuela: ¿de villano a libertador? Por Juan Carlos Monedro

El comunicado de la Casa Blanca sobre el acuerdo petrolero con Estados Unidos (EU) termina diciendo: "El Presidente Trump ha restablecido la Doctrina Monroe, eliminando la influencia maligna extranjera de nuestro patio trasero y garantizando el dominio estadounidense en nuestro hemisferio".

Si María Corina Machado hubiera firmado ese acuerdo es 100 por ciento seguro que, con más razón o con menos, el chavismo se echaría a la calle acusando a la política que le regaló el Nobel a Trump de traidora. Es una señal de que el acuerdo tiene mucho de político. Trump necesita salir del atolladero de Ormuz y Delcy Rodríguez, de ver si encuentra tiempo para recomponer una base social que se ha ido alejando del chavismo.

Si pensamos que Netanyahu no podría haber devastado Gaza sin el apoyo de Donald Trump; si pensamos en el ICE y el dolor que han generado en la migración en EU; si pensamos en los caprichosos aranceles que han generado una enorme incertidumbre en la economía mundial; si pensamos en el bombardeo a Irán, las muertes causadas y el consiguiente cierre del Estrecho de Ormuz que está llevando al planeta a una recesión económica; si pensamos en las más de 200 personas destrozadas por misiles contra barquichuelas en el Caribe; si pensamos en el castigo que están infligiendo a los jueces y juezas del Tribunal Penal Internacional o a la relatora especial de Naciones Unidas para los territorios palestinos, Francesca Albanesse; si pensamos en la entrega de la Inteligencia Artificial a unos psicópatas que se están apropiando del conocimiento del mundo y amenazan con un desempleo brutal; si pensamos en que en EU han indultado a un narcopresidente hondureño sólo porque han pagado israelíes un enorme cantidad de dinero y, además, porque se ha comprometió en desestabilizar los gobiernos de Petro y de Claudia Sheinbaum; si pensamos que una red autorizada por Trump ha manipulado las elecciones en numerosos países latinoamericanos; si pensamos que Trump bombardeó Caracas y La Guaira, mató a 100 personas, y secuestró al Presidente Nicolás Maduro y a la primera dama y Diputada Cilia Flores, bien podríamos acordar que es muy probable que sea Donald Trump la persona contra la que más personas en el mundo tienen malos deseos e, incluso, le desean pasa lo más pronto posible a mejor vida.

A Trump no le quedan amigos: sólo vasallos, adversarios, quizá un aliado circunstancial con Putin, o enemigos. Canadá ha comenzado a romper comercialmente con los EU, un país con el que está encadenado económicamente; México está jugando al gato y al ratón con Washington, sabiendo la enorme descompensación que existe; Brasil, ante la injerencia evidente de EU en las elecciones en el país ha pisado el acelerador; y EU, con ayuda de Israel, pone sus capacidades de vigilancia para golpear a Lula y amenazar al Poder Judicial de que recibirán castigos si no se pliegan a Bolsonaro; la Unión Europea, acostumbrada a mandar, está atada a la cadena de la OTAN, donde algunos quieren soltarse, pero no pueden y, mientras tanto, hacen un tratado de libre comercio con India; Putin tiene un ojo en Kiev y otro en la Costa Oeste norteamericana; África quiere despertar, pero no la dejan y si algún descanso encuentra es porque China necesita y tiene organizados los minerales de ese continente; y hasta los iraníes que están siendo bombardeados tienen equipos de negociación con Trump.

“Que el mundo fue y será una porquería/ ya lo sé”, rezaba el tango argentino.

Sí, y como dice una de las leyes de Murphy, la tostada caerá al suelo por la parte donde hay más mantequilla: el mundo está hecho una porquería y ni siquiera el tango hace justicia a tanta podredumbre.

La izquierda global vivió mucho de la retórica antiimperialista venezolana, y los propios venezolanos abusaron de esa propaganda que era más verbal que práctica, dando cobijo en no pocas ocasiones antes a influencers que a intelectuales que tenían una mirada crítica. No es verdad que la Venezuela de Maduro estuviera tan lejos de la de Chávez, salvando, obviamente, las circunstancias, ni que lo que está haciendo Delcy Rodríguez está tan lejos de lo que intentaba negociar Maduro con los EU. Por razones que aún no sabemos, con Maduro no salió la negociación y con Rodríguez sí. Decía Lenin que hay que hacer análisis concretos en situaciones concretas. Y a Venezuela la han invadido sin invadirla, de manera que ni siquiera la retórica de que si los gringos entraban en el país iba a haber un segundo Vietnam se ha producido. Quizá por eso contrasta hoy la retórica de los que ayer inflamaban el ejemplo bolivariano y hoy dicen que todo está en orden.

El acercamiento del gobierno venezolano contrasta con el alejamiento de toda la izquierda mundial. Porque todos los demócratas del mundo ansían que Trump no gane en Brasil, que no gane las elecciones de medio término en noviembre, que en el próximo tropiezo se dé un golpe en la nuca o que se quede dormido y se atragante. O que las cosas realmente se le compliquen. Porque a Trump no les están saliendo bien las cosas. De hecho, algunos errores tácticos, como bombardear Irán para acompañar el delirio del genocida Netanyahu, debilitan poderosamente a EU, lo que lleva a que cada vez más se recupere la idea del “declive” norteamericano.

Parece que en Venezuela EU ha decidido hacer caja respecto de su política imperial. La hegemonía norteamericana, decía Wallerstein, requiere mantener alianzas, presencia militar mundial, bases, ayuda exterior, instituciones internacionales, capacidad de intervención, estabilidad del sistema monetario, protección de los aliados. Como todo eso cuesta dinero, hicieron caja en los lugares donde hay petróleo: en Irak, en Libia, en Siria y ahora en Venezuela.

No es extraño tampoco que esté habiendo un desencuentro entre lo que está esperando la América Latina progresista respecto de los EU, que es, como decíamos, la desaparición de Donald Trump o, cuando menos, su debilitamiento en las elecciones de noviembre, y la posición del gobierno venezolano encargado, dirigido por Delcy Rodríguez, que viene expresando un acercamiento al gobierno norteamericano.

Se va sabiendo que Donald Trump ha injerido en las elecciones de Honduras, de Brasil, de Chile, de Colombia, de Argentina, de Bolivia o de Perú a través de un siniestro consultor argentino, Fernando Cerimedo, sobre el que pesan pruebas evidentes de haber mandado asesinar a su novia embarazada, de haberse enriquecido ilícitamente, de organizar una trama de exportación de droga con el jefe de la inteligencia boliviana y de crear una trama ilegal en el mismo seno del gobierno de Bolivia, junto al mismo Presidente Rodrigo Paz o su familia, y al mismo tiempo, desde el gobierno de Venezuela se ha celebrado el reciente acuerdo petrolero con palabras de elogio hacia el Presidente norteamericano: "Agradezco al Presidente Donald Trump, al Secretario Rubio, a su gobierno por el esfuerzo de EU". De la misma manera que se ha celebrado la visita del Secretario de Energía norteamericano, Chris Wight, para acompañar lo que finalmente parece una inversión en Venezuela por parte de algunas empresas petroleras. Y no es extraño que haya mucha gente que se pregunte: ¿hace falta realmente en este momento expresar señales de buena voluntad con Donald Trump y Marco Rubio, que están matando de hambre a los cubanos, como han hecho en Gaza, en un cerco medieval que debiera llevar a estos políticos norteamericanos a la cárcel de por vida?

Es evidente que estas afirmaciones contrastan con la retórica antiimperialista que ha sido la tónica en el país caribeño, aún más cuando aún está en la memoria que ese gobierno norteamericano es el que bombardeó en enero el país, secuestró al Presidente, y a la primera dama y fue responsable de, al menos, 100 muertes. A la fuerza ahorcan, dice un refrán castellano y otro, más sutil, dice que nadie se ahorca con sombrero.

El anunciado acuerdo entre EU y Venezuela para gestionar 65 mil millones de barriles de petróleo ha generado una oleada de opiniones, a derecha e izquierda, del gobierno norteamericano y del gobierno venezolano, de expertos y también de todólogos, lo que no deja de llamar la atención porque no termina de conocerse en realidad el contenido total de ese acuerdo y, por tanto, parece que pertenece, al menos en parte, al mundo de la retórica más que al de la práctica.

La variable independiente sigue siendo lo que pasó el 3 de enero y desde ahí, si se entiende que ese día EU decidió ir con todo para que Venezuela olvidara cualquier discurso sobre la soberanía, podremos entender el resto de lo que está pasando posteriormente. Y también podremos entender que Venezuela, en una dirección u otra, empezaba a entrar en la VI República.

Es indudable que el acuerdo entre Venezuela y EU -que tiene aún muchos pendientes legales- ha llamado la atención porque parece haber consumado el objetivo de los EU desde que Hugo Chávez llegó al poder en 1989: controlar el petróleo venezolano. La retórica sobre la dictadura de Maduro, el Cártel de los Soles, el Tren de Aragua… todo se ha disuelto en el aire cuando Trump ha anunciado, con la bravuconería que le caracteriza, que van a duplicar las reservas de petróleo en EU, que van a controlar el petróleo de Venezuela -algo que, por otro lado, prohíbe la Constitución bolivariana- que va a abaratar el precio de la gasolina que está golpeando a la clase trabajadora norteamericana, y que volverán a ser el actor más relevante en el mantenimiento del mundo de las energías fósiles, todo “sin coste alguno a los contribuyentes”. Bravuconería trumpista como bien conocemos. Aunque al haber implicado al Pentágono en este acuerdo y hacerlo poseedor, a través de la Oficina de Capital Estratégico del Departamento de Defensa de EU, del 35 por ciento de la propiedad en la empresa, hay que pensar que EU está lanzando una advertencia a China y Rusia, que también tienen intereses en Venezuela: este acuerdo lo vamos a defender militarmente.

Desde el gobierno de Rodríguez se ha celebrado el acuerdo con el argumento de que Venezuela necesita inversión extranjera para poder producir, que no tiene ni dinero ni tecnología para extraer ese petróleo -por culpa de las sanciones y, añadimos, por errores propios: no olvidemos que, por ejemplo, el penúltimo presidente de PDVSA, Pedro Tellechea, está en la cárcel con buena parte de su equipo-, y que, en definitiva, las presiones sobre Venezuela obligaran a encontrar un nuevo rumbo. Presiones que empezaron antes de que la desaparición de Chávez les allanara el camino -Chávez siempre supo quiénes eran los EU- y que se incrementaron cuando Nicolás Maduro asumió la complicada tarea de sustituir al comandante Chávez en un contexto de hundimiento de los precios del petróleo y de agotamiento mundial del modelo neoliberal.

Los 17 campos se gestionarían por una empresa privada, NABEP (North American Blue Energy Partners), propiedad de un empresario al que EU y Venezuela han exonerado de sus “pecados”, Alejandro Betancourt, pero no así Suiza y España, con el que tiene cuentas pendientes. Esa empresa poseería mayoría accionarial (algo que niega el gobierno venezolano). En su mayoría se trata de “campos verdes”, es decir, campos no explotados, muy lejos, ahora mismo, de la capacidad venezolana para ponerlos en funcionamiento. El gobierno venezolano ha afirmado que no pierde soberanía sobre su petróleo y por tanto no se viola la Constitución, aunque no termina de entenderse una cosa y la otra. El gobierno estadounidense tendría acceso a precio de costo, a través del Departamento de Estado, al 20 por ciento de la producción de esos 17 campos. También tendría el derecho preferente a comprar el 80 por ciento restante. Y EU dice que el acuerdo es por 100 años, mientras que Venezuela habla de 25. Trump ha dicho que utilizará ese petróleo para recuperar la reserva estratégica del país. El gobierno de Delcy Rodríguez ha afirmado que, con base en la Ley y la Constitución, no pierde soberanía sobre sus recursos en el subsuelo. Trump afirma lo contrario. No hay consenso y cada cual está creyendo al que le da la razón a lo que venía pensando.

¿Se harán las inversiones? ¿Llegarán realmente los beneficios para Venezuela? ¿El precio que se pague por el barril y las regalías llegarán a las arcas del tesoro venezolano? ¿Servirá este acuerdo para normalizar la situación en Venezuela? Pues tampoco se puede garantizar, porque EU ha demostrado que marca constantemente los límites de lo que puede y no puede hacer el gobierno encargado -por ejemplo, dictando a qué países se puede vender petróleo-. Y no parece que se vayan a levantar las sanciones.

Venezuela necesita tiempo para reorganizarse después de la derrota del 3 de enero, necesita que el pueblo vuelva a empezar casi desde cero, que debata, discuta, entienda el momento, sepa los riesgos que supondría un gobierno de María Corina Machado, reclame al chavismo por sus errores, escuche al chavismo disidente, organice la resistencia no desde la retórica sino desde la práctica, y, sobre todo, que se reinvente.

La relación de Venezuela con EU no se entiende por parte de la izquierda que ve que, en paralelo a esta íntima relación entre Venezuela y los EU de Trump, ha estallado el caso Cerimedo, una historia que demuestra que el 100 por ciento de los argumentos de la derecha contra la izquierda no forman parte de ningún compromiso real. Esa derecha de De la Espriella, Kast, Milei, Bolsonaro, Machado, Paz, Fujimori, Bukele, Salinas Pliego, Noboa, defienden con gran alharaca la familia cristiana, y resulta que su asesor principal que les hizo ganar las elecciones con trampas cibernéticas (ayudado por otros personajes igualmente oscuros, como Javier Negre), el citado Fernando Cerimedo, casado y con hijos, deja embarazada a otra mujer a la que, además, manda balear porque, al parecer, iba a denunciar sus fechorías. Gran defensor de la familia cristiana. La derecha que habla de recuperar la soberanía, pero resulta que Cerimedo era un agente con sólidas relaciones con la CIA y el gobierno norteamericano, y buscaba invariablemente que los países latinoamericanos se subordinaran a los intereses de los EU, incluso poniendo en el gobierno a personas que también tuvieran la nacionalidad norteamericana. Estos gobiernos de la derecha que han hecho de la lucha contra las drogas un elemento central de su ataque a los “narcogobiernos” de México o Colombia, y ahora se sabe que Cerimedo, con ayuda del responsable de Inteligencia de Bolivia, tenían toda una red de tráfico de cocaína. ¿Muy hipócrita, no? Roban, mienten, asesinan, trafican… No es extraño que el Trump de la isla de Epstein o el que indultó al narcopresidente hondureño Juan Orlando Hernández, sea el vértice en el cual desembocan todos estos disparates.

Si Washington decide quiénes son los “narcotraficantes” que hay que perseguir, pero algunos personajes relacionados con esas mismas estructuras pueden moverse con extraordinaria soltura por los salones del poder estadounidense, ¿qué hacemos entregando a EU la decisión de quién es realmente narcotraficante y quién es un respetable aliado geopolítico? Noboa y las relaciones familiares con la droga, De la Espriella defendiendo como abogado a narcos, Paz en una estructura de narcotráfico, Juan Orlando Hernández indultado pese a ser condenado por tráfico… Decir tráfico de drogas es hablar de los EU.

Son tiempos de enorme turbulencia donde hace falta mirada larga, cabeza fría y rumbo firme. Cuando secuestraron a Nicolás Maduro y Cilia Flores el 3 de enero cayó un jarro de agua fría sobre todos los demócratas decentes del mundo. Aquel día algunos sabíamos que la revolución bolivariana, que llevaba años en fase de “resistencia” había sido derrotada y tocaba empezar a pensar la reconstrucción. Quizá iba a empezar la VI República. Hacerla al lado los EU, que es una potencia en decadencia, enfrentada a China y que basa su supervivencia en la energía fósil, no es jugar a caballo ganador. Pero Venezuela, como México, tienen la maldición geográfica de estar muy cerca de los EU y, en el caso de Venezuela, poca disposición a confrontar al coloso del norte.

La revolución, al menos por ahora, ha sido derrotada por sinvergüenzas poderosísimos como el Trump de la isla de Epstein, el Cerimedo que balea a su novia embarazada o el Netanyahu que dirige un holocausto en pleno siglo XXI.

El mundo puede estar en vísperas de una III Guerra Mundial y necesitamos muchos aliados para evitar la guerra. Es momento de ganar tiempo, de discutir escenarios con libertad y sinceridad -Venezuela tiene que abrir mil espacios populares de debate-, de entender los errores, de perfilar un rumbo emancipador, de dejar de lado las palabras gruesas y de entender que el mundo, Venezuela, Europa, Asia, África, está otra vez en la tesitura de escoger entre socialismo o barbarie. Y que estar cerca de los EU es estar cerca de la barbarie.

https://www.sinembargo.mx/4864410/trump-en-venezuela-de-villano-a-libertador/

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