María Teresa Priego

Accediendo a las piezas de arte, a los encuentros, a los seminarios, a través de una pantalla. Hace cinco meses inauguramos ese obligado planeta intramuros.
La semana pasada, cinco museos de la Ciudad de México abrieron sus puertas con estrictos protocolos de seguridad: Palacio de Bellas Artes, Museo Nacional de Arte, Museo Nacional de San Carlos, Museo Mural Diego Rivera y Museo Nacional de Arquitectura. Sólo permitirán visitas a un 30% de su capacidad habitual. Los museos son nuestros de regreso. Poco a poco. Una hora y media de visita.
En las fotos que me envía Carmen Gaitán, una niña abre sus brazos
después de pasar el tapete sanitizante. Un guardia la rocía a distancia
con spray desinfectante. En esa plaza bellísima, las personas que hacen
cola mantienen la distancia reglamentaria. Caretas, cubrebocas, guantes. Toma de temperatura, gel antibacterial. Para evitar el contacto el servicio de paquetería está cerrado. Se insta al público a "Evitar tocar objetos y superficies".
Lucina Jiménez y su equipo trabajaron durante meses para crear los protocolos de salud para todos los museos que dependen del Instituto Nacional de Bellas Artes.
¿Cómo recibir a los visitantes? Carmen Gaitán explica el anhelo del
regreso: "¿Cómo -a pesar de todo- acogerlos de manera segura, cariñosa,
amable? Hacer que su visita sea una experiencia entrañable". Estamos
ansiosos de belleza y de entrañables. Subir de nuevo las escaleras del Palacio de Bellas Artes
con esa ilusión de la descubierta, como aquel mediodía cuando Louise
Bourgeois habitaba sus salas. Mirar ahora, con esa extraña sorpresa que
traemos dentro, el codo a codo de los fascinantes personajes del "Sueño
de una tarde dominical en la Alameda".
Nostalgias de aquella noche de inauguración: "XX en el XXI. Colección del Museo Nacional de Arte".
Una exposición magnífica. María Asúnsolo pintada por Siqueiros en sus
versiones niña y adulta. Las marionetas de Lola Cueto. Las mamparas
amarillo colonial. Una fiesta de pintoras/es mexicanas/os. Remolino de
personas en las salas. Qué felicidad el paulatino regreso a nuestros museos. La mujer esculpida por Jaume Plensa
se retira las manos que cubren sus ojos. Quiere mirar. Queremos,
necesitamos mirar. Sucede como en la canción de Armando Tejada y César
Isella: "Las simples cosas", esas cotidianidades ahora son tan
complejas: "Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida".
Bravo por el Instituto Nacional de Bellas Artes.
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