1/18/2011

¿No más sangre?


José Antonio Crespo



La semana pasada, múltiples cartonistas, a iniciativa de Rius, impulsaron una campaña de protesta ante la violencia desatada como consecuencia de la guerra contra el crimen organizado. Es un reclamo específico a la estrategia de Felipe Calderón, que no sólo parece haber sido inútil, sino contraproducente. Dice Calderón que la mayoría de las muertes son provocadas por los criminales, no por el gobierno (aunque no pocos han caído por abusos, negligencia o errores de la policía y el Ejército). Pero si las muertes fuesen provocadas en parte por la estrategia misma, entonces el reclamo sería válido. La objeción de Calderón equivale a decir que quienes provocan las picaduras por toda la casa son las avispas; sí, pero el reclamo es también a quien se le ocurrió darle de escobazos al panal a diestra y siniestra, sin ton ni son. El gobierno y sus intelectuales y comunicadores orgánicos insisten en que la protesta debe hacerse a los criminales. Todos lo hemos hecho así desde el principio; la condena a la delincuencia es punto de partida, pero no podemos quedarnos ahí. Debe pasarse a la discusión de cómo enfrentarla con más eficacia, y evaluar la estrategia calderonista, sea para profundizarla, modificarla o desecharla. En eso estamos hace ya buen tiempo, pero por lo visto no todos se han percatado de ello (el propio Calderón ya ni siquiera recuerda cómo denominó su estrategia y, dados los resultados, probablemente tampoco recuerda en qué consistía).

La pregunta clave es, desde luego, si la narcoviolencia es originada esencialmente por la guerra entre cárteles —en cuyo caso el reclamo a Calderón estaría fuera de lugar— o debido a la estrategia seguida por el gobierno —y entonces estaría justificada la protesta contra esa política—. El gobierno insiste en lo primero; la violencia tiene como principal origen la guerra entre cárteles. Pero la información divulgada y analizada por Fernando Escalante en la revista Nexos (enero, 2011) permite inferir que si bien la criminalidad en general había venido disminuyendo desde 1997 en caída libre, a partir de 2008 se disparó exponencialmente (subió 50% ese año, y otro 50% en 2009). Algo debe haber tenido que ver la aplicación de la estrategia contra el crimen por parte de Calderón. Escalante opina que no es la guerra entre cárteles lo que desata la violencia, pues en los estados donde ésta se dispara son donde “se realizaron los primeros operativos conjuntos y donde se desplegó el Ejército para ocuparse de la seguridad pública”. Y justo son estos operativos policiaco-militares los que distinguen la política contra el crimen organizado de Calderón respecto de la aplicada por sus antecesores. Por ello no es casual que el punto de inflexión ocurra en 2008 y continúe en 2009 (y también en 2010). El gobierno replica que primero fue la violencia, luego los operativos. Suena lógico. Pero Escalante demuestra que primero fue la violencia, luego los operativos, luego una pequeña disminución de la violencia, y poco después, su disparo exponencial.

De ahí la explosión de violencia en los últimos años. Si se toman las cifras oficiales de muertes vinculadas a la guerra contra el narco de 2007, 2008 y 2009, la proyección hacia 2010 era de 13 mil (oficialmente fueron 15,273), y la suma de esos cuatro años sería de 32 mil (fueron 35 mil). Según la misma proyección, si no disminuye significativamente la narcoviolencia habrá cerca de 17 mil nuevas muertes en 2011, y 21 mil en 2012. El sexenio cerraría con alrededor de 70 mil asesinatos (siete veces más que bajo Vicente Fox, y el doble de lo que llevamos hasta ahora del actual gobierno). Y precisamente por eso, la estrategia de Calderón, que le arrojó popularidad política en los primeros años, se ha convertido en un pesado lastre de cara a la sucesión presidencial. Según el INEGI, 71% de los mexicanos piensa que el país es hoy más inseguro que hace un año, y México está ya clasificado entre los seis países más violentos. El gobierno dice que ha aprendido o eliminado la mitad de los grandes capos, lo cual debilitará a los cárteles. Pero, incluso de ser cierto eso último, sabemos que implica también un incremento brutal de la violencia dentro y entre cárteles. Calderón no cambiará su estrategia, pese a los Diálogos para la Seguridad, en los que no oye lo que no le conviene. ¿No más sangre?

cres5501@hotmail.com
Investigador del CIDE

Alberto Aziz Nassif

18 meses de oscuridad

La sucesión presidencial, tan lejana y tan cerca, ha empezado a prender las alarmas por el clima político que se ha producido en esos días. Es muy importante hacer un alto en el camino antes de que la crisis de violencia que vive el país contamine más a la política y la lleve de nuevo a una inercia de polarización de la que será complicado salir.

Hay una diferencia básica entre lo que fue la “guerra sucia” en la sucesión presidencial de 2006 y la situación en la que hoy está México: para decirlo de forma breve, la diferencia son los más de 34,612 muertos (hasta diciembre de 2010) de la “guerra” en contra del narcotráfico. Por la gravedad de la violencia que se ha generalizado —hasta llegar a tener más de 15 mil muertes ligadas al crimen organizado en 2010— llama la atención la bravuconería del nuevo presidente electo del PRI, Humberto Moreira, que como en los mejores tiempos del tricolor llega a provocar y señala como fracasos del panismo la seguridad, el aumento de la pobreza y la educación. El profesor Moreira reproduce imágenes del pasado como la foto con los líderes de la CTM y contamina más un clima político que se encuentra bastante turbio. A las provocaciones del líder tricolor, que recrea una suerte de estilo neofoxista, se puede sumar la golpiza a manos de supuestos priístas, que tiene entre la vida y la muerte al representante del PRD en el Instituto Electoral de Guerrero, Guillermo Sánchez Nava, como un botón de lo que puede suceder en las elecciones estatales del 2011.

En la contraparte, también ha habido una reacción exagerada de los funcionarios panistas en contra de Moreira. En este país, a falta de un debate político, las discusiones se llenan de adjetivos y descalificaciones. De esta forma, en unos cuantos días el escenario creado por Moreira ya puso a una parte del gobierno federal a responderle o, mejor dicho, a caer en la provocación. Así desfilaron primero Gobernación, luego el presidente del PAN, más tarde el secretario de Desarrollo Social, y siguieron el secretario de Educación y el secretario del Trabajo. Y para no quedar fuera de la polémica, López Obrador también lanzó sus baterías en contra de Moreira, al que calificó de cínico.

Al mismo tiempo, la violencia sigue su escalada mortal; la primera quincena del año ha tenido el registro de muertes más alto, más violento; imaginemos cómo va a estar el resto del año. En Ciudad Juárez fue asesinada la activista Susana Chávez a menos de un mes de haber sido asesinada Marisela Escobedo a las puertas del palacio de gobierno. Hace una semana, en Acapulco hubo 28 homicidios; hace unos días, en Xalapa, otros 14; el domingo, en Nezahualcóyotl, nueve más. De nuevo, Felipe Calderón hace otra reunión para “dialogar” sobre la estrategia de seguridad, y otra vez se confirma el triunfalismo del gobierno; Calderón responde las críticas, pero no modifica un milímetro su estrategia. Entre la negada “guerra” de Felipe Calderón en contra del narcotráfico, la “guerra” sucia de la política —que antecede a la sucesión presidencial— y la violencia que sigue imparable, el país ha entrado en una fase más oscura, muy complicada, que posiblemente dure 18 meses, hasta la sucesión presidencial.

Si en el año 2000 la elección se jugó como un referéndum entre seguir con el PRI o ir a la alternancia, seis años después tuvimos un referéndum más complicado entre seguir con el panismo o ir a un gobierno de izquierda; ahora, de nuevo, nos vamos a encontrar con otro referéndum. Eso es lo que ha estado empezando a producirse en estos días: el dilema entre el regreso del PRI, que según Gobernación representa al viejo régimen, o seguir por la ruta actual con un panismo deficiente que ha llevado el país a la difícil situación actual. ¿No hay otra opción?

Si vemos hacia otras realidades, nos encontramos con lo que acaba de suceder en Estados Unidos, donde murieron seis personas en Tucson y está muy grave una congresista. Esta tragedia es resultado de un discurso extremo y polarizante creado por la ultraderecha del Tea Party, que sólo necesitó de un asesino para jalar del gatillo y producir un crimen de odio. Frente a ello, el presidente Obama logró ubicarse por encima de las partes y cambiar el clima de polarización. En lo que se ha considerado como uno de los mejores discursos de su presidencia, Obama dijo entre otras cosas: “en tiempos en que nuestro discurso ha pasado a ser tan polarizado, tiempos en que estamos demasiado deseosos de echarles la culpa por todos los problemas del mundo a quienes discrepan de nosotros, es importante que hagamos una pausa por un momento y nos aseguremos de estar hablando unos con los otros de manera conciliadora”. Cualquier vínculo que hagan estas palabras a la polarización que se ha empezado a generar estos días en México es bienvenido.
Investigador del CIESAS

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