11/13/2013

Ratones



 Tomás Mojarro

             El ladrón vulgar te roba lo que tiene a su alcance:  auto, dinero,  reloj,  celular, la vida. El político ladrón te roba vivienda, salud, pensión, trabajo, educación,  prosperidad. El primer ladrón te elige a ti. ¡Al segundo ladrón lo eliges tú!  (Recibido en mi correo.)

            ¿Y nosotros? ¿Seguiremos ¡exigiendo! al enemigo histórico? ¿Demandar al tigre  que por amor a nosotros se torne vegetariano? Otros personajes emplea Tommy Douglas, político canadiense, para ilustrar su tesis. Aquí, recreada, su fábula, que desatenderla será peor para nosotros y mucho mejor para el enemigo de nosotros todos.

            Era un país de ratones. Los pequeños roedores nacían y morían como ustedes y yo, e incluso votaban y se habían dado su propio gobierno,  integrado por gatos negros. Gordos, enormes, voraces...

¿Extraño que los ratones elijan un gobierno de gatos? Estudiemos la historia de México y podremos comprobar que los roedores, como afirma T. Douglas, “no eran más estúpidos que nosotros”. No estoy hablando mal de los gatos, dice. Ellos eran buenos felinos, ejercían el gobierno con dignidad, creaban buenas leyes, unas leyes excelentes… para los gatos, por más que funestas para los ratones. Una de ellas decretaba que la entrada a la ratonera fuese lo suficientemente grande como para que un gato pudiera introducir su pata. Otra estipulaba que los ratones sólo podían desplazarse a cierta velocidad para que el gato obtuviese su almuerzo sin esfuerzo físico. ¿Lo iremos entendiendo?

Las leyes era muy buenas para los gatos, pero tan rudas para los ratoncitos que de repente, cuando no pudieron soportar más, pensaron que algo tendría que hacerse, y fue entonces: echaron del gobierno  a los gatos negros…para sustituirlos con gatos blancos que habían realizado una soberbia campaña electoral. “El problema son las entradas redondas a las ratoneras. Si nos elijen decretaremos por ley entradas cuadradas”.  Los ratones aplaudieron.

Se votó por los  blancos. Las ratoneras fueron  cuadradas y el doble de grandes. A los gatos les fue posible meter dos patas en ellas. La vida de los ratones se tornó crítica. Y a  buscar el remedio.

De repente... ¡eureka! Cuando los ratones ya no pudieron soportar esa situación votaron a favor de los gatos negros, que regresaron al poder antes de que, desilusionados, los ratoncitos acudieran a gatos mitad negros y mitad blancos. Coalición, llamaron a la maniobra, que resultó peor. Desesperados, los roedores votaron por un gobierno de gatos de piel moteada que producían sonidos idénticos a los de los ratones. Pues sí, pero lástima: comían como gatos.

¿Entendemos ahora? El problema no está en el color de los gatos.El problema es que se trata de gatos, que como gatos cuidan los intereses no de los ratoncitos, sino de ellos mismos. ¿Algún día lo llegaremos a entender, a  adquirir conciencia de enemigo histórico?

 Y fue entonces. De repente, el escándalo: llegó un ratoncito con una idea (mucho cuidado con quien tiene una idea): “¿Por qué seguimos eligiendo a los  gatos? ¡Elijamos un gobierno de ratones!

- ¿Que qué?  ¡Terrorista!, la masa ratonil.  "¡Enciérrenlo!” Y lo encarcelaron.

“Pues sí, los ratones pueden encerrar a hombre o ratón, pero no encerrar una idea”. Mis valedores: ¿lo entendió alguno? ¿Lo comprenderían los “activistas” que ¡exigen! a los gatos que por amor a nosotros cambien su dieta a yerbajos, y a los ratoncitos nos dejen en paz?

Porque, lo afirma E. Morrow, "una nación de ovejas engendra un gobierno de lobos". (Alerta.)

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