4/29/2022

Sélvame

 sinembargo.mx

Fabrizio Mejía Madrid

Tan sólo un día después de la inauguración del aeropuerto Felipe Ángeles en Santa Lucía, circuló un video de artistas en contra de la construcción del Tren Maya en la Península de Yucatán. Sus críticas iban desde que se iba a “destruir” la selva hasta que se nos estaba “quitando la casa de todos”. No se mostraba mayor evidencia que la voz de alerta de cómicos, actrices, músicos y varios desconocidos. Las demandas fueron desde no construir el tren hasta una insólita invitación al Presidente López Obrador a “visitar el lugar”. Las dos propuestas eran improcedentes y estaban fuera de lugar dado el grado de avance de la construcción y debido a que el Presidente visita la zona por lo menos cada mes. Una petición me llamó la atención: “consultar a los expertos”. Se habían consultado a mil 78 comunidades de 112 municipios mayas, choles, tseltales y tzotziles; no sólo una vez, sino varias, a lo largo del proceso. Además de 105 biólogos y 262 arqueólogos. ¿A qué expertos, además de los habitantes, se debería de preguntar?  

En México, el ecologismo político no ha existido. El llamado “Partido Verde” es una organización de origen familiar, los González Torres, que fue expulsado en 2009 de la Unión de Partidos Ecologistas por promover la pena de muerte. Además, es larga su historia de corrupción con los hoteleros, despojos de tierras y playas, nexos con la mafia rumana que clonaba tarjetas de crédito en Cancún, el oscuro asesinato de una modelo, y hasta la violación de varias vedas electorales donde usa famosos para promover el voto en días en que está prohibido hacer propaganda. 

Por otra parte, han existido organizaciones ambientalistas que, sin constituirse en partido político, han servido de fachadas de “expertos” en los litigios, amparos, y juicios interminables de los opositores a las obras de infraestructura del obradorismo. Tal es el caso, por ejemplo, del Centro Mexicano de Derecho Ambiental, CEMDA, en cuyo consejo resplandecen Amanda Berenstein, de Causa en Común, que trabajara del 2000 al 2003 en la oficina de Comunicación de Vicente Fox; Carlos Ortiz Mena, empleado de la minera Peñoles; Pablo Ruiz Limón de City Bank; y Juan Francico Torreslanda Ruffo, de México Unido contra la Delincuencia. Han tramitado amparos en contra del nuevo aeropuerto, la refinería de Dos Bocas, y el Tren Maya. Por lo tanto, podemos decir que su ambientalismo no se interesa por la naturaleza, sino por entorpecer y sabotear. 

De todas formas, lo que me resultó llamativo fue que nadie se hiciera responsable del video. Se trató de una publicación que tenía un guión que los famosos leían, con un mensaje pensado para alertar, y cuyo lema, “Sélvame del tren” —una muy buena idea de marketing—, encubrió qué organización estaba detrás. No se transparentó jamás qué agrupación ambientalista lo promovía. Tampoco se presentaron argumentos o demandas razonables. La idea era sembrar la desconfianza hacia la obra con un timo: se estaba arrasando la selva para que por ahí pase un tren que sólo beneficiará a los turistas.  

Más allá de estos “expertos”, los abajoapersonantes pasaron, en un día, de exigir la cancelación de todo el tren a sólo pedir que se revisara el tramo 5, por una supuesta afectación a los ríos subterráneos. A esto, la Secretaría de Medio Ambiente respondió que la edificación incluía un extenso programa de reforestación de dos mil millones de metros cuadrados; que el tren no pasaba por ningún río o cenote; y que el tramo corría por una carretera ya en uso. Frente a eso, los supuestos ambientalistas dijeron, entonces, que el tren se iba a caer. El Presidente los invitó para darles la información de impacto ambiental de la obra, pero varios de ellos se negaron por “no ser expertos”. Otra vez esa palabra. Así que la reunión en Palacio Nacional se suspendió. Pero algún abajoapersonante llegó hasta ahí con un megáfono y reclamó la “falta de sensibilidad” de “cerrarles la puerta en la cara”. El hombre, alguien muy poco articulado que se autodefine como “personalidad de los medios de comunicación”, tuvo que enfrentar los cuestionamientos de los transeúntes del Centro Histórico de la Ciudad de México que, entre otras cosas, le recordaron que algunos de los abajoapersonantes de “Sélvame del tren” tenían intereses hoteleros.

Aunque sea vago e indefinido, este discurso del ambientalismo político contiene varias inexactitudes que habría que atajar. En primer término la idea falsa de que existe una armonía en la naturaleza y que, por tanto, nosotros los humanos deberíamos respetar. Cualquiera que haya observado la biósfera o tan siquiera una serie de Discovery Channel, sabe que la naturaleza es violenta, reinada por la muerte, el hambre, y la injusticia, en cuyo centro está el azar y la incertidumbre. No hay nada bucólico en ella. El ejemplo que les comparto es el del documental de Werner Herzog, El Hombre Grizzly, que narra la historia de un ambientalista que confunde a los osos con sus amigos, les pone nombre, intenta filmarlos, hasta que, un día, se lo comen vivo. 

Quien trata de sacar una conclusión moral o ética de la naturaleza, termina proponiendo soluciones finales o la supervivencia sólo del mejor adaptado. Los nazis eran ecologistas y los neoliberales sustituyeron de la fórmula darwiniana el “adaptado” por “el más fuerte” y así justificaron sus abusos. Si sólo fuéramos evolución, no tendríamos historia. Los seres humanos no somos seres que se adaptan a su medio, sino que creamos medios inexistentes. De ahí, la imaginación y la creatividad; de ahí el arte, la ciencia y la política. Si nos ajustáramos a los delirios del sujeto neoliberal —el simple consumidor que busca satisfacer sus apetitos— entonces nos devolvemos a nuestra pura animalidad, sin historia, ni medicina, ni moral, que son ficciones de la dignidad humana. 

Existe un ecologismo político, que en México ha reivindicado el partido Movimiento Ciudadano, hoy parte del combo del McPRIAN, que pretende dotarle de derechos a los ríos y las piedras, como si fueran sujetos. El engaño es que ellos se dicen sus intérpretes, sus representantes, y entonces estar contra ellos significaría estar contra el orden natural. Parte de ese mismo engaño es pensarnos como “armónicos” cuando la historia de la humanidad es estar en tensión permanente con las condicionantes materiales. Por supuesto que el ambientalismo es una propuesta política de intervención humana que lucha contra el riesgo que la tecnología implica para la supervivencia de las especies del planeta, pero de ahí a pensar que deberíamos considerarnos como el gran pecado original, un quiste del universo, algo que le sobra al supuesto orden natural, hay mucha distancia. Hay un ecologismo profundo que propone, por ejemplo, limitar el número de nacimientos humanos sin tomar en cuenta que el cambio climático es un resultado de la altísima concentración de la riqueza. Usted y yo tendríamos que vivir dos mil años para contaminar con el mismo CO2 que los yates y aviones privados de alguien como el dueño del club de futbol Chelsea, Román Abramóvich. Pero a quienes generalizan hacia todos los seres humanos y nos demandan ajustarnos a la supuesta necesidad de la naturaleza fueron los que, en plena pandemia, dijeron que los mayores de sesenta años deberían sacrificarse y “dejarse morir por la economía”. Esa frase dicha por el vicegobernador de Texas y repetida por un periodista mexicano en un programa de TvUNAM, contiene la clave amoral de lo que se disfraza de moralidad natural: yo decido quién sobra para restablecer el orden natural. 

Digo esto porque hay algo de inhumano en la pretensión de que no se toque la selva de la Penísula de Yucatán. En la mentalidad del “Sélvame del tren”, los pobres sobran. Ese conservacionismo parte del falso supuesto de que así, sin tren, “la casa” sobrevive, sin tomar en cuenta que la zona ya ha sido devastada por el lucro, la tala ilegal, la crianza desmedida de cerdos, el uso de los cenotes como atractivo turístico, y los negocios camioneros a lo que un tren pondría en aprietos. Sin tomar en cuenta que el calentamiento global y sus incendios impredecibles son de escala planetaria. Sin tomar en cuenta que en ese territorio que se idealiza como “armónico” y virgen viven poblaciones originarias, gente pobre, que requiere un plan para aliviar su precariedad. La naturaleza no tiene sentido de la justicia. Ese es sólo un asunto humano, aunque, a juzgar por algunos ambientalistas, pareciera que no lo compartimos entre todos. 

Fabrizio Mejía Madrid

Es escritor y periodista. Colabora en La Jornada y Aristégui Noticias. Ha publicado más de 20 libros entre los que se encuentran las novelas Disparos en la oscuridad, El rencor, Tequila DF, Un hombre de confianza, Esa luz que nos deslumbra, Vida digital, y Hombre al agua que recibió en 2004 el Premio Antonin Artaud.

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