10/22/2015

Tres relatos


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Pedro Miguel

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La normal de Ayotzinapa estaba controlada por el grupo de narcotraficantes conocido como Los rojos. Un día, uno de los líderes estudiantiles reunió a un centenar de recién ingresados con el propósito de llevarlos a Iguala para hostigar a un cártel rival, el de Guerreros unidos. O bien, los condujo a ese lugar para sabotear un acto de la esposa del presidente municipal y en el camino cambió de planes y decidió expulsar a los enemigos de la ciudad. En cuanto el esposo de la afectada supo que los adversarios se dirigían a la ciudad, ordenó a los policías municipales que asesinaran a cuantos forasteros pudieran, capturaran a los sobrevivientes y los entregaran a los Guerreros unidos. Éstos subieron a los jóvenes a dos camiones, los llevaron a Cocula, ejecutaron a los que sobrevivieron al viaje y quemaron los cadáveres en la hondonada de un basurero. Para ello idearon una gran pira funeraria que fue alimentada durante la madrugada y la mañana siguiente con unas llantas y unos palos. Cuando de los cuerpos no quedaban más que cenizas y pequeños fragmentos óseos, los verdugos metieron los restos en unas bolsas de plástico y las arrojaron al río San Juan.
Afortunadamente, el Ejército y la Policía Federal, presentes en el lugar de los hechos, se abstuvieron de intervenir porque si lo hubieran hecho se habrían puesto del lado de la autoridad constituida y se habrían hecho cómplices, con ello, de la atrocidad.
Casi dos semanas más tarde, un gobierno diligente, sensible y preocupado por la seguridad y el bienestar de la población, además de respetuoso del pacto federal, se hizo cargo de las investigaciones, las cuales fueron realizadas con tremendo rigor científico y apego a los derechos humanos. Las pruebas fueron minuciosamente recabadas y preservadas; no quedó ni un solo cabo suelto en la pesquisa y cuando ésta fue presentada el conjunto de la sociedad aplaudió el profesionalismo de las autoridades.
Sólo los padres de las víctimas y algunos agitadores profesionales se inconformaron con el resultado de las investigaciones. Los primeros, utilizados y tripulados por grupos de intereses inconfesables, se negaban a aceptar que sus hijos estaban muertos, que sus cuerpos habían sido quemados en el basurero de Cocula y que las autoridades federales estaban empeñadas en ayudarlos y que sentían su dolor como propio. A la postre lograron que un grupo de expertos internacionales revisaran las pesquisas oficiales. Los especialistas concluyeron que la investigación era del todo correcta, que en el curso de ella los procedimientos habían sido aplicados en forma impecable y que ningún funcionario había sido negligente u omiso. Fin.
2. En el lapso transcurrido desde que dejó el cargo de secretario de Finanzas del estado de México hasta que asumió como secretario de Hacienda del gobierno federal, Luis Videgaray aprovechó el tiempo libre (como coordinador del equipo de transición entre los gobiernos de Felipe Calderón y Enrique Peña casi no tenía trabajo) para adquirir una pequeña vivienda campestre en Malinalco.
Para su fortuna, se encontró con una oferta milagrosa: la empresa de Juan José Hinojosa Cantú, contratista que había ganado miles de millones de pesos en contratos en el estado de México, había comprado una casa de poco más de 500 mil dólares y la ofrecía al mismo precio al que la había adquirido, otorgando, además, un generoso crédito a quien se animara con el inmueble, con tasa de sólo 5.31 por ciento anual, cuando los intereses promedio para esa clase de préstamos eran de 13.5 por ciento. Por si fuera poco, el vendedor aceptó recibir un cheque que no sería cobrado sino hasta diez meses más tarde.
El Grupo Higa, propiedad de Hinojosa Cantú, había sido hasta entonces un consorcio voraz para los negocios, pero con Videgaray se comportó en una forma tonta: es decir, perdió dinero, no sólo por no haber incluido la plusvalía de un año en el precio de venta de la casa, sino también porque puso su dinero a rendir menos que si lo hubiera invertido en bonos gubernamentales a tasa fija.
Al actual secretario de Hacienda le fue tan bien que pudo pagar el préstamo por adelantado. Por su parte, Grupo Higa aceptó pagos en especie para saldar la deuda: tres cuadros que fueron valuados en 2 millones y medio de pesos.
La operación inmobiliara fue resaltada en forma malévola por The Wall Street Journal y la agencia Bloomberg, y algunos mexicanos malintencionados se rasgaron las vestiduras. Ya antes habían hecho víctima de sus invectivas al propio Presidente de la República, quien en condiciones similares se había hecho de una casita en Ixtapan de la Sal, además de que su esposa había recibido de Televisa, en calidad de finiquito, una residencia en Las Lomas que le quedó chica. Por pura casualidad, la propiedad adyacente, valuada en 7 millones de dólares, también pertenecía a Grupo Higa, el cual accedió a vendérsela a plazos, a fin de que pudiera estar más cómoda con su familia.
Para cortar de raíz las habladurías, el mandatario nombró al frente de la Secretaría de la Función Pública a un investigador que habría de ir hasta el fondo en el esclarecimiento de los negocios inmobiliarios referidos. Tras seis meses de arduo trabajo, el nuevo funcionario, de nombre Virgilio Andrade, determinó con plena certeza que en esas transacciones no había ni la sombra de una irregularidad. El pueblo, reconfortado, recobró la confianza en su Presidente y desde entonces su popularidad no deja de crecer. Fin.
3. Durante quince meses, durante su estancia en el penal de alta seguridad del Altiplano, el célebre narcotraficante Joaquín El Chapo Guzmán Loera trabajó arduamente para sufragar la construcción de un túnel de un kilómetro y medio de longitud y unos 20 metros de profundidad que conectaba la regadera de su celda con una casa situada en las inmediaciones de la prisión. Nadie habría podido imaginar semejante desenlace cuando, el 22 de febrero de 2014, el capo fue recapturado –ya se había escapado de otra cárcel 13 años antes– en Mazatlán. En ese entonces, El Chapo dio muestras inequívocas de su afán de seguir vivo porque, cuando se vio rodeado por elementos de la Marina, exclamó: No disparen, ahí muere, y se entregó.
Por supuesto, tanto en la primera como en la segunda fugas quedó descartada cualquier complicidad de altos funcionarios: al delincuente le había bastado con sobornar a algunos guardias de la prisión y con algunos taladros para realizar su obra subterránea.
En repetidas ocasiones los funcionarios de varias administraciones describieron a El Chapo como un individuo sumamente inteligente, incluso brillante, característica que durante más de una década hizo imposible su captura. Algo debió ocurrirle en su segundo paso por la prisión porque, una vez fugado a bordo de una motocicleta por el largo túnel, decidió ir a esconderse exactamente a la zona a la que sabía que irían a buscarlo, es decir, a la abrupta frontera entre Durango, Chihuahua y Sinaloa conocida como El Triángulo.
El hombre que había hecho gala de prudencia durante su captura en Mazatlán se había convertido, por lo demás, en un sujeto temerario y casi suicida, pues cuando estuvo a punto de ser capturado en una serranía duranguense no vaciló en arrojarse a un barranco a fin de escapar. A lo lejos, los elementos de Marina nuevamente destacados para aprehenderlo pudieron notar que en la caída El Chapo se había lesionado el rostro y una pierna y que necesitaba ayuda para moverse. Pero ni así pudieron capturarlo. Fin.
Twitter: @navegaciones

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