"Hay una valentía política que no viene de las ambiciones sino de las convicciones. Es lo que hace la diferencia entre líderes y liderazgo".

En estos días hemos oído mucha discusión sobre resultados y datos en relación con el segundo año de Gobierno de Claudia Sheinbaum. Pero no hemos escuchado a nadie referirise a lo que permite que se den esos resultados exitosos en la inversión, el salario, la pobreza laboral, la seguridad, la infraestructura y con los Estados Unidos. Se llama autoridad moral. Es distinta de la autoridad política y la legitimidad porque no es algo medible en millones de votos ni en niveles de aprobación, aunque éstos nos resultan útiles para verla.
Entendemos la autoridad moral como la consistencia entre los valores de una persona y sus acciones y actitudes cotidianas. Esta coherencia genera confianza y respeto más allá de la simple obediencia. La autoridad moral no es un asunto legal, es la integridad del carácter de una persona. Pero, cuando hablamos de una Presidenta, ese carácter existe por fuera de las leyes o del simple poder institucional. Sus armas son la persuasión, la sabiduría y saber poner el ejemplo. La autoridad moral es la capacidad de influir en los demás mediante la forma en que uno vive. No se trata de personalidad, popularidad o técnica. Surge del carácter. Crece cuando una persona alinea constantemente su vida con aquello que considera verdadero y bueno. La autoridad moral surge cuando se actúa por el bien, aunque no sea lo que convenga. Por eso es moral y no un cálculo. En los dos ejemplos que veremos, uno de AMLO y otro de Claudia, son decisiones no tácticas sino de convicciones. Como escribió Cicerón: “Si el poder es indivisible por naturaleza, debe existir algo exterior a él que lo limite”. Ese papel es la moral, la distinción entre el bien y el mal.
Pero primero su dimensión política. Cuando esta autoridad moral entra en relación con los ciudadanos se crea un espacio de valores compartidos donde la honestidad, la justicia, y el trato entre iguales son el fondo, no sólo la forma. La muestra de esos valores compartidos en un espacio público es un compromiso ético. Ahí no hay construcciones lingüísticas o manipulaciones mediáticas.
Fue López Obrador el que pudo hacer llevar este tipo de autoridad a la Presidencia de la República. Como dirigente de la oposición fue coherente entre dichos y actos, lo que él calificó como máximas: “No mentir, no robar, no traicionar al pueblo”. Una vez en Palacio Nacional siguió conservando esa integridad entre valores, forma de gobernar, y carácter que le refrendaron la confianza de muchos más de los que originalmente habían votado por él. “Amor con amor se paga” fue la consigna que encontró para reflejar esa relación de confianza política en el democrático.
El expresidente que lo antecedió, Enrique Peña Nieto, carecía en absoluto de integridad y, por lo tanto, dependía de la publicidad para ser considerado como gobernante. Desde el financiamiento de la campaña del PRI que lo llevó a la Presidencia con la compra de cinco millones de votos, entró en contubernio con Odebretch, las eléctricas españolas, y con los servicios de equipos de espionaje de Israel, a través de su compinche Avishai Neria, con quien fue retratado esta semana en una boda en Portofino, Italia, en la boda de otro de los socios israleitas en México, el cantante Omer Adam. Peña Nieto había negado conocer a Neria y a Uri Emanuel Ansbacher, los que le vendieron a Tomás Zerón y a varios gobernadores e incluso a particulares ---presuntamente a Isabel Miranda de Wallace--- el sistema Pegasus de infiltración en teléfonos celulares. Peña lo negó cuando apareció en The Marker de Tel Aviv, pero ahora fue filmado junto a Neria en una boda.
No sólo fue mentir lo que no le permitió a Peña Nieta tener un gramo de autoridad moral. Fue su contrato televisivo, las talegas de dinero que gastó en autopromoción y que era la marioneta de un grupo de empresarios, como Claudio X. González. Cuando ya no les sirvió a esos empresarios que iban a ganar miles de millones tanto en el aeropuerto de Texcoco como en el tren México-Querétaro que fue cancelado, dejaron a Peña Nieto caer en la vergüenza al divulgar que la casa donde vivía era parte de un soborno. No pudo defenderse. No tenía autoridad de ningún tipo, ni moral ni política. Queda ahí la foto en la que José Andrés de Oteyza, director de OHL, lo regaña en público. Del anterior a Peña, Felipe Calderón, ya ni hablamos. Fue capaz de llevar a una masacre que excedió incluso su sexenio sólo para legitimarse en un cargo obtenido por fraude. Fue capaz de decir que una parte de los mexicanos debería morir para que la otra viviera en paz. Y se dice católico. Pero ya no hablemos de quien mintió diciendo que protegía el interés nacional cuando lo único que hizo fue defender al Cartel de Sinaloa y las políticas de la DEA.
Por definición, la moral y la autoridad se sitúan en extremos opuestos del espacio de relaciones sociales. La moral atañe a la conducta correcta —la distinción entre lo correcto y lo incorrecto al margen del poder de la Ley—, mientras que la autoridad implica la facultad de decidir, ordenar y hacer que se obedezca. Pero, como la autoridad moral es una consideración política pero no legal, la obediencia puede convertirse, no sólo en aprobación, sino apoyo abierto para participar. Esto fue especialmente notorio cuando entre el 9 y el 15 de enero de 2019, López Obrador ordenó cerrar los ductos de Petróleos Mexicanos para detener la extracción ilegal de gasolina y solicitó paciencia a los automovilistas. Esperar en las filas para tomar gasolina fue entendido como un acto de participación política para ayudar al gobierno a combatir el robo. En ese momento, el Presidente alcanzó un nivel de aprobación de 80 por ciento. No sólo se refería a que la gente aprobaba que se detuviera el llamado huachicol sino que le reconocían a AMLO la autoridad moral para llevarlo a cabo. Por eso, la tomadura de pelo genial de la oposición ha sido tratar de vincular a López Obrador, sus colaboradores, sus paisanos y hasta a sus hijos precisamente con el tema que más respaldo le trajo. No han podido por la autoridad moral que todavía tiene, lejos del espacio público y todo.
Por su parte, la Presidenta Sheinbaum obtuvo su nivel de aprobación más alto ---83 por ciento--- en mayo de 2025, cuando estrenó el lema “Cooperación sin subordinación”. Un 53 por ciento se declaró listo para defender al país, mientras un 71 por ciento rechazó cualquier tipo de injerencia de los Estados Unidos. Su autoridad moral provino, entonces, de no agachar la cabeza ante un adversario más poderoso. Esto se hubiera esperado del PRIAN, pero no de la izquierda. La astucia frente al poderoso es un valor cultural por todo el país. El espacio de valores compartidos incluye, además de la honestidad y el reparto de la justicia, también a la templanza y la dignidad. Esa actitud de no provocar al adversario ventajoso pero tampoco ceder en la defensa de nuestra soberanía nacional, coincidió con un conjunto de valores culturales compartidos en la sociedad mexicana como son el patriotismo defensivo, la resistencia cultural frente a un poder mucho mayor, y la activación de la cohesión comunitaria. Lo que mueve esos valores es que la dignidad de los mexicanos no puede ser negociable, sobre todo en una situación en que el principal agresor es la mayor potencia económica y militar del planeta. Ahí, la templanza y la firmeza ---“la cabeza fría” de Sheinbaum--- fue el pegamento de la adhesión a su autoridad moral. La defensa de los intereses estratégicos de la Nación fue atacada por el PRIAN una vez más declarándose listos para recibir a las fuerzas armadas de Estados Unidos, a sus agentes de la CIA, la DEA y hasta el ICE, o peregrinando a Washington para pedir socorro ante una catástrofe que sólo a ellos les excita. Se volvieron a equivocar porque Claudia tiene autoridad moral.
La autoridad moral no sólo se habla, se ejerce. Es consistencia de las acciones, los comportamientos, e incluso del estilo del personaje. Un gobernante fiel a sí mismo genera confianza para actuar. Pero un gobernante que, además, es consistente con lo que el pueblo espera de él o ella, tiene autoridad moral. Por eso creo que tanto la Presidenta como la nueva dirigencia de su partido, ha insistido en últimas fechas en la honestidad. No sólo para conservar la autoridad moral, sino porque es un valor ligado a la prosperidad. Basta ver en los tiempos de Peña Nieto, cuando la corrupción se decía que era “cultural”, cómo el presupuesto jamás alcanzó para el bienestar de los más. Con la honestidad como forma de vida y la austeridad, no de los trabajadores sino del gobierno, se han logrado repartos históricos de justicia social. La honestidad y hacer el bien son dos valores que han probado ser parte de una mayoría de mexicanos. El robo y el saqueo, el conflicto de interés, el nepotismo, la palanca deben ser condenados públicamente cuando sean ejercidos por los gobernantes y los empresarios. Pero queda todavía el horizonte de condenar la avaricia como forma de vida, uno de los lastres del neoliberalismo y de la concentración de fortunas enormes en una sola familia. Si hay moralidad en el ejercicio de la política, debería existir también en el terreno de las empresas.
Desde Salinas de Gortari hasta Peña Nieto, es decir todo el periodo del PRIAN neoliberal, se dijo que la moralidad no era una cosa pública sino sólo privada y que todo era muy relativo cuando se trataba de diferenciar el bien del mal. Cuando se les atrapaba a los gobernantes y empresarios en alguna trapacería, siempre decían que era legal porque efectivamente la decencia como dimensión de las cuestiones públicas no es algo constitucional, sino de la expectativa de los gobernados.
El vínculo que se establece entre gobernantes y gobernados a partir de las virtudes públicas es lo que hace de la autoridad moral un asunto político y no religioso o privado. No baja desde los cielos, sean divinos o presidenciales. Tampoco se encierra tras las puertas de las casas. Es un espacio de encuentro público de valores tan universales como la honestidad, la justicia, la igualdad, la prosperidad y la felicidad en comunidad. Las consistencias entre ambas y, a su vez, con la conducta de la Presidenta ha generado la autoridad moral, un tipo de afecto que es político.
Hay una valentía política que no viene de las ambiciones sino de las convicciones. Es lo que hace la diferencia entre líderes y liderazgo, entre gestores de una administración o conductores de una Nación. Los dos ejemplos que he puesto cuando, tanto AMLO como Claudia, han tenido niveles de aprobación casi totales, tienen que ver con ese carácter: ajustar los intereses particulares al interés general y ser valientes. No es la prepotencia de Lorenzo Córdoba. No es el porrismo de "Alito" Moreno. No es tampoco vestirse de militar con las mangas colgando, ni usar botas y sombrero, ni masticar chicle. Es valentía moral. Y es entender que, en estos momentos, las elecciones no serán sobre competencia, sino sobre convicciones, ideología y valores compartidos con el pueblo. En suma, serán sobre autoridad moral.
https://www.sinembargo.mx/4864395/autoridad-moral/
No hay comentarios.:
Publicar un comentario