2/24/2011

Cárcel clandestina



Rosario Ibarra

La mañana se anunciaba hermosa; era domingo, un día después del dedicado a las llamadas Fuerzas Armadas, que habían recibido elogios sin fin, porque abrieron las puertas del Campo Militar Número Uno a quienes quisieran entrar a recorrerlo en bicicletas.

El anuncio me trajo a la mente los días lejanos guardados en la memoria cuando, en mi búsqueda de justicia para mi hijo, entré durante seis meses al temido Campo y a la prisión que allí había. Recuerdo con nitidez los grandes caracteres en el muro principal de la cárcel que decían: “Lealtad y valor”. Recuerdo también la simpatía que me mostraban las mujeres que en fila esperaban entrar a ver a sus padres, esposos, hijos, hermanos, en fin, a sus familiares que por alguna falta estaban allí.

Nadie sabía quién era, nadie me conocía, ni yo conocía a persona alguna de las que por allí veía. Me acerqué a ellas y les dije que era norteña, que era la madre de un desertor, que no sabía si tendrían a mi hijo preso por allí y que quería verlo. Con mi pequeña estatura y mi delgadez, se notaba la angustia en mi rostro por la tristeza que me producía la desaparición de mi hijo —por el secuestro llevado a cabo por la policía judicial de Nuevo León, que se lo entregó, (según la prensa) a Nassar Haro, director de la ilegal Dirección Federal de Seguridad—, así como el terror, ya que conocía la fama del centro de tortura que se albergaba en la calle Circular de Morelia No. 8.

Sola viajé de Monterrey al DF porque mis hijos cuidaban a su padre que había sido torturado antes de que detuvieran a mi hijo. La tortura lo dejó maltrecho. Estuvo en cama porque no podía caminar por la fractura severa de una vértebra lumbar a sus 62 años y afónico, con infección de las vías respiratorias, por la inmersión de su cabeza en un tonel lleno de agua sucia y de orina de sus captores, que pretendían arrancarle el lugar en el que se encontraba nuestro hijo.

Las mujeres a las que me he referido fueron bondadosas y comprensivas, a pesar del temor de que los custodios descubrieran la verdad sobre mis visitas al Campo y se inconformaran con ellas. Opté por decirles la verdad… “Ay, doña, por allí hubiera empezado. A esos, a los que dicen que son guerrilleros, los tienen en ‘el Acapulco’… y me señalaron una barraca enorme”. ¿Y por qué le dicen así? “Porque allí están la madre y la esposa de Lucio Cabañas”.

Hurgando aquí y allá, supe que a los de la Liga 23 de Septiembre, a los del MAR, del FUZ, de las FRAP y a todos los de los distintos movimientos que se dieron en el sexenio echeverrista, los tenían en el llamado “túnel del radio”, un sótano, que en efecto fue un escondite para el radio en tiempos de la guerra y que, al volverse inútil, lo transformaron en una cárcel clandestina inexpugnable… pero donde, en el sexenio de José López Portillo, logramos que salieran 148 compañeros que dieron valientes testimonios de lo que allí vieron y sufrieron.

La mañana esplendorosa del domingo estuvimos frente a la puerta 8 del Campo Militar Número Uno, a donde decidimos ir a señalarlo con el nombre que durante tantos años lo llamamos: “cárcel clandestina”. El grupo de madres del Comité ¡Eureka! muy mermado por la ausencia inexorable que trae la muerte, se sintió fortalecido por la presencia de los HIJOS que, con su juventud, dieron fuerza y vigor al acto pensado por ellos y que sembró el ánimo en las “doñas” (como desde hace años nos llaman a partir de un acto en Culiacán).
“¡Vivos los llevaron… Vivos los queremos!”. El grito estentóreo se escuchaba repetido innumerables veces. ¡Campo Militar Número Uno, cárcel clandestina!

Los soldados sorprendidos se movían de un lado para otro sin acertar qué hacer. Nosotros nos acercamos a ellos y les dijimos suavemente: “Somos gente de paz y sólo buscamos justicia”. Callados nos veían, no sin cierto asomo de conmiseración, por los cientos de fotografías que podían ver en nuestras mantas.

Les dije que buscaran por allí, que indagaran si tenían encerrado a un teniente de Jalisco que fue desaparecido en tiempos de Zedillo. Se veían unos a otros, pero nada respondieron. Sin embargo, estoy convencida de que saben muy bien, que el famoso refrán no está errado del todo. Me refiero a aquello de que “cuando la perra es brava hasta a los de casa muerde”. Nosotros también reclamamos a ese joven teniente, como reclamaríamos y reclamamos a todo el que sea víctima de esa práctica infame… Y para terminar, diré convencida lo que pienso en boca del Hamlet del enorme Shakespeare:
“Los actos criminales surgirán a la vista de los hombres, aunque los sepulte la tierra”.

Dirigente del Comité ¡Eureka!

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