8/22/2015

Siempre es tiempo de elegirnos


Descubrimos a qué punto somos viajeros cargados de equipaje: Cargamos valijas, bolsas, baúles, armarios, máquinas de coser antiguas. 


lasillarota.com

“Hay un dicho que es tan común como falso: El pasado, pasado está, creemos. Pero el pasado no pasa nunca, si hay algo que no pasa es el pasado, el pasado está siempre, somos memoria de nosotros mismos y de los demás, en este sentido somos de papel, somos papel donde se escribe todo lo que sucede antes de nosotros, somos la memoria que tenemos”: José Saramago

Llegamos escritos. Escritos por los inconscientes, los imaginarios, tantos deseos y contra deseos de las personas que nos preceden y nos reciben. Llegamos escritos y comenzamos a escribirnos desde un espacio de libertad muy relativa. “Elegirse” a una/o mismo, es una opción que viene después. Mucho después. “Elegirse”, ¿quizá es un camino tan largo y tan accidentado como la vida misma? ¿Quién elige desde mí cuando elijo? ¿Cuáles son las fuerzas interiores que me llevan hacia una elección? ¿Qué lugar ocupan en mis elecciones las marcas de mis memorias inconscientes?

¿Quién habla cada vez que digo “Yo”? Es un enredo nuestra realidad de seres escindidos. Esos múltiples velos entre lo que recordamos, lo que creemos que recordamos, lo que no recordamos, y lo que creemos que no recordamos. “Si fuera importante lo recordaría”, escuché hace unos días, y me quedé pensando: una no recuerda, también, aquello que fue demasiado importante. Con “demasiado” me refiero a esas vivencias tan dolorosas y perturbadoras que hacemos desaparecer (sin darnos cuenta) con la vaga ilusión de no tener que convivir con ellas.

Pero es inevitable la cohabitación con la memoria inconsciente. Con lo que recordamos sin saberlo. Con aquello que nos llama hacia definiciones prefabricadas de nosotras mismas, sin saberlo. Hay algo entonces, en esas confrontaciones con los condicionamientos de infancia y adolescencia que nos jala de los cabellos. Como un túnel del tiempo. Hay viajes que pueden o no suceder en la realidad  y que nos conducen hacia ese túnel del tiempo. Descubrimos a qué punto somos viajeros cargados de equipaje: Cargamos valijas, bolsas, baúles, armarios, máquinas de coser antiguas. Nuestros moños de infancia,  los vestidos de la abuela, las calles que se inundan.  Cargamos el amor de los inicios y los desamores de los inicios.

¿Qué puede haber más duro por reconocer y aceptar, que los desamores de los inicios? ¿Qué puede haber más duro por reconocer y aceptar, que los abandonos y los desamparos?  Porque ellas, las figuras tutelares, también traían sus historias: sus valijas, sus bolsas, sus baúles, sus armarios y sus calles inundadas. Porque a ellos también les sucedía decir: “Yo”, sin saber quién hablaba cuando decía “Yo”. Porque a ellos les sucedía decir: “yo sé quien eres”, en esos tonos rotundos y definitorios que a una entonces (y ahora) la ponen a temblar por cantidad de razones y sinrazones.

Ese “yo sé quién eres”, ¿inscrito en la proyección? ¿En lo que cada quien necesita que el otro sea, para hacer coincidir las piezas del rompecabezas familiar?  Las piezas tienen que embonar, ¿por qué sería tan de pánico que no embonen? Tal vez porque resulta complejo imaginar otras maneras de construir pertenencia.  Pero en términos humanos, para que “las piezas embonen”, es necesario recortar por aquí y por acá. Silenciar, distorsionar, hacer uso continuo del pegamento y las tijeras.

Editar por acá los deseos y la realidad de uno, editar por allá los deseos y la realidad de otra. Convertir elecciones y logros en zonas oscuras, rechazadas e ignoradas cuando no corresponden al territorio de lo conocido y domesticado.  Si cada quien sigue su vocación, sus preferencias y sus deseos, se está diferenciando. ¿Qué tanto está permitido diferenciarse sin que se considere una traición? Corremos el riesgo de empobrecernos los unos a los otros,  si recortamos en el lugar exacto de las diferencias. Corremos el riesgo de idealizar lo que mantenga las semejanzas a las que suponemos creadoras de identidad, aunque esas “semejanzas” no tengan nada de deseables, o sí para unas/os y no para otras/os.

Sumergirnos a contrapelo en el laberinto de espejos para que la diferenciación no se convierta en  la tan temida –y culpígena- “traición”.  Quizá no se trata –en una familia- de: “todo cabe en un jarrito sabiéndolo acomodar”, sino de quebrar el jarrito y salir a inventar algo nuevo. Las limitaciones, la claustrofobia que puede generar un jarrito. Ese rebotar entre cuatro paredes como si el mundo no fuera inmenso, y los derechos  (a la vida) y a los sueños de cada una/o, no fueran también inmensos.

Las fantasmagorías y las rivalidades que puede provocar el claustrofóbico jarrito: ¿quién es el “elegido”/”la elegida”? ¿Quién dijo la última palabra? ¿Quién controla el jarrito? ¿Quién se gana el premio máximo –hacia adentro del jarrito- porque está dispuesto/a  a resguardar con uñas y dientes las columnas del Non Plus ultra?  ¿En qué consisten, para qué sirven –en los imaginarios- los ideales del jarrito?

Cargamos aunque vayamos ligeros. Cada persona aprende a negociar con lo que carga. En el mejor de los casos: cada una/ aprende a crear con lo que carga y a desprenderse de a poquitos de aquellos deseos y condicionamientos que nos llegan de los otros, que introyectamos y que un día somos capaces de reconocer que no son nuestros.  Oh, deseamos ser almas rebeldes en lucha –hasta un día- contra la omnipotencia del jarrito. “Si te pliegas te quiero”, “si no te pliegas te desquiero”. “Si te sometes me quieres,  si no te sometes me traicionas”.

No necesariamente es así de explícito. Es más, puede llegar a ser muy sutil, ese asunto del jarrito que les cuento. Pero existe, con una inimaginable frecuencia. Y una recuerda y reconoce el pasado. Una sabe que está allí, pegado a sus talones como la sombra al zapatito de Peter Pan. Aprender a amar sin condicionamientos, sin alienaciones, sin encierros. Siempre es tiempo. Sin rivalidades, sin batallas por el espacio, la mirada, la aprobación, la palmadita. Aprender a amar cediendo, pero sin cederse.

Llegamos escritos y nos escribimos.

Siempre es tiempo.

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