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9/12/2020

Regresar a las salas de un museo



María Teresa Priego
La monumental escultura "Detrás del muro" de Jaume Plensa ocupó el Patio de los Leones del Museo Nacional de Arte (MUNAL) que dirige Carmen Gaitan Rojo, a finales del mes de octubre del año pasado. Un rostro ovalado de mujer, un cuello largo. Unas manos que flotan y cubren los ojos. Carmen Reviriego, la presidenta de la Fundación Callia, acompañó la pieza con preguntas: "¿Quién decide lo que no queremos ver? ¿De qué lado quedamos en los muros que construimos? ¿Es realmente una opción no mirar?" Hace cinco meses cerraron los museos. Hace cinco meses nos quedamos adentro de nuestros íntimos muros y afuera de los muros de los espacios colectivos. Nos quedamos invadidos de reflexiones y preguntas. Sitiados por la incertidumbre, por el enigma, por el miedo
Accediendo a las piezas de arte, a los encuentros, a los seminarios, a través de una pantalla. Hace cinco meses inauguramos ese obligado planeta intramuros. 
La semana pasada, cinco museos de la Ciudad de México abrieron sus puertas con estrictos protocolos de seguridad: Palacio de Bellas Artes, Museo Nacional de Arte, Museo Nacional de San Carlos, Museo Mural Diego Rivera y Museo Nacional de Arquitectura. Sólo permitirán visitas a un 30% de su capacidad habitual. Los museos son nuestros de regreso. Poco a poco. Una hora y media de visita. En las fotos que me envía Carmen Gaitán, una niña abre sus brazos después de pasar el tapete sanitizante. Un guardia la rocía a distancia con spray desinfectante. En esa plaza bellísima, las personas que hacen cola mantienen la distancia reglamentaria. Caretas, cubrebocas, guantes. Toma de temperatura, gel antibacterial. Para evitar el contacto el servicio de paquetería está cerrado. Se insta al público a "Evitar tocar objetos y superficies". 
Lucina Jiménez y su equipo trabajaron durante meses para crear los protocolos de salud para todos los museos que dependen del Instituto Nacional de Bellas Artes. ¿Cómo recibir a los visitantes? Carmen Gaitán explica el anhelo del regreso: "¿Cómo -a pesar de todo- acogerlos de manera segura, cariñosa, amable? Hacer que su visita sea una experiencia entrañable". Estamos ansiosos de belleza y de entrañables. Subir de nuevo las escaleras del Palacio de Bellas Artes con esa ilusión de la descubierta, como aquel mediodía cuando Louise Bourgeois habitaba sus salas. Mirar ahora, con esa extraña sorpresa que traemos dentro, el codo a codo de los fascinantes personajes del "Sueño de una tarde dominical en la Alameda". 
Nostalgias de aquella noche de inauguración: "XX en el XXI. Colección del Museo Nacional de Arte". Una exposición magnífica. María Asúnsolo pintada por Siqueiros en sus versiones niña y adulta. Las marionetas de Lola Cueto. Las mamparas amarillo colonial. Una fiesta de pintoras/es mexicanas/os. Remolino de personas en las salas. Qué felicidad el paulatino regreso a nuestros museos. La mujer esculpida por Jaume Plensa se retira las manos que cubren sus ojos. Quiere mirar. Queremos, necesitamos mirar. Sucede como en la canción de Armando Tejada y César Isella: "Las simples cosas", esas cotidianidades ahora son tan complejas: "Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida". Bravo por el Instituto Nacional de Bellas Artes.
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9/05/2020

El desgaste emocional



María Teresa Priego 

El mes de marzo pareciera tan remoto, nebuloso. Tan ingenuo y desbrujulado. La sorpresa. Si bien nos explicaron que la pandemia podía prolongarse hasta el mes de octubre, no lo escuchamos con detalle. Ahora sabemos que será más larga. Ahora constatamos la gravedad del número de contagios. Las muertes, el desempleo, la catástrofe económica. Ahora sabemos de las dimensiones del desamparo. Temblamos por el futuro. Los pequeños negocios que fueron cerrando sus puertas. Las personas obligadas a salir a trabajar cada día, sin elección posible. Los irresponsables que arman fiestas, toman el transporte público sin cubrebocas o con él mal colocado. Como si la irrealidad les ganara.
Tres, cuatro niños frente a la única televisión de la casa tomando notas. Las/los profesoras/es creando escenarios conmovedores para la transmisión de sus clases. Madres y padres cumpliendo dobles jornadas. Los testimonios de las personas y las familias atacadas por el covid. Como telón de fondo: el desasosiego y la tristeza. Ahora recuerdo como si fuera parte de otra vida la irrupción de las mascarillas, la primera vez que vi una careta y me pareció un exceso, las noticias de la familia y las/los amigas/os de Tabasco, donde el coronavirus golpeó pronto y fuerte. 
Han pasado seis meses. Hemos recorrido casi todos los estados de ánimo. Los días optimistas, los de malas noticias, el cansancio, la vuelta de una cierta ilusión. La desesperanza. La nube negra que desciende sobre nuestras cabezas y amenaza con ocuparnos. "Detente, nube. Aquí te detienes". Con frecuencia logramos detenerla. En estos desamparos la solidaridad nos levanta. La ternura. Los libros, los postres, los pequeños regalos que viajan de una casa a la otra. Las videollamadas. Las tantas maneras de decir: "aquí estoy para ti". La primera vez que una amiga sugirió que continuáramos por videollamada nuestra imperdible comida de los viernes, sonó tan ajeno. Ahora esperamos con ansia que el día llegue para "vernos" y escucharnos. 
Tener amores, tener salud, tener trabajo. Agradecer los privilegios de un techo y la sopa en la mesa. Mitigar la sensación de aislamiento. Pero los síntomas nos alcanzan. El desfile de las maneras en las que la ansiedad habla a través del cuerpo. Las pesadillas. Los insomnios. Algo se nos desborda por dentro. Recreamos cada día los diques. Los contenedores que nos permitan concentrarnos. Leer una página tras otra sin lograr entender, porque entre las líneas se agitan los fantasmas. La dificultad de vivir esta cotidianidad tan otra. Soñamos con una vacuna para poder abrazarnos. Para respirar hondo. Para confiar en que nuestro país va a salir adelante. Tenemos que transitar la desesperanza y nos espera un duelo largo. Muy largo. Que la solidaridad nos haga más fuertes. Que la solidaridad nos acompañe.
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8/29/2020

Dona una hora de tu tiempo: video academia para mujeres en detención



María Teresa Priego

Una nueva convocatoria de la Fundación Plan B, "Asociación Civil que busca bajar los índices de reincidencia delictiva trabajando con mujeres privadas de la libertad y sus familiares", creada por la escritora Tatiana Ortiz Monasterio, nos llama a participar en el proceso de reinserción de mujeres en situación de cárcel:  "Dona 1 hora de tu tiempo" para ofrecer un taller, un curso. Una conferencia. ¿Cuál es tu especialidad? ¿cuáles son tus talentos? ¿cuál es esa pasión que te gustaría compartir con otras mujeres? Para vencer el aislamiento. Para vencer el encierro. El de ellas tan profundamente distinto al nuestro. Un aula que se construye en un penal. Basta ese sistema de videollamadas (en el que ahora vivimos), para crear un vínculo entre el "afuera" y el "adentro". Para quizá, ayudar un tantito en la transformación de ese otro "adentro": el de las subjetividades. 
¿Cuál es el objetivo de Plan B? "Bajar el índice de reincidencia delictiva y prevenir la violencia en el país. Son mujeres que están muy solas...", explicó Tatiana en entrevista con Once Noticias. Sabemos que, a diferencia de lo que sucede con los hombres recluidos, a quienes sus parejas y familias (en la mayoría de los casos), continúan apoyando, las visitas a las mujeres en reclusión tienden a reducirse con el tiempo. Sus parejas las abandonan. Las familias toman distancia. La diferencia sexual se traduce en una doble moral para juzgar los delitos. Allí donde gran parte de los hombres pueden conservar sus vínculos afectivos, las mujeres los pierden. Aislamiento. Encierro y abandono.
La Fundación Plan B comenzó con talleres de costura, bordado, flores de papel. Apoyar a las mujeres en el aprendizaje de un oficio que les permita, no sólo reinsertarse a su liberación, sino ganar en el presente un ingreso. Ganar para sus gastos en prisión, para contribuir a la economía de sus familias. Recuperarse emocionalmente en el acceso al trabajo, a la dignidad de un salario. "Se vale aprender del error", dice Tatiana. Pero, "aprender" es un proceso que, para darse, necesita de oportunidades. Hace un año, Plan B lanzó su invitación: "Dona un libro", para crear una biblioteca en el penal de Santiaguito en Almoloya, en donde antes se construyó el taller de oficios.
No se trataba de donar cualquier libro. "Que el libro que regales sea ese libro que te transformó, que cambió tu vida, que te entretuvo, que te hizo viajar, quizá que cambió el rumbo de tu vida... y que lo dediques pensando en ella", explicó Tatiana. Con cuatro mil libros se abrió el espacio biblioteca en Santiaguito. Cada libro con una dedicatoria en la que el/la donador/a expresaba lo que esa obra le había significado. Bibliotecarias profesionales formaron a las mujeres en reclusión para que ellas mismas, organicen y manejen su biblioteca. "Un mensaje desde Almoloyita: 'Dejemos de ser presos de nuestras mentes'". 
Para el 20 de agosto en su cuenta Instagram, la Fundación anunció que, a una semana de su convocatoria, cinco mil personas se sumaron al proyecto "Dona 1 hora". Los programas son pilotos (muy exitosos) que, con la participación de la sociedad civil, Fundación B planea llevar a todas las cárceles de mujeres del país. Dona 1 hora de tu tiempo compartiendo lo que sabes. Lo que te gusta. Gracias a la Fundación Plan B por ofrecernos la oportunidad de participar. https://www.dona1hora.com/quiero-donar
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Mujer que sabe latín



María Teresa Priego

Una lámpara que falla. Una descarga eléctrica. La residencia de la Embajadora de México en Israel. 7 de agosto de 1974. La escritora Rosario Castellanos murió a los 49 años. Era en ese momento profesora en la Universidad Hebrea de Jerusalén. La embajadora Castellanos fue trasladada a México y enterrada en la Rotonda de las Personas Ilustres, su escritura la había colocado en el centro de la literatura mexicana. Su fuerza de imparable desvalida. La noticia con su foto apareció en el periódico Excélsior. Un golpe al corazón de sus lectores, quizá, muy particularmente, de sus lectoras. La inolvidable niña sin nombre de Balún Canán. La de los abandonos y los desamparos. La hermana mayor del hermanito muerto. La que tuvo el mal gusto de nacer niña y de mantenerse viva. La que escuchó el reproche en la voz misma de la madre: ¿por qué el varón y no ella?
Anda, sobrevive después de eso. "Cuando llegué a casa busqué un lápiz. Y con mi letra inhábil, torpe, fui escribiendo el nombre de Mario. Mario, en los ladrillos del jardín, Mario en las paredes del corredor. Mario en las páginas de mis cuadernos. Porque Mario está lejos. Y yo quisiera pedirle perdón".  Y, pidió tantas veces perdón Rosario Castellanos, y esa fragilidad y ese remordimiento tan injustos con ella misma, fueron su detonador, su tortura, su volcán interior que tomó por los cabellos a la lengua. Esa Rosario roída por la culpa que encontramos en sus "Cartas a Ricardo". Como si pidiera permiso para vivir. Y, sin embargo, vaya que vivió. Vaya que escribió sin parar. Vaya que nos legó la profundidad de sus experiencias y de sus mundos. Una infancia en Comitán, Chiapas en los años treinta. El abismo entre indígenas y mestizos, entre hombres y mujeres, esas diferencias irreconciliables que en su cotidianidad se entrecruzan. Porque a la niña "privilegiada", la ama su nana. 
Rosario Castellanos no aceptó la clasificación de algunas de sus obras como novela "indigenista", quizá porque no deseaba etiqueta alguna (además de todas aquellas con las que ya había tenido que cargar como mujer y como escritora), pero quizá también porque decir "indigenismo" marca una distancia , como si los indígenas se convirtieran en "objeto de estudio". Balún Canán es una novela autobiográfica que narra el entrecruzamiento de dos mundos. Y, esos dos mundos de distinta manera fueron suyos. La voz de la niña. La voz del narrador. Lo privado. Lo público. La historia íntima.  
"Mi nana me lleva de la mano por la calle...". Su nana la llevó de la mano por la vida. Esa manita extendida que la madre no pudo, no supo ver. Por un lado, la pertenencia a una clase social dominante y despótica que da por hecho el "orden" de su mundo, por otro lado, los arrullos de su nana. Su magia. Las pertenencias de la ternura. Crecen los murmullos contra ese orden social a punto de estallar, al que los terratenientes se aferran a cuatro manos. Nada puede moverse. Nada puede cambiar. Los destinos de las mujeres son dramáticos. Sus vidas tan decretadas, tan repetidas. Sí, se le llamaba "destino" a aquella imposibilidad de concebir: "Otra manera de ser humano y libre/ otra manera de ser". Todo parecía estar dicho. 
Rosario llegó a la Ciudad de México a los 17 años. Estudió en la Facultad de Filosofía y Letras en la UNAM. Se hizo amiga de Emilio Carballido, Jaime Sabines, Luisa Josefina Hernández. Cuando les narraba su infancia en Comitán, insistían para que escribiera una novela. Su escritura autobiográfica, tanto en la narrativa como en la poesía es un acto de rebeldía continua. Perturba. Duele. Desacomoda. La niña sin nombre. La nana sin nombre. La violencia naturalizada que las arrincona. También a la madre, a fin de cuentas. También a esa voz que se apaga cuando el hijo muere. Cuando muere el "heredero" del padre. Los amos. Los indígenas. Las mujeres.
En su texto: "Rosario Castellanos, crítica de la violencia. Una aproximación", la escritora Lucía Melgar nos ofrece un análisis entrañable: "Las desgarraduras, el mutismo, el balbuceo se derivan de una circunstancia de subalternidad, de la primaci´a de un lenguaje que impone jerarqui´as, sellos, ordenes, de un uso del lenguaje que encasilla a dominantes y dominados en mundos ajenos cuyos límites ninguno ha de transgredir". La "transgresión" en la vida y en la escritura de Rosario Castellanos es una elección y un a pesar suyo. A la niña le duele el orden del mundo. No encaja. No encuentra su lugar en esa familia de terratenientes a la que pertenece menos que su hermano. Así nada más, porque es una niña.
El universo entero la excluye en la ceguera de la madre y del padre. La escritura cotidiana otorga la ilusión de una existencia. Crea una existencia. Sostiene una vida. Un aniversario más de su muerte. Regresar a la hacienda de los Arguello en Chactajal. El tzeltal y la lengua de Castilla. Ese remoto sur mexicano. "¿Por qué escribo?...  "Escribo porque yo, un día, adolescente,/ me incliné ante un espejo y no había nadie./ ¿se da cuenta?. El vacío. Y junto a mi los otros chorreaban importancia".
"Ciudad Real", "Oficio de tinieblas", "Los convidados de agosto", "Álbum de familia". Su poesía. Sus ensayos. Vuelvo al "Recado" que le escribió su amigo Jaime Sabines tras su muerte y que la describe con tan dulce exactitud: "...Retonta por desvalida, por inerme,/ por estar ofreciendo tu canasta de frutas a/ los árboles... Retonta, rechayito, remadre de tu hijo y de/ ti misma/... Huérfana y sola como en las novelas,/presumiendo de tigre, ratoncito..."
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8/22/2020

La costilla del senador


María Teresa Priego

Podrían estar comiendo pollo frito o pato a l'orange, el senador y su esposa en su video, pero comen costillas. La metáfora y las delicias del humor involuntario: el senador muerde su costilla y a su Costilla. Su Costilla abre sus ojotes, ¿atónita? Trata de acomodar la pantalla. Baja la pierna. No lo suficiente. Sus gestos son "ingenuos", vagamente sorprendidos. Está acostumbrada a posar en toda su "espontaneidad", a manejar las redes. Quizá también está acostumbrada a que él sea posesivo, ¡ternuritas! Si atendemos a los más rupestres mandatos culturales: él se "viriliza" en la posesión. Ella se "feminiza". El senador se muestra en escena como un ser de mandíbulas implacables: "Me casé para mí, no para que andes enseñando". La frase se entiende,  pero no deja de ser muy misteriosa. Una frase incompleta y mal armada. Deducimos arranques de dueñidad sobre un ser humano del sexo femenino, sí. Pero no nada más. "Me casé para mí...... y, "¿no para ti?" "¿En este matrimonio de lo que se trata es de mí?" 
Supongo que la mayoría de las personas que terminamos viendo el video de Mariana Rodríguez y Samuel García, ni siquiera sabíamos quiénes eran. Para ser exacta: seguimos sin saberlo. No son nuestros amigos, ni nuestros conocidos. Vaya usted a saber cuáles son sus pactos íntimos. Pero son dos personas públicas que han decidido exhibir tramos "privados" de su vida. En la era de la "sociedad del espectáculo", como escribió Guy Debord, una influencer, dueña de una empresa de cosméticos exitosa -en cuarentena por covid- y su esposo, senador por el Estado de Nuevo León, decidieron compartir por Instagram la hora de su almuerzo. Conocemos los resultados. ¿Un desaguisado espontáneo? ¿Una puesta en escena? ¿Acaso importa si el fondo es el mismo? 
Aún más inquietante si fue una puesta en escena: el senador supuso que sus comentarios de terrateniente de un cuerpo femenino y de sus contenidos, subirían su popularidad rumbo a la candidatura a gobernador. Y ella -en este contexto- habrá estado de acuerdo. Nos quedaría entonces claro que el senador apela (en sus imaginarios) a los "usos y costumbres" de un Nuevo León Bronco. "Lo que a la gente le gusta", es "un hombre que despliegue su poder", "como manda en su casa va a mandar en el Estado". El "poder" económico y político y, "su vieja que no se le sale del huacal". Porque claro, la pareja (que se presenta a sí misma como de "ensueño") intenta crear una imagen "aspiracional". Cómo se relacionan en su vida privada no es nuestro asunto, a cada quien sus goces, sólo que el senador es un servidor público y se lució en público. Y, quizá -para su enorme sorpresa- México algo ha cambiado. 
Con salsa de barbecue y su esposa colocada en el lugar de la Barbie cute, el senador devora su costilla. Con fruición. Nada detiene sus hambres, ni siquiera el desparpajo de su esposa quien, al intentar ponerse cómoda, muestra una pierna. ¿Cómo pudo virgencita de nuestra señora de Fátima parroquia de Garza García? ¿Cómo pudo? La llama al orden de inmediato, faltaba más. Un hombre honra a una mujer dándole su apellido, y mira nada más ella cómo lo embarra. El senador con un tono mecánico como quien pregunta: "¿los calcetines los combino con el pantalón o con la camisa?" le señala lo "inaceptable" de su conducta. Sin demasiada pasión, imposible no señalarlo y claro, comprenderlo: la energía libidinal no alcanza para tanto y el senador la invierte en masticar su costilla
En ningún momento a lo largo del fragmento de video que estaba destinado a circular en redes, se privó el senador de masticar su costilla, mientras amonestaba a Costilla con esa espeluznante frialdad. Nada me pasmó más que eso. La palabra "enseñando", nos remite a aquella humillante joya misógina: "La que no enseña, no vende". Hay una lógica (rústica y primaria, cierto), en los regaños del senador, ¿por qué extraños y perversos mecanismos interiores "enseñaría" la que ya "vendió"? ¡Y tan bien vendido! pensará él (solito) ante su espejo. La respuesta en redes fue devastadora. Los movimientos de mujeres han tomado las calles como nunca antes: millones de mujeres en el país y en el mundo. Los mapas mentales se transforman. Dos de sus contendientes a la candidatura a gobernador/a son mujeres. ¿Qué pensará así de ingenuo y campirano? ¿Si el voto femenino va para ellas, a él le toca remar por el voto masculino? ¿Y, en su cabecita, el voto masculino es el voto-macho, así como que son sinónimos? 
¿Y, qué tal su "amigo" Colosio, el otro potencial candidato a gobernador y su "Carta abierta", explicándole a Samuel García que la violencia simbólica está muy mal y él se lo dice en público, porque lo tiene sin sueño que una pareja tan querida para él, no funcione? Oh, ante una carta tan "generosa", "honesta" y "conmovedora", una se pregunta por qué el señor Colosio insiste en la carrera política, cuando sería un excelente consejero matrimonial. Seguro que ante la carta de su amigo, el senador García sí paró de masticar
Pero, volviendo al menú, retiro lo del pato a l'orange, en los imaginarios del senador, habría sido impúdico fresear de más, onda "lo glamoroso extranjerizante", cuando se trata de ser humilditos. Así que, "costillas comotodoelmundo". Complicado equilibrio entre exhibir la camionetota (en el video público de la pedida de mano), como carroza de "ensueño", y dar pruebas públicas de lo "sencillitos" que son. Los ricos y felices también comen con las manos.
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8/08/2020

Adieu, Gisèle Halimi


Maria Teresa Priego

Gisèle Halimi, ícono del feminismo francés y de las luchas decoloniales, murió en París este martes a los 93 años. Cuando llegó al mundo su padre se sintió tan infeliz y avergonzado de que no fuera un varón, que tardó semanas en decirle a sus amigos que ya era padre. Nació en Túnez de madre y padre judíos, su apellido de familia es Taïeb. No sólo los Taïeb no vieron nacer a un hijo esa vez, sino que les tocó en suerte la más indomable de las hijas. 
Muy pronto se rebeló contra la religión, contra los mandatos que se imponían a las niñas de su época como destino ineludible. A los diez años hizo una huelga de hambre para defender su derecho a leer tanto como le viniera en gana. A los 16 años se negó a un matrimonio conveniente y "arreglado" con un comerciante de aceite. Eligió seguir estudiando. Hizo su maleta y se inscribió en la facultad de derecho en París
"La injusticia me es físicamente intolerable. Toda mi vida puede resumirse de esa manera. Todo comenzó por el árabe al que se desprecia, después el judío, luego el colonizado, luego la mujer". Releer sus declaraciones. Mirar sus fotos. Recordar el impacto que sus actos y su escritura provocaron y provocan en decenas de miles de personas en el mundo, sobre todo mujeres. Durante su infancia fue testigo de la represión de los militares franceses contra una manifestación de independentistas tunecinos. Una marca en la piel. La brutalidad de los colonizadores contra los colonizados. Regresó a Túnez y se sumó a la causa de los independentistas tunecinos, como después se sumaría a la del Frente de Liberación Nacional de Argelia. 
Defendió a sus militantes y denunció el uso recurrente de la tortura por parte de los militares franceses. A partir de 1956 regresó a vivir a París. Firmó junto a Beauvoir y Sartre el Manifiesto de los 121. La "Declaración sobre el derecho a la insumisión en la guerra de Argelia", redactado por Dyonis Mascolo (padre del hijo de Marguerite Duras, quien también lo firmó). En 1960 una joven militante del FLN llamada Djamila Boupacha fue detenida, violada y torturada. Halimi tomó su defensa con el apoyo de Simone de Beauvoir. Ambas editaron un libro colectivo que lleva el nombre de la joven argelina, amnistiada dos años después. Comenzaron así una colaboración que duró toda la vida de Beauvoir
Juntas fundaron la organización Choisir la cause des femmes ("Elegir la causa de las mujeres"). Firmaron en 1971 el Manifiesto de las 343 en el que mujeres famosas declaraban haber abortado (fuera cierto o no), para retar a la justicia francesa, dado que el aborto era un delito. Nadie, por supuesto, fue a detenerlas. En 1972, Halimi tomó la defensa de una menor que recurrió a un aborto consecuencia de una violación. Un aborto, por supuesto, clandestino. La abogada exigió que el proceso fuera público, convocó a una hilera de personalidades a analizar los hechos. El proceso de Bobigny fue un hito en el cambio de mentalidades en la sociedad francesa con respecto al aborto. 
Otro proceso célebre y que tuvo una incidencia profunda en el cambio de mentalidades con respecto a la violación: Halimi defendió a dos jóvenes turistas violadas por tres hombres mientras acampaban. Los violadores fueron a la cárcel. La violación aún no era considerada como un crimen en las leyes francesas. Halimi desató alrededor del proceso un amplio debate, así, como ella sabía hacerlo. 
Fue amiga de François Mitterrand, desde muy jóvenes. Diputada en 1981. Embajadora de Francia ante la UNESCO. Activista siempre. "Combativa e insumisa", como la describe la periodista y escritora Josyane Savigneau. "Eligió luchar por una causa común. Esa causa común incluyó la emancipación de las mujeres, la lucha contra la pena de muerte, pero también el derecho de los pueblos a disponer de ellos mismos. Es una combatiente universal", declaró el historiador Benjamín Stora en France Culture. Leer a Gisèle Halimi. La pasión en sus escritos autobiográficos. Su relación siempre conflictiva con su madre. La emoción inolvidable ante "La causa de las mujeres", "La leche del naranjo", "Fritna". Los comienzos de la segunda ola del feminismo francés. Esas lecturas que nos cambiaron la vida.
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8/01/2020

Chicuarotes


María Teresa Priego 

"Así comenzó Cantinflas", dice el Moloteco en los "Chicuarotes", el segundo largometraje de Gael García Bernal. El Moloteco es huérfano, trabaja como payaso en los camiones y sueña con ser cómico profesional. Es flaquito, habla poco, la fuerza de su presencia nos llega justo de su personalidad silenciosa y desvanecida. El personaje más entrañable de Chicuarotes, colocado en ese punto emocional intermedio: la necesidad de la fuga, la desesperanza, y los vínculos afectivos que aún se conservan, a pesar de todo. La capacidad de crear vínculos que podría salvarlo. Sin embargo, se deja arrastrar, el Moloteco, porque el Cagalera es su amigo y pareciera que le enseña a mirar más lejos, a soñar más "grande". A ir más rápido. Pero, sobretodo, es su amigo. Cagalera no ve "futuro" alguno en un oficio que les permite ganar apenas unas monedas. Encuentra en su casa la pistola de un hombre al que llama Baturro y suponemos es pareja de la madre. El Baturro la golpea, ella recibe los golpes. ¿Acaso se podría vivir de otra manera? En algún momento entendemos que el Baturro es -también- su padre y el de sus hermanos. 
Cuando la rutina cómica no funciona en el pesero, Cagalera saca la pistola y asaltan a los usuarios. "Pues, señoras y señores, esperemos que les haya gustado el show, ahí se chingan un bolillito pa'l susto". Como tesoro de su primer robo a mano armada, el Cagalera conserva una caja de cerillos que anuncia el "Circus Show. Como en Las Vegas". Necesita reunir 20,000 pesos para comprarse una plaza en la Comisión Federal de Electricidad, allí comienza, le explica un conocido, la vida regalona. Quiere ir tan rápido como se pueda. Huir del barrio, de la precariedad material, de la violencia del padre alcohólico. Esa que él mismo reproduce contra su hermano homosexual. Huir junto a su novia Sugheili. Cuando el dolor aprieta, abre su cajita de cerillos, enciende uno y se concentra en la flama que brota, decrece, se esfuma. Como sus "proyectos" a la espera del "gran golpe". Improvisa el secuestro del pequeño hijo del carnicero quien, por las noches, es enviado por su padre a comprarle alcohol. El Moloteco "participa", dado que no se quita.
Nos internamos en la lógica del absurdo. El Moloteco es responsable de cuidar al secuestrado. El Cagalera se echa a andar por el barrio. En realidad, el "cómplice" sólo quiere salir a trabajar de payaso y dejar al niño lo más cómodo posible. Le hace prometer que no lo va a denunciar, le regala un dulce, lo tranquiliza. Y se va. El Moloteco anhela ser cómico, no dañar a nadie, vivir apoyando apenas los pies en la tierra, para no molestar. La violencia omnipresente, crece. Baturro (ebrio y cubierto con una túnica de encajitos, como una burla evidente a la infinita cobardía de sus violencias), le parte la cabeza al Cagalera. Odia a sus hijos porque "devoran" su vida. La madre les pide a sus tres hijos que salgan de la casa y regresen al día siguiente. No es lo mismo soportar la tradición: que la golpee a ella, a que le rompa la cabeza a su hijo. Ahora sí ya estuvo. 
Ella se va a "encargar" del padre. Y se "encarga" con un inmenso pomo de alcohol combinado con algo que lo lleva a vomitar sangre. El Baturro pide ayuda, pero su esposa prepara un guiso y le promete desde la cocina el más lustroso de los funerales. El carnicero contrata a un matón para encontrar a su hijo y levanta al pueblo para buscarlo. El niño ya liberado por Sugheili miente, no juró silencio en balde, y señala como culpables de su secuestro a los habitantes del "cerro". La cacería en el cerro comienza. Sucede a lo lejos mientras el matón pistola en mano intenta violar a Sugheili con "la ayuda" de Cagalera y el Moloteco. Un disparo. El Moloteco cae. Extiende su mano y logra atrapar el brazo del Cagalera. Ni una palabra. Se está muriendo con su rostro pintado de payaso
Espera que su amigo lo ayude, espera que por lo menos lo acompañe a morirse. La madre del Cagalera frente al cadáver del Baturro le dice a su hija que no se contenga, que "llore a su padre". El muerto yace en el piso rodeado de flores. Su esposa le "devuelve" su dignidad, ya no lo cubre la túnica de encajes, ahora el muertito viste de traje y corbata. La madre lo besa en los labios. Su marido y el padre de sus hijos, como quiera que sea. Algo así. Deshilvanado y delirante. La madre envenenadora y compungida, llora al muerto. ¿Qué más puede hacer una mujer? La sorpresa del Moloteco porque su amigo lucha por zafarse de su mano. No hay nada que vaya a hacer por él. No hay nada que su amigo vaya a hacer por nadie. El absurdo estalla en el sacrificio de ese personaje víctima de una violencia que él no traía dentro. El más desamparado. El más ingenuo.
La diferencia entre los amigos es abismal: es muy probable que el Moloteco no hubiera abandonado a su compañero. Pero el Cagalera hace tiempo soltó amarras. Hace tiempo que "resolvió" sus fragilidades y sus dolores con esa distancia emocional con los otros y con el mundo. Hace tiempo que lo congeló por dentro, la violencia que le infligieron. Sugheili se aleja. Es su última pérdida. La pistola en la banca junto a él. Es probable que ya no le quede demasiado trámite por hacer entre la vida de otra persona y esa pistola que podría disparar. Es probable que, si la usa, ya no sepa ni quién es el que dispara. No lo podemos asegurar. O, quizá solo preferimos no hacerlo. El final queda abierto. Cagalera abre su caja de cerillos, enciende uno. Mira como poco a poco se extingue la flama.
Para La Silla Rota es importante la participación de sus lectores a través de  comentarios sobre nuestros textos periodísticos, sean de opinión o informativos. Su participación, fundada, argumentada, con respeto y tolerancia hacia las ideas de otros, contribuye a enriquecer nuestros contenidos y a fortalecer el debate en torno a los asuntos de carácter público. Sin embargo, buscaremos bloquear los comentarios que contengan insultos y ataques personales, opiniones xenófobas, racistas, homófobas o discriminatorias. El objetivo es convivir en una discusión que puede ser fuerte, pero distanciarnos de la toxicidad.


7/25/2020

Esta nueva manera de vivir


María Teresa Priego

La incertidumbre con respecto a la longitud del encierro y a sus consecuencias es una ansiedad contínua

Pareciera que han transcurrido años desde que circulaban en redes bromas acerca de una enfermedad de alto contagio cuya procedencia podía ser el consumo de sopa de murciélago. No sabían. No sabíamos. Nadie pudo prever ni las dimensiones, ni la longitud del "mal" que se deslizaba de ciudad en ciudad. Como en una alucinación, de país en país. Los contagios que se disparan. Cada una de las personas muertas. Cuando algunos espacios se abren, pareciera surgir una cierta esperanza. Luego leemos que tantos, vuelven a cerrarse. La incertidumbre con respecto a la longitud del encierro y a sus consecuencias es una ansiedad continua, como telón de fondo de la cotidianidad. ¿Cuánto tiempo más? ¿con cuántas personas menos? ¿en qué condiciones emocionales y materiales?

Cuando mencionan nuestros nuevos escenarios como "una película de ciencia ficción", están en lo cierto. Pero, ¿cómo habitar una realidad que nos remite a las calamidades que nos hacían temblar ante una pantalla? ¿cómo nos acomodamos por dentro? ¿cómo se maneja esa sensación de sorpresa, de irrealidad y de amenaza? Con "irrealidad" no me refiero, por supuesto, a poner en duda la existencia de la pandemia, sino a la dificultad emocional para procesarla. Hay algo que me estalla en la cabeza cuando esta "nueva normalidad" me llega. Primero, segundo o tercer pensamiento del día, para quienes no hemos vivido la emergencia, hasta el momento. Realidad que no puede "olvidarse", "posponerse" cuando el "mal" ya habita el cuerpo. Cuando es grave. Cuando implica una hospitalización. Cuando la muerte llega. Cuando se impone despedirse a distancia. Cuando las circunstancias de la despedida son tan particularmente crueles.

Una sensación de pánico por momentos. Una sensación de horror que nos cruza de golpe en las actividades más cotidianas: "Esto no puede estar sucediendo". ¿Acaso es posible este riesgo que corren los millones de personas que salen por las mañanas a buscar su sustento? ¿Acaso es posible todo lo que ahora implica una operación de emergencia para una persona mayor? ¿Acaso es posible que solo pueda ver a mis hijos para un "picnic" en los jardines comunes, a todo el mantel rectangular de distancia? ¿Acaso es posible temblar así por los que amamos y por nosotros mismos? Hay mucho de traumático en lo que estamos viviendo, entendiendo por traumático ese momento, en el que los hechos sobrepasan nuestra capacidad de aprehenderlos y procesarlos. 

La pandemia nos colocó en una cierta circunstancia de sobrevivencia emocional, me refiero, por supuesto, solo a las personas cuya posibilidad de sustento, aunque disminuida, aún existe, y no a los millones de personas para quienes los golpes emocionales no pueden sino pasar a segundo plano ante las urgencias económicas. Allí están también las cargas emocionales, duplicadas. Pero ya pasaron cuatro meses de encierro, de incertidumbre y de miedos.  El "Vamos a resistir, ya va a pasar". "Hay que animarse, no durará tanto". "Saldremos adelante", por momentos, no es que se desmorone, sino que tiene que tomar una nueva dirección, otros matices: pasar de la sobrevivencia (ante aquello cuya temporalidad parecía más breve), a la vida. Y en muchas ocasiones no estamos tan seguros de saber hacerlo.

¿Cómo se asume la vida desde tantas limitaciones? Las videollamadas, para quienes son factibles, han sido una fuerza que sostiene. Pero, ahora, con los meses, no puedo evitar despedirme con un coletazo de tristeza. Acariciar un rostro en una pantalla. ¿Por cuánto tiempo más? Tal vez el aprendizaje sería, no preguntarnos por el tiempo. Amanecer, tomar el café, la idea irrumpe: "la pandemia sigue aquí". Esos segundos de agitación interior. Y plantearnos, ¿qué necesitamos hoy para vivir? Para dejar de lado esa intensa sensación de sobrevivir al día a día que nos imponen las situaciones de emergencia. Un nuevo orden que nos regrese tanto como se logre, una cierta paz interior. Una cotidianidad que no posponga "para cuando esto pase", lo que no es necesario posponer. Avanzar, lo que podamos trabajar desde el encierro. Domesticar un poco las ansiedades de fondo, entender que no está siendo realista decir: "cuando se solucione la pandemia y deje de sentir esta ansiedad..." La ansiedad en sus diversas intensidades. Aprender a vivir con ella. A vivir.

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Esta nueva manera de vivir


María Teresa Priego

Pareciera que han transcurrido años desde que circulaban en redes bromas acerca de una enfermedad de alto contagio cuya procedencia podía ser el consumo de sopa de murciélago. No sabían. No sabíamos. Nadie pudo prever ni las dimensiones, ni la longitud del "mal" que se deslizaba de ciudad en ciudad. Como en una alucinación, de país en país. Los contagios que se disparan. Cada una de las personas muertas. Cuando algunos espacios se abren, pareciera surgir una cierta esperanza. Luego leemos que tantos, vuelven a cerrarse. La incertidumbre con respecto a la longitud del encierro y a sus consecuencias es una ansiedad continua, como telón de fondo de la cotidianidad. ¿Cuánto tiempo más? ¿con cuántas personas menos? ¿en qué condiciones emocionales y materiales?

Cuando mencionan nuestros nuevos escenarios como "una película de ciencia ficción", están en lo cierto. Pero, ¿cómo habitar una realidad que nos remite a las calamidades que nos hacían temblar ante una pantalla? ¿cómo nos acomodamos por dentro? ¿cómo se maneja esa sensación de sorpresa, de irrealidad y de amenaza? Con "irrealidad" no me refiero, por supuesto, a poner en duda la existencia de la pandemia, sino a la dificultad emocional para procesarla. Hay algo que me estalla en la cabeza cuando esta "nueva normalidad" me llega. Primero, segundo o tercer pensamiento del día, para quienes no hemos vivido la emergencia, hasta el momento. Realidad que no puede "olvidarse", "posponerse" cuando el "mal" ya habita el cuerpo. Cuando es grave. Cuando implica una hospitalización. Cuando la muerte llega. Cuando se impone despedirse a distancia. Cuando las circunstancias de la despedida son tan particularmente crueles.

Una sensación de pánico por momentos. Una sensación de horror que nos cruza de golpe en las actividades más cotidianas: "Esto no puede estar sucediendo". ¿Acaso es posible este riesgo que corren los millones de personas que salen por las mañanas a buscar su sustento? ¿Acaso es posible todo lo que ahora implica una operación de emergencia para una persona mayor? ¿Acaso es posible que solo pueda ver a mis hijos para un "picnic" en los jardines comunes, a todo el mantel rectangular de distancia? ¿Acaso es posible temblar así por los que amamos y por nosotros mismos? Hay mucho de traumático en lo que estamos viviendo, entendiendo por traumático ese momento, en el que los hechos sobrepasan nuestra capacidad de aprehenderlos y procesarlos. 

La pandemia nos colocó en una cierta circunstancia de sobrevivencia emocional, me refiero, por supuesto, solo a las personas cuya posibilidad de sustento, aunque disminuida, aún existe, y no a los millones de personas para quienes los golpes emocionales no pueden sino pasar a segundo plano ante las urgencias económicas. Allí están también las cargas emocionales, duplicadas. Pero ya pasaron cuatro meses de encierro, de incertidumbre y de miedos. El "Vamos a resistir, ya va a pasar". "Hay que animarse, no durará tanto". "Saldremos adelante", por momentos, no es que se desmorone, sino que tiene que tomar una nueva dirección, otros matices: pasar de la sobrevivencia (ante aquello cuya temporalidad parecía más breve), a la vida. Y en muchas ocasiones no estamos tan seguros de saber hacerlo.

¿Cómo se asume la vida desde tantas limitaciones? Las videollamadas, para quienes son factibles, han sido una fuerza que sostiene. Pero, ahora, con los meses, no puedo evitar despedirme con un coletazo de tristeza. Acariciar un rostro en una pantalla. ¿Por cuánto tiempo más? Tal vez el aprendizaje sería, no preguntarnos por el tiempo. Amanecer, tomar el café, la idea irrumpe: "la pandemia sigue aquí". Esos segundos de agitación interior. Y plantearnos, ¿qué necesitamos hoy para vivir? Para dejar de lado esa intensa sensación de sobrevivir al día a día que nos imponen las situaciones de emergencia. Un nuevo orden que nos regrese tanto como se logre, una cierta paz interior. Una cotidianidad que no posponga "para cuando esto pase", lo que no es necesario posponer. Avanzar, lo que podamos trabajar desde el encierro. Domesticar un poco las ansiedades de fondo, entender que no está siendo realista decir: "cuando se solucione la pandemia y deje de sentir esta ansiedad..." La ansiedad en sus diversas intensidades. Aprender a vivir con ella. A vivir.

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7/18/2020

Frida Kahlo: me pinto a mi misma



María Teresa Priego 
Desde su cama con un espejo en el techo Frida Kahlo "convoca a un universo "  

"Un listón alrededor de una bomba", la célebre frase con la que André Breton describió a Frida Kahlo y a su obra. Sus pinturas conmovedoras, "ingenuas". Despiadadas. El cuerpo habla. Grita. Se desangra. Con tanto de infantil y de terrible. Su pintura como un meticuloso Diario íntimo. Breton la "reconoció" como a una pintora surrealista. Ella dijo que no. "Nunca pinto sueños o pesadillas. Pinto mi propia realidad". Frida Kahlo nació el 6 de julio de 1907. Murió el 13 de julio de 1954. "Su cuerpo fue un campo de batalla", escribió Carlos Monsiváis. Si hoy pudiéramos atravesar umbrales, hacia afuera y hacia adentro, sería un buen momento para homenajearla: visitar la Casa azul en Coyoacán, El Museo Dolores Olmedo en Xochimilco, la Casa Estudio Diego Rivera y Frida Kahlo en San Ángel. 
A diferencia de los espacios cuadrados y el minimalismo en toda la concepción de la Casa Estudio creada por Juan O'Gorman, la casa azul desborda de vida en sus jardines y en su interior. Y allí están sus objetos. La cocina amplia. Su estudio. Allí está su infancia y la mayor parte de su vida. La casa de sus padres de la que se fue para vivir con Diego Rivera y a la que regresó para quedarse hasta el final de su vida. Su escondite secreto que podemos pasear. Acercamiento y ceremonia. En 1929 Kahlo pintó "El camión", la escena plácida al interior, con el niño, el obrero, la madre que amamanta. Fue el choque entre uno de estos camiones que viajaba por Coyoacán y un tranvía que seguía la ruta de Tlalpan lo que a los 16 años (1925) provocó el primer terrible accidente de su vida. El segundo, ella lo atribuía a su encuentro con Diego Rivera.
En su infancia, una de sus piernas había sido afectada por la poliomielitis. Los meses en cama tras el accidente la llevaron a pintar. Así, en la inmovilidad obligada a la que su cuerpo estuvo condenado en tantos períodos de su vida, descubrió y ejerció esa otra manera de moverse que no dejaría nunca: los pinceles. "No me he muerto y además tengo una cosa nueva porque he vivido, y esta cosa es la pintura". La recreación de su vida de lienzo en lienzo. En el prólogo a "Diario de Frida", Carlos Fuentes escribió: "Kahlo se inscribe en esta última corriente del surrealismo, la de la facilidad de convocar todo un universo a partir de fragmentos de su propio ser y de las persistencias de su propia cultura". Y, sí. Desde su cama con un espejo en el techo "convoca a un universo". ¿Quién no sabe del sufrimiento? ¿quién no sabe del dolor que ocupa el cuerpo como si quisiera estallarlo? ¿quién no se dice como ella en las noches oscuras: "Árbol de la esperanza mantente firme?".
En su Diario se pinta: "Yo soy la desintegración", una cabeza cae al suelo, una pierna que ya no está. Las espinas parecidas a alambres de púas. También salen púas de los pies que pinta después de la amputación de su pierna debajo de los cuales escribió una de sus frases más conocidas: "Pies para qué los quiero, si tengo alas pa' volar". Fuerte y lúdica. Con ese sentido del humor y esa capacidad de reírse de sí misma con la que parecía levantarse de las borrascas. Las que produjeron los grandes dolores de su vida: su accidente y las limitaciones que le impuso, su relación con Rivera tan voluble y a sus horas, tan egoísta, su imposibilidad de tener un hijo. "Mi Diego ya no estoy sola. ¿Alas? Tú me acompañas, tú me duermes y me avivas". La acompañaba y la desacompañaba. Frida rozaba la muerte y se salvaba. "Se equivocó la paloma, se equivocaba", escribió en su diario esta frase del poema de Rafael Alberti.  "(Creyó) Que tu falda era tu blusa;/que tu corazón su casa.
Se equivocaba. / (Ella se durmió en la orilla. / Tú, en la cumbre de una rama"). ¿Se habrá equivocado Frida en su elección amorosa? Quizá no.
"Autorretrato con changuitos". Su rostro con los cabellos recogidos, un chango, un ídolo prehispánico, un perro xoloitzcuintle, su raza preferida. Un largo recorrido desde su dibujo de 1932 "Autorretrato con boina". Toda su fuerza ya es suya. Una banda de xoloitzcuintles habita en los jardines del Museo en Xochimilco. El ingeniero Eduardo Morillo Safa fue un devoto coleccionista de la obra de Frida, a su muerte, su viuda puso en venta su obra y la adquirió Dolores Olmedo. Para nuestra buena suerte, su colección no se dispersó. Las salas son magníficas. Los ojos entreabiertos de "El difuntito Dimas", "Mi nana y yo". "Hospital Henry Ford", una columna, un feto, un caracol, al fondo la ciudad industrial. "La máscara de la locura", sabemos que es ella por el fondo de la pintura. Una máscara la cubre. La mano que detiene la máscara lleva un anillo grande con una piedra azul. Me intriga ese anillo pero no encuentro ninguna referencia.
El pequeño cuadro "Unos cuantos piquetitos" es uno de mis preferidos. Kahlo toma la escena de la crónica de un feminicidio en el que después de asesinar a su víctima con cantidades de puñaladas el asesino dijo: "Solo fueron unos cuantos piquetitos". Como los de Diego a ella. Como los de la vida a ella. Y, sin embargo: "El árbol de la esperanza" se mantuvo firme. "No se mueva usted de su cama", le dijo su doctor y ella obedeció. Recostada en su cama llegó a su última exposición. Leer, releer la biografía de Frida que escribió Hayden Herrera es una buena manera de ir a su encuentro. Aprovechar las visitas virtuales de los museos. Julio es el mes de su nacimiento y de su muerte. Kahlo tan íntima, tan dolida, tan furiosa y tan entrañable. 


7/11/2020

Rita Macedo, Mujer en papel



María Teresa Priego

Mujer en papel” es la biografía a dos manos de Rita Macedo, homenaje lleno de amor, tristeza, dolor, enojo, de una hija que adora a su madre 

El 6 de diciembre de 1993 la actriz Rita Macedo se encerró en un carro afuera de su casa y se pegó un primer tiro en la cabeza. No fue mortal. Reunió sus fuerzas y disparó  una segunda vez. Esa mañana se había despedido de su hijo Luis. Había escrito una carta  que intentó extenderle a su hija Cecilia. Se sentía agotada. En muchas ocasiones antes había hablado de esa muerte elegida. No hubo razón para suponer que ese sí sería el día. Cuando Cecilia se fue a trabajar la hizo prometer que esperaría su regreso. En el estudio de televisión donde trabajaba, Cecilia escuchó el sonido de un celular. Vio la expresión de Otto Sirgo cuando se le acercaba. Entendió. Esta vez, su madre no cumplió su promesa de esperarla.
En ese mismo 1993, Rita Macedo escribió una parte de sus memorias, se sentía llena de energía. Quería recordar, aprehender, narrarse. Escribía, dice Cecilia, con una letra difícil de descifrar que su hija traducía y pasaba a la computadora. Un día se detuvo. Llegado el capítulo Rita y Carlos ya no pudo continuar. Cecilia guardó la montañita de hojas en una carpeta. Las recuperó 20 años después. Tuvo ya la fuerza de releer los textos de su madre, fue leyendo las cartas que su padre Carlos Fuentes le escribía con dibujitos. Entre ellos se decían “gnomos”. El padre enviaba esos personajes regordetes y en pijamas que los representaban. Como no pudo publicar las cartas de su padre (pertenecen a quien las envía, no a quien las recibe), decidió continuar el texto de Rita narrando los hechos a partir de las cartas, como le sugirió la viuda de su padre, Silvia Lemus. “Mujer en papel” es la biografía a dos manos de Rita Macedo. Es también, el homenaje lleno de amor, tristeza, dolor, enojo, de una hija que adora a su madre
“Ma, aquí va… Te lo debía… Te lo mereces… Y que pase lo que pase”, escribe Cecilia. Lo que “pasa” en la lectora es un torbellino que arrastra al viaje. Rita se narra con una honestidad conmovedora. Por muchos años se llamó Conchita. El desamor y el egoísmo de su madre, “mamá Julia”. Los internados. La crueldad de sus palabras: “Eres tonta, tonta”. “Quién iba a pensar que Rita iba a ser actriz, cuando era chiquita nadie daba un quinto por ella”. Cuando Julia le dice esta frase a Carlos Fuentes, hacía mucho tiempo que su hija era una gran actriz. La rivalidad de Julia por su hija. Por el talento de Rita, dieron bastante más que “un quinto”, grandes directores de cine de su época. El público que llenó los cines y los teatros para verla. Sus amigas y amigos. Los hombres que la amaron. Sus hijos y sus nietos. Tantísimas personas que nunca la conocimos y que hoy, somos además, sus lectoras.
Las primeras veces que escuché hablar de la vida de Rita Macedo y de Cecilia fue por Chaneca Maldonado. Les tenía un gran cariño. Hablaba con mucha ternura de la inteligencia y el talento de Rita y del de su hija Cecilia. Mientras leía, en varias ocasiones tuve el impulso de llamarla para hacerle preguntas. Pero Chane ya tampoco está. Cecilia publica en el libro una foto que agradecí mucho: nos regresa a Chane joven, junto a sus amigos de esa época, supongo que es en esa casa de Galeana de la que Rita nos habla. A pesar de su desamparo, a pesar de su continua sensación de no ser valiosa y de una mano muy dura para juzgarse a sí misma (no desprovista de un gran sentido del humor), Rita Macedo llegó a donde quiso estar. Le gustaba aprender y aprendió.
No oculta los tumbos de su recorrido, los describe con una cierta ingenuidad. Fue a como fue, y punto. Se casó con el padre de sus dos hijos mayores: Julissa y Luis. No pudo encontrar allí lo que andaba buscando. Soltó amarras por ese anhelo de “algo más” que no le quedaba claro en qué consistía, pero que en algún lugar tenía que existir. Estudió en la escuela de actuación de Saki Sano. Julissa se quedó con su papá. Ella regresó a casa de su madre con Luisito. “Mama Julia” idéntica a ella misma, la corrió de la casa. “Empaqué, le encargué a mi hijo Luis y me mudé a un hotel. Yo iba a mostrarme de cara limpia al mundo. ‘Los hombres’”, me dije, “se expresan y viven con más espontaneidad que las mujeres’ y yo iba a ser igual”. Era muy joven, no tenía dinero, estaba sola. Vivió un periodo siniestro y breve en Hollywood. Una muchacha muy bella abriéndose camino en un mundo en el que los hombres eran amos y una mujer era antes que nada un cuerpo. “¿Igual”, lo que se dice “igual” que un hombre? El abismo de la diferencia construída se le estrelló sin piedad en la cara. 
Regresa a México. Julio Bracho se la encuentra en un pasillo y le dice:“¡Tú eres Rosenda!”. “No, yo soy Conchita”. “Aquí te traigo a la Rosenda ideal”, le dice al gerente de la casa productora. Un contrato para tres películas. Cuando firma el contrato Bracho le indica: “Pon en el  contrato Rita Macedo, así te llamarás desde ahora”. Esta seguridad material le permite recuperar a Luisito. “Yo quería ser una mujer de mundo como Eva Perón, que había pasado de actriz a primera dama”. Tuvo su primer papel estelar en “La casa colorada”, junto a Pedro Armendáriz. Se hizo amiga del fotógrafo Gabriel Figueroa. “Vestido de charro, Pedro era la imagen perfecta del macho mexicano”. Alguna vez escuchó a Julio Bracho decir: “Rita es tan dúctil como una plastilina, pero si se le deja libre a sus propios recursos, está perdida”. Quizá Rita lo creyó. Pero Rita no fue “plastilina” en las manos de nadie. Una fierecita adentro suyo no se lo permitía.
Con su habitual sentido del humor cita lo que escribió un reportero de ella: “Los ojos de Rita Macedo están llenos de las ideas que su conversación no tiene”.  Quién le iba a decir, a ese pasmado, que hablaba de la mujer que un día recorrería las capitales del teatro para elegir obras y comprar sus derechos para traerlas a México. La que deslumbraría a Luis Buñuel, cuya película “Los olvidados” había sido una revelación para ella. La que ganó un Ariel. La misma que después reunía alrededor de su mesa a tantas de las más fascinantes personalidades de su época. “Yo ya no sabía si quería ser respetada, rica o amada. Lo único de lo que estaba segura es de querer ser una buena actriz”.
Rita tuvo amantes sin entender muy bien cómo ni por qué, “después de muchos fracasos, llegué a la conclusión de que la frigidez era lo normal para mí”. Hasta que apareció “el Ministro”. Se enamoró. “Supe por primera vez lo que era un orgasmo”. Comenzó a viajar, descubrió los libros de arte, la música. Rita era como una esponjita. “En desorden y piano piano, empecé a adquirir un barnicito de cultura”. Decidida, estudiosa, trabajadora. Talentosa. Ensayaba incansable sus papeles. La vida que siempre había deseado se le aclaraba poco a poco. A Luisito podía ya  ofrecerle “un jardín y un perro boxer”. Podía intentar que Julissa pasara tiempo en su casa, “ella pensó toda la vida que la había abandonado intencionalmente y para siempre”. Pero, “El Ministro” tenía sus crisis de celos y una familia en otro lado. Esa extraña y naturalizada doble vida en la que “la amante” es el trofeo de un hombre “poderoso,” que termina viviendo como un adolescente que ya no se esconde de su mamá, sino de su esposa.
Rita abrió una boutique de alta costura. Si bien nunca fue un negociazo, le permitió andar siempre elegantísima con los vestidos que ella misma diseñaba. Le encantaba coser. Lo hizo toda su vida. Se casó con un señor Palomino de breve y triste memoria, pero con el que viajó mucho. La “barnizadita” continuaba. El señor Palomino amaba a su perro más que a nadie. “Pablo temía que los comunistas se apoderaran del mundo. Él decía que los aristócratas no nacieron para trabajar y quería que yo, la plebeya lo mantuviera”. Sus elecciones con respecto a los hombres le resultaban con frecuencia un misterio: “Natassia Filippovna tenía un carácter tan imprevisible y autodestructivo como el mío”, escribió.
“Una noche de función, Ernesto se me acercó durante el intermedio para dejarme saber que entre el público estaba mi amiga Maka, la hermana de Pablito, Maruca, y que las acompañaba el ya renombrado autor Octavio Paz y otro amigo de él”. Un hombre aparece y le dice: “¡Felicidades!”. “En ese momento quedé petrificada, fulminada, loca de amor por él”. Así comienza su historia con Carlos Fuentes. Él le entregó el manuscrito de “La región más transparente”, la novela que le dedicó. “¡Por fin encontré al hombre de mis sueños!” Esa historia ante la cual su escritura se detiene en ese año 1993. A partir de ese momento, es Cecilia quien escribe, justo ella, el mejor legado de la historia. 
Las indecisiones de Fuentes. Su escritura. Su gusto por el trabajo de Rita. Sus exigencias y su ternura. Su amor por su hija Cecilia, su apoyo a Julissa. La fama que va llegando y la casa que se llena cada vez más de invitados. Las “históricas” fiestas de los Fuentes Macedo. Las ciudades en las que vivieron juntos. Los continuos paseítos amorosos del escritor. La necesidad de Rita de aceptarlos por miedo a perderlo, a sentirse excluida. Fuentes le cuenta sus aventuras. Ella se convierte en su “cómplice”, escucha nombres, detalles. En algún momento le dice que ahora sí se enamoró de otra, y ya se va, pero el tiempo pasa y no sucede. Jean Seberg visita México, le pregunta a Rita cuántos años tiene de casada”.Fuentes se va tras ella al sureste. Rita se siente en la cuerda floja. Pero,  la “princesa” elegida por Fuentes no fue ella. También eligió su muerte, Jean Seberg.
A pesar de todo lo que tiene que atender, a pesar de sus inseguridades y sus miedos, Rita nunca ceja en lo que es el centro de su vida: ser actriz de cine y de teatro, ser productora. Estudiar. Seguir trabajando. Apoyar la carrera de Julissa. Acercarse a Luis. Proteger a Cecilia. Un día una de las “princesas”, “llegó para quedarse”. Hay mucho de conmovedor y de magnífico en la vida de Rita. A sus primeros abandonos se sumó el abandono de “el amor de su vida” y todo sumado provocó un desastre interior.Pero pocas mujeres han seguido su deseo como ella. Contra viento y marea. Sobre todo, pocas mujeres de su generación. Fueron pioneras de la libertad, caminando a tientas. Avanzando a trompicones en un orden que no estaba dispuesto a concederles sino lugares subalternos. Ella realizó sus deseos. Ella convirtió a la desamparada Conchita que tartamudeaba y se tropezaba con sus propios pies, en la deslumbrante e inolvidable  Rita Macedo.


7/04/2020

"Los invisibles", Festival de Cine Judío


Un homenaje a los alemanes anti-fascistas que arriesgaron sus vidas para salvar a los judíos perseguidos

María Teresa Priego 

Muy buenas películas del Festival Internacional de Cine Judío están accesibles (a bajo costo) en una plataforma comercial. "Los invisibles" de Claus Räfle (Alemania), "Perfectas" de Sharon Maymon y Tal Granit (Israel), "La ley" de Christian Faure (Francia), "Refugiada" de Eran Riklis (Israel), "El viaje de Fanny"de Lola Doillon (Francia), "Los que se quedaron"de Barnabás Tóth (Francia), "El repostero de Berlín" de Ofir Raul Graizer (Alemania). "El árbol de Higo" de Alamork Davidian (Etiopía), "Pinsky" de Amanda Lundquist (Estados Unidos).
Me detengo en "Los invisibles" de Claus Räfle. Es una película y  también es un documental. Cuatro sobrevivientes judíos, quienes en su temprana juventud vivieron en la clandestinidad en el Berlín nazi, ofrecen su testimonio. Con sus entrevistas se va intercalando la recreación de sus vidas interpretada por actores. El anti-semitismo. La "solución final". El terror, los escondites, los documentos falsos. El hambre. Las redadas. Las deportaciones. La inimaginable dimensión de la destrucción y de la pérdida. Siete mil personas en la clandestinidad (según los datos en el documental). Sobrevivieron mil quinientas. "Los invisibles" es –también– un homenaje a los alemanes anti-fascistas que arriesgaron sus vidas para salvar a los judíos perseguidos.
La sobrevivencia como un verdadero milagro cotidiano. En 1943, Joseph Goebbels, Ministro de propaganda de Hitler (nombrado un año después como: "Plenipotenciario para la guerra total"), declaró a Berlín "ciudad libre de judíos". Sí, el mismo Goebbels que se suicidó junto a su esposa Magda Ritschel (ejemplo nacional del "ideal de la madre alemana"), tras envenenar a sus seis hijos. Hitler se había suicidado el día anterior junto a Eva Braun. La Gestapo sabía que en la ciudad varios miles de judíos seguían viviendo escondidos, algunos trabajando y circulando por las calles con documentos falsos. Había que cazarlos. La caza no se detuvo, aun sabiendo ya los nazis que perdían la guerra, que el ejército ruso estaba a punto de sitiar la ciudad.
Cioma Schönhaus, era egresado de la escuela de arte, sus talentos le permitieron convertirse en un falsificador de documentos de identidad y de estampillas para conseguir alimentos. Cada documento falso era una oportunidad de sobrevivencia. Ruth Arndt retó a la suerte con una decisión más que temeraria: trabajar en el hogar mismo de un oficial nazi, haciéndose pasar por "aria". Como en el cuento "La carta robada" de Edgar Allan Poe: ¿quién podía sospechar que una joven judía se escondiera en el lugar donde su presencia era más visible? Ruth cocinaba, limpiaba y servía la mesa en las cenas de los oficiales nazis
Hanny Levy dejó sus cabellos cobrizos para convertirse en rubia.Los nazis no podían imaginar una judía de cabellos dorados. Había conocido brevemente a un joven alemán en un cine. Él le dijo que si algo pasaba, buscara a su mamá, la mujer responsable de la taquilla. Hanny, acorralada, aterrada de pasar sus días vagando por las calles, buscó a la madre del joven. Para entonces, él ya había sido enviado al frente. Dos mujeres solas que no se conocieron nunca antes, una judía y una alemana, atravesaron la guerra juntas. Como madre e hija. Eugene Friede se sumó a la resistencia. Un personaje aparece brevemente. Como un meteoro implacable: Stella Goldschlag. Mencionada por dos de los sobrevivientes: "A pesar de lo que hizo, sus padres fueron deportados". Un largo silencio.
En los pasillos de un cine las dos jóvenes judías (encubiertas) se cruzan con una mujer muy elegante que las interpela. Reconoció a una de ellas. Apresuran el paso sin responder. "¿Quién es?" "Stella, una judía que trabaja como informante para la GESTAPO". El testimonio me llevó a buscar la vida de Stella. Fue detenida junto con sus padres. Una ex compañera de escuela, también judía, la había traicionado. La GESTAPO la torturó y le ofreció un trato: ella conocía bien la comunidad judía de Berlín, los nazis sabían que numerosos judíos vivían en la clandestinidad. Su trabajo consistiría en pasearse por las calles, asistir a lugares públicos y denunciar a los que reconociera. Tal y como le había sucedido a ella misma. A cambio, se comprometían a no incluir ni a sus padres ni a ella en las listas de los trenes de la muerte.
Su primer esposo murió en deportación. Se casó durante la guerra con Rolff, también "catcher" para la GESTAPO. Los nazis la llamaron: "El veneno rubio". Un buen día ya no pudo salvar a sus padres de las listas negras. Fueron asesinados en un campo. Stella continuó su "trabajo" como denunciante. Se acercaba a sus conocidos judíos, les prometía ayuda, se presentaba en los funerales y las bodas de personas judías casadas con arios, les daba citas. ¿Cómo no confiar en ella? En su lugar, a la cita llegaba la GESTAPO. Stella tenía su seguridad garantizada, recibía un salario. Y un "bono" de 200 marcos por cada persona a la que traicionaba. Tuvo una hija: Yvonne. Fue detenida por los rusos y pasó diez años en campos de concentración en la URSS. Regresó a Alemania. Peter Wyden la entrevistó para escribir su biografía. Ante él, Stella se declaró "víctima del nazismo". 
Se convirtió al cristianismo y al anti-semitismo más feroz. En 1994 se suicidó saltando por la ventana de su departamento en Friburgo. Su hija Yvonne "Soy Ivonne, la que nunca debió haber nacido", es enfermera en Israel. Nunca quiso volver a verla. Cuenta que con frecuencia sueña que le dispara a su madre y la mata. "Para que su memoria, por fin desaparezca". El final del documental-película es muy bello. Uno de los sobrevivientes narra que le preguntó a su salvadora alemana por qué había arriesgado su vida por él. Ella le respondió: "para salvar a mi país".