2/18/2010

ALEPH

Carolina Escobar Sarti

Las señoras presidentas


En 1974, Isabel Perón se convierte en pre-sidenta de Argentina y la primera mujer al frente de una república americana. Desde entonces, nombres como el de Lidia Gueiler Tejada, en Bolivia; Violeta Barrios de Chamorro, en Nicaragua; Mireya Elisa Moscoso, en Panamá; Ertha Pascal Trouillot, en Haití; Sila María Calderón, en Puerto Rico; Janeth Jagan, en Guyana; Michelle Bachelet, en Chile ,y Cristina Kirchner, en Argentina, se han sumado a la lista de señoras presidentas del mundo. Hoy, la elección de Laura Chinchilla, en Costa Rica, replantea en este sentido, cuestiones esenciales.

¿Son las presidencias femeninas garantía de atención a los problemas de las mujeres o de un avance de las mujeres en general? ¿Significan esas presidencias una mayor igualdad de género o una mayor autonomía de las mujeres? ¿Disminuyen la pobreza y la corrupción con mujeres en el poder? ¿El poder es ejercido de manera diferente por las mujeres que por los hombres? Preguntas de viejos debates, pero tremendamente actuales.

El machismo y su expresión en el poder es practicado tanto por hombres como por mujeres. Incluso a las mujeres sensibles a la temática del feminismo y del género que llegan al poder se les hace difícil poner en práctica la equidad, porque el sistema patriarcal se funda en instituciones donde, por siglos, se ha practicado el poder de manera vertical y autoritaria. Por otra parte, el ejercicio político de las mujeres en el ámbito público es reciente, en comparación con el ejercicio político de sus homólogos masculinos. Hasta la segunda mitad del siglo XX, ninguna mujer en el mundo había asumido cargos de jefatura de Estado o de gobierno, aunque ya se hubiera legislado al respecto mucho antes.

Sin embargo, el solo hecho de que una mujer alcance, por primera vez, la Presidencia de Costa Rica representa un avance en la cultura política de ese país y la concreción de la lucha de muchas mujeres por sus derechos civiles y políticos. Sin embargo, allí el tema ya no fue si la candidata era mujer u hombre, sino si era una aspirante idónea para el cargo. El efecto de la aplicación de cuotas, que en Costa Rica se implementó en el 98, se logró comenzar a ver claramente en los resultados de las elecciones del 2002, y luego en el 2006, cuando se logró un 50-50 en la Asamblea Legislativa. Esto ya habla de generaciones de votantes con formación política para la equidad, así que el tema no pasa por el cuño machista de “por ser mujer”.

Chinchilla captó más del 60 por ciento de los votos de las mujeres, según la última encuesta de Unimer, mientras que sus opositores captaron muy poco de esos votos. Eso quiere decir que se está rompiendo la partición patriarcal del “divide y vencerás” que nos ha tenido a las mujeres siempre enfrentadas. Y esto sí es de fondo, porque las mismas mujeres votaron por una mujer, lo cual habla de identidad de género en procesos de construcción ciudadana.

Ella no representó ni a la juventud, ni a la izquierda, ni a las feministas, ni a ecologistas, pero al final captó el apoyo de las fuerzas políticas no tradicionales de ese país. La vigilancia ciudadana será vital, como lo ha sido siempre en Costa Rica y las mujeres, seguro, no dejarán de seguir temas como los derechos sexuales y reproductivos, la ciudadanía de las mujeres, los presupuestos con enfoque de género, el aborto, la injerencia de los sectores de poder, el fortalecimiento del Instituto Nacional de la Mujer y otros. Así, supongo, se juega en democracia.

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