5/04/2018

La batalla de Puebla, una victoria antiimperialista.


DE PARTIDO COMUNISTA DE MÉXICO 


Ismael Hernández

La historia de todas las sociedades es la historia de la lucha de clases, de la lucha entre opresores y oprimidos, dicen Marx y Engels en el Manifiesto del Partido Comunista. Y el proletariado es la última clase oprimida de la historia, es la heredera de las luchas milenarias de todos los explotados y dominados y es la que en nombre de todos ellos, logrará la real y definitiva emancipación.

La clase obrera debe conocer y aprender de todas las luchas libertarias del pasado. En el caso de los trabajadores mexicanos, son de particular importancia la Guerra de Reforma y la Intervención francesa y, dentro de ese largo proceso, la batalla del 5 de mayo en Puebla.

Luego de haber derrocado la última dictadura de Santa Anna, de haber logrado promulgar una constitución liberal y de haber derrotado la contrarrevolución de los conservadores en la Guerra de Tres Años o Guerra de Reforma (1857-1860), parecía que estaban por fin abiertas las puertas para una modernización capitalista de México. Sin embargo, como en otros procesos revolucionarios, los reaccionarios contaban todavía con una carta: la intervención extranjera. El pretexto fue la moratoria declarada por Juárez al pago de la deuda.

Este asunto tuvo una resonancia mundial y el propio Marx se ocupó de él desde su diminuto apartamento en Londres. Marx definió la coyuntura en estos términos:

“Se recuerda que el partido liberal en México, bajo Juárez, Presidente Oficial de la República, controla actualmente a casi todos los puntos del país; que el Partido Católico bajo el General Márquez ha sufrido derrota tras derrota y que la banda de ladrones organizada por dicho partido ha sido replegada en la Sierra de Querétaro y se ha vuelto dependiente de la alianza con Mejía, el jefe indio de allá. La última esperanza del Partido Católico era la intervención española.”

Los conservadores lograron involucrar a Espala, Inglaterra y Francia. De acuerdo con Marx, los motivos de estas potencias europeas para involucrarse en una guerra civil del otro lado del océano eran diversos, unos internos de cada uno de esos países (Bonaparte necesitaba un distractor de sus asuntos domésticos, que no marchaban bien; a España se le habían ido a la cabeza sus triunfos “baratos” en Marruecos y Santo Domingo y empezaba a soñar con la reconquista del país) y otro general: aprovechar la Guerra Civil en los Estados Unidos para posesionarse de una parte del territorio del continente americano. Oficialmente, los motivos aducidos por las potencias eran contradictorios y ridículos. Oficialmente, la expedición tenía por único objetivo hacer que el gobierno mexicano pagara sus deudas, para lo cual no era necesario invadir el país; por otro lado aducían motivos “humanitarios” como reestablecer el orden en el país (el cual ya había sido reestablecido desde la derrota de los conservadores); sin embargo, las últimas aventuras imperiales de los Estados Unidos (Afganistán, Irak, Siria, Libia) nos muestran que cuando las potencias intervienen en un país supuestamente para establecer el orden, producen lo contrario, lo sumen en el caos absoluto.

Con toda claridad, Marx sentenció:

“La proyectada intervención en México por parte de Inglaterra, Francia y España, en mi opinión, es una de las empresas más monstruosas que jamás se haya registrado en los anales de la historia internacional. Se trata de una idea típicamente palmerstoniana, que asombra a los no iniciados por la locura del propósito y la imbecilidad de los medios empleados.”

Debido a los propios reacomodos de la política europea y a la hábil diplomacia del enviado de Juárez a negociar con las potencias que tenían bloqueado el Puerto de Veracruz, al final solamente Francia se lanzó a la aventura de invadir el país, derrocar al gobierno legítimo de Juárez e instaurar una monarquía; todo ello con el fin de abrir una cabeza de playa en el continente para la expansión del imperialismo francés.

La agresión injustificable de una potencia gobernada por una monarquía reaccionaria, la de Napoleón III, en contra de un país con un gobierno destacadamente republicano, liberal y progresista; desató el repudió unánime de todas las fuerzas que pudiéramos considerar de izquierda: desde los liberales y republicanos más radicales hasta los comunistas; desde el escritor Víctor Hugo y el revolucionario italiano Guissepe Garibaldi hasta Karl Marx. Cambiando lo que haya que cambiar, en el siglo XIX México fue lo que Vietnam en el siglo XX: un pequeño David que derrotó al gigante imperialista y que concitó solidaridad y simpatía en el mundo entero.

Los franceses pensaron que la conquista del país sería un paseo, con la soberbia propia de los imperios, pensaron que no tendrían la menor resistencia. Sin embargo, el mundo entero quedó asombrado cuando fueron derrotados el 5 de mayo de 1862. Sin entrar en los pormenores de la batalla, los cuáles son interesantísimos, por cierto; el hecho es que su resultado sorprendió al mundo, infringió una dolorosa humillación a Napoleón III y llenó a los mexicanos de esperanza en la victoria, la suficiente para resistir hasta el triunfo definitivo en mayo de 1865. Podemos decir que simbólicamente, los imperialistas estaban derrotados desde ese día.

La batalla de Puebla nos da una enseñanza de oro: es posible derrotar a los imperios, por poderosos que sean.

Los republicanos del mundo festejaron el fracaso final de Napoleón, para sopesar el impacto mundial que tuvo el triunfo mexicano, debemos citar la carta que Víctor Hugo escribió Juárez:

“Europa en 1863 se arrojó sobre América. Dos monarquías atacaron su democracia, la una con un ejército, el más aguerrido de los ejércitos de Europa, que tenía por punto de apoyo una flota tan poderosa en el mar como el mismo en la tierra; que tenía para respaldarlo todas las finanzas de Francia, recibiendo reemplazos sin cesar; bien comandado, victorioso en África, en Crimea, en Italia, en China, valientemente fanático de su bandera; que poseía en profusión caballos, artillería, provisiones, municiones formidables. Del otro lado, Juárez.

Por una parte dos imperios, por la otra un hombre. Un hombre, con sólo un puñado de hombres. Un hombre arrojado de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo, de rancho en rancho, de bosque en bosque, amenazado por la infame fusilería de los consejos de guerra, perseguido, errante, atacado en las cavernas como una bestia feroz, acosado en el desierto, proscrito. Por Generales, algunos desesperados; por soldados, algunos desnudos. Ni dinero, ni pan, ni pólvora, ni cañones. Los matorrales por ciudades. Aquí la usurpación llamándose legitimidad; allá el derecho, llamándosele bandido.

La batalla de uno, contra todos, ha durado cinco años.

[…]

Y un día, después de cinco años de humo, de polvo y de ceguera, la nube se ha disipado y entonces se han visto dos imperios caídos por tierra. Nada de Monarquía, nada de ejércitos; nada más que la inconformidad de la usurpación en ruina y sobre este horroroso derrumbamiento, un hombre de pie. Juárez y al lado de ese hombre, la libertad.”

Sin embargo, al final de su carta, Víctor Hugo pedía a Juárez le perdonara la vida al emperador Maximiliano, decía que ese gesto de magnanimidad sería su mayor victoria y la peor derrota de los monárquicos de uno y otro lado del Atlántico pues le deberían la vida a la república. Pero Juárez, como buen jacobino, como buen heredero de Robespierre, decidió “darle una lección” a Europa y fusilarlo en el Cerro de las Campanas.

Ahora que la lucha ya no es por destruir el orden feudal sino por destruir el capitalismo; ahora que ya no se trata de expropiar a los latifundistas sino a los burgueses; ahora que ya no se trata de derribar la monarquía e instaurar la república sino de formar un Estado popular que barra la contrarrevolución y, luego, de extinguirlo para dar paso a la más libre autogestión de la sociedad; ahora, en el siglo XXI, cuando la lucha y el mundo ya son otros, y nuestras tareas históricas son otras ¿qué podemos aprender de Juárez, la Guerra de Reforma y la lucha contra la Intervención?

Podemos aprender y recuperar muchas cosas, entre ellas, primero, tenemos que aprender la actitud intransigente de Juárez, la defensa férrea de su programa y su proyecto. Lo que debemos aprender de Juárez y los liberales del siglo XIX es su radicalidad y audacia. Por otro lado, la tragedia mediocre de los liberales moderados, que apoyaron a Maximiliano con la idea de presionarlo “desde dentro” y hacerlo correrse a posiciones progresistas, debe servirnos de lección. En segundo lugar, podemos aprender de la batalla de pueblo que ningún imperio es invencible. La memoria de esta gloriosa victoria alimentará la lucha de los explotados de México contra otras intervenciones y por el triunfo de otra revolución, ya no liberal, sino de la revolución socialista.

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