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4/12/2025

Las mujeres son pobres de tiempo en Perú por sobrecarga de los cuidados

 

En Perú el trabajo no remunerado, el doméstico del hogar y de cuidado de niños, adultos mayores o personas con discapacidad, recae sobre las mujeres, marcando un desigual uso del tiempo en relación a los hombres. En la imagen, activistas hacen visible la feminización de esta tarea durante una manifestación en Lima. Imagen: Mariela Jara / IPS

LIMA – Renunciar al ejercicio de su carrera e inventarse otras formas de ganar dinero para dedicarse al cuidado de su familia, en especial de su hijo con necesidades especiales, fue la única alternativa que Elda Novoa, una peruana de 61 años, encontró para que su tiempo pueda cubrir sus múltiples responsabilidades.

“Mi Flavio ya tiene 31 años, pero necesita de apoyo para valerse por sí mismo, lo llevo a sus terapias semanales de lenguaje, rehabilitación física y ocupacional, pero hay temporadas en que no puedo por la economía y la falta de tiempo”, cuenta a IPS en un recorrido por calles cercanas a su vivienda, ubicada en el distrito de San Miguel.

Caracterizado como de clase media, San Miguel es uno de los 43 distritos de Lima, la capital del Perú, país sudamericano con 34 millones de habitantes, donde casi una tercera parte de la población se encuentra en situación de pobreza y el empleo atraviesa un alto nivel de informalidad.

Entre las desigualdades persistentes en el Perú está el uso del tiempo por parte de mujeres y hombres. La población femenina, como ocurre con Novoa, invierte más horas de su vida en actividades no remuneradas del trabajo doméstico y de cuidados, que constituyen la base para el sostenimiento social pero que carecen de reconocimiento y de pago.

“Las familias en un contexto de crisis de cuidados asumen mucho más las tareas y se precarizan. Y al interior de ellas, quienes sostienen esas responsabilidades de manera desproporcionada, son las mujeres”: Susana Osorio.

Los resultados de la segunda Encuesta Nacional del Uso del Tiempo (Enut), presentados en marzo, evidencian que esta desigualdad se mantiene respecto de los hallazgos de la primera realizada en 2010 y que sacó de la invisibilidad la pobreza de tiempo de las mujeres.

Se halló que las mujeres redujeron en 38 minutos su participación en el trabajo no remunerado y los hombres en seis, pero ellas siguen dedicando más del doble de tiempo que ellos a las diversas tareas del hogar y de la familia: las mujeres laboran cinco horas 41 minutos en actividades de cuidado sin remuneración y los hombres dos horas con nueve minutos.

La peruana Elda Novoa debió renunciar a su carrera de contadora comercial para 
poder gestionar mejor su tiempo, altamente demandado por la atención
 de sus tres hijos, en especial el segundo, dependiente por sufrir una parálisis 
cerebral. Nunca contó con la corresponsabilidad de su pareja y fue su hija quien
 la apoyó económicamente desde la adolescencia y hasta que creo su propia familia. 
Imagen: Mariela Jara / IPS

La cadena del cuidado está feminizada

Pese a haber transcurrido largos años entre los dos sondeos, los resultados corroboran las mismas tendencia en la mayoría de las situaciones, sostuvo Susana Osorio, economista y directora de Impacto e Influencia en la oficina en Perú de Save the Children.

“Si bien vemos un incremento de los hombres dentro de algunas actividades del trabajo doméstico y de cuidados, el tiempo de las mujeres no ha disminuido, seguimos destinando muchas horas a la semana en estas tareas”, dijo.

A 14 años de la primera Enut, “no se ha avanzado en una corresponsabilidad del cuidado, lo que nos enfrenta a las mujeres a muchos obstáculos para el desarrollo de nuestros proyectos personales y profesionales”, agregó la especialista a IPS en la sede en Lima de su organización internacional, enfocada en atender los derechos de la infancia.

Osorio, quien cuenta con una maestría en estudios de género, sostuvo que ya la economía feminista develó que si el Estado y el sector privado no resuelven las necesidades del cuidado, las transfieren de manera efectiva a las familias como es el caso de Perú.

“Qué está sucediendo: que las familias en un contexto de crisis de cuidados asumen mucho más las tareas y se precarizan. Y al interior, quienes sostienen esas responsabilidades de manera desproporcionada, son las mujeres”, remarcó.

La brecha de género en el uso del tiempo empieza a temprana edad. La encuesta incluye a población desde los 12 años en que se marcan responsabilidades desiguales para niñas y niños, sobre todo los fines de semana en que ellas ayudan más tiempo a sus madres.

“Constatamos que la cadena de cuidados sigue siendo altamente feminizada, quienes se involucran dentro de las familias son por lo general madres, abuelas, hermanas”, analizó Osorio.

Agregó que “las mujeres tenemos dos alternativas para resolver el cuidado, con nuestro tiempo o tercerizándolo, pero para esto último se requiere capacidad adquisitiva que permita transferir las responsabilidades a diferentes servicios que se ofrecen en el mercado, o contar con redes de soporte que suelen estar integradas también por mujeres”.

La cadena de cuidados sigue siendo altamente feminizada en Perú y 
quienes se ocupan dentro de las familias son por lo general madres,
abuelas, hermanas, destaca la especialista Susana Osorio. 
Lo corroboran los resultados de una nueva encuesta en el país sobre
 el uso del tiempo. Imagen: Wálter Hupiu / IPS

Un duro batallar

Elda Novoa se muestra serena en medio de sus dificultades. Prefiere hablar con IPS fuera de su hogar, pues no se siente cómoda mostrando los ambientes internos. Su casa es una herencia paterna que comparte con sus hermanos y donde ella vive con sus tres hijos, la mayor de 33, el segundo de 31 y el último de 29, y con tres nietos menores.

“Así como está el costo de vida, mis hijos todavía no se pueden independizar, mi hija es economista y el tercero obrero de construcción, pero con lo que ganan es para mantener a sus familias y ahorrar un poco. Yo siempre que puedo les apoyo cuidando a mis nietos porque a veces por el trabajo llegan tarde”, refiere.

Cuenta que su jornada diaria comienza a las 6:00 de la mañana y lo concluye pasada la medianoche.

En esas más de 18 horas prepara el desayuno, lleva a la guardería a uno de sus nietos, limpia las áreas comunes de la casa, va a comprar alimentos, cocina, recoge a su nieto, sirve el almuerzo y asea la cocina, lava y tiende ropa, sale a comprar algunos insumos para los postres que vende según pedidos, prepara la merienda y hornea empanadas, alfajores o alguna torta para sus encargos.

En esa amplia carga de responsabilidades falta incluir el cuidado de Flavio, el segundo de sus hijos, quien nació con parálisis cerebral leve. No puede caminar, se desplaza en una silla de ruedas y tiene dificultades de aprendizaje.

Su cuidado implica apoyarlo en que se vista, en su baño diario, en el traslado hasta una de las sedes de Instituto Nacional de Rehabilitación donde desde hace unos meses lo lleva tres veces por semana a sus terapias.

“Yo me hago cargo completamente de él. Me separé del padre de mis hijos cuando eran niños porque no se comprometía con la familia ni aportaba económicamente. Dejé la carrera de contadora comercial porque necesitaba estar todo el tiempo con Flavio”, rememora.

En ese batallar su hija mayor fue un apoyo significativo. Desde adolescente realizaba trabajos temporales para aportar económicamente al hogar, siguió además un curso de panadería y pastelería para tener ingresos adicionales. En la actualidad, como economista, ya dejó esas actividades.

“Yo soy la que ahora prepara los postres”, comenta Novoa.

Su preocupación urgente actual es juntar el dinero para cambiar la silla de ruedas a su hijo, quien con sus 1,61 metros de altura y 87 kilos requiere una nueva, así como poder garantizar la continuidad en las terapias, para las que necesita contratar movilidad particular.

Su presupuesto mínimo mensual es 1500 soles, poco más de 410 dólares, para cubrir los taxis y las urgencias básicas suyas y de su hijo Flavio. Cuando no lo logra, las terapias se descontinúan y el progreso que va logrando se estanca o retrocede.

“Lamentablemente no hay mucha conciencia sobre estas necesidades y mucho se nos carga a nosotras como madres, lo digo no solo por las autoridades del Estado, sino por mi propia familia. Por no pelear no les exijo a mis otros hijos, además, tienen sus propias responsabilidades”, reflexiona.

Sin embargo, no renuncia a su sueño de contar con un negocio propio de repostería en que su hijo Flavio participe en la atención a la clientela. “Quiero que sepa valerse él mismo, yo no voy a poder estar siempre a su lado”, añade.

Las tareas que sostienen el hogar y las necesidades de la familia, 
como la provisión de alimentos, siguen estando 
desproporcionadamente en manos de las mujeres en 
Perú, así trabajen también fuera del hogar, afectando
 con ello su derecho a concretar sus anhelos personales y profesionales. 
 Imagen: Mariela Jara / IPS

Faltan políticas públicas

Osorio fundamentó que es estructural la gran asimetría en el tiempo que le dedican hombres y mujeres al trabajo remunerado y al de cuidados sin pago y que no bastaría con tener estrategias de redistribución para corregirla.

“La redistribución implica no solo negociación permanente, sino que está construida desde el poder”, dijo.

Para ella, “hay este discurso vacío que los pobres son pobres porque quieren o las mujeres cuidan porque así lo desean, cuando existe un mandato social vinculado al ejercicio de la feminidad, la maternidad, que nos atraviesa y que está regulado por otros sistemas como por ejemplo la violencia de género”.

Manifestó que, no solo no es sencillo para las mujeres buscar con quien corrresponsabilizar y compartir los cuidados, sino que el proceso de negociación las somete a riesgos de violencia.

“Por eso es estructural, porque no depende de que reformemos una o dos cositas, sino que está enraizado en la forma en que nos hemos organizado socialmente”, profundizó.

Planteó que los resultados de la Enut aporten a desligar los cuidados como responsabilidad de las mujeres y se asuman como una de carácter social, pero no solo de las familias y de manera compartida con los hombres, sino con un rol garante del Estado para la protección de los derechos y del sector privado como fuente de empleo hacia un horizonte de corresponsabilidad.

Y en ello, considerar los cuidados vinculados a la discapacidad y a las personas mayores.

“Somos un país que envejece con una brecha de protección social, tenemos un nivel de informalidad de más de 70 %, la mayoría de personas no tiene un sistema previsional, una pensión, y por lo tanto tampoco seguro de salud integral que nos acompañe en nuestra transición a la vida del adulto mayor”, alertó.

ED: EG

10/07/2023

El romanticismo de cuidar, la trampa de la explotación de las mujeres

 

¿Porqué cuidamos las mujeres? Para facilitarle la vida a los hombres y sostener a las naciones. Así de simple, pero no porque nosotras decidiéramos hacerles la vida fácil a ellos y complicárnosla a nosotras, no claro que no.

Lo que sucede, es que nos condicionaron para creer que parte de nuestras muestras amorosas estaba el de cuidar, y no es que el cuidar sea negativo, el problema es cuando solo nosotras somos responsables de ello a costa de nosotras mismas.

Como explica la psicóloga Wendy Arriaga, en una entrevista para Corriente Alterna, “Durante años nos han vendido la idea de que la responsable de la casa es la mujer”. Y los demás miembros de la familia son una suerte de “invitados” a los que la anfitriona debe procurar: cuidar, proporcionar alimento, velar por su salud, mantener un ambiente favorable. Mientras, los demás integrantes de la familia “asumen ese papel de ‘invitados’ y esperan que sus necesidades sean cubiertas enteramente por mamá, esposa o, en general, por una mujer”.

Evidenciar esta sobrecarga de las mujeres, ha sido una tarea larga del feminismo primero haciéndola evidente, nombrándola, y mostrando, que, el trabajo doméstico no remunerado, el cual incluye el cuidado, tiene aportes económicos trascendentes para las naciones y que contarlo en las cuentas públicas era necesario, en un ejercicio de reconocimiento.

Así llegamos a lo que se conoce como las cuentas satélites y que cada año evidencia el valor económico de las labores domésticas y de cuidados no remuneradas, sin que realmente se valore.

Tan solo en 2021 el trabajo doméstico de millones de mujeres adultas y niñas que no es pagado representa el 26.3 por ciento del PIB nacional, según datos del INEGI. Sin estas tareas tuvieran que ser pagadas por las familias estaríamos en un estallido social.

Con los resientes resultados de la Encuesta Nacional para el Sistema de Cuidado, ENASIC, nuevamente se corrobora la explotación de las mujeres a través de la romanización del cuidado como una muestra más del amor de las mujeres.

La enseñanza del amor romántico se basa en el despojo de las mujeres, para bien de los otros.

Esta tarea de cuidados descansa en las mujeres, en 19.5 millones de mujeres mayores de 15 años, quienes por esta sobrecarga ven limitadas sus oportunidades de desarrollo, de descanso, de estudio, de trabajo remunerado, de diversión, de todo.

El sacrificio de las mujeres, tan alabado en el cine mexicano de la llamada época de oro, para cuidar, oculta lo que la ENASIC revela, esta labor tiene un impacto concreto en la desigualdad estructural que enfrentamos las mujeres, al despojarnos de la autonomía ante la sobre carga de cuidar a otros, cuando tendría que ser una tarea del Estado.

Pues resulta que en 8 de cada 10 hogares existe la necesidad de contar con una persona cuidadora, por ello se demanda un Sistema Nacional de Cuidados que descargue a las mujeres de la sobrecarga y la sobre responsabilidad de cuidar a otras personas.

Esas principales necesidades de cuidado se centran en tres categorías: edad, condición médica o alguna discapacidad.

La categoría que mayor demanda de cuidados presenta es la de edad, ya sea por niñez o por ser mayor de 60 años. En el primer caso 15.8 millones de hogares tienen esta necesidad y para personas mayores 12.4 millones de hogares, así de enorme es la demanda de cuidados en México y en más de un hogar se puede encontrar más de una necesidad de cuidados.

Hay que decir, que ambos grupos poblaciones podrían ser cuidados, sin que esto implicara la renuncia al desarrollo personal de las mujeres o el desgaste altísimo de su salud y bienestar.

Recordemos que el cuidado es un derecho que el Estado debe garantizar, un derecho que también nos incluye a las mujeres, un primer caso es quitarnos la sobrecarga doméstica y de cuidados.

Para ello es necesario que el Estado cuente con un Sistema Integral de Cuidados que esté en todo el país, que este gobierno anunció en su primer informe de gobierno sin que se haya cumplido.

Un sistema que priorice los hogares encabezados por mujeres, que impactaría en 28 por ciento de los hogares de México, y por supuesto en aquellos con alta marginación.

Si en lugar de desaparecer las escuelas de tiempo completo se hubieran fortalecido y ampliado estaríamos ante otra realidad.

La encuesta nos revela la importancia de contar con este tipo de escuelas donde niñas y niños puedan desarrollarse plenamente en espacios seguros, así como el desarrollo de casas de retiro o de cuidado de día para las personas de la tercera edad.

Lo cual liberaría a sus madres, esposas, hijas y nietas que son las principales cuidadoras, para poderse incorporar al mercado laboral a las escuelas, a la creatividad, al descanso y esparcimiento, lo cual no solo impulsaría la economía y el desarrollo de este país, sino que aplanaría el terreno para llegar antes a la igualdad sustantiva entre mujeres y hombres.

8/13/2022

Dejar a una familia para cuidar de otra: así funcionan las redes de cuidadoras en México

  

Fotografía: Pexels

Este 2022, el Comité de Oxford para Aliviar la Hambruna (Oxfam, por su acrónimo en inglés) de México presentó un estudio titulado Sostener la vida: las redes de cuidados en México. En él participaron 34 personas de diferentes regiones de la República Mexicana: Oaxaca, Puebla y la Ciudad de México.

Dichas entrevistas —en las que participaron tanto mujeres como hombres y servidores públicos— evidenciaron, en primer lugar, algo que es un secreto a voces: en México, las mujeres son las principales responsables de las labores de cuidado.

Pero, además de eso, esta división sexual del trabajo acarrea otros factores. Y es que muchas de las cuidadoras (sobre todo aquellas que cuidan de otras por una remuneración) tienen que dejar a sus propias familias para dedicarse a los trabajos domésticos en hogares ajenos al suyo. 

Es en ese momento cuando otras mujeres —casi siempre madres, suegras, hermanas o hijas— pasan a hacerse cargo de esas familias. No importa si hay hombres o no: siempre son ellas quienes asumen los cuidados de quienes quedan “desprotegidos” ante la ausencia de su cuidadora.

Las redes de cuidadoras tienen su raíz en la desigualdad social

De acuerdo con el estudio de Oxfam, una de las raíces de las redes de cuidadoras está en la desigualdad social. En este sentido, no es casualidad que muchas de las trabajadoras domésticas en los entornos urbanos sean originarias de comunidades rurales con altos índices de pobreza.

Estas mujeres son contratadas por otras que tienen un trabajo remunerado no relacionado con las labores de cuidados. Y, por lo general, las contratistas tienen mejores oportunidades de movilidad social y un mayor nivel económico. Sin embargo, esto las deja sin tiempo para hacerse cargo del cuidado de su casa y de su familia. Además, sus parejas hombres rara vez suelen desempeñar dichas tareas por los roles patriarcales establecidos socialmente.

Otro sector favorecido por el trabajo de las mujeres cuidadoras son las personas adultas mayores que cuentan con recursos suficientes para contratar a personas con un menor nivel económico. Fotografía: Pexels.

Así, mientras las trabajadoras contratadas suplen estas ausencias, otras mujeres tienen que ocupar su lugar en sus comunidades de origen. En este ámbito, el estudio de Oxfam pone en relieve algo muy importante: el hecho de que, la mayoría de las veces, ese “relevo” se da de abajo para arriba en la escala generacional. 

Es decir: las hijas son quienes salen a trabajar y son sus madres o sus suegras quienes asumen el cuidado de los nietos, los esposo y el hogar en general. Esto, pese a que por su edad, estas mujeres pueden tener dolores físicos o enfermedades como diabetes, hipertensión y otro tipo de discapacidades. También, pese a que ellas mismas deben desempeñar el rol de cuidadoras en sus propios hogares.

Por otro lado, cuando el “relevo” se da en sentido inverso y la madre relega el cuidado a las hijas, estas últimas apenas tienen tiempo para hacer otras cosas como estudiar o tener un trabajo más allá de las tareas domésticas. Así, su movilidad social y sus oportunidades económicas se ven limitadas por asumir el rol de cuidadoras de manera casi obligada.

¿Y los hombres?

De acuerdo con el Índice Global de la Brecha de Género 2022, las mujeres dedican cerca del 55 por ciento de su tiempo al cuidado de sus hijos y del hogar en general. Los hombres, por su parte, únicamente invierten el 15 por ciento de su tiempo en estas labores. 

Según el estudio de Oxfam, el hecho de que haya un hombre en casa no siempre alivia la carga de las mujeres. De hecho, diversas entrevistas hechas por el Comité demuestran justo lo contrario: el que haya un hombre en casa implica más tareas, incluso cuando ellos quieren “ayudar” porque no saben cómo hacerlo.

Las únicas circunstancias bajo las que los hombres se hacen cargo de los cuidados del hogar es cuando no hay una mujer —madre, pareja o hija— que lo haga. De hecho, de acuerdo con Oxfam, el hecho de que no haya una mujer presente en casa puede representar un gasto extra para los hombres. Esto se debe a que gran parte de ellos prefieren contratar a una empleada del hogar para cubrir esa ausencia.

Así, los hombres pueden seguir participando activamente en el mercado laboral. De esta manera, la subordinación de las mujeres al ámbito doméstico termina beneficiando a otras personas antes que a ellas mismas.

Malas condiciones laborales y un Estado ausente: la constante del trabajo doméstico

La explotación de las mujeres en el ámbito de los cuidados representa, siempre, un beneficio para quienes contratan o reciben sus servicios. Pero dichos beneficios se extienden incluso al ámbito público. 

Y es que el deslindarse de las tareas domésticas permite que muchos hombres y mujeres puedan participar en el mercado laboral con grandes empresas e instituciones públicas o privadas. De esta forma, el trabajo doméstico contribuye a la acumulación de riqueza pese a que quienes lo ejercen lo hacen, frecuentemente, en condiciones precarias. 

Según la Organización de las Naciones Unidas, el 97 por ciento de las trabajadoras del hogar no cuentan con algún tipo de protección de derechos en el ámbito laboral. Por otro lado, el Reporte Global 2020 de Trata de Personas indica que el tráfico de niñas y mujeres para obligarlas a realizar trabajos domésticos es cada vez más frecuente en lugares como Centroamérica. A estos abusos se suma la ausencia del Estado para apoyar a quienes dedican su vida a cuidar de sus propias familias.

La subordinación de las mujeres al hogar también tiene que ver con una educación patriarcal que marca los roles de género desde muy cortas edades. Fotografía: Pixabay.

En México, por ejemplo, existen guarderías públicas o programas de apoyo económico para madres solteras. Sin embargo, las guarderías exigen requisitos como la derechohabiencia a sistemas de salud públicos. Por su parte, los programas de apoyo económico suelen otorgar montos que no son suficientes para cubrir las necesidades del hogar. 

Esto obliga a las mujeres a recurrir a otros trabajos para complementar sus ingresos; de esta forma se someten a una doble jornada laboral: la que viven en casa y la que experimentan en el trabajo fuera de ella.

Todo lo anterior hace que el nivel de vida de las cuidadoras se vea vulnerado por jornadas extenuantes. En este contexto, la ausencia de responsabilidad de los hombres y el cuidado de personas con discapacidad son factores que suman a un cansancio inagotable, un cansancio que sólo se atiende cuando otra mujer de la red entra en juego. Y así, esta red de cuidados sigue extendiéndose mientras la sociedad patriarcal no permite su extinción.


5/30/2020

¿Quién cuida a las que cuidan?




    




Una reunión de activistas feministas pondrá sobre la mesa “la inexistente conciliación entre dos formas de trabajo, la producción y la reproducción”




Madrid, 26 may. 2020. AmecoPress.- Este miércoles, 27 de mayo, Voces Situadas y el Museo Reina Sofía impulsan de la mano de un grupo de activistas feministas un encuentro virtual mediante Zoom bajo el título “¿Quién cuida a la cuidadora? Capitalismo, reproducción y cuarentena”. Esta propuesta contará con la escritora Silvia Federici y las activistas en defensa de los derechos y la dignidad de las trabajadoras domésticas Eda Luna, Claribed Palacio, Rafaela Pimentel y Lyudmila Montoya para conversar abiertamente acerca de las luchas del trabajo doméstico, agravadas por la emergencia sanitaria, en el contexto capitalista.
El diálogo se centrará en la inexistente conciliación entre dos formas de trabajo: producción y reproducción. En este sentido, se manifiesta una doble situación de explotación y violencia como consecuencia de la falta de reconocimiento del auténtico valor de los cuidados. En el encuentro se hará énfasis en dicha labor y en los derechos de las cuidadoras desde lógicas alternativas al capitalismo.

La entrada es gratuita hasta completar el aforo que tiene como límite 100 personas por orden de llegada. Puedes encontrar el link para unirte a la sesión de Zoom aquí. El horario dependerá de la zona geográfica: 
-  Madrid, España: 18:00h 
-  Bogotá, Comlombia: 11:00h 
-  Nueva York, EEUU: 12:00h 
-  Tegucigalpa, Honduras: 10:00h

Participantes

Silvia Federici. Escritora, profesora y activista feminista italoestadounidense. Fue una de las impulsoras de las campañas que comenzaron a reivindicar un salario para el trabajo doméstico realizado por las mujeres como demanda de la economía feminista. Trabajó durante varios años como profesora en Nigeria y es profesora emérita de la Universidad Hofstra en Nueva York. Ambas trayectorias convergen en dos de sus obras más conocidas: Calibán y la bruja: mujeres, cuerpo y acumulación originaria (2004) y Revolución en punto cero: trabajo doméstico, reproducción y luchas feministas (2013).
Eda Luna. Estudiante de la Licenciatura en Trabajo Social en la Universidad Nacional Autónoma de Honduras. En 2015 entra en contacto con la Red de Trabajadoras Domésticas a través de un proyecto en conexión con el Centro de Estudios de la Mujer - Honduras (CEM-H) y financiado por la agencia de cooperación Brücke-Le pont. Desde entonces, forma parte de la Comisión Política de la Red de Trabajadoras Domésticas impulsando programas de formación y creando iniciativas económicas en las que las mujeres que realizan trabajo doméstico remunerado puedan concretar su vida a nivel individual y colectivo. También es conductora del programa de radio Ni gatas, ni nachas. Trabajadoras domésticas!
Claribed Palacio. Presidenta de la Unión de Trabajadoras Afrocolombianas del Servicio Doméstico (UTRASD), un sindicato de lideresas unidas desde 2013 para promover y exigir los derechos laborales y humanos de las trabajadoras domésticas en todo el país colombiano. En marzo de 2018 participaron en la Conferencia Global de Trabajadores Africanos en Londres con el apoyo del Programa de Inclusión para la Paz de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) y el Organismo de las Naciones Unidas para la Migración (OIM).
Lyudmila Montoya. Militante de Trabajadoras No Domesticadas de Bilbao (TND) desde su conformación. Nacida en Nicaragua, llegó al País Vasco hace 14 años y estuvo empleada en trabajos de hogar y cuidados durante seis años. Logró homologar sus estudios de ingeniería informática, pero las dificultades para lograr un empleo acorde con su preparación le llevan a combinar diferentes trabajos, con jornadas parciales o completas. Participa como activista en diferentes espacios sociales, asesorando y acompañando a mujeres migradas (prácticamente todas trabajadoras de hogar y cuidados) en sus procesos de homologación de estudios, nacionalidad y regularización.
Rafaela Pimentel. Activista del ámbito del feminismo y del trabajo doméstico, ha sido galardonada con el premio Avanzadoras 2018. Comenzó a participar en movimientos feministas y de mujeres en su país, República Dominicana, y continuó con el activismo en España, donde llegó en el año 1992. En la actualidad, forma parte de Territorio Doméstico, colectivo en el que se organizan empleadas de hogar para reivindicar sus derechos. Es también activista de la Coordinadora Feminista 8M.
Foto: Archivo AmecoPress / Foto tomada de Recetario de herramientas útiles, guía socio-laboral elaborada por Trabajadoras No Domesticadas (TND) con el apoyo y financiación de la Fundación Mundubat, 2018.

8/06/2019

Garantizar derechos a trabajadoras del hogar, un reto en Puebla


¿Qué pasaría si nadie trabajara en el hogar y en cuidados?



Puebla es uno de los estados donde hay más trabajadoras del hogar remuneradas, de acuerdo con cifras de la Secretaría de Trabajo y Previsión Social dadas a conocer en marzo de 2019 aquí se ocupa el 5.9 por ciento de las personas empleadas en este sector, que representan a 136 mil 741 trabajadoras, pero ¿qué pasaría si de forma repentina dejaran de trabajar?
En el conversatorio "No es amor es trabajo... discusiones en torno al trabajo doméstico", organizado el 31 de julio por Secretaría para la Igualdad Sustantiva del ayuntamiento de Puebla, especialistas trataron de resolver esa pregunta.
La doctora en sociología e investigadora de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP), María Eugenia Martínez de Ita, dijo que el trabajo del hogar y de cuidados -remunerado o no- es fundamental para el bienestar de la sociedad.

Si se considera que nueve de cada 10 personas dedicadas al trabajo del hogar remunerado son mujeres y que la mayoría de estas trabajadoras tienen una doble jornada -en sus hogares tienen que desempeñar la misma labor-, se entendería la relevancia de otorgarles prestaciones laborales y condiciones dignas de trabajo.
Por eso la socióloga consideró de suma importancia que la Suprema Corte de Justicia Nacional (SCJN) resolviera que es discriminatorio que las leyes Federal del Trabajo y del Seguro Social excluyeran a la trabajadoras del hogar del régimen de afiliación obligatoria a la seguridad social.
Sin embargo, Martínez de Ita reconoció que el reto es que estos ordenamientos se cumplan ahora que fueron reformados y entraron en vigor el 2 de julio tras su publicación en el Diario Oficial de la Federación. Ahora se reconoce el derecho de las trabajadoras del hogar a la seguridad social obligatoria, prestaciones y contar con un contrato,

UNA TRAMPA, CREER QUE SOMOS FAMILIA

Por su parte la defensora Marcelina Bautista Bautista, perteneciente al Sindicato Nacional de Trabajadoras del Hogar (Sinactraho), comentó que a las trabajadoras del hogar se les hace creer que son parte de la familia, porque algunas viven en la casa donde se emplean, comen allí, viajan con sus empleadores y pueden tener a sus hijas e hijos con ellas; sin embargo, desde su punto de vista, esto sería una trampa para no pagarles de manera digna y darles las prestaciones que les corresponden.
Marcelina Bautista dijo que en cualquier otro trabajo que se requiera estar allí las 24 horas, quien emplea tiene la obligación de pagar el alojamiento y la comida; pero cuando se trata del trabajo del hogar, se piensa que esto es suficiente y que ellas no deben pedir más, porque además hay cariño de por medio.
En su participación, la doctora en Economía Política del Desarrollo de la BUAP, Zayra Morales Díaz, dijo que otra forma de combatir la discriminación que viven las trabajadoras del hogar (el 95 por ciento de quienes se emplean en el sector son mujeres) es comprendiendo como sociedad que las labores de cuidado y las labores domésticas son una labor social y, por tanto, corresponde a todas las personas involucrarse en ellas.
De esa forma, agregó la especialista, las mujeres no se sientan obligadas a contratar a alguien más para cumplir con una doble jornada laboral, debido a que sus parejas hombres no cumplen con sus responsabilidades.
CIMACFoto: Gabriela Mendoza
Por: Samantha Páez Guzmán, corresponsal
Cimacnoticias | Ciudad de México.

12/29/2018

Iria Marañón: "Si los hombres se hubieran responsabilizado de los cuidados ya sería un trabajo remunerado"

El 95% de las mujeres se ocupan del cuidado de sus hijas e hijos frente al 68% de los hombres

Madrid, 19 dic. 18. AmecoPress.- Un día con importantes reuniones de trabajo o con un proyecto que entregar. Está nublado y no sabes si va a llover, “¿habré quitado la ropa del tendedero?”. Mañana tu hija tiene esa función del colegio, “¿tendrá el traje listo? ¿Le metí la merienda en la mochila? ¿Quedará aceite para esta noche?” Todas estas preguntas forman parte de la carga mental que soportas por llevar el peso de los cuidados y de tu hogar, pero quizá falta hacerse la pregunta más importante: “¿está también mi pareja pensando en todo esto?”
La entrada al mercado laboral fue un avance fundamental para la lucha feminista, pero con ella nunca llegó a dividirse el trabajo en la esfera privada. Según datos del INE, el 95% de las mujeres se ocupan del cuidado de sus hijas e hijos frente a un 68% de los hombres. En España, el 89% de las personas que cuidan de sus familiares dependientes son mujeres, según el IMSERSO.
Hablamos con la escritora y editora Iria Marañón, que en su libro “Libérate de la carga mental” pone directamente el foco sobre los hombres y sobre el Estado para que comiencen a responsabilizarse y repartir ese peso extra que soportan las mujeres. Es una cuestión de derechos irrenunciables que niños, niñas, personas enfermas y dependientes estén bien atendidos y que tales cuidados no dependan de que las mujeres abandonen el mercado de trabajo, se inserten en él en peores condiciones o se carguen con una jornada doble extenuante”.
Cuando vas a comprar este libro piensas, por su título, que te va a servir por tu situación personal, pero cuando te lo lees descubres que hay cuestiones que nos condicionan a todas las mujeres y, al final, no eres tan particular como creías.
Es que como decían las feministas de los años 60: “lo personal es político”. Lo que ocurre a una mujer en su casa le suele ocurrir a todas las demás en la suya. Es normal que una piense que tiene una situación personal excepcional pero cuando empiezas a rascar te das cuenta de que todas las mujeres tenemos las mismas circunstancias: todas cuidamos, todas nos ocupamos de las tareas domésticas, todas tenemos cargas de trabajo…
Quizá pensábamos que nuestra situación era así porque la habíamos elegido libremente pero las decisiones libres no lo son tanto.
En eso insisto mucho, porque muchas mujeres me cuentan que han pedido una baja maternal, han reducido su jornada o han decidido quedarse en casa cuidando de alguien y me venden esas decisiones como libres y personales y yo siempre digo: pues qué coincidencia que todas las mujeres lleguemos a los mismos acuerdos, porque los datos dicen que somos las mujeres las que más nos ocupamos de estas cosas. Por eso yo creo que es importante que seamos conscientes de que todas las decisiones que tomamos en base a nuestro género no son tan libres como pensamos.
Es importante que reflexionemos por qué hemos decidido hacer lo que hemos hecho y de esa manera empezar a liberarnos.
¿De qué dirías que está hecha la carga mental extra que soportan las mujeres?
La carga mental está hecha de las listas, de la planificación, del recuerdo de fechas, citas y del trabajo invisible que las personas realizamos para organizar nuestras vidas y las vidas de las personas que dependen de nosotros. A esa carga mental hay que añadirle una carga física, consecuencia de la primera. También entra el amor, las relaciones familiares, los contextos sociales y cómo nos relacionamos con la gente.
¿Por qué las mujeres nos hacemos nosotras mismas las responsables de todo?
Hay muchos factores que determinan que nosotras acabemos asumiendo este trabajo. Para empezar, la otra mitad de la población no la está asumiendo como propia, y además se nos ha educado para ser así.
Parece que la sociedad está gestionada para que nosotras acabemos haciendo esto. ¿Por qué no hay guarderías de 0 a 3 años gratuitas como el resto de las etapas escolares? Porque hay mujeres que cuidan. La Ley de Dependencia ha llegado hace muy poco, pero antes, ¿por qué no existía algo que se ocupara de esas personas que necesitaban ayuda? Porque había mujeres que lo hacían gratuitamente.
¿Y la razón por la que los hombres no asumen esa responsabilidad al mismo nivel es porque son incapaces de percatarse de que hay un trabajo invisible que están haciendo las mujeres por ellos?
Es porque vivimos en un sistema patriarcal que les tiene reservado otra realidad a los hombres. Es tanto por la educación, como por el sistema y la forma en la que nos socializamos por lo que no asumen esas tareas como propias porque las hacen las mujeres. Ellos están enfocados a hacer otro trabajo fuera del hogar, en el que tienen que ganar dinero, ser competitivos, etc. Nos han dirigido para que hagamos las cosas de estas dos formas.
En el libro comentas esa situación en la que el hombre considera que está cumpliendo con su parte solo por hacer lo que su pareja le pide que haga.
Sí, es que hemos llegado a un punto en el que hay muchos hombres que creen que sí están siendo corresponsables porque hacen cosas, ejecutan muchas cosas. Van a hacer la compra, cocinan, limpian, recogen a los niños… ¿Cuál es el problema? Que la carga mental no está solo en hacer las cosas, sino en pensarlas, en organizarlas. Al final las mujeres hacemos un papel de directoras de una organización en la que vamos repartiendo tareas además de hacer las nuestras, pero es que ese trabajo es muchísimo más pesado.
Un ejemplo que pongo es el de Kim Campbell, la primera ministra canadiense, que durante una reunión de un gabinete de crisis se sorprendió a sí misma porque estaba debatiendo soluciones importantísimas para su país y lo único que tenía en la cabeza es que no había descongelado los filetes para la cena. Eso ejemplifica muy bien cómo las mujeres hagamos lo que hagamos tenemos en la cabeza siempre las gestiones del hogar y la planificación familiar. Mientras, los hombres se dedican simplemente a ejecutar. Si están trabajando están trabajando y no hacen nada más.
¿Y saben los hombres cuidar de sí mismos?
Muchas veces la educación que han recibido no les ha hecho lo suficientemente autónomos e independientes para cuidarse a sí mismos. Conozco muchos hombres que han vivido solos y se han alimentado a base de pizzas y hamburgesas porque no saben cocinar, o no sabían poner lavadoras. Las personas que educamos estamos educando a hombres incapaces de gestionarse a ellos mismos y muchas mujeres cuando se emparejan con hombres acaban siendo sus madres también, las que les acaban organizando y a las que preguntan dónde están las cosas y cómo tienen que actuar. Esto es un problema porque añade más carga mental a las mujeres.
Y las mujeres que leyendo el libro se hayan dado cuenta de que eso también les ocurre a ellas, que se encargan de toda la planificación familiar. ¿Cómo pueden solucionar este problema con su pareja?
Yo creo que lo primero de todo es hacer ver a la pareja cuál es su carga mental, escribirla en un papel. Tengo que pensar qué vamos a comer toda esta semana para luego hacer la lista de la compra, luego comprarlo y cocinarlo. No solamente es: toma este papelito y vete a comprar. Los hombres tienen que saber cuál es todo el proceso, de dónde viene el filete que me llega a la mesa, ¿cómo es que lo tengo?, pues porque alguien se ha acordado de comprarlo, como todas las cosas que disfrutan día a día. Tienen que ser plenamente conscientes de toda esta carga mental y yo creo que la mejor forma de visibilizarla es apuntarla.
También digo que las mujeres no debemos ser las que enseñemos, tienen que ser los propios hombres de los que salga la iniciativa, los que vean que la carga mental está desproporcionada. Yo aquí sí que hago un llamamiento: no considero que seamos nosotras las que tengamos que educarles a ellos, sino que ellos deben, como personas autónomas e independientes, los que empiecen a posicionarse, a desaprender su forma de ser hombre.
En el libro eres clara en ese sentido: los hombres tienen que saber que amar a una persona significa liberarla del estrés y de tanta presión, y que esa es la manera correcta de querer.
Exactamente, porque nos han vendido que el amor es una cosa que nada tiene que ver con la realidad, el romanticismo no vale para nada. Una pareja comprometida es una pareja corresponsable, alguien que de verdad va a liberar y va a repartir todo el trabajo en partes iguales. Ahí es donde una persona ama de verdad.
Pero, ¿es difícil que vean esto? Planteabas algunas ideas como llevar un calendario en común pero, ¿no terminará siendo la mujer la que recuerde constantemente lo que hay que anotar en el calendario?
Es verdad que al final nosotras siempre estamos detrás, pero creo que es bueno no hacerlo para que surjan los errores. Es decir, si él es el responsable de hacer la compra también debe serlo de darse cuenta que ya no queda leche, y si se levanta una y otra mañana sin leche, al final la comprará y se dará cuenta antes la próxima vez. Yo creo que es casi mejor mantenerse al margen y que él mismo se dé cuenta de que lo que no hace tiene unas repercusiones importantes en su vida y en la de todos los que están a su alrededor.
Yo me preguntaba a lo largo del libro: si ya hemos hablado con él, hemos elaborado la lista, lo hemos intentado y aun así sigue sin salir de él tomar esa responsabilidad, ¿qué hacemos? Tú pones sobre la mesa la opción de que nos replanteemos con qué tipo de persona queremos compartir la vida.
Es que llega un momento en el que nosotras también tenemos que tomar decisiones. Si la pareja, después de todos los esfuerzos comunes, sigue sin hacer su parte, pues hay que tomar medidas. Si realmente quieres llevar una vida más tranquila con una pareja que esté implicada en el proyecto común tienes que empezar a pensar que igual esta no es la adecuada. Eso ya irá en cada una, pero tampoco pasa nada por decir que no encajamos con alguien por ese motivo.
¿Y cómo crees que reparten estas cargas las parejas homosexuales?
Es verdad que en las parejas homosexuales también hay diferencias de cargas mentales, suele haberlas, lo que pasa que estas no se dan por el género, se dan por diferencias en las personalidades. Es decir, una de las dos personas prefiere hacer unas cosas y otra prefiere hacer otras. También tienen estos conflictos, pero no vienen dados por una situación de género, sus discusiones son de igual a igual, la diferencia es que en el sistema patriarcal los dos géneros no están situados de igual a igual, hay un opresor y una oprimida.
Pero sí que hay parejas homosexuales que adoptan roles de género en su relación.
Sí, en esas parejas que reproducen los roles de género sí que se dan las mismas situaciones.
¿Y las mujeres solteras cómo gestionan esta carga? Mencionas en el libro que a veces la asimilan mejor estando solas.
Por una parte sí y por otra no. Una mujer soltera que tenga hijos o hijas lo va a tener siempre complicado porque no tiene ninguna ayuda. Pero por otro lado, he conocido a muchas mujeres que cuando se han separado se han liberado de su carga mental, porque el tener que supervisar lo que debería estar haciendo su pareja la perjudicaba más.
Otro caso que me parece especialmente grave es el de las mujeres que cuidan a personas enfermas, dependientes o ancianas porque, aunque los cuidados de la infancia terminan, en estos otros casos cada año que pasa o incluso cada mes requiere más y más esfuerzo por parte de la cuidadora.
Sí, al final el cuidado de los hijos o de las hijas llega un momento en el que desaparece, pero el de las personas dependientes no. Es muchísimo más complejo, son unos cuidados que a la larga limitan e incapacitan muchísimo más a la mujer que está cuidando. Por eso es tan fundamental que la ley de dependencia se aplique y se mejore para liberar a las mujeres de ese trabajo.
¿Qué implica socialmente que las mujeres se dediquen a estas actividades?
Independientemente de lo que hagas, alejarte del mercado laboral en el sistema capitalista en el que estamos te va a condicionar siempre, sea por el motivo que sea. Sin embargo, considero que si las mujeres no fuéramos quienes asumen fundamentalmente este trabajo, si fuera algo más repartido, estoy segura que habría otro tipo de beneficios y ayudas, tanto a nivel laboral como a nivel estatal, para que estas personas puedan volver a reenganchase al mercado laboral.
¿Crees que si los hombres ya hubieran asumido las tareas de cuidados al mismo nivel que las mujeres esta tarea ya sería remunerada?
Estoy segura de que sí, ya se habrían encargado de que fuera remunerado, porque al final es un trabajo en beneficio de la sociedad y la sociedad se sostiene gracias a ese trabajo invisible. Por eso es importante que lo visibilicemos para que ellos se impliquen de la misma manera, el Estado tome conciencia y empiecen a verse resultados reales.
Planteas también la alternativa de convertirlo en un empleo público para desligarlo del género.
Sí, lo propongo porque considero que ahora mismo tenemos personas que se dedican a la limpieza de espacios públicos y ahí no vemos tanto las separaciones por género. Yo creo que en el momento que ese tipo de trabajos más relacionados con el hogar estén también realizados por funcionarios y funcionarias del Estado se va a desligar del género y va a ser un empleo que tanto ellos como ellas van a querer realizar por tener unas condiciones adecuadas.
Comentabas otro aspecto muy importante, que las mujeres debemos aprender a relajarnos en esas tareas de cuidados y recordar que la felicidad de las personas a las que cuidamos no es a costa de la nuestra propia.
Las mujeres hacemos este trabajo como si nos fuera la vida en ello, como sacrificios tremendos, y nos olvidamos la mayoría de las veces de que somos personas. Ponemos a la persona cuidada muy por delante de nosotras y yo creo que también tenemos que coger perspectiva en este asunto.
Por supuesto, el trabajo de cuidados debe estar revalorizado porque es fundamental, hay que cuidar, pero hay que hacerlo sin perder el norte. Te pongo el ejemplo de las maternidades intensivas, esas madres que creen que tienen que estar 365 días con sus hijos, del colecho, del porteo… ese tipo de cosas a la larga, y a la corta también, no benefician a nadie. Ser madre es maravilloso, pero es que ser padre también debería ser igual.
Hay que cuidar bien a nuestros hijos e hijas, hay que hacer todo lo posible por ellos, pero también hay que saber decir “hasta aquí, yo también soy importante y yo también tengo una vida”.
El trabajo fuera del hogar llega a ser a veces una vía de escape para esas mujeres que dedican tan poco tiempo a sí mismas.
Sí, yo ponía el ejemplo de cuando mis hijas eran muy pequeñas, que llegaba el lunes por la mañana a trabajar y era como una liberación, porque no tenía a ninguna de mis hijas en la pierna pidiéndome nada. A muchas mujeres el poder estar un ratito sin tener a ninguna persona demandando tu atención es una liberación. Parece una incongruencia que sentarse ocho horas delante de un ordenador sea liberador, son las cosas de este sistema.
Pero las empresas siguen poniendo muchas trabas a las cuidadoras.
Las empresas no han normalizado que hay que cuidar, y creo que no debería ser un problema el ir y decir que yo estoy cuidando y necesito flexibilidad, porque se puede hacer el trabajo exactamente igual. Pero mientras sigamos siendo las mujeres las que cuidamos de forma generalizada ese problema seguirá existiendo. Por eso es tan importante repartir responsabilidades, los permisos de paternidad y maternidad iguales e intransferibles y con la dependencia debería ser igual, debería bonificarse a las personas que se ocupan de personas dependientes y en ese momento muchos hombres querrán ocuparse también.
Foto: Archivo AmecoPress.

11/03/2018

Cuba: Cuidados ¿deber de quién?

Indispensable romper el esquema patriarcal que desconecta lo público y lo privado

Investigadoras y feministas alertan sobre la ausencia de un enfoque que ponga en juego las lógicas patriarcales

La Habana. 31 oct. 18. AmecoPress/ SEMlac.- El proyecto de Constitución que se somete a consulta popular en Cuba, actualmente, refrenda la responsabilidad familiar y estatal en el cuidado de grupos vulnerables. Pero, según especialistas y feministas cubanas, sigue pendiente un enfoque de corresponsabilidad en el texto constitucional.
Para la socióloga Magela Romero Almodóvar, en materia de cuidados la balanza se inclina más hacia las familias. "Existe una delegación del peso de estas funciones en las familias, ello se hace evidente a través del artículo 67", afirma la investigadora y profesora de la Universidad de La Habana.
El citado artículo establece que "El Estado protege a las familias, la maternidad, la paternidad y el matrimonio. El Estado atribuye a las familias, concebidas como células básicas de la sociedad, responsabilidades y funciones esenciales en la educación y formación de las nuevas generaciones y el cuidado y atención de los adultos mayores".
Otros cuatro artículos (70, 72, 73 y 74) hacen hincapié en la responsabilidad familiar, estatal y social en el cuidado y la atención de infantes, adolescentes, jóvenes, adultos mayores y personas con discapacidad. Sin embargo, la atención a la reproducción de la vida, el ámbito doméstico y la interrelación entre los distintos actores sociales que intervienen en el cuidado no son visibles en el texto constitucional.
Georgina Alfonso, directora del Instituto de Filosofía e integrante del colectivo feminista Berta Cáceres, reconoce esta carencia como una limitación generalizada en las sociedades modernas regidas por los enfoques economicistas clásicos.
"Hasta tanto la reproducción de la vida no se visibilice y se entienda su aporte a la economía, no habrá una verdadera corresponsabilidad. El espacio público y la economía tradicional persiguen la eficiencia y las ganancias y, con esa lógica, no funciona el cuidado", comenta Alfonso.
La baja natalidad y el envejecimiento poblacional son dimensiones de la compleja situación demográfica que vive la isla y que ponen los cuidados bajo reflectores.
El estado cubano desarrolla programas específicos, pero investigadoras y feministas alertan sobre la ausencia de un enfoque que ponga en juego las lógicas patriarcales.
Para la profesora Romero Almodóvar, en el actual proyecto "no se rompe con el esquema patriarcal que presenta lo público y lo doméstico totalmente desconectados.
"La manera en la que se está pensando el cuidado no se corresponde con las importantes mutaciones que ha tenido lugar en el mercado de trabajo a nivel nacional, y no toma suficientemente en consideración los costos de mantenerse o insertarse en él para quienes llevan sobre sus hombros la atención a familiares y personas dependientes, sobre todo las mujeres", agrega la socióloga cubana.
Ambas especialistas entrevistadas por SEMlac coinciden en que, en la práctica, son las mujeres quienes realmente están detrás de la expresión "las familias".
"Hoy podemos identificar que en Cuba hay una sobrecarga para las mujeres en término de cuidados. Políticas públicas que correspondían al cuidado han vuelto a las familias en condiciones de crisis económica; por tanto, con menos posibilidades de solución", afirma Alfonso.
Estudios sobre el tema confirman que, pese a los avances en materia de igualdad de género, en Cuba prevalece la división sexual del trabajo y la sobrecarga femenina en el trabajo doméstico no remunerado.
De acuerdo con la Encuesta Nacional de Igualdad (ENIG), realizada en 2016 por la Federación de Mujeres Cubanas y la Oficina Nacional de Estadísticas, las mujeres "dedican más horas a planificar, cocina, servir la comida, además de fregar, son quienes se encargan de la limpieza e higiene del hogar dedicándole 7,13 horas cada semana, a diferencia de sus pares varones que consumen como promedio 3,71 horas semanales en esas labores".

Corresponsabilidad: cuidado en varias manos

Poner al centro a las personas y su bienestar, asumir una perspectiva integral y romper con la lógica patriarcal no son ingredientes de una receta ante la complejidad del cuidado, cuyas soluciones no son sencillas.
Especialistas abogan por amplificar los debates sobre el cuidado como una cuestión pública en la que participan y se complementan diversos actores: el Estado, la familia, la comunidad, instituciones sociales y religiosas, el sector privado.
"Tiene que ser una política social que no defalque al Estado; pero la solución no es solo económica, tiene que ir acompañada de la dimensión ética, de una cultura que aporte a la sensibilización de la sociedad", explica Alfonso.
Se trata de algo que termina incidiendo, directamente, en "organizar la vida social de otra manera", opina Yohanka León, también integrante del colectivo que organiza el espacio feminista Berta Cáceres.
Antecedentes de este tipo abundan en el proyecto cubano y sus políticas sociales de apoyo al cuidado, como fueron la creación de círculos infantiles en la pasada década de los sesenta, la ampliación de servicios sociales e instituciones para el cuidado de ancianos, los comedores obreros, escuelas internas y seminternas, lavanderías estatales y otros.
Tanto Alfonso como León son partidarias de insertar el cuidado entre los derechos y deberes de la ciudadanía en el texto constitucional, para luego transversalizarlo al resto del articulado.
"Otra preocupación que tengo es que convirtamos el debate de la Constitución en un debate de términos jurídicos y técnicos. La Constitución es un documento político y ético, es importante que no se pierda esa perspectiva porque, tratando de acercarnos lo más posible al tecnicismo jurídico, podemos perder la perspectiva de que queden claros los posicionamientos políticos y éticos del proyecto", suscribe Alfonso.
Previendo resistencias en la redacción final de la Carta Magna y la inclusión de estos enfoques sobre el cuidado, Alfonso argumenta que "muchas veces sale a colación que no se encuentra el modo de refrendar estas perspectivas por pautas de las técnicas jurídicas o experiencias de otros países. Pero nuestro proyecto es una apuesta contra la lógica hegemónica del mundo —en la cual el cuidado no es una prioridad porque no representa ganancias para nadie— y no podemos perder la perspectiva de que esta es una cuestión humana", reafirma.
Foto: SemMéxico.

9/01/2018

Mujeres cuidadoras: entre la obligación y la satisfacción


Foto: Marcela Lagarde (Antropóloga Feminista)

Cuidados & Política feminista

“Cuidar cuesta: costes y beneficios del cuidado."

Emakunde

Cuidar es en el momento actual, el verbo más necesario frente al neoliberalismo patriarcal y la globalización inequitativa. Y, sin embargo, las sociedades actuales, como muchas del pasado, fragmentan el cuidado y lo asignan como condición natural a partir de las organizaciones sociales: la de género, la de clase, la étnica, la nacional y la regional-local. 

Así, son las mujeres quienes cuidan vitalmente a los otros (hombres, familias, hijas e hijos, parientes, comunidades, escolares, pacientes, personas enfermas y con necesidades especiales, al electorado, al medio ambiente y a diversos sujetos políticos y sus causas). Cuidan su desarrollo, su progreso, su bienestar, su vida y su muerte. De forma similar, mujeres y hombres campesinos cuidan la producción y la tierra y las y los obreros la producción y la industria, la burguesía cuida sus empresas y sus ganancias, el libre mercado y hasta la democracia exportada a países ignorantes. 
La condición de cuidadoras gratifica a las mujeres afectiva y simbólicamente en un mundo gobernado por el dinero y la valoración económica del trabajo y por el poder político. Dinero, valor y poder son conculcados a las cuidadoras. Los poderes del cuidado, conceptualizados en conjunto como maternazgo, por estar asociados a la maternidad, no sirven a las mujeres para su desarrollo individual y moderno y tampoco pueden ser trasladados del ámbito familiar y doméstico al ámbito del poder político institucional. 

La fórmula enajenante asocia a las mujeres cuidadoras otra clave política: el descuido para lograr el cuido. Es decir, el uso del tiempo principal de las mujeres, de sus mejores energías vitales, sean afectivas, eróticas, intelectuales o espirituales, y la inversión de sus bienes y recursos, cuyos principales destinatarios son los otros. Por eso, las mujeres desarrollamos una subjetividad alerta a las necesidades de los otros, de ahí la famosa solidaridad femenina y la abnegación relativa de las mujeres. Para completar el cuadro enajenante, la organización genérica hace que las mujeres estén políticamente subsumidas y subordinadas a los otros, y jerárquicamente en posición de inferioridad en relación a la supremacía de los otros sobre ellas. 
Las transformaciones del siglo XX reforzaron para millones de mujeres en el mundo un sincretismo de género: cuidar a los otros a la manera tradicional y, a la vez, lograr su desarrollo individual para formar parte del mundo moderno, a través del éxito y la competencia. El resultado son millones de mujeres tradicionales-modernas a la vez. Mujeres Atrapadas en una relación inequitativa entre cuidar y desarrollarse. La cultura patriarcal que construye el sincretismo de género fomenta en las mujeres la satisfacción del deber de cuidar, convertido en deber ser ahistórico natural de las mujeres y, por tanto, deseo propio y, al mismo tiempo, la necesidad social y económica de participar en procesos educativos, laborales y políticos para sobrevivir en la sociedad patriarcal del capitalismo salvaje. 
Así, el deseo de las mujeres es contradictorio: lo configura tal sincretismo. 

Los hombres contemporáneos no han cambiado lo suficiente como para modificar ni su relación con las mujeres, ni su posicionamiento en los espacios domésticos, laborales e institucionales. No consideran valioso cuidar porque, de acuerdo con el modelo predominante, significa descuidarse: Usar su tiempo en la relación cuerpo a cuerpo, subjetividad a subjetividad con los otros. Dejar sus intereses, usar sus recursos subjetivos y bienes y dinero, en los otros y, no aceptan sobretodo dos cosas: dejar de ser el centro de su vida, ceder ese espacio a los otros y colocarse en posición subordinada frente a los otros. Todo ello porque en la organización social hegemónica cuidar es ser inferior. 
Algunas tendencias minoritarias se abren paso pero incluso hombres que se pronuncian por relaciones equitativas están más dispuestos a ser amables con las mujeres o sumarse al algunas de las causas políticas del feminismo, que a hacer política feminista. 

El cuidado pues está en el centro de las contradicciones de género entre mujeres y hombres y, en la sociedad en la organización antagónica entre sus espacios. El cuidado como deber de género es uno de los mayores obstáculos en el camino a la igualdad por su inequidad. De ahí que, si queremos enfrentar el capitalismo salvaje y su patriarcalismo global, debemos romper con la naturalidad del cuidado por género, etnia, clase, nación o posición relativa en la globalización. 
El feminismo del siglo XX ha realizado la crítica del modelo “superwoman” y ha denunciado la explotación de las mujeres a través del trabajo invisible y de la desvalorización de muchas de sus actividades, incluso del trabajo asalariado, de la relativa exclusión de la política y de la ampliación de una cultura misógina simbólica e imaginaria. Ha logrado llevar a la agenda de las necesidades sociales, la violencia contra las mujeres y ha realizado pequeñas modificaciones jurídicas y legislativas en el Estado. 

Algunas corrientes contemporáneas ya no reiteran la desigualdad ni la violencia de género y, en cambio acuerdan con la igualdad entre mujeres y hombres y por un mundo equitativo. 

Sin embargo, nos queda por desmontar el deber ser, el deber ser cuidadoras de las mujeres, la doble jornada y la doble vida resultante. Y eso significa realizar cambios profundas en la organización socioeconómica: en la división del trabajo, en la división de los espacios, en el monopolio masculino del dinero, los bienes económicos, y en la organización de la economía, de la sociedad y del Estado. El panorama se vuelve complejo si se traslada el análisis con perspectiva de género a las relaciones entre clases sociales y entre países, por ejemplo entre países del norte y del sur, entre los 21 y los otros, etcétera. 

Se requieren a la vez, cambios profundos en las mentalidades. Es extraordinario observar cómo la mayoría de las mujeres, aún las escolarizadas y modernas, las políticas y participativas, las mujeres que generan ingresos o tienen poderes sociales diversos, aceptan como un destino, con sus modalidades, la superwomen– empresarial, indígena, migrante, trabajadora, obrera-.Con esa subjetividad de las mujeres subordinada a la organización social, a las instituciones como la familia, la iglesia y el Estado, y a los hombres, no estaremos en condiciones de desmontar la estructura sincrética de la condición de la mujer, imprescindible para eliminar las causas de la enajenación cuidadora y dar paso a las gratificaciones posibles del cuidado. 

La vía imaginada por las feministas y las socialistas utópicas desde el siglo XIX y puesta en marcha parcialmente en algunas sociedades tanto capitalistas como socialistas y tanto en países del primer y del tercer mundo, ha sido la socialización de los cuidados, conceptualizada como la socialización del trabajo doméstico y de la transformación de algunas actividades domésticas, familiares y privadas en públicas. Haberlo hecho ha significado mejoría para la vida de las mujeres, liberación de tiempo para el desarrollo personal, la formación, el arte, el amor y las pasiones, la amistad, la política, el ocio, la diversión, el deporte y el autocuidado, incluso, una mejoría en la calidad de vida y en la autoestima. Es evidente el desarrollo social, cultural y político de las sociedades que así se han estructurado. 

Una de las mayores pérdidas de las mujeres de los países que antes fueron socialistas y se han convertido de manera drástica al capitalismo en tiempos neoliberales ha sido la de el sustento social que significaba el Estado social para sus vidas. En la actualidad han vuelto a ser su responsabilidad un conjunto de actividades que la transformación socioeconómica ha tornado domésticas, privadas y femeninas. Y lo mismo está sucediendo aún en países capitalistas de alto y medio desarrollo en los cuales se ha adelgazado al Estado de una manera violatoria de los derechos sociales construidos con muchos esfuerzos en gran medida por los movimientos socialistas, obrero y feminista. 
La alternativa feminista contemporánea que se abre paso en gran parte del mundo en el siglo XXI tiene sus ojos puestos en la crítica política de la globalización dominada por el neoliberalismo patriarcal de base capitalista depredadora. La opción que busca avanzar en el desarrollo de un nuevo paradigma histórico cuya base sea un tejido social y un modelo económico que sustente el bienestar de las mayorías, hoy excluidas, marginadas, expropiadas, explotadas y violentadas. 
Pensamos que sólo una alternativa de este tipo será benéfica para la mayoría de las mujeres, sus otros próximos, sus comunidades y las regiones y los países en que viven. 
Estas transformaciones de género están circunscritas e íntimamente ligadas a transformaciones equitativas de clase, étnicas y nacionales, enmarcadas en la construcción de naciones con derecho al desarrollo sustentable y en una globalización solidaria y democrática. De no articularse las transformaciones de género con estas últimas pueden observarse distorsiones significativas como las que se dan en la actualidad: mujeres dotadas de recursos y derechos de género que son ciudadanas de naciones hegemónicas, militaristas y depredadoras de otras naciones y pueblos donde habitan mujeres con las que se identifican en la construcción de sus derechos y oportunidades. 
También hay hombres cuya identidad es la de ser avanzados, democráticos y progresistas que no consideran importante la emancipación de las mujeres. Estados que colocan a las mujeres entre los grupos vulnerables y no las miran como sujetos políticos. Países en los que, a través de las acciones afirmativas, por ejemplo las cuotas, todavía negociamos el grado de exclusión política de las mujeres, y se consideran democráticos. Mujeres que piensan que ya lograron todas las metas de transformación de género y no se percatan que “el género” es su categoría social y a ella pertenece la mayoría pobre y cuidadora del mundo: las mujeres. 

Por eso, la otra dimensión de esta alternativa feminista es el empoderamiento de las mujeres como producto de la construcción de un nuevo paradigma histórico. El empoderamiento es el conjunto de cambios de las mujeres en pos de la eliminación de las causas de la opresión, tanto en la sociedad como, sobre todo, en sus propias vidas. 
Dichos cambios que abarcan desde la subjetividad y la conciencia, hasta el ingreso y la salud, la ciudadanía y los derechos humanos, generan poderes positivos, poderes personales y colectivos. Se trata de poderes vitales que permiten a las mujeres hacer uso de los bienes y recursos de la modernidad indispensables para el desarrollo personal y colectivo de género en el siglo XXI. 

Todos esos poderes se originan en el acceso a oportunidades, a recursos y bienes que mejoran la calidad de vida de las mujeres, conducen al despliegue de sus libertades y se acompañan de la solidaridad social con las mujeres. La participación directa de las mujeres en la transformación de su mundo y de sus vidas es fundamental y conduce también a la construcción de un mayor poder político y cultural de las mujeres que crean vías democratizadoras para la convivencia social. El cuidado, ha dejado de ser para otros y se ha centrado en las mujeres mismas. La sociedad, en un compromiso inédito cuida a las mujeres, es decir, impulsa su desarrollo y acepta y protege su autonomía y sus libertades vitales. En ellas va incluida la libertad de elecciones vitales, de actividades, dedicación e identidad: Es el fin del cuidado como deber ser, como identidad. 
En el siglo XXI ha de cambiar el sentido del cuidado. Hemos afirmado muchas veces que se trata de maternizar a la sociedad y desmaternizar a las mujeres. Pero ese cambio no significará casi nada si no se apoya en la transformación política más profunda: la eliminación de los poderes de dominio de los hombres sobre las mujeres y de la violencia de género, así como de la subordinación de las mujeres a los hombres y a las instituciones. Es decir, el empoderamiento de las mujeres es un mecanismo de equidad que debe acompañarse con la eliminación de la supremacía de género de los hombres, la construcción de la equidad social y la transformación democrática del Estado con perspectiva de género. 
Para la mayor parte de las corrientes feministas contemporáneas la articulación de lo personal con lo social, lo local y lo global conforma la complejidad de nuestro esfuerzo. 
La idea fuerza en torno al cuidado es la valoración de la dimensión empática y solidaria del cuidado que no conduce al descuido ni está articulado a la opresión. 
De ahí la contribución de las feministas: primero, al visibilizar y valorar el aporte del cuidado de las mujeres al desarrollo y el bienestar de los otros; segundo, con la propuesta del reparto equitativo del cuidado en la comunidad, en particular entre mujeres y hombres, y entre sociedad y Estado. Y, tercero, la resignificación del contenido del cuidado como el conjunto de actividades y el uso de recursos para lograr que la vida de cada persona, de cada mujer, esté basada en la vigencia de sus derechos humanos. En primer término, el derecho a la vida en primera persona.