4/23/2022

Organizadas en un agujero

 pikaramagazine.com

Teresa Villaverde

En la mina de oro de Kadumwa, situada en la República Democrática del Congo, las mujeres tratan de conseguir el control de algunos pozos de mineral, normalmente en manos de hombres, para lograr mejores condiciones en un sistema de explotación sistemática.

Mina artesanal de oro Kadumwa, en Luhwindja, República Democrática del Congo. | Foto: Teresa Villaverde

“Todas las mañanas, si tengo dos dólares, voy a donde están los chicos que bajan a la mina a extraer las piedras, las compro y luego las lavo y pico. Pero es un juego de azar. Puede que haya un poco de oro y, entonces, puedes ganar entre tres y cuatro dólares. Vendo ese oro y así puedo pagar el alquiler y la vida de mis hijos”, cuenta Yoel. No quiere dar su apellido.

Está sentada junto a un balde con arena en el camino que baja a la mina de oro Kadumwa, en la zona de Luhwindja, provincia de Kivu Sur, en la República Democrática del Congo. El país es un lugar estratégico para las grandes mineras, ya que tiene oro, diamantes, estaño y tantalio, además del 50 por ciento de las reservas mundiales de cobalto y entre el 70 y el 80 por ciento del coltán, el mineral con el que se fabrican los móviles y los ordenadores. La disputa por el control de estos minerales ha provocado que, una vez terminada la guerra civil que tuvo lugar entre 1996 y 2003, la violencia haya continuado a manos de grupos armados y escisiones del Ejército. El conflicto se perpetúa con la connivencia del Gobierno del país y de las grandes empresas, normalmente occidentales y chinas.

Yoel llegó a esta zona hace cinco años con su marido militar que “murió en el campo de batalla”. “Desde entonces me quedé sin medios para subsistir [el Gobierno no da manutención a las viudas de los soldados] y por eso trabajo en la mina”, añade. Tiene cuatro criaturas. Detrás de ella, mientras habla, escuchan varios de sus jefes, miembros del comité de dirección, cuya presencia contrasta frente al resto de gente. Llevan traje y zapatos. Y camisas blancas impolutas. Ignorando esta vigilancia, Yoel reconoce que, aunque vive mejor que cuando trabajaba en canteras de obras transportando materiales a la espalda, es un lugar duro. “No tengo buena salud. Picando y lavando piedras me estropeo las manos, la piel y la espalda, porque estamos muchísimas horas trabajando. Hay días en que no encuentro oro y pierdo el dinero que he invertido. Y muchas veces, como nosotras no sabemos si los hombres han encontrado oro o no, tenemos que fiarnos de que lo que nos dicen. A veces nos estafan. Dicen que no hay nada cuando en realidad hay”, concluye.

Yoel en el camino, hablando con periodistas de AFEM. | Foto: Teresa Villaverde

Se refiere a una creencia popular según la cual las mujeres no pueden entrar en el agujero de la mina ni pasar cerca de los accesos porque su presencia hace que desaparezca el mineral. Esta superstición es, en realidad, en una forma de robo. Al prohibirles bajar a la tierra y comprobar ellas mismas las vetas, en muchos casos son estafadas. Entonces, compran la piedra que los hombres sacan y ellos, además, les suelen ayudar a picarla para transformarla en arena y buscar el mineral. “A veces los chicos jóvenes que las ayudan les mienten y les dicen que no hay nada”, cuenta Sifa, coordinadora de las mujeres que trabajan en la mina de Kadumwa que también quiere presentarse solo con su nombre. Ella, como Yoel y la mayoría de las mujeres que trabajan en la mina, es desplazada. Tiene siete criaturas. Cuenta que los motivos para migrar suelen ser porque el marido ha abandonado a la familia o son viudas y necesitan medios de vida.

Sifa habla seria y despacio. No se ha sentado en una esquina del camino como su compañera. Permanece en pie. No solo coordina a las mujeres, forma parte del comité de dirección y tiene un pozo de oro. Lo cuenta con la postura humilde pero firme, también delante de sus jefes. Sifa, gracias también al trabajo que realiza en esta la zona AFEM (Association des Femmes des Médias, Asociación de las Mujeres en los Medios, en castellano), es parte de una pequeña revolución en el sistema minero de Kadumwa.

Sifa es propietaria de un pozo de mineral, coordinadora de las mujeres de la mina y miembra del comité de dirección. | Foto: Teresa Villaverde

En la zona alta que rodea al agujero hay casas y alguna tienda, pero no todo el mundo vive ahí. Algunas personas, hombres, mujeres y criaturas que viven de la mina, tienen sus hogares repartidos en casetas en torno a los puntos de extracción. Hay cosas que no pueden transmitirse en una foto. Ni en un vídeo. El olor, lo resbaladizo que es el suelo húmedo que atraviesa la mina y por el que las mujeres pasan en chanclas cargando baldes con arena y piedras. La estrechez del camino. La humedad del ambiente y de las casas, construidas con maderas y techos de metal, pero sin suelo, por lo que la gente vive sobre el barrizal. La tensión del ambiente. La hostilidad abierta de algunas expresiones frente un grupo de periodistas blancas que están visitando la zona. Pero también la alegría de otras, el orgullo de las mujeres que quieren hablar de su trabajo y denunciar sus condiciones. El cielo se está oscureciendo y empieza a caer alguna gota. Cuando llueve en República Democrática lo hace sobre el barro. Esto significa que, si te quedas en la mina cuando empieza a llover, es probable que no puedas salir en un buen rato. Al menos hasta que el terreno se seque y deje de ser tan resbaladizo. Esto obliga a la comitiva, hombres de traje, paracaidistas blancas y currelas, a subir al pueblo, a la zona alta, antes de lo previsto.

La mano de obra esclava que suple la falta de maquinaria

Kadumwa es una mina de oro artesanal, es decir, la falta de maquinaria se suple con mano de obra. Podríamos añadir, además, que la mano de obra con peores condiciones es la de las mujeres, como suele pasar en los sistemas mineros. En la misma zona se encuentra la minera canadiense Banro, industrial. La diferencia entre un tipo de mina y otra, además de la maquinaria, suele ser también por el tipo de propiedad.

Las mineras de las grandes empresas occidentales suelen realizar la fase de exploración, más cara, y una vez que encuentran una zona de minerales, tienen derecho a su explotación. A partir de ahí, el truco está en subcontratar filiales, que suelen ser chinas y que no entran en tratados internacionales, lo que les permite ser más laxas en cuanto a derechos laborales. Además, el entramado de empresas dificulta saber quién es la persona responsable cuando se dan –y se dan todo el tiempo– condiciones de explotación.

Un grupo de trabajo descansa en la mina de oro de Kadumwa. | Foto: Teresa Villaverde

Algunas de estas zonas exploradas y explotadas por grandes mineras pueden quedar abandonadas porque ya no son tan rentables. Es entonces cuando las comunidades se acercan para extraer los minerales de esas zonas de forma artesanal. “Nuestro comité ha sido elegido por la comunidad”, asegura Amos Mirindi, jefe del comité de dirección de Kadumwa. “Una de las ventajas de esta mina es que no está controlada por grupos armados”, afirma en otro momento. “Oficialmente no hay minas controladas por grupos armados, pero, aunque no se diga, estos llevan la propiedad y venta de muchas de esas minas”, asegura Justine Masika, presidenta de la asociación Synergie des femmes pour les victimes de violences sexuelles (Sinergia de mujeres por las víctimas de las violencias sexuales), situada en Kivu Norte, otra de las provincias del país. En esa zona el conflicto congoleño está más activo. Allí operan alrededor de 150 grupos armados y el Gobierno provincial suele establecer toques de queda amparándose en la inestabilidad. En el último mes de febrero, la hora obligatoria para estar en casa eran las diez de la noche. Muchas de las mujeres que llegan a Kadumwa lo hacen, de hecho, como desplazadas desde la provincia de Kivu Norte.

En la ruta que atraviesa las casas y da acceso a los agujeros hay varias zonas con agua. Un chico mete la mano y saca arena. Entre sus dedos se ve una viruta mínima de oro. La empresa minera que explotó con maquinaria industrial este terreno antes de abandonarlo perforó la tierra, creando unos agujeros por los que el agua se filtra y se contamina. La falta de agua potable accesible es uno de los problemas básicos de esta mina y conseguirla se ha convertido en un trabajo típico de las mujeres. Cuando no tienen dinero para comprar piedra a los mineros, se desplazan cargando bidones amarillos de agua. Necesitan transportar 20 bidones al día para conseguir el dinero mínimo con el que alimentar a su prole.

“En Kadumwa solo hay una fuente y todas las personas van ahí. Las mujeres suelen disputar el agua con hombres jóvenes y hay peleas. Hace dos días una mujer se cayó, se rompió una pierna y está en el hospital. Para las mujeres con criaturas esto es un gran problema. Esta ausencia de agua limpia y de acceso al agua provoca infecciones, granos, heridas en la piel, infecciones en los genitales, alergias. Cada vez son más frecuentes estas infecciones en las mujeres y se están desarrollando en los niños y niñas”, dice Sifa.

El control de los pozos, un logro estratégico

Llueve con mucha fuerza y el agua da golpes contra la tejavana del habitáculo de cemento situado en el pueblo, encima de la mina. En el espacio hay varias sillas. A un lado, las mujeres blancas, acompañadas de alguna integrante de AFEM que traduce del suajili al francés. En frente, media fila está ocupada por el jefe del comité de dirección de Kadumwa, Amos Mirindi, rodeado de otros hombres; la otra mitad la ocupan Sifa y sus compañeras. En las filas de detrás se agrupan otros mineros y mineras.

Sifa forma parte del comité de dirección, integrado por siete hombres y tres mujeres: una encargada de las mujeres, una presidenta de madres y una encargada de sensibilización de las mujeres. En esta zona minera hay unas 5250 personas, de ellas, mil son mujeres. En Kadumwa, en concreto, son 125. “Hay 200 pozos en total en toda la zona”, dice Mirindi, “cuatro de ellos liderados por mujeres”. Sifa niega con la cabeza: “Solo dos”. “Para tener un pozo en propiedad es necesario tener 3.000 dólares y las mujeres no los suelen tener. Además, muchos hombres piensan que no estamos hechas para ser propietarias, que va en contra de nuestra naturaleza y que deberíamos trabajar en el campo”, continúa ella. Incluso siendo propietaria, se encuentran en situaciones desigualdad. Está obligada a tener un asistente hombre al que paga a diario, salga o no mineral que vender. El asistente es quien entra en el agujero: “En ese momento pierdes el control de la mina, porque no sabes en qué han estado trabajando los hombres dentro y qué han conseguido”. Este asistente es también quien la representa en reuniones con hombres, porque no quieren hablar con la dirigente.

El rol clásico de las mujeres en la mina era de trabajo en el pequeño comercio que rodea a la extracción, ejerciendo la prostitución, cosiendo la ropa de los hombres, limpiando, cocinando para ellos, al servicio de los mineros. Pero ya no. O no solo. “Tener un pozo en propiedad está rompiendo estereotipos contra las mujeres y, además, trabajo por romperlos. Apuesto por que las mujeres trabajen en mi pozo. Cuando se está construyendo un agujero demuestro que, si pasamos, no desaparecen los minerales”, explica Sifa. A pesar de que ellas no pueden bajar, Sifa obliga a los hombres que trabajan con ella a repartir las piedras de forma justa: “Les digo que es importante que las mujeres también encuentren minerales, porque esto supone transformar las dinámicas en la mina”.

Yoel y otra minera cargando un bidón de agua. | Foto: Teresa Villaverde

La organización de las mujeres en la mina de Kadumwa va más allá y lo ven como un éxito para mujeres y madres. Según cuentan, cuando la propietaria del pozo es una mujer se solidarizan entre ellas y se apoyan. Por ejemplo, si un hijo o hija está enferma y la madre no puede ir a trabajar, las mineras reservan algo de dinero para las medicinas. “Queremos que el número de mujeres propietarias aumente porque entendemos nuestras necesidades y tenemos otra manera de trabajar”, asegura Sifa.

El control de algún contribuye a mejorar la posición de poder de las mineras, pero la prostitución sigue siendo uno de los trabajos más extendido entre las mujeres. “Hay un grupo de salud dentro del comité que enseña a las mujeres a protegerse, les dan condones y cuando lo necesitan les dirigen y facilitan el acceso al centro de salud más cercano”, dice Mirindi. En la misma fila de sillas, junto a Sifa, hay otra mujer. Es la otra propietaria. Quiere hablar, pero Mirindi continúa antes de que se presente: “Aquí respetamos el código minero. Cuando las mujeres llegan vemos si están embarazadas, si están embarazadas no trabajan”. Una mujer se revuelve en una de las filas de detrás y se acerca a una de las periodistas para susurrar, mientras el jefe habla: “¿Entiendes francés?”. “Algo”, responde. La minera está molesta porque el jefe no ha dejado hablar a su compañera, la otra propietaria: “Todo lo que dice es mentira”, dice señalando a Mirindi, “no se miran las infecciones y las mujeres embarazadas trabajan”.


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