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2/07/2026

El precio oculto de la energía

 Cómo los combustibles fósiles dañan la vida de las mujeres en los Balcanes Occidentales

Fuentes: Capire

Natasha Dokovska, de la Marcha Mundial de las Mujeres en la región de los Balcanes, analiza el impacto de las empresas energéticas en la vida de las mujeres

En la fría madrugada invernal de Bitola, una fina capa de polvo negro cubre los alféizares de las ventanas antes del amanecer. El polvo proviene de la cercana central térmica de carbón, la más grande de Macedonia del Norte y una de las principales fuentes de contaminación atmosférica de los Balcanes Occidentales. Para las mujeres que viven en esta zona, limpiar el polvo se ha convertido en una rutina tan habitual como hervir agua para el café. Sin embargo, los daños de la contaminación en su vida cotidiana —en su salud, su trabajo, su tiempo y su futuro— permanecen invisibles.

En toda la región de los Balcanes Occidentales, desde las minas de cobre de Serbia hasta los valles de lignito de Bosnia y las centrales térmicas de Macedonia del Norte, se repite la misma historia: una economía que mantiene una dependencia de los combustibles fósiles, donde las mujeres soportan en silencio la mayor carga de esta dependencia. Mientras los debates sobre la energía se centran en los kilovatios y las inversiones, pocos se preguntan quién paga el costo humano de este modelo.

Según la Agencia Europea de Medio Ambiente, seis de las diez centrales eléctricas más contaminantes de Europa se encuentran en los Balcanes Occidentales y emiten más dióxido de azufre que todas las centrales de carbón de la Unión Europea (UE) juntas. En Macedonia del Norte, alrededor del 45 % de la electricidad sigue procediendo del carbón, mientras que en Serbia este porcentaje supera el 65 %.

Una crisis con tintes de género

La contaminación atmosférica en los Balcanes es una de las peores de Europa. Según la Alianza para la Salud y el Medio Ambiente (HEAL), las centrales térmicas de carbón de la región provocan anualmente decenas de miles de muertes prematuras. Solo en Macedonia del Norte, la contaminación atmosférica mata, en proporción a la población, a más personas que en cualquier otro país de la UE. Tras esos números se esconden historias individuales de madres que cuidan a sus hijos enfermos, de mujeres sin recursos para calentar sus hogares y de abuelas que viven cerca de lagunas de cenizas tóxicas.

“Las mujeres de nuestra región son las más afectadas por la degradación ambiental”, afirma la periodista y activista medioambiental Aleksandra Nakova, que vive en Skopje. “Son ellas las que se ocupan de las tareas domésticas, cuidan de los niños y los ancianos y, al mismo tiempo, respiran el aire más contaminado de Europa”.

Heal estima que la contaminación provocada por las centrales térmicas de carbón de los Balcanes Occidentales causa anualmente 19 000 muertes prematuras y 8500 casos de bronquitis crónica en adultos en toda Europa. Solo en la ciudad de Bitola, los niveles medios de PM2,5 [partículas finas que componen la contaminación] durante el invierno superan los 70 µg/m³, índices casi siete veces superiores al límite seguro establecido por la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Desde una perspectiva de género, la crisis de los combustibles fósiles no se limita a las emisiones: es una cuestión de desigualdad. Las mujeres tienen más probabilidades de vivir en la pobreza y en viviendas con baja eficiencia energética, y además suelen estar excluidas de los espacios de toma de decisiones donde se define la política energética. Están expuestas a la contaminación debido al trabajo de cuidados no remunerado que realizan y suelen estar marginadas de los empleos mejor remunerados del sector energético.

El enfoque de la transición energética con justicia de género, ahora adoptado por las Naciones Unidas (ONU) y por organizaciones feministas de todo el mundo, ayuda a analizar este desequilibrio en detalle. Hay tres preguntas fundamentales: ¿Quién paga el precio de nuestro sistema energético? ¿Quién tiene voz en la definición de sus políticas? ¿Y qué necesidades se tienen en cuenta? En los Balcanes Occidentales, las respuestas revelan una profunda injusticia estructural.

La salud al margen

La contaminación provocada por la quema de combustibles fósiles no afecta por igual a hombres y mujeres. Diversos estudios asocian la exposición prolongada a partículas en suspensión con tasas más elevadas de abortos espontáneos, infertilidad y cáncer de mama. En ciudades mineras como Bor, en Serbia, y Tuzla, en Bosnia, se registra un número creciente de enfermedades respiratorias y casos de cáncer entre la población. Sin embargo, la ausencia de un análisis específicopor género de esos datos sobre salud invisibiliza estadísticamente el sufrimiento de las mujeres.

Asimismo, en Bitola, los pediatras llevan mucho tiempo alertando sobre el repunte del asma entre los niños. “Cada invierno, el hospital queda abarrotado”, dice una enfermera de la región que pidió no ser identificada. “El aire huele a carbón quemado y las madres llegan con niños que tienen dificultades para respirar. Siempre son las madres: se quedan en casa, faltan al trabajo, se sientan junto a la cama del hospital. La contaminación les roba tiempo y fuerzas”.

En los sistemas de salud de la región casi nunca se establece la relación entre la contaminación ambiental y la salud reproductiva o el bienestar mental de las mujeres. La mayoría de los informes gubernamentales abordan la contaminación del aire como una cuestión técnica, no social. Así, el vínculo invisible entre los combustibles fósiles y la desigualdad de género sigue siendo, en gran medida, inexplorado.

Pobreza energética y supervivencia diaria

Mientras los políticos debaten la transición energética, millones de familias de los Balcanes viven en lo que los expertos denominan pobreza energética: la imposibilidad de pagar los servicios básicos de calefacción, refrigeración o electricidad adecuados. Según la Secretaría de la Comunidad de la Energía europea, casi una de cada tres familias de la región se enfrenta a dificultades para pagar las facturas de energía. Las mujeres, especialmente las madres solas, las jubiladas y quienes viven en zonas rurales, son las más perjudicadas.

En muchos pueblos, para la calefacción todavía se utiliza leña o carbón. Recoger, transportar y gestionar ese combustible es una tarea que recae sobre las mujeres. En los complejos de edificios residenciales antiguos, suelen ser ellas quienes hacen cola para pagar las facturas o negociar con la compañía eléctrica. Cuando sube el precio de la energía, son las mujeres las que recortan gastos, reduciendo la calefacción de tres habitaciones a una, cocinando menos o posponiendo visitas al médico para ahorrar.

En invierno, la mala calidad del aire y la precariedad de la calefacción se combinan en un círculo vicioso: las mujeres inhalan más humo en el interior de sus hogares, mientras los hombres trabajan expuestos al aire libre en minas o fábricas. Sin embargo, las soluciones —como mejor aislamiento, estufas limpias o paneles solares— siguen estando fuera del alcance de las familias de bajos ingresos.

Un sistema energético masculino

Las industrias energéticas de los Balcanes Occidentales —la minería del carbón, la refinación de petróleo y la generación de energía— están dominadas casi por completo por hombres. Las mujeres representan menos del 12 % de la mano de obra del sector energético en la región y apenas un 5 % ocupa puestos técnicos o de gestión. Por el contrario, ellas realizan más del 70 % del trabajo doméstico no remunerado relacionado con la energía en el hogar: calefacción, cocina y cuidados.

En el actual proyecto de Macedonia del Norte para sustituir el carbón por energía solar en Oslomej, aclamado públicamente como un modelo de “transición justa”, las consultas iniciales han contado con la participación de solo un reducido grupo de mujeres. Asimismo, los programas de capacitación para nuevos empleos verdes relacionados con la construcción y el funcionamiento de las centrales solares se dirigen principalmente a hombres. Sin medidas específicas que aborden la cuestión de género, en palabras de Aleksandra Nakova, “corremos el riesgo de construir el mismo patriarcado con paneles solares”.

La transición del carbón a la energía limpia, que suele presentarse como una necesidad económica, es también una cuestión cultural. Durante décadas, la identidad masculina en las ciudades industriales de los Balcanes ha estado vinculada a la mina, la central eléctrica y la fábrica. A medida que esos empleos desaparecen, aumentan las tensiones sociales y las mujeres cargan con el impacto, sosteniendo a las comunidades mediante cuidados no remunerados, pequeñas prácticas agrícolas y trabajo informal.

Voces ausentes en la mesa

La injusticia procedimental —la falta de participación de las mujeres en la toma de decisiones— es uno de los mayores puntos ciegos de la política energética de los Balcanes. En la mayoría de los países, los ministerios de energía, las empresas nacionales de distribución de energía y las agencias reguladoras están dirigidos por hombres. Las consultas a las comunidades afectadas, cuando se producen, son breves y técnicas. Rara vez se invita o se escucha a las mujeres de los territorios, que son precisamente quienes mejor comprenden las consecuencias cotidianas de la contaminación, el aumento de los precios y los apagones.

Organizaciones de la sociedad civil se esfuerzan por llenar este vacío. Así, La Red WASH de los Balcanes [Balkan WASH Network], por ejemplo, reúne a mujeres de zonas rurales para defender su acceso al agua potable y al saneamiento. Grupos como Mujeres Comprometidas con un Futuro Común [Women Engage for a Common Future – WECF] y Periodistas por los Derechos Humanos [Journalists for Human Rights] documentan los testimonios de mujeres que viven cerca de minas y zonas industriales. Pero a menudo sus recomendaciones acaban relegadas a las notas a pie de página de los informes oficiales.

Las posibilidades de la transición

Una transición con justicia de género va más allá de sustituir el carbón por paneles solares. Exige invertir en las personas, especialmente en las mujeres. Ello implica garantizar el acceso a guarderías y al transporte público para facilitar su participación en nuevos programas de capacitación; ofrecer incentivos financieros a las cooperativas energéticas dirigidas por mujeres; y promover proyectos locales de energía renovable que beneficien directamente a las comunidades, no a los inversores privados.

Ya existen iniciativas piloto en curso. En la zona rural de Serbia, una pequeña cooperativa de mujeres agricultoras ha instalado deshidratadores de frutas y hierbas que funcionan con energía solar, lo que reduce los costes y genera ingresos adicionales. En Bosnia, las asociaciones locales de mujeres realizan campañas por el derecho a participar en el seguimiento de los datos sobre contaminación. En Macedonia del Norte, hay cada vez más mujeres ingenieras que se incorporan al sector de la auditoría y la eficiencia energética. Estos ejemplos demuestran que, cuando las mujeres lideran, la sostenibilidad no solo es más limpia, sino también más justa.

Pero este avance aún es frágil. Sin apoyo político a largo plazo, muchos proyectos locales sobreviven solo como experiencias que existen gracias al apoyo de donantes. Para convertirlos en cambios sistémicos, los gobiernos deben recopilar datos por género, establecer cuotas para la participación de las mujeres y vincular las políticas sociales —como el trabajo de cuidados y el empleo— a las metas climáticas y energéticas.

Más allá de las cifras: un cambio cultural

La transición energética no es solo una cuestión técnica: es profundamente social. Exige replantearse lo que valoramos como “trabajo” y quién puede dar forma al futuro. Durante generaciones, las mujeres de los Balcanes han sido tratadas como víctimas de la pobreza y la contaminación, y rara vez se las ha considerado sujetos activos en materia de energía. Sin embargo, son ellas las que gestionan la energía, decidiendo cuándo encender la calefacción, cómo ahorrar combustible y cómo mantener a una familia viva durante una crisis.

Es fundamental reconocer esos conocimientos de la vida cotidiana. A medida que la región avanza hacia la adhesión a la UE y hacia una energía más limpia, la igualdad de género debe incorporarse a todas las políticas. El coste de no tenerlo en cuenta es alto: las transiciones que excluyen a la mitad de la población no son justas ni sostenibles.

Durante mucho tiempo, las mujeres han pagado el precio oculto de la energía. Solo habrá un futuro energético verdaderamente justo cuando ellas ya no tengan que limpiar el polvo de un sistema construido sobre su silencio.

Natasha Dokovska forma parte de la Marcha Mundial de las Mujeres en Macedonia del Norte.

Fuente: https://capiremov.org/es/analisis/el-precio-oculto-de-la-energia-como-los-combustibles-fosiles-danan-la-vida-de-las-mujeres-en-los-balcanes-occidentales/

1/31/2026

Mujeres las más afectadas ante»bancarrota hídrica»en el mundo

 

Cabe recordar que, el agua es un recurso necesario para el desarrollo sostenible, socioeconómico, la energía, producción de alimentos, los ecosistemas, la supervivencia del ser humano y parte del cambio climático, según explicó las Naciones Unidas. Es un derecho; sin embargo, conforme crece la población mundial existe mayor demanda comercial de los recursos hídricos para satisfacer a todas las comunidades.

A nivel mundial, un total de mil 800 millones de personas viven en sus casas sin instalación de agua. Esta situación afecta principalmente a mujeres y niñas mayores de 15 años, quienes son las encargadas de recoger agua en siete de cada 10 hogares, frente a tres de cada 10 domicilios en el caso de los hombres: así lo dio a conocer la Organización Mundial de la Salud (OMS) y el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef).

Esta problemática es una realidad en muchos países, la cual está impidiendo que las niñas y mujeres alcancen su potencial y además compromete su bienestar. 

En la actualidad, en torno a dos mil 200 millones de personas, una de cada cuatro todavía carece de servicios de agua potable gestionados sin riesgos en el hogar. Mientras que, al hablar de tres mil 400 millones de personas, dos de cada cinco no tienen acceso a servicios de saneamiento gestionados sin riesgos. En torno a dos millones de personas, una de cada cuatro no puede lavarse las manos con agua y jabón en el hogar.

Esta serie de afectaciones lleva a que las mujeres limiten sus posibilidades de finalizar su educación o encontrar un empleo, siendo relegadas al hogar y a la recolección de agua, vulnerando así sus derechos.

Bancarrota hídrica

Los resultados del informe «Global Water Bankrupycy» determinaron que la humanidad gastó el ingreso anual de aguas de ríos, lluvias y vació ahorros milenarios de glaciares, humedales y acuíferos sin que éstos cuenten con la capacidad para recuperarse. El documento señaló como parte de esta problemática a la agricultura intensiva, el crecimiento urbano e industrial, la contaminación y las emisiones de gases de efecto invernadero que causan en cambio climático.

El impacto en las reservas del agua provoca sequías más largas, evaporación acelerada y lluvias imprescindibles. Para Kaveh Madani, principal autora del informe, muchas regiones subsisten por encima de sus posibilidades hidrológicas y, en consecuencia, el mundo atraviesa una factura hídrica que no puede reparar.

Crédito: UNOPS

Otros datos que permiten visualizar el panorama proporcionados por el informe son que el 75% de la población vive en territorios donde el agua escasea o su estado no es seguro; más de la mitad de los lagos del planeta se están secando; 2 mil millones de personas habitan lugares que se hunden por la sobreexplotación de aguas subterráneas; y solo en 50 años se perdieron varios humedales que equivalen a toda la superficie de la Unión Europea.

Ante este panorama, las mujeres serán las primeras en enfrentar la crisis de agua gracias a factores de género. Datos del informe «Progresos en relación con el agua potable, el saneamiento y la higiene (ASH) 2000-2022: con referencia especial a las cuestiones de género)» indican que cada año 1.4 millones de personas mueren por falta de agua, saneamiento e higiene adecuados, siendo las mujeres quienes corren mayor peligro ante las infecciones y enfermedades, pero también por acoso, violencia y lesiones que enfrentan al salir de sus hogares en busca de agua.

A escala mundial mil 800 millones de personas viven en hogares sin una instalación de agua corriente y son las mujeres las encargadas de recolectar el recurso en 7 de cada 10 hogares, a su vez, las niñas menores de 15 años también tienen más probabilidades de tener que hace ésta labor. Cuando lo hacen, deben emplear su tiempo en recorrer trayectos largos que les impide acceder a la educación, trabajo o el ocio, enfrentando riesgos corporales u otros peligros.

El documento da cuenta de que en 500 millones de hogares se comparten las instalaciones de saneamiento, lo que implica comprometer la intimidad, dignidad y seguridad de las mujeres y niñas. Las estadísticas señalan que en 22 países con hogares donde los inodoros son compartidos, las mujeres tienen más probabilidades de sentirse inseguras al caminar por las noches en busca de agua, sufrir acoso y riesgos a su seguridad.

Crédito: UNOPS

La falta de agua limita su capacidad para gestionar sus periodos menstruales, lo que vulnera su derecho a la salud al tener que utilizar trapos, no poder cambiarse regularmente y lavarse. La falta de higiene afecta mayormente a las mujeres y niñas ocasionándoles enfermedades que se pueden propagar tomando en cuenta que son ellas las que se encargan del trabajo de cuidados: limpian, preparan alimentos y atienden a enfermos.

De acuerdo con el informe, alcanzar la meta del sexto Objetivo de Desarrollo Sustentable (ODS) al acceso universal de servicios de agua potable, saneamiento e higiene básica para el año 2030 requiere de multiplicar por seis los progresos que se tiene hasta ahora entre 2015 y 2022: el acceso de los hogares al agua potable pasó del 69% al 73%; de saneamiento subió de 49% a 57%; y de higiene alcanzó de 67% al 75%.

Cabe recordar que, la meta de los ODS para el 2030 es lograr el acceso universal y equitativo del agua potable a un precio accesible, prestando atención a las necesidades de las mujeres, niñas y personas en situación de vulnerabilidad, para ello se necesita la reducción de la contaminación, aumentar la utilización eficiente de los recursos hídricos en todos los sectores, gestionar el agua en todos los niveles, poder proteger y restablecer los ecosistemas que proporcionan este recurso, y la cooperación internacional y apoyo a países en desarrollo, explica la ONU.

En diciembre de éste año, el mundo celebrará la Conferencia del Agua de la ONU y por ello, la ONU enfatiza la necesidad de usar el espacio para hablar sobre el rescate hídrico para proteger la reserva que al mundo le queda y renegociar las formas de vida como la transformación de la agricultura, repartir el agua de forma justa y blindar los ecosistemas que aún la producen.

11/29/2025

La COP30 en la Amazonia y la esperanza del liderazgo indígena





Amy Goodman y Denis Moynihan

BELÉM, BRASIL–. La selva amazónica, a menudo descrita como “el pulmón del planeta”, rebosa vida. Miles de defensores del territorio amazónico, tanto de comunidades indígenas como activistas aliados de su causa, han viajado a la ciudad tropical brasileña de Belém —puerta de entrada a la Amazonia— para transmitir el mensaje de que la selva se encuentra en un una situación crítica, pero que todavía es posible salvarla.

La atención de estos miles de activistas está puesta en la COP30, la trigésima “Conferencia de las Partes” de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (UNFCCC, por sus siglas en inglés), un instrumento oficial que se creó tras la Cumbre para la Tierra, celebrada en Río de Janeiro en 1992, con el propósito de negociar e implementar un tratado a nivel mundial destinado a limitar el aumento de la temperatura global causado por la actividad humana. Treinta y tres años después, las negociaciones avanzan a un ritmo peligrosamente lento, muy por debajo de lo que se requiere para evitar una catástrofe climática.

Esto quedó claro al concluir la primera semana de la COP30. Cientos de activistas llegaron en una larga caravana de flotillas a través del río, para participar en una importante marcha de la sociedad civil. El viernes 14 por la noche, una marcha liderada por indígenas llegó hasta el perímetro de seguridad del área restringida conocida como “Zona Azul”, a la que solo pueden acceder quienes cuentan con acreditación oficial de la cumbre. El grupo irrumpió por la fuerza en esa área, derribando una puerta. La policía de las Naciones Unidas logró contener la protesta, pero el incidente puso de manifiesto el nivel de frustración de la gente ante el fracaso de las deliberaciones para alcanzar una acción climática justa y eficaz.

Alessandra Korap Munduruku, presidenta de la Asociación Indígena Pariri, fue una de las líderes de la movilización. En 2023, Alessandra recibió el prestigioso Premio Ambiental Goldman por liderar una campaña que obligó al gigante minero británico Anglo American a retirarse de tierras indígenas, entre ellas las de su comunidad.

Durante una entrevista que mantuvo con Democracy Now! en el marco de la COP30, Alessandra expresó: “Fue algo muy frustrante para nuestra gente, que realizó un largo viaje para llegar hasta aquí y quería que su voz fuera escuchada. Vinimos en una gran delegación y queríamos hablar, queríamos ser escuchados, pero nos lo impidieron. Yo tengo acreditación para ingresar a la COP, pero muchas de las personas [de la comunidad indígena] Munduruku que están aquí no la tienen, por lo que decidimos que era necesario interrumpir esta cumbre. Necesitábamos que la gente se detuviera a escucharnos […], porque somos quienes damos voz a lo que la selva está pidiendo. Somos nosotros quienes damos voz a lo que el río está pidiendo”.

Cerca de 190 países enviaron delegaciones a la conferencia climática de la ONU para elaborar una hoja de ruta que permita eliminar gradualmente el uso de los combustibles fósiles. Sin embargo, Estados Unidos está notablemente ausente. El presidente Trump se negó a enviar una delegación oficial, lo que marca la primera ausencia de Estados Unidos en estas cumbres climáticas. El mandatario estadounidense ha calificado el cambio climático como una “gran estafa” y ha retirado a su país del Acuerdo de París. Jean Su, directora de justicia energética y abogada de la organización ambientalista Centro para la Diversidad Biológica, habló con Democracy Now! acerca de la ausencia de Estados Unidos en la COP30: “Deberíamos celebrar el hecho de que ese factor de obstrucción no esté aquí y aprobar lo más rápido posible mecanismos clave, como una hoja de ruta para la eliminación gradual del uso de los combustibles fósiles. Aunque no esté ahora presente, Estados Unidos podría quedar obligado por esos acuerdos en el futuro”.

Estados Unidos es el mayor emisor histórico de gases de efecto invernadero; y ahora, en un momento en que se necesita una acción urgente para revertir el daño que ya se ha hecho, abandona las negociaciones. Al ser consultado, en la COP30, sobre si creía que Trump podría volver a sumarse a las negociaciones, el secretario general de la ONU, António Guterres, respondió: “La esperanza es lo último que se pierde”.

Hará falta algo más que esperanza para salvar la selva amazónica. Sônia Guajajara es la primera persona en desempeñarse a cargo del Ministerio de Pueblos Indígenas de Brasil.

Durante la cumbre climática, la ministra Guajajara dijo a Democracy Now!: “Más allá de los bosques, la gente debe entender que tenemos una cultura viva, que hay personas y una diversidad de comunidades que protegen la Amazonia. Es importante que el mundo sepa que no hay solo bosques y animales en la Amazonia. Hay personas que viven allí, que están siendo atacadas, agredidas, y cuyos derechos están siendo vulnerados. Estas personas necesitan protección”.

Uno de los objetivos más relevantes que Guajajara persigue en las negociaciones de la COP30 es el reconocimiento de los derechos de los pueblos indígenas:

“Esperamos que protejan los territorios indígenas y que su demarcación sea adoptada como una política climática, una de las soluciones más eficaces para hacer frente a la crisis climática”.

La demarcación constituye un primer paso —complejo— en Brasil para proteger a los territorios indígenas ancestrales de proyectos extractivistas, como la tala, la minería y la deforestación de tierras para destinarlas a la ganadería. Días después de la protesta que se llevó a cabo en la COP30 bajo el liderazgo de Alessandra Korap Munduruku, su territorio y el de otras nueve comunidades fueron finalmente demarcados, una victoria que se logró con mucho esfuerzo y que requirió años de lucha.

La cumbre sobre cambio climático de la ONU de este año reúne el mayor número de personas indígenas acreditadas en la historia de estas convenciones: alrededor de 1.000. Estas delegaciones deben hacer frente, entre otros actores, a más de 1.600 lobistas de la industria de los combustibles fósiles, que también están presentes en la cumbre. Quien resulte vencedor definirá el destino de la Amazonia, y del planeta entero.

© 2025 Amy Goodman

Traducción al español de la columna original en inglés. Edición: Democracy Now! en español, spanish@democracynow.org

Amy Goodman es la conductora de Democracy Now!, un noticiero internacional que se emite diariamente en más de 800 emisoras de radio y televisión en inglés y en más de 450 en español. Es co-autora del libro “Los que luchan contra el sistema: Héroes ordinarios en tiempos extraordinarios en Estados Unidos”, editado por Le Monde Diplomatique Cono Sur.
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11/22/2025

Mujeres en cumbre climática tienen soluciones transformadoras que aportar

 

Las juezas del Tribunal Ético en Defensa de los Cuerpos y Territorios de las Mujeres y Disidencias Sexuales y de Género, realizado en el marco de la Cumbre de los Pueblos, escuchan el testimonio de la peruana Olivia Bisa, lideresa del pueblo amazónico chapra. El tribunal lo presidió Celia Xacriabá, la primera mujer indígena electa diputada federal de Brasil (primera a la derecha). A su lado Marisol García, de Perú; Sophie Dowllar, de Kenia; y Nazely Vardanyan, de Armenia. Imagen: Mariela Jara / IPS .Mariela Jara

BELÉM – Las voces de las mujeres de diversas vertientes y territorios se manifestaron en los diferentes ambientes de la Cumbre de los Pueblos, un espacio paralelo a la 30 Conferencia de las Partes (COP30) sobre cambio climático que se celebra en Belém, en la Amazonia de Brasil. “La COP30 no nos representa” fue su sentir general.

La COP30 se realiza en el Parque de la Ciudad, donde se aglutinan tanto la restringida Zona Azul, de los negociadores oficiales de los 197 Estados Partes de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático (Cmnucc), como la abierta Zona Verde, que acoge a buena parte de las organizaciones sociales.

Mientras, la paralela Cumbre de los Pueblos tuvo lugar en la Universidad Federal de Pará, donde calculó que confluyeron unas 1100 organizaciones sociales, ambientales, indígenas, de jóvenes, feministas, entre otras, y unas 15 000 personas.

Representantes de esas organizaciones se congregaron el sábado 15 en gran marcha por la ciudad en la que se calcula que participaron unas 70 000 personas, incluyendo habitantes de Belém, que protestaron contra las negociaciones oficiales de esta COP y las políticas que impulsan los países del Norte global y que consideran responsables de la crisis climática.

En la nutrida movilización denominada «Desde el Amazonas para el mundo: Fin de la desigualdad y del racismo ambiental. Justicia climática ya», desarrollada bajo el calor húmedo y ardiente de la Amazonia, las organizaciones de mujeres corearon lemas en favor de la paz, de la igualdad, del buen vivir y en defensa de los bienes comunes que proporciona la naturaleza.

“No podemos hablar de justicia climática hasta que los pueblos y comunidades tradicionales, mujeres y diversidades, estén en el centro de la discusión; son guardianes y guardianas de ecosistemas y biomas a la vez que enfrentan múltiples desigualdades”: Andrea Camurca.

“Las mujeres y el agua no son mercancía”, “la vida por encima del lucro”, “ni un pozo más”, “del río al mar, Palestina Libertad”, “Trump, fuera de América Latina y el Caribe”, “no hay justicia climática sin justicia de género”, “la Amazonia quieren acabar, las mujeres no lo vamos a dejar”, fueron algunos de esos cánticos.

Esta fue una movilización especialmente significativa en la medida que recuperó las voces de los movimientos sociales del Sur luego de que en las tres últimas COP estuvieran ausentes debido a las condiciones de autocracia en los anteriores tres países sede: Egipto, Emiratos Árabes Unidos y Azerbaiyán.

Participaron no solo los asistentes a la Cumbre de los Pueblos, sino también algunas delegaciones participantes en la COP30, la ciudadanía organizada y muchas personas con la preocupación y conciencia de la gravedad de la crisis climática para el planeta.

Al concluir la actividad el domingo 16 se entregó en la sede de la universidad la Declaración de la Cumbre de los Pueblos al presidente de la COP30, el brasileño André Corrêa do Lago, quien estuvo acompañado de las ministras brasileñas de Medio Ambiente y Cambio Climático, Marina Silva; de la Mujer, Márcia Lopes; y de Pueblos Indígenas, Sônia Guajajara.

El documento es el resultado de las reflexiones de los seis ejes temáticos en los que se organizaron los debates y sintetiza gran parte de las demandas y propuestas debatidas en la Cumbre.

“El avance de la extrema derecha, del fascismo y de las guerras alrededor del mundo exacerba la crisis climática y la explotación de la naturaleza”, indica, para luego expresar su solidaridad con los pueblos de Palestina, Venezuela, Colombia, Cuba, Haití, entre otros que están siendo amenazados en su soberanía.

También remarca que no hay vida sin naturaleza y sin el trabajo de cuidado de las mujeres, por lo que hicieron un llamado a los Estados a colocar en el centro esta actividad que permite la reproducción de la vida y que “nos diferencia de quienes quieren preservan la lógica de un sistema que prioriza el lucro y la acumulación privada de riquezas”.

El presidente de la COP30, André Corrêa do Lago, 
participó el domingo 16 en la Universidad Federal 
de Pará en el cierre de la Cumbre de los Pueblos, 
espacio paralelo que congregó a movimientos 
sociales en Belém, en la Amazonia brasileña.
 Así le entregó la declaración final, con los
 demandas de las voces más resistentes de la 
lucha climática. Imagen: Cúpula de los Pueblos

Resistencias de las mujeres

Articuladas en el sexto y último eje temático de la Cumbre de los Pueblos, con el título de «Feminismo popular y resistencia de las mujeres en los territorios», lideresas y activistas organizaron numerosas mesas de reflexión y debate sobre los impactos del cambio climático en sus vidas y en sus derechos.

Y sobre las luchas, resistencias e iniciativas que como “mujeres de la tierra, de las aguas y de los bosques” están desplegando en sus territorios frente a lo que denominaron la expansión del modelo capitalista a través de diversas propuestas sobre inversión en energías limpias que están haciendo los países más ricos a los del sur global.

Mujeres negras, indígenas, ribereñas, rurales, urbanas, jóvenes, adultas compartieron sus puntos de vista en la Casa de Resistencia de las Mujeres. Abordaron temas como la situación geopolítica global, las transiciones justas, el despojo territorial, el debilitamiento de la democracia, el avance del fundamentalismo y la sostenibilidad de la vida.

Este fue un espacio gestado por la Articulación de Mujeres Brasileras, la Iniciativa Internacional de Cuerpos y Territorios, el Grupo Impulsor Mujeres y Cambio Climático de Perú y la Coalición Mundial por los Bosques. Coincidieron en una mirada crítica de las posturas de los Estados del Sur, en particular de América Latina y el Caribe, que se allanan ante lo que viene de las naciones ricas.

“La COP30 no me representa, no escucha la voz de la madre tierra, pero aquí estamos para hablar por ella”, afirmó a IPS Margarita Quino Aramayo, coordinadora de la Red Nacional de Mujeres en Defensa de la Madre Tierra, de Bolivia, campesina quechua nacida en la comunidad de Sillota, Oruro.

No estuvo de acuerdo con que los Estados y empresas transnacionales sean quienes decidan sobre la tierra, el agua, los minerales sin considerar la situación de los pueblos y de las mujeres.

“A la tierra le están violando todos sus derechos como hacen con las mujeres, nuestros ríos están siendo contaminados y con este gobierno nuevo que tenemos, capitalista y extractivista, estamos en la mira”, denunció.

Llamó falsas soluciones a las propuestas de hidrógeno verde o inversión en la explotación de minerales raros, a cambio de generar recursos que los Estados pudieran invertir frente al cambio climático.

“Desde nuestros territorios podemos aportar soluciones transformadoras parta el clima, para tener una vida digna con más agricultura familiar, turismo sostenible y ganadería”, dijo.

Mujeres negras, quilombolas, campesinas, ribereñas, indígenas, 
rurales, urbanas, trans se pronunciaron de diversas formas 
en la Cumbre de los Pueblos, y muchas desde una perspectiva
 feminista, demandando el cambio de modelo de producción 
y de consumo, para poder atacar las causas de la crisis climática 
que golpea sus vidas. Imagen: Mariela Jara / IPS

Los derechos no se negocian

La brasileña Andrea Camurca, del Instituto Terramar de Ceará, sostuvo a IPS que el impulso de la producción de energía eólica en el país anfitrión de la cumbre, y otros del Sur global, “es una política colonialista que continúa explotando los territorios e invisibilizando a las mujeres y personas Lgbti que los habitan, como si no existieran”.

“Mujeres de las aguas, de las zonas costeras, están amenazadas por la expansión de las turbinas eólicas que impulsan grandes corporaciones y que son falsas soluciones a la urgencia de la transición energética, pues esta requiere del cambio del modelo de sociedad”, puntualizó.

Criticó que los Estados que vienen reuniéndose hace 30 años en las COP le hagan un lugar a las corporaciones interesadas en crear una nueva frontera productiva en nombre del clima con la producción de energía renovable, mientras las comunidades y personas afectadas están ausentes, cuando son las que viven la crisis climática.

“No podemos hablar de justicia climática hasta que los pueblos y comunidades tradicionales, mujeres y diversidades, estén en el centro de la discusión; son guardianes y guardianas de ecosistemas y biomas a la vez que enfrentan múltiples desigualdades”, argumentó.

Añadió que la transición energética dentro del capitalismo es explotar la naturaleza y que ninguna iniciativa será viable con injustica climática, con racismo ambiental y con violencia a las mujeres y diversidades.

“Somos la resistencia al clima”, es la traducción de un cartel 
en inglés una joven, durante marcha del sábado 15, celebrada
 en Belém, en el marco de la COP30, bajo el lema: Desde 
el Amazonas para el mundo: Fin de la desigualdad y del
 racismo ambiental. Justicia climática ya. Imagen: Mariela Jara / IPS

Crisis climática y violencia a las mujeres

Una actividad central del sexto eje de la Cumbre de los Pueblos fue el Tribunal Ético en Defensa de los Cuerpos y Territorios de las Mujeres y Disidencias Sexuales y de Género, realizado el jueves 13.  Ocho mujeres testimoniaron sobre sus contextos de desigualdad agravados por las crisis económica, de seguridad y climática.

Se presentaron los casos de Palestina y la feroz arremetida de Israel con el apoyo de socios como los Estados Unidos; del Sahara Occidental y el derecho del pueblo saharaui de autodeterminarse; de Haití y la creciente inseguridad frente a un Estado ausente.

También brindaron sus testimonios mujeres de Perú sobre los asesinatos de indígenas por defender la Amazonia; de Argentina en nombre del caso de Chile acerca de la desaparición de la lideresa mapuche Julia Chunil; y de Venezuela sobre el acoso de Estados Unidos.

A ellos se sumaron tres casos del Brasil: sobre las mujeres quebraderas de coco (Cocos nucifera), la situación de las mujeres del pueblo indígena xikrin, y la vida sin derechos de las mujeres trans.

Celia Xacriabá, la primera mujer indígena electa como diputada federal de Brasil por el estado de Minas Gerais, presidenta del jurado, leyó la sentencia de las cinco juezas.

Llamó la atención sobre cómo la crisis climática empeora las difíciles coyunturas políticas que atraviesan las mujeres en sus territorios y que se traduce en mayor carga de trabajo cotidiano, disminución de medios de vida y violencia.

“Venimos de un proceso de neocolonización del Norte global, están matando nuestros territorios, a nuestras hijas e hijos al explotar nuestros ecosistemas”, dijo.

La sentencia abogó por justicia para las mujeres al ser quienes enfrentan las violencias en sus territorios con las ocupaciones ilegales, el exterminio y la destrucción.

También reclamó reparación económica y el cierre de la subrepresentación en los espacios de poder y decisión.

“El agua no es mercancía”, dice en portugués una de las cientos 
de pancartas exhibidas durante la marcha, el sábado 15, de la
 Cumbre de los Pueblos hacia la sede de la COP30, 
que acoge la ciudad de Belém, en la Amazonia brasileña. Imagen: Mariela Jara / IPS

Plan de Género en la COP30

ONU Mujeres coordinó los esfuerzos conjuntos para que la COP30 apruebe un Plan de Acción de Género dentro de la Cmnucc, cuyos 197 Estados Parte negocian los acuerdos oficiales que deberán salir de la cumbre, a su cierre el día 21, tras comenzar sus debates el día 10.

En el plan se destaca la necesidad de presupuestos necesarios a nivel nacional, de modo que sus políticas frente al cambio climático contribuyan al mismo tiempo a cerrar las desigualdades existentes entre hombres y mujeres.

Un día antes del cierre previsto de la COP30, el jueves 20 en el Pabellón del Gobierno de Liberia se analizarán los resultados de un monitoreo en torno al avance sobre igualdad de género y políticas climáticas en 32 países.

6/02/2024

La Cumbre del Futuro

Jeffrey Sachs* Especial para La Jornada

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▲ Mural en la fachada del edificio de la ONU en Nueva York, alusivo a la reunión que tendrá lugar en septiembre.Foto tomada de la página de Internet ONU-habitat

La geopolítica se encuentra en una encrucijada: ¿se unirá el mundo para enfrentar retos comunes; se dividirá en bloques encabezados por Estados Unidos y China, o se precipitará en una desastrosa guerra mundial? Los tres desenlaces son posibles; sin embargo, sólo el primer camino –la unidad global– servirá en verdad a las necesidades humanas. Los estados miembros de la Organización de Naciones Unidas (ONU) se reunirán en la sede del organismo el 22 y 23 de septiembre en la llamada Cumbre del Futuro. Es un momento vital para que lo gobiernos vuelvan a comprometerse con la unidad global conforme a la Carta de la ONU.

Estados Unidos, encabezado por el entonces presidente Franklin D. Roosevelt, condujo a la creación del referido organismo al final de la Segunda Guerra Mundial. El propósito principal, según se expresa en la Carta de la ONU, es salvar a las próximas generaciones del flagelo de la guerra. La ONU aspira a implantar un sistema de seguridad colectiva basado en el derecho internacional. El Consejo de Seguridad fue creado como el lugar donde la paz global sería protegida y preservada.

Sin embargo, poco después de la creación de la ONU, el mundo cayó en una guerra fría entre las dos superpotencias nucleares, Estados Unidos y la Unión Soviética. Muchas guerras regionales fueron, en realidad, conflagraciones subrogadas por las dos superpotencias. No obstante, Naciones Unidas ayudó a evitar un retorno a la guerra global, y proporcionó un marco esencial para limitar la carrera armamentista nuclear y evitar una caída accidental o deliberada en el Armagedón nuclear. La diplomacia de la ONU tuvo un papel esencial, por ejemplo, en resolver de manera pacífica la crisis de los misiles en Cuba, en octubre de 1962.

El mundo pudo haber avanzado hacia la unidad global después del fin de la guerra fría, en 1991, pero Estados Unidos escogió una estrategia errónea. En vez de acogerse al derecho internacional y a la Carta de la ONU, hizo casi lo opuesto. Decidió que, como única superpotencia mundial, ahora encabezaría al mundo por fuera del derecho internacional.

Esa elección, que resultaría desastrosa, fue hecha explícita por los llamados neoconservadores, grupo de administradores de políticas e intelectuales públicos estadunidenses, quienes proclamaron la hegemonía estadunidense (a veces llamada dominio de espectro total), en contraste con el derecho internacional basado en la ONU. Los neoconservadores promovieron el Proyecto para un Nuevo Siglo Estadunidense (PNAC, por sus siglas en inglés). El documento esencial del proyecto, titulado Rebuilding America’s Defenses ( Reconstrucción de las defensas de Estados Unidos, septiembre de 2000), se volvió una especie de mapa de ruta de la política estadunidense en adelante.

El mapa de ruta concibe a Estados Unidos como el policía del mundo, el único policía. Llama a esto funciones de guardia y visualiza guerras locales dirigidas por su país. Rechaza explícitamente el papel de Naciones Unidas, al declarar que: “Estas funciones de guardia son mucho más complejas que las tradicionales ‘misiones de paz’ y tienen mayor probabilidad de generar violencia. Para empezar, exigen el liderazgo político de Estados Unidos, más que de Naciones Unidas… Tampoco puede Washington asumir una postura de neutralidad semejante a la de la ONU; la preponderancia del poderío estadunidense es tan grande, y sus intereses globales tan extensos, que no puede pretender ser indiferente al resultado político en los Balcanes, el golfo Pérsico o incluso cuando despliegue fuerzas en África”.

Estados Unidos ha seguido este mapa de ruta hasta ahora en varias guerras desastrosas y con la presencia a largo plazo de tropas estadunidenses, con inclusión de Kosovo (de 1999 a la fecha), Afganistán (2001-2021), Irak (de 2003 a la fecha), Siria (de 2011 a la fecha) y Libia (de 2011 a la fecha).

La estrategia hegemónica estadunidense también dio pábulo a la guerra en Ucrania, la cual surgió por el deseo de Washington, expresado en la década de 1990 e implementado de 2008 en adelante, de llevar a Ucrania a la OTAN. Cuando el entonces presidente ucranio Viktor Yanukovych optó por la neutralidad en vez de la afiliación a la OTAN, Estados Unidos conspiró para ayudar a derrocarlo, en febrero de 2014. Desde entonces se ha desatado una guerra subrogada entre Rusia y la OTAN, en la que Ucrania ha sido el campo de batalla y la víctima principal.

La política exterior estadunidense va directamente en contra del multilateralismo de la ONU. La Casa Blanca elige con frecuencia no regirse por el derecho internacional. A menudo interpone su veto contra medidas adoptadas por otros miembros del Consejo de Seguridad, y con mucha frecuencia vota contra grandes mayorías en la Asamblea General, y luego hace caso omiso de las votaciones en las que toma el lado perdedor. De hecho, el país tiene la puntuación más baja del mundo en un nuevo índice del multilateralismo basado en la ONU. El llamado orden basado en reglas, favorecido por Washington, se refiere a las reglas que Washington quiere, no a las acordadas por los estados miembros de Naciones Unidas.

El problema con el enfoque estadunidense es que se basa en una peligrosa falacia: ¡que un país con 4.1 por ciento de la población mundial puede imponer las reglas al otro 95.9 por ciento de la población!

Después de 1991, los neoconservadores creían que Washington tenía el poder para imponer su voluntad, lo quisieran o no los demás. También parecían creer que el resto del mundo ansiaba el liderazgo estadunidense. En realidad, la mayor parte del mundo favorece una idea muy distinta: la no interferencia en sus asuntos internos. ¡No quieren que Estados Unidos se inmiscuya con sus gobiernos, los combata o trate de derrocarlos!

Estos son los temas esenciales que los 193 estados miembros de la ONU considerarán en la Cumbre del Futuro. Este puede ser un momento decisivo para la paz mundial… si Estados Unidos reconoce que en la década de 1990 adoptó una política exterior profundamente fallida. El mundo anhela un multilateralismo en el que las grandes potencias, en especial Estados Unidos, China y Rusia, restauren la diplomacia y la cooperación pacífica entre ellas y con el resto del planeta. El mundo anhela una paz en Medio Oriente basada en la solución de dos estados. El mundo anhela un multilateralismo basado, no en la hegemonía, sino en el derecho internacional y en la seguridad colectiva. En un mundo así, las bases militares en el extranjero y alianzas como la OTAN tendrían un papel mucho menor, en tanto que los pacificadores de la ONU tendrían un papel mucho mayor. De hecho, las bases militares en el exterior deberán desaparecer por completo, a medida que el verdadero multilateralismo asuma el control.

Los próximos 25 años pueden ser un periodo de paz, de rápido avance tecnológico, con sustentabilidad ambiental y en el que se toque el fin de la pobreza, si nos regimos por la Carta de la ONU e invertimos nuestros recursos en la paz y el desarrollo sustentable, en vez de en la guerra.

* Jeffrey D. Sachs es profesor universitario y director del Centro para Desarrollo Sustentable en la Universidad Columbia, donde dirigió el Instituto de la Tierra de 2002 a 2016. Ha sido consejero de tres secretarios generales de la ONU y actualmente es abogado de los Objetivos de Desarrollo Sustentable con el secretario general Antonio Guterres. Es autor de varios libros, el más reciente A New Foreign Policy: Beyond American Exceptionalism (2020).

Publicado originalmente en New World Economy

Traducción: Jorge Anaya

11/27/2022

«La inestabilidad social llegará antes que la inestabilidad climática»

 Entrevista a Sandrine Dixson-Declève, copresidenta del Club de Roma

Por Juan F. Samaniego 

Fuentes: La marea climática [Imagen: Club de Roma]

Tras asistir a la COP27, la copresidenta del Club de Roma reflexiona sobre las reformas sistémicas necesarias para mitigar el cambio climático: «Tiene que haber un debate serio sobre la redistribución de la riqueza, la reducción de la desigualdad y el refuerzo del bienestar», señala.

En 1972, el Club de Roma y el MIT publicaron Los límites al crecimiento. Las proyecciones del informe, que concluía que existía un límite al incremento de la industrialización, la contaminación, la producción alimentaria o la explotación de los recursos naturales, han resultado ser tremendamente precisas. Ahora, 50 años después, el Club de Roma, una plataforma que agrupa a un centenar de científicos, economistas, expolíticos y líderes industriales, no solo ha encargado una revisión del informe, sino que ha publicado un libro que va un paso más allá.

Earth for All: una guía de supervivencia para la humanidad recoge los fundamentos del cambio necesario para que la humanidad esquive la catástrofe ecológica y social durante lo que queda de siglo. Sandrine Dixson-Declève, copresidenta del Club de Roma y experta en cambio climático, desarrollo sostenible y dinámica de sistemas, es también una de sus autoras. Nos atiende al poco tiempo de aterrizar tras diez días de encuentros y negociaciones en Sharm El Sheikh. “Creo que todos hemos acabado muy frustrados con la COP27”, advierte.

El mundo ha cambiado mucho desde que llegó a la presidencia del Club de Roma en 2018.

Hemos tenido una pandemia, es obvio. Pero, además, los límites del crecimiento se han vuelto cada vez más evidentes y nos han mostrado las relaciones estrechas entre crisis como la pandemia, el cambio climático o, ahora, la invasión de Ucrania. En los últimos cuatro años, analizar nuestro sistema y analizar las relaciones complejas entre crisis se ha vuelto más importante que nunca. Necesitamos entender cómo actuar en el medio del caos.

De cara al futuro, el libro de Earth for all plantea dos escenarios. En uno, el cambio no es suficiente, las desigualdades y los impactos climáticos se disparan y el riesgo de colapso de la civilización es real. Lo llaman “demasiado poco, demasiado tarde”. En el otro, que bautizan como el gran salto, el mundo está a la altura de los desafíos y la humanidad sale reforzada. ¿De cuál estamos más cerca?

Del primero, sin duda. Si vemos los resultados de la COP27, por los que estoy tremendamente enfadada, es evidente. Estamos en una encrucijada: avanzamos o retrocedemos. La COP nos ha demostrado que hay muchos países que quieren seguir haciendo las cosas como hasta ahora y siguen defendiendo una economía extractivista basada en los combustibles fósiles. Pero también tenemos un grupo de países ambiciosos y, sobre todo, muchos actores no gubernamentales con soluciones y motivación para avanzar en la lucha contra el cambio climático. Esta dicotomía entre los países que nos están reteniendo, como los que son totalmente dependientes del petróleo y el gas, como los de Oriente Medio, y los países que son prácticamente rehenes de los primeros, como las naciones más vulnerables al cambio climático, está elevando mucho la tensión. Espero, de verdad, que seamos capaces de dar ese gran salto que necesitamos, pero también tengo miedo, porque como hemos visto en la COP27, va a ser mucho más difícil de lo que creímos.

En la COP27 ha quedado muy claro que hay muchas barreras que romper para mitigar el cambio climático. ¿Cómo superamos esas resistencias?

La única manera de hacerlo es peleando y haciendo que los gobiernos rindan cuentas por sus decisiones. Esto podemos hacerlo de varias formas. Necesitamos dejar de ser dependientes del petróleo y el gas, necesitamos, como ciudadanos del mundo y de nuestros países, hacer lo correcto. Por ejemplo, que durante el último año la Unión Europea haya invertido tanto en proyectos de combustibles fósiles es terrible. En su lugar, debería haber triplicado la inversión en renovables y en colaborar con nuestros vecinos en África y Oriente Medio para acelerar su transición. Necesitamos que todos los actores financieros, empezando por los bancos y fondos de inversión, dejen de apoyar proyectos basados en combustibles fósiles. El Banco Europeo de Inversiones, por ejemplo, ya ha dejado de hacerlo. Necesitamos que se deje de dirigir capital a activos que no vayan a ser viables ni a tener valor en el futuro [lo que se conoce como stranded assets].

Pero seguimos viendo cómo todos los bancos principales de Europa, como BBVA y Santander, y del resto del mundo siguen invirtiendo en activos fósiles.

Claro que lo hacen, pero necesitamos que dejen de hacerlo. Hay varios cambios necesarios y uno de ellos es que los países y las empresas que más dependen de estos activos los abandonen. Durante la COP27, la Unión Europea amenazó con dejar las negociaciones si no se hablaba claramente de mantener el objetivo de los 1,5 °C y de abandonar todos los combustibles fósiles. Al final, no lo hizo.

El libro de Earth for all se centra, sobre todo, en la desigualdad. ¿Es un riesgo mayor que el cambio climático y la pérdida de biodiversidad?

Cuando analizamos en conjunto las dinámicas sociales y medioambientales, vemos que hay una serie de puntos de inflexión sociales que van a ser mucho más relevantes en los próximos cinco, 10 o 20 años. Algunos los estamos viendo ya. A nivel europeo, por ejemplo, la pobreza energética está alimentando la inestabilidad social y la desigualdad ha motivado una parte importante de los votos a alternativas populistas que, a su vez, se caracterizan por su poca ambición climática. Si analizamos cómo se ha gestionado la pobreza en los países occidentales en las últimas décadas, podemos entender cómo crece la tensión social. Tiene que haber un debate serio sobre la redistribución de la riqueza, la reducción de la desigualdad y el refuerzo del bienestar. Propuestas como aumentar los impuestos para que el 10% más rico no acumule más del 40 % de los ingresos, crear una renta básica universal o eliminar la deuda de los países del sur global pueden ayudar a reducir la desigualdad y la tensión social.

¿Por qué reducir la desigualdad es importante para luchar contra el cambio climático?

La inestabilidad social llegará antes que la inestabilidad climática en muchos sentidos. Tenemos que empezar a marcar la diferencia entre aquellos países que son responsables de las emisiones de gases de efecto invernadero y aquellos que ni siquiera pueden participar del sistema económico global y garantizar unos ingresos mínimos para su población. Asegurar cierto nivel de igualdad brindará el apoyo necesario a la lucha contra el cambio climático. A quien no tiene alternativas no se le puede pedir que no deforeste o que no queme madera.

Hablando de redistribución, ¿el sistema de pérdidas y daños que se ha acordado en la COP27 es un paso en la buena dirección?

Sin duda, creo que manda un mensaje muy importante en ese sentido. Además, es una señal clara de que no podemos ignorar que los 100.000 millones de dólares que se prometieron para acción climática en los países en vías de desarrollo no se han alcanzado todavía. A estos 100.000 millones y al fondo de pérdidas y daños tenemos que añadirle también la cuestión de la deuda, que está limitando la acción en los países menos desarrollados. Los países pobres apenas tienen margen de maniobra hoy en día. Sobreviven cada día para pagar su deuda, ¿cómo van a invertir en descarbonización o en transiciones ecológicas?

¿Cómo convencemos a los países desarrollados y a las personas más ricas del planeta para trabajar en esa dirección?

Es muy difícil, pero creo que la pandemia nos ha dejado una serie de lecciones de las que todos podemos aprender. Somos tan vulnerables como el eslabón más vulnerable de nuestro sistema. Incluso los más ricos, aunque tengan acceso a mejores herramientas y defensas, no se libran de los impactos de las pandemias, del cambio climático y de los conflictos. Los líderes globales tienen que despertar y darse cuenta de ello.

Foto: Club de Roma

Nombraba antes el tema de cancelar la deuda. ¿Puede ser una forma de mejorar la lucha contra el cambio climático y la pérdida de biodiversidad?

Hay mucho debate alrededor de la cuestión de canjear deuda por acción climática y de la cuestión del capital natural y de la gobernanza de este capital para que sirva a la protección de la biodiversidad. La cancelación de la deuda podría servir para que los países más pobres pudiesen volver a invertir en el bienestar humano y el cuidado de los ecosistemas.

Hablando de finanzas, en el libro nombran la necesidad de actualizar algunas instituciones como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial.

Estas instituciones se crearon después de la II Guerra Mundial y ya no reflejan los desafíos del mundo actual. Son instituciones basadas en estructuras de poder antiguas y equilibrios geopolíticos que ya no existen. Además, si queremos integrar la protección del medioambiente, la lucha contra el cambio climático y el bienestar social, y construir una economía que sirva al planeta, necesitamos un nuevo sistema y unas nuevas instituciones. Nuestro sistema económico es demasiado financiero. Ya no depende apenas del trabajo o de la industria, depende de accionistas, beneficios a corto plazo y dividendos. Ha perdido el foco y ya no sirve para atender las necesidades de las personas ni del planeta. Necesitamos nuevas estructuras que sirvan para prosperar y para cuidar el planeta y que sean flexibles en momentos de crisis.

Y ya que habla de reformas, ¿necesitamos también reformar las COP?

La COP del clima y la de biodiversidad, las del Ártico y las de los océanos, las reuniones del G20 y del G7, y todos los demás foros. Necesitamos crear un sistema que, independientemente de lo que se esté negociando, termine en acciones y en cambios. Las COP se llevan a cabo sin un enfoque sistemático, es ridículo, necesitan ser reestructuradas. En Sharm el Sheikh, la desconexión entre las demandas y el trabajo de los actores no estatales y las negociaciones ha sido evidente.

¿Qué ha echado más en falta en el acuerdo de la COP27?

Una declaración contundente contra los combustibles fósiles. La India lo propuso y la Unión Europea y Estados Unidos estaban dispuestos a apoyarla. Al final, no fue así, nos quedamos sin una petición clara para reducir el uso de combustibles fósiles. Podemos invertir en renovables, pero, si no reducimos nuestras emisiones un 50% antes de 2030, será imposible mantener el calentamiento por debajo de 1,5 ºC respecto a niveles preindustriales. Es desalentador que la COP27 haya terminado sin un acuerdo contundente para eliminar los combustibles fósiles y que incluso se llegara a poner en duda el límite de los 1,5 °C durante las negociaciones. Esto último me enfada mucho. ¿Cómo podemos habernos pasado tanto tiempo debatiendo una de las piedras angulares de la acción climática? Pero también me quedo con lo positivo. Ha habido avances en la lucha contra la deforestación y la degradación de los bosques, como la alianza Forest and Climate Leaders’ Partnership. También han sido muy importantes los pasos adelante que han dado muchas comunidades indígenas y algunos países en la protección de los bosques. Además, el compromiso con el fondo de daños y pérdidas es positivo.

Volviendo al libro, al final concluyen que lograr que la humanidad viva dentro de los límites planetarios es posible. La tarea es compleja y parece casi inabarcable, ¿a qué señales positivas nos agarramos?

A las que vemos a nivel local, a las organizaciones, a los jóvenes, a los movimientos indígenas… Durante la pandemia hemos visto cómo muchas personas se ayudaron entre sí, sacaron su lado más humano. Creo que la COVID-19 ha marcado uno de los momentos más transformadores de nuestra historia y tenemos mucho que aprender de los últimos años. Cometimos errores, pero comprobamos que era posible lograr lo impensable con el compromiso y la inversión necesarios. Creo, además, que tenemos las herramientas tecnológicas para lograr el cambio, aunque no las estemos implementando correctamente ni estemos invirtiendo los esfuerzos y el capital donde debemos. Por último, hay empresas e industrias que se lo están tomando en serio, que realmente están comprometidas con la mitigación del cambio climático. Las posibilidades y el liderazgo están ahí, pero tenemos que hacerlo real.

Fuente: https://www.climatica.lamarea.com/sandrine-dixson-decleve-cop27-club-roma/

8/06/2022

“Con nuestros consumos podemos llegar a oprimir”

 Feminismo & Antirracismo

Fuentes: https://www.pikaramagazine.com

Sara Boureiyi, activista antirracista, feminista y ecologista, habla de que la conexión entre racismo, ecologismo y feminismo es estrecha. Por eso, asegura, las más perjudicadas y las grandes luchadoras (invisibilizadas) son las mujeres racializadas.


Sara Boureiyi trabaja en un proyecto de finanzas sostenibles de Ecologistas en Acción, también forma parte de la delegación de SOS Racismo Madrid y lleva varios años dentro del movimiento antirracista afrodescendiente. Su bagaje le permite abordar la realidad actual desde un punto de vista amplio que tiene en cuenta la crisis climática y sus consecuencias sobre el sur global o las personas que migran desde ahí y (mal)viven en el norte. A lo largo de esta entrevista recuerda que, pese a estar invisibilizadas, buena parte de quienes están poniendo el cuerpo para luchar contra los ecocidios en diferentes partes del mundo son mujeres racializadas.

Tú no venías del ámbito del ecologismo sino del turismo y la dirección de empresas, ¿cuáles han sido tus grandes sorpresas desde que trabajas en él?

Saber que estamos viviendo una emergencia muy grande, mucho más grave de lo que yo pensaba y que está en un punto de no retorno. Debemos hacer cambios desde ya si no queremos que el planeta quede sumido en una crisis aún mayor. Partiendo de lo anterior, quizá lo que más me sorprendió es ser consciente de que quien más está sufriendo la crisis climática es la gente racializadas. Son sobre todo las mujeres racializadas las que están en la primera línea de lucha contra las grandes multinacionales y las petroleras.

Y una vez más se produce una invisibilización de las personas racializadas.

Exacto. De hecho, hay multitud de organizaciones ecologistas que elaboran informes y uno de los más importantes, el de Global Whitness, refleja los atentados, asesinatos y las violencias varias que se producen en el sur global en relación a la crisis climática. En él se observa que la mayor parte de las personas que las sufren son racializadas.

¿Cuánta importancia real está dando la sociedad, en términos generales, a la crisis medioambiental y climática?

Creo que la gente está preocupada, pero no son conscientes de la gravedad real del asunto y de la necesidad de tomar medidas más drásticas. Muchas veces lo que más se escucha cuando se habla de ecologismo es que hay que reciclar, como si con hacerlo bastara o con coger transporte público un día a la semana. Como sociedad debemos ir a la raíz del asunto y pensar en las consecuencias que puede haber y que nos tocará padecer.

¿A qué crees que llegamos irremediablemente tarde y qué es enmendable?

La Covid-19 ha demostrado que las cosas podrían ser de otro modo: había muchos menos pedidos online, menos movimiento de transporte que usa combustibles fósiles y el planeta lo agradeció. Pero creo que llegamos tarde al cambio de modelo de consumo, fue terminar el confinamiento y volver a las mismas actitudes prepandemia. Por otro lado, considero que todavía tenemos margen de intentar cambiar en la medida de lo posible nuestras acciones y movilizar a más gente con pequeñas acciones individuales. Yo estoy reduciendo al máximo el uso de mi coche. También me lo pienso dos veces antes de hacer grandes compras, no solo por el tema ambiental sino también por la explotación laboral de las personas del sur global. Intento comprar más en comercio local producto de temporada y de proximidad en vez de ir al supermercado. A la hora de viajar, me pregunto si realmente merece la pena coger un avión para irte a la otra punta del mundo o puedo quedarme más cerca.«Se intenta cambiar la conducta de los países del sur global, mientras que es el norte el que genera la crisis climática» CLIC PARA TUITEAR

Se está exigiendo una responsabilidad eco a un sur global que lleva mucho menos tiempo industrializado y, por tanto, generando menos emisiones contaminantes.

Sí, este discurso es muy contradictorio porque cuando te das cuenta de la relación entre antirracismo, lucha climática, colonialismo y extractivismo entiendes que la mayor parte de las empresas multinacionales están ubicadas en el sur global porque es donde se encuentran las materias primas. Y sí, tienes razón, por un lado se intenta cambiar la conducta de los países del sur global, mientras que por otro, es el norte el que  genera la crisis climática construyendo petroleras, gaseoductos, destruyendo tierras indígenas, provocando migraciones forzosas, acabando con lagos y océanos y forzando grandes cambios culturales. En este sentido, hay un proyecto actualmente en marcha en Uganda, EACOP, que creo que resume bastante bien lo que denominan el colonialismo corporativo: están intentando construir un oleoducto desde Uganda a Tanzania, para poder enviar luego barcos, seguramente, a Europa. Pasaría por tres países y por el lago Victoria donde podría destruir alrededor de unos 450 poblados y formas de vidas tradicionales. Entre las empresas que están detrás de este proyecto encontramos a la petrolera TOTAL y a numerosos fondos de inversión estadounidenses como BlackRock o Vangard.  Actualmente hay una campaña en marcha que se llama STOP EACOP que está tratando de frenar el desarrollo de este proyecto. Hay mucha hipocresía en todo esto de la ecología. Se pide al sur que recicle, cuando luego les mandamos nuestra basura desde occidente. Exigimos una reducción del consumo de plástico y, de nuevo, el nuestro acaba en esos países y océanos. Sugerimos que no se coja tanto el coche para no contaminar y, sin embargo, las mayores factorías de petróleo están en el sur global. Así las cosas, el ecologismo debe repensarse determinados discursos e intentar dejarlos enfocados a nivel local. No podemos obligar a que el mundo funcione como queremos sino tratar de, en la medida de lo posible, transformar lo que tenemos aquí. Es ridículo que tratemos de forzar a una persona de República Democrática del Congo a que no coja el coche por ser malo para el planeta.

¿Y dónde te ubicarías tú en todo esto como madrileña afrodescendiente e hija de marroquíes?

Me parece útil usar el término de “houria bouteldja”, “aristocracia indígena”, en el sentido de que somos personas racializadas pero estamos y vivimos en el norte global. A la gente del sur, nuestra forma de vida, seamos o no personas blancas, les está provocando una situación muy concreta. Eso no quita que no tengamos otras problemáticas asociadas al racismo en el territorio que ocupamos, pero estamos donde estamos y nuestros comportamientos de consumo influyen y, de cierta manera, también podemos llegar a “oprimir”.

Dado que estás formada en el ámbito del turismo y has trabajado muchos años en el sector , ¿hasta qué punto es conciliable con lo medioambiental?

Estoy en proceso de terminar el máster de turismo sostenible y es un oxímoron. Con todo, soy optimista y sí creo que hay maneras de conciliación. Por ejemplo, uno de los nuevos nichos del turismo es el comunitario, que pone en valor culturas locales y apoya desde ahí, también a nivel económico. Así mismo, se habla de turismo slow: en lugar de irte una semana a Cancún puedes pasar un mes o tres semanas con el fin de compensar las emisiones de CO2. Por otro lado, hay varias compañías aéreas y organizaciones que buscan compensar la huella aérea donando una cantidad determinada de dinero para plantar árboles. No es la mejor alternativa, pero es una opción. Sobre todo, es fundamental viajar de una manera más consciente porque, a nivel sociocultural, nos lo hemos tomado como algo necesario, como si, por narices, tuviéramos que desconectar yendo a conocer otras culturas. No obstante, quizá, esto pueda hacerse también a nivel local , aquí, dentro del Estado, y desplazándonos en tren o en bicicleta, por ejemplo.

Es que, después de todo, eso de hacer turismo es un privilegio de solo algunas personas del Norte y relativamente contemporáneo, ¿no?

¡Claro! Aquí, en Europa, el turismo se democratizó en los años 60 y, a partir de los 2000, con la aparición de las compañías low cost, se masificó. Hay que tener claro que viajar es un privilegio por lo económico, sí, pero también por el hecho de tener un pasaporte de un país miembro de la Unión Europea que nos permite viajar a un montón de sitios sin necesitar visado. A la gente del sur global, en cambio, cuando quieren salir de su país, a veces por necesidad y otras por ocio y esparcimiento, se le ponen un montón de trabas administrativas. Y, por supuesto, es importante que si viajamos, dejemos de lado las actitudes racistas . El turismo decolonial es una alternativa, en ese sentido.«Ahora se denomina aliados a países que casi siempre han sido ignorados» CLIC PARA TUITEAR

La guerra de Ucrania está marcando nuestra manera de consumir, ¿qué impacto está teniendo en términos medioambientales?

Esto es algo muy interesante. Dentro del ecofeminismo, una de las grandes autoras, Vandanna Shiva , señala que el sistema agroalimentario mundial está basado en los combustibles fósiles, sobre todo en el petróleo. Así las cosas, se produce en el lugar A de forma, cada vez más industrializada, la mercancía se lleva al lugar B y, al final, se consume en el punto C. Yo, hasta hace poco no tenía ni idea de la cantidad de productos que se traían desde Ucrania. Y es ahora cuando estamos entendiendo la dependencia que generan estas relaciones de producción. Por ejemplo, en un artículo de Climática de hace unos días leí que el trigo que venía de Ucrania daba soporte a muchos países europeos. Como actualmente no pueden producir, transportar ni distribuir se ha cerrado un acuerdo con India para que tome el relevo de la producción y surta a la Unión Europea del cereal. Lo que pasa es que en India, desde marzo, están padeciendo una ola de calor atroz que está teniendo consecuencias en términos medioambientales y humanos. Las altas temperaturas han provocado que las cosechas sean menores y que India haya tenido que dar un paso atrás y reconocer que no puede encargarse de abastecer a la Unión Europea porque necesita su trigo para sus habitantes.

Una vez más, se permite y alienta el libre tránsito de mercancías pero no de personas.

Es supersorprendente porque ahora se denomina aliados a países que casi siempre han sido ignorados. Cuando hay necesidad, esto pasa, pero las personas siguen quedándose fuera. No obstante, es importante tener claro que todo está interconectado. La FAO [siglas de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura] ya ha avisado de que la próxima crisis será alimentaria por toda la subida del precio de los combustibles y la energía. En nuestro caso, lo notamos en el aumento de la cesta de la compra, en muchos países del sur global significa el encarecimiento de la producción de las materias primas y en que ganen menos dinero. Ahí hablamos de vidas humanas, sequías, inundaciones, de eventos climáticos extremos, vaya. Como consecuencia de lo anterior, las migraciones climáticas ya se están notando dentro de cada país, pero en unos años, cuando ya sea imposible vivir en determinados sitios, no quedará otra más que marcharse a otros.

Cuando dices “en unos años”, ¿a qué te refieres?

Depende de la zona. En España las cosas no pintan bien, una parte de la costa se va a hundir y hay zonas que se van a desertificar. Este será uno de los lugares que habrá que abandonar, no seremos zona de recepción. Habrá un gran número de desplazamientos. Los informes del Banco Mundial señalan fechas como 2050. Con todo, en muchas partes del mundo, las consecuencias ya son más que evidentes, lo que pasa es que si no se ven en el norte global no se les da la misma importancia.

Hablemos de datos…

En 2018, el Banco Mundial estimaba que tres regiones, América Latina, África Subsahariana y Sudeste asiático generarían 143 millones de migrantes climáticos para 2050. En 2017, 68,5 millones de personas fueron desplazadas forzosamente, más que en cualquier momento de la historia. Aunque sea difícil estimar cuáles son migrantes climáticos y cuáles no, si sigue la desertificación, el aumento del nivel del mar, la acidificación del océano, la contaminación del aire y cambian los patrones de lluvia, pinta que cada vez van a ser más.«Los efectos del cambio climático y el racismo se encarnan en las trabajadoras migrantes que están en invernaderos o recogiendo la fresa» CLIC PARA TUITEAR

Dado que eres activista antirracista, feminista y medioambiental, ¿de qué forma dirías que se expresa la vinculación entre racismo y cambio climático en el norte global?

Eso aparece en el informe que han hecho en la European Network Against Racism: los efectos del cambio climático y el racismo se encarnan en las trabajadoras migrantes que están en invernaderos o recogiendo la fresa. Al final, el sistema provoca migraciones de pobreza y exclusión y racismo hacia las personas migrantes que trabajan en el norte. Si nos centramos en Madrid, los cortes de electricidad que se están produciendo en la Cañada Real Galiana, situada en uno de sus tramos al lado de un vertedero, y en donde vive un alto porcentaje de población marroquí, gitana y rroma no son casuales.

¿Y crees que el antirracismo de aquí está teniendo en cuenta la perspectiva eco?

En absoluto. Nunca se plantea el problema climático como algo prioritario porque hay otras urgencias, como la regularización de la documentación, denunciar las paradas policiales o cerrar los CIES. Sin embargo, cuanto más lees, más te das cuenta de que todo está interrelacionado. Para mí ahora es imposible excluir un aspecto frente al otro. Somos ecodependientes del planeta y debemos pensar que no solo debemos cuidarnos entre nosotras sino también la casa que habitamos.

¿Cómo empezar a meter estos temas?

Creo que podríamos comenzar haciendo alianzas con organizaciones que ya están tratando la ecología y el movimiento climático. Pero dichas alianzas deben venir por las dos vías. Desde el antirracismo es necesario repensar y ser conscientes de que estamos sumidas en una crisis climática y son las personas racializadas el grueso de quienes la sufren, pero el movimiento climático también debe ser consciente de que no puede hablar por nosotras.

¿Y qué margen de exigencia tenemos frente los Estados o las multinacionales?

Creo que el cambio pasa por la organización social y las alianzas que se puedan hacer. Pienso, por ejemplo, que en los peores momentos de la pandemia yo participé en una red de apoyo mutuo de Torrejón de Ardoz. Si hubiéramos tenido que esperar al Estado para abastecer a la gente, hubiéramos llegado tarde. La unión hace la fuerza y los cambios pasan por lo que hagamos las personas y que luego el Estado regule.


Fuente: https://www.pikaramagazine.com/2022/07/con-nuestros-consumos-podemos-llegar-a-oprimir/