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4/27/2020

Coro de ovaciones



La Jornada
Vilma Fuentes

La pandemia del Covid-19, a medida que evoluciona, trae cada día sus sorpresas alentadoras o deprimentes. A la orden de una ley humana inmemorial, la vida participa siempre de lo mejor y lo peor. O bien, nos estremecemos ante el horror del ser humano cuando nos enteramos que, en algunas residencias para ancianos, los pacientes son maltratados, se les abandona y condena a morir en la soledad. O bien, al contrario, desbordamos de admiración al escuchar los testimonios de la devoción excepcional de auxiliares de enfermería y personal hospitalario, quienes, a pesar del peligro para su propia salud, son capaces de consagrar su tiempo y su energía para salvar a los enfermos dependientes de sus cuidados.
Ante la generosidad mostrada por auxiliares, médicos, ambulancieros y otros, mujeres u hombres, jóvenes o no, la gente que ha tenido la suerte de gozar de su socorro, sea en su persona o en la de sus familiares, pero también toda la población conocedora del riesgo de contagio general, no podía quedarse con los brazos cruzados. Sobre todo, cuando una minoría, doblemente deleznable por su anonimato y su pequeño número, acaso víctima de sus temores, ataca con actos y amenazas a estos nuevos héroes de la vida hoy diaria.
Popular como laolainventada por México en los estadios de futbol, ha surgido una manifestación pública vuelta tradición en muchos países: una ola de aplausos y ovaciones al personal médico. Cada noche, en Francia, justo antes del diario televisivo, los habitantes confinados en su domicilio, desde ventanas y balcones, aplauden al unísono en homenaje a los auxiliares de salud. Ovación vuelta ritual, clama de manera espectacular el reconocimiento de los ciudadanos hacia estos nuevos héroes, a quienes se desea agradecer y honrar con esta manifestación a la vez sonora y calurosa. Como los aplausos se transmiten al mismo tiempo en todos los medios, el rito toma el giro de un acto que une los corazones palpitantes de alegría en una especie de fiesta. En esta época perturbada, este apoyo es recibido con alivio por quienes tanta necesidad tienen de un impulso de optimismo para guardar la confianza y la fe en mejores días.
No puede negarse que el primer efecto producido en la población por el nuevo coronavirus, después de la estupefacción provocada por la amplitud imprevista de la catástrofe, fue el sentimiento de una tristeza profunda. Cada uno buscó la mejor forma de enfrentar la epidemia y resistir a la depresión. Desde luego, las actitudes son distintas según el carácter. Los más responsables hallan el medio de volverse útiles a la medida de sus aptitudes. Actúan de la mejor manera posible, pues siempre puede realizarse un buen gesto, como demuestran los auxiliares médicos. En Francia, como en otros países, hay quienes prefieren establecer el inventario de los errores cometidos por las autoridades responsables. Las faltas son numerosas: falta de preparación, lentitud administrativa, órdenes contradictorias, comunicación confusa. Después de los aplausos, habrá los ajustes de cuentas. En fin, hay quienes prefieren reír, sea por ser cómicos profesionales, sea por el gusto de bromear. Se fuerzan a reír como si la risa fuera el arma última para escapar a la desesperanza, acaso a la manera de los condenados que dan cara al pelotón de fusilamiento con un cigarrillo en la boca, una sonrisa de desdén, los ojos abiertos y la mirada desafiante. Por desgracia, desdeñar a la muerte no ha impedido nunca a la Parca blandir la guadaña a su antojo.
En Francia se han reiterado los homenajes a los auxiliares sin olvidar a otros trabajadores de las sombras que arriesgan su salud al servicio de la vida pública: pepenadores, carteros, cajeras, barrenderos, choferes de transportes de mercancías… Así, un representante de empresas funerarias llamó la atención sobre las dificultades de su oficio agravadas por el coronavirus,aunque, desde luego, no pedimos que se nos aplauda cada noche, concluyó comprensivo.

4/21/2020

La vita nuova



El confinamiento, impuesto con la fuerza de una ley por numerosos gobiernos en el planeta, tiene por objeto proteger a las poblaciones contra el riesgo de ser contaminadas por la temible pandemia de Covid-19 esparcida por el nuevo coronavirus. La ley impone a todos la dura restricción de confinarse en su casa. Los organizadores de esta medida de prudencia habrían podido preparar el público y convencerlo de las ventajas y bondades del encierro aludiendo al célebre pensamiento del matemático filósofo Blaise Pascal, según el cual toda la desgracia de los hombres viene de una sola cosa: la de no saber demorar en reposo, en una recámara. Así, la ley, en lugar de sufrirse como una penosa coerción impuesta a los desdichados ciudadanos, habría podido ser presentada, con la ayuda del filósofo, como un favor reservado a los dichosos elegidos al confinamiento. Estos privilegiados ignoran su buena suerte. Corren en todos sentidos con la esperanza de encontrar una ocasión que les proporcione una razón de vivir, y esta agitación es la fuente de los males de estos insensatos.
Quizá no es necesario recordar una evidencia que no presenta dudas a nadie: el confinamiento actual es, primero y ante todo, una penosa obligación para la mayoría de los trabajadores. Quedarse en casa, no poder salir para acudir a su lugar de empleo, fábrica, construcción, oficina, comercio u otro, puede representar una catástrofe para quienes no tienen la posibilidad de laborar por teletrabajo (Internet). La amenaza del desempleo se desarrolla, como es ya el caso, en numerosos países. Una crisis económica de dimensión mundial, la más grave desde 1929, se propaga y promete mañanas muy difíciles para los pueblos. El filósofo Blaise Pascal vivía en una época sacudida por otras desgracias. No siendo economista ni sociólogo, este pensador se preocupaba, sobre todo y en forma esencial, del verdadero sentido que es necesario buscar para llegar a dar a la vida humana una justificación. Observador atento y sin ilusión sobre el comportamiento de sus contemporáneos, se inclinó más bien hacia una visión bastante pesimista de nuestro destino. Para Pascal, el hombre estaba necesariamente loco. ¿Es una razón por la cual el hombre se cree obligado a huir de él mismo?
Quedarse en casa es, en primer lugar, quedarse consigo. Hallarse en presencia de sí mismo, ¿sería el peor destino que pudiese suceder a un ser humano? ¿Sería uno su propio infierno? Habrá quien pueda alegar, para tratar de defenderse de ser su propio verdugo, que el infierno son los otros, remedando la sugerente e insidiosa frase con la cual Jean-Paul Sartre termina con broche de oro su pieza de teatro Huis clos (A puerta cerrada).
Que el infierno sea uno mismo o sean los otros no alivia las penas y pesadumbres del confinado. Sin embargo, estas aflicciones no parecen ser tan graves. ¿De qué se quejan los sometidos al confinamiento? Desde luego, de no poder salir de sus casas ni reunirse con amigos; se lamentan de los cines, restaurantes, cafés o teatros cerrados. Se tiene derecho a unas salidas: pasear al perro, hacer ejercicio, ir al médico o asistir a un pariente enfermo. Y cada salida debe ser anotada y precisada en un documento a disposición de las autoridades que puedan solicitarlo. Cuando no es imprescindible la presencia física en el lugar de empleo, se practica el trabajo por Internet. ¡Ah!, quedan los niños, obligados a quedarse en casa con las escuelas cerradas. Y los deliciosos bambini necesitan mostrar su creatividad, su energía de sobra. Los juegos de mesa o Internet no bastan, hay que inventar. Imaginar. Encontrar cómo pasar el tiempo.
A pesar de todo, hay gente que se aburre. Esta es la palabra clave: aburrirse, un verbo sin acción, una situación que se sufre. Y se sufre pasivamente, sin dejo de melancolía. El aburrimiento es un mal extraño. Aunque quizá no sea siempre un mal. Más bien un manantial de agua silenciosa donde nos murmuran las gotas de luz de una vita nuova.

3/26/2020

¿Y después de la pandemia?


La Jornada

Un sentimiento de irrealidad se apodera, a veces, del espíritu humano cuando se interrumpe el ritmo cotidiano de la vida y se pierden los hábitos de cada día. Sensación extraña que nos vuelve extranjeros a nosotros mismos: el suelo que pisamos a diario parece distinto, las calles que caminábamos ayer se ven diferentes, la ciudad donde vivimos es ahora otra, desconocida. Terminamos, entonces, por preguntarnos a dónde nos dirigíamos antes, qué buscábamos, qué sentido tenían antes las cosas.
Impresión de irrealidad que puede ser efímera y muy pronto olvidada, pero que puede extenderse y tomar el lugar de lo que era lo real: volverse la realidad. Las grandes catástrofes, las calamidades planetarias, en fin, esas situaciones donde nadie puede presumir de salir indemne de la hecatombe, se imponen de repente al hacer irrupción, acostumbrándonos después, poco a poco, a su vecindad y a sus consecuencias.
La pandemia del coronavirus aporta cada día, cada hora, su lote de sorpresas, más aplastante una que otra. Una de las últimas es la prohibición hecha, en ciertos casos, a la familia y a los próximos, de asistir a las exequias de su difunto. Ninguna ceremonia, ninguna manifestación luctuosa: las medidas de seguridad son acaso legítimas por razones de precaución sanitaria. No son por ello menos despiadadas. Así, además del dolor del luto, los desdichados sufren la pena de no poder acompañar, el día de su sepultura, a la persona amada al cementerio, donde le rendirían el homenaje hecho con las lágrimas de la separación, el último adiós. La crueldad de algunos destinos parece, en ocasiones, no conocer límites. Sobra de qué perder la razón y volverse loco. No queda sino aceptar que la suerte reservada a la especie humana es la más cruel de todas porque hombres y mujeres gozan del triste privilegio de tener conciencia de lo que les está reservado. ‘‘El hombre está necesariamente loco, y es por otro giro de locura que cree no estar loco”, escribe el matemático y filósofo Blaise Pascal, al revelar con este pensamiento que la fatalidad de su destino trágico debe necesariamente volver loco al ser que toma conciencia del aterrador trayecto de la vida.
Una gran catástrofe como esta pandemia que se extiende en la actualidad con el Covid-19 no amenaza solamente el cuerpo y la salud física de quienes son contaminados, atenta asimismo contra el equilibrio mental de todos, enfermos o sanos. En estos momentos, la muerte, que cada quien se esfuerza en olvidar en periodo ordinario, entregándose a todas las distracciones posibles, o incluso tomando la decisión de consagrarse al trabajo, remedio excelente, droga eficaz para ahuyentar los tristes pensamientos mortíferos, hasta el día en que la pandemia impone el recuerdo y la presencia de las muerte en todos los espíritus perturbados, la mente alterada ante lo inconcebible de la propia desaparición. Ya no es cuestión de olvidarla: la muerte se ha vuelto la obsesión cotidiana de todos y cada uno. Los diarios, los medios de comunicación, radio y televisión, las mensajerías de las computadoras, las redes sociales transmiten sin cesar las cifras de contaminados y muertos que aumentan hora tras hora, de un lado a otro del planeta.
Por fortuna, la mente humana, aunque asediada por la presencia de la muerte en estos tiempos nefastos, sabe encontrar escapatorias para huirla, urdir escenarios donde las cosas cambian aunque no sea sino para seguir iguales, ingeniárselas para dar una vuelta de tuerca y alejar sombras funestas. Esas que se arrastran, solitarias, en ciudades fantasmas como París ahora. Se debate, se predice, se adivina. Al cabo de la pandemia, las cosas serán distintas. ¿Triunfarán neoliberalismo, mundialización, orden financiero único, pauperización de la mayoría o se impondrán nacionalismo, soberanía de estados, fronteras, xenofobia? ¿Y si dejáramos dejar venir un futuro sorpresivo? ¿O escogemos olvidar y volver al pasado, al antes ya conocido?

7/26/2019

Canícula y controversias



Desde hace más de un mes, antes de los inicios del verano, los habitantes de Francia son bombardeados, a través de todos los medios de comunicación, con la alerta a los peligros de la canícula y los métodos para escaparles. Esta situación se repite año tras año y, sobre todo, después de las 14 mil 802 personas fallecidas en Francia durante los 15 días del periodo canicular de 2013. Las víctimas eran en su mayoría personas ‘‘de la tercera edad” o, para decirlo sin eufemismos ni rodeos, personas viejas. Hombres y mujeres olvidados por sus parientes más jóvenes o residentes de hospicios y otros establecimientos consagrados a personas más o menos dependientes. Es evidente el traumatismo generado que afectó sobre todo a las autoridades responsables, es decir, al gobierno. Los numerosos fallecimientos no se limitaron a Francia, pues diversos países europeos sufrieron la misma suerte.
Si bien es necesaria y positiva la campaña de prevención contra los riesgos de la canícula, ahora se agrega la visión apocalíptica del calentamiento del planeta. Hay quienes, sin bromear, hablan ya de ‘‘refugiados climáticos”. Un motivo más para que los habitantes de África soliciten asilo en Europa. Y para que los pobladores de la Costa Azul tomen sus vacaciones en Finlandia o Noruega. La joven sueca Greta Thunberg, de visita en París, tuvo derecho a exponer su preocupación por el calentamiento del planeta ante la Asamblea Nacional francesa. Su presencia en el hemiciclo fue causa de aplausos por unos, de protestas por otros, en ambos lados: políticos, expertos y comentaristas. La escandinava fue tratada por estos últimos de Casandra, profetisa de la catástrofe, manipulada por familiares adultos y negociantes del miedo.
Paradójicamente, el bombardeo de prevención contra la canícula, campaña cuyo objetivo es evitar los riesgos y tranquilizar a la población, tiende a propagar temores casi ancestrales y a crear un clima de inseguridad frente al polémico calentamiento planetario. ‘‘Tome mucha agua”, ‘‘si puede quedarse en casa, no salga”, ‘‘remójese el cuerpo varias veces al día”, ‘‘no haga ejercicios”, ‘‘refúgiese en lugares frescos”… Consejos de sentido común evidente y que parecería inútil repetir una y otra vez como si la población fuera infantil, cuando en realidad se la infantiliza. Y para que las posibles víctimas no olviden tomar agua, pues los viejos pierden la sensación de sed, las alcaldías parisienses han creado módulos telefónicos, donde puede usted mismo inscribirse o inscribir a un pariente o vecino sospechoso de olvidar beber agua. Una vez inscrito, una amable persona se ocupará de telefonear para recordarle que beba agua y evite la mortal deshidratación. Mi hija, a quien no falta el sentido del humor, más amarillo que negro, me amenaza con inscribirme para que me recuerden beber. Como si no bastara con responder a vendedores que trabajan por teléfono.
Más inquietante que la canícula es acaso el ambiente de temor que se ha ido creando en las últimas décadas. En nombre de la higiene, de una larga vida, de la salud del planeta, de una conducta correcta y otras causas humanitarias, se alerta contra comportamientos dudosos y productos nocivos. No pasa un día sin que se descubra una nueva y fatal enfermedad, los riesgos de epidemias mortales, el fin del mundo. Los peligros no son sólo la alta velocidad o el alcohol al volante. Son también el cigarro y el teléfono celular, y no sólo cuando se conduce. Dos peligrosas drogas comparables a los más fuertes estupefacientes. Pero la amenaza se encuentra, muy cerca, en la sospechosa comida semejante a un veneno. Cuando no es la vaca loca es la fiebre avícola, las legumbres contaminadas por fertilizantes y pesticidas, los pescados criados con harinas de esqueletos, el azúcar, la sal, las latas de conserva, el agua misma… El aire que se respira.
Qué lejos parece la época cuando se dejaba vagar la imaginación fumando, como escribió Italo Svevo sobre este placer.