Mostrando las entradas con la etiqueta Ángeles González Gamio. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Ángeles González Gamio. Mostrar todas las entradas

3/22/2020

Tristeza



En abril de 2009 publiqué en estas páginas una crónica a raíz de la epidemia causada por un virus desconocido. Fueron tiempos terribles, pero todo pasó y nos recuperamos. En estos momentos tan difíciles quiero compartirla con ustedes queridos lectores.
Desde los aciagos días posteriores a los terremotos de 1985 no habíamos vuelto a ver tan triste nuestra amada Ciudad de México. Se siente un ambiente de desolación: las calles semivacías, los cafés, restaurantes, fondas y demás sitios de encuentro cerrados, con improvisados letreros en las puertas que anuncian la medida, gente sin rostro, embozada con cubrebocas y la mirada triste o angustiada.
Son los efectos del nuevo virus de influenza porcina, aunque ahora dicen que en realidad no viene del puerco, pero por lo pronto ya cancelaron a México la compra de carne de cerdo en el extranjero. Las últimas cifras del día que escribí esta crónica, jueves 30 de abril, son de ocho muertos comprobados por la OMS, así que el virus no parece ser letal. Según especialistas en la mayoría de los casos se cura solo, como las gripas. Aunque todavía no hay vacuna, sí medicamentos que lo alivian, lo cual sucede con gran rapidez. La eficaz actuación gubernamental ha sido reconocida en todo el mundo y la situación parece estar bajo control.
Los costos en muchos sentidos han sido terribles; las pérdidas económicas, incuantificables. La medida que tomó el gobierno capitalino de cerrar los sitios para comer o tomar un café fue para muchos exagerada e innecesaria, ya que tenían de por sí muy baja concurrencia, con lo que era inaplicable el argumento de las aglomeraciones; esto ha provocado pérdidas de alrededor de 150 millones de pesos diarios y ponen en riesgo 450 mil empleos directos y 900 mil indirectos.
El comportamiento de la población ha sido ejemplar al acatar las instrucciones que los medios difunden interminablemente; esta capacidad de comunicar masivamente y los avances de la medicina son dichas que nuestros antepasados no tuvieron, por lo que las epidemias los diezmaban despiadadamente.
Recordemos lo que dice el Calendario de Navarro de 1851 sobre la epidemia de cólera que azotó la ciudad un año antes: “Las calles silenciosas y desiertas en que resonaban a distancia los pasos precipitados de alguno que corría en pos de auxilio; las banderas amarillas, negras y blancas que servían de aviso de la enfermedad; las boticas apretadas de gente; los templos con las puertas abiertas de par en par con mil luces en los altares, la gente arrodillada con los brazos en cruz y derramando lágrimas... A gran distancia el chirrido lúgubre de carros que atravesaban llenos de cadáveres.
Los panteones de Tlaltelolco, San Lázaro, el Caballete y otros rebozaban de cuerpos: de los accesos de terror, de los alaridos de duelo se pasaban en aquellos lugares a las alegrías locas y las escenas de escandalosa gritería, interrumpida por cantos lúgubres y por ceremonias religiosas. En el interior de las casas todo eran fumigaciones, riegos de vinagre y cloruro, calabazas con vinagre atrás de las puertas, la cazuela solitaria del arroz y la parrilla en el brasero, y frente a los santos, las velas encendidas.
El método curativo era peor que la enfermedad: Al primer síntoma propine grandes locaciones sobre el espinazo, los riñones y el vientre alternativamente con aguardiente alcanforado y agua sedativa durante un cuarto de hora; en seguida, friegas sobre las mismas partes con pomada alcanforada; al mismo tiempo se administrará al enfermo cinco gramos de acíbar en varias tomas con copitas de aguardiente alcanforado. Se le administrará un lavativa vermífuga. Aplicar sobre el vientre una cataplasma vermífuga y al mismo tiempo friegas de pomada alcanforada sobre el espinazo. Si el mal resistiera, en último caso se administrarán dos granos de calomelano en polvo, o 12 en pedacitos en seguida aceite de ricino. Después... descanse en paz. ¿No cree usted?

10/13/2019

Pueblo de lucha



El pueblo morelense se ha caracterizado históricamente por su combatividad; paradigmático de esa actitud es Emiliano Zapata, quien encabezó la lucha de campesinos, peones, arrieros, pequeños propietarios rurales e indígenas, entre otros.
El zapatismo logró que la Revolución Mexicana no fuera únicamente una transformación política, un cambio de gobierno, sino la modificación de las estructuras económicas, sociales y culturales del país.
Uno de los frutos fue la creación de las escuelas normales rurales que formaron parte del ambicioso proyecto cultural que buscaba transformar la vida de las comunidades campesinas a través de la educación.
Han tenido muchos cambios a lo largo de los años; del propósito inicial en la década de los 20 de formar maestros para civilizar a los campesinos, a principios de los años 30 se convirtieron en escuelas regionales campesinas.
La visión se amplió, ahora se buscaba una transformación del campo en el marco de la reforma agraria, con la integración de actividades culturales, deportivas, educativas, económicas y de organización política.
Las escuelas, que funcionaban como internados, se ubicaron en zonas rurales, reclutaron a hijos de ejidatarios o de pequeños propietarios agrarios que recibían becas del gobierno federal y al finalizar sus estudios obtenían plazas como maestros en planteles rurales.
En 1934, con la modificación del artículo tercero de la Constitución, se estableció la educación socialista y se incluyeron al plan de estudios algunas materias sobre materialismo histórico.
Un año más tarde se formó la Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México, agrupación que organizó a las sociedades de alumnos de cada normal rural, fundamentalmente para luchar por mejorar las condiciones de trabajo de las escuelas. Continúa vigente e impulsa un proyecto con cinco áreas de acción: educativa, cultural, deportiva, productiva y política.
Desde su creación los reclamos de los estudiantes por las malas condiciones de las escuelas, la insuficiencia de sus becas y los topes a la matrícula se han incrementado y han participado en muchas luchas sociales.
Estas instituciones han sido fundamentales para la movilidad social, incluso para el desarrollo económico local, por lo que tienen el apoyo de la población en muchas localidades donde se encuentran.
Actualmente hay 17 normales rurales en distintos estados en donde se forman cerca de 7 mil estudiantes. La más joven es la Escuela Normal Rural General Emiliano Zapata, que se ubica en la comunidad de Amilcingo, Morelos.
Se abrió por un movimiento social y tras una prolongada confrontación; en los años 70 del siglo pasado fue reconocida por los gobiernos estatal y federal. Hace unas semanas estuvimos en esa escuela, exclusiva para mujeres, y platicamos sobre la insurgente Josefa Ortiz de Domínguez.
Se ubica en un gran terreno, con la exuberante flora morelense, entre la cual se levantan los edificios que albergan cocina, comedor, biblioteca, aulas, oficinas, deportivo y habitaciones. Todavía continúan las obras para reparar los daños que sufrieron los inmuebles en los sismos de 2017.
Recientemente se ha equipado la institución en donde viven y se forman para maestras alrededor de 350 jovencitas hijas de campesinos de distintos estados. Hay un salón con nuevas computadoras, se ha dado capacitación a los maestros y también han arreglado las instalaciones.
Las estudiantes de bellos ojos negros, con sus blusas blancas, faldas azul marino y sus calcetas, combinan la frescura juvenil con una fuerza combativa producto de su origen y formación en la normal rural.
En sus manos está el futuro de generaciones de niños, o sea el de nuestro país; sin duda, merecen todo el apoyo y la mejor preparación.
De regreso, una indispensable escala en Tres Marías para saborear una cecina de Yecapixtla y unas quesadillas de flor de calabaza.