8/03/2014

El acto de matar



Carlos Bonfil

Apostar por un cine diferente. Muchos cinéfilos se preguntan a menudo qué hacer ante una cartelera comercial saturada por los éxitos de temporada, con más de mil copias cada uno, que impone la industria hollywoodense y que se proyectan sin contrapeso significativo en las más de 5 mil salas con que cuenta México.

¿Dónde están los espacios de exhibición alternativos? ¿Dónde las películas proyectadas en los festivales de cine? ¿Qué distribuidoras se arriesgan a ser independientes y promover el cine de calidad que las grandes cadenas de exhibición sólo exhiben a cuentagotas? Algunos espectadores eligen trasladarse hasta el sur capitalino y frecuentar la Cineteca Nacional o el circuito cultural universitario, otros prefieren el confort doméstico y la opción de un variadísimo menú de videos digitales. La mayoría se resigna sin embargo a las rutinarias ofertas del cine comercial y al complementario y oneroso consumo de comida chatarra.

Al respecto, Leopoldo Jiménez, responsable de la distribuidora independiente Nueva Era Films, considera necesaria la existencia de circuitos alternativos de exhibición, y abunda: Creo que no es sano que la exhibición se concentre en dos grandes cadenas, debemos apostar por otras opciones que per-mitan al público ver películas de calidad, no sólo en la ciudad de México, sino en todo el país. (La Jornada, 27 de julio, 2014).

Esos circuitos alternativos existen. Son pequeños y suelen ser ignorados por los medios, rescatan las mejores propuestas de los festivales, les dan un segundo aliento, se transforman en nichos muy activos, y garantizan, mínimamente todavía, que el cine de arte no desaparezca por completo de los circuitos de exhibición. Entre sus rescates más recientes figura El acto de matar (The act of killing, 2012), del estadunidense Joshua Oppenheimer, documental escalofriante, exhibido por primera vez en Ambulante, y que vale la pena consignar aquí por su originalidad y carácter polémico, también por su relación con los debates éticos y políticos de mayor relevancia en la actualidad internacional.

Los asesinos están entre nosotros. A lo largo de sólo un año, entre 1965 y 1966, se llevó a cabo en Indonesia un proceso de depuración ideológica y limpieza étnica que tuvo un saldo de medio millón de víctimas. Todo ello ante la indiferencia de las grandes potencias occidentales y con el aval y ayuda financiera del gobierno de Estados Unidos. El propósito era derrocar al gobierno prochino del presidente Sukarno y remplazarlo por un régimen favorable a los intereses estadunidenses. La maquinaria del genocidio incluyó la tortura sistemática, la cacería de brujas ideológica, el confinamiento de disidentes en campos de concentración, la violación de mujeres y el asesinato de niños, y finalmente, esa variante de la solución final que fue el exterminio programado de una comunidad entera.

Ante esa tragedia histórica el documentalista Oppenheimer eligió una manera perturbadora y discutible de abordar el asunto. Desechó recurrir a materiales de archivo y entrevistar a los sobrevivientes del genocidio. La palabra la tendrían ahora los verdugos, hombres ya septuagenarios, dueños en el régimen actual de una impunidad perfecta. Lejos de ser asesinos se les considera hoy héroes y salvadores de la patria. Esa paradoja siniestra el cineasta la ilustraría de una manera irónica, como una bofetada más a las buenas conciencias de Occidente.

A través de una insólita estilización teatral. Los verdugos no sólo son entrevistados, sino también invitados a recrear en vivo sus hazañas. A personificar de paso también a sus propias víctimas. Y lo hacen con gusto, con la fanfarronería de quien considera justa la macabra misión cumplida. Los vemos así presumiendo los instrumentos y técnicas de tortura utilizados, emulando de nueva cuenta a sus héroes mediáticos de entonces (Rambo, en primera línea), recibiendo felicitaciones en un reality show de la actual televisión indonesia. Se muestran siempre conscientes de que un cineasta originario del pueblo amigo los está filmando, y de que la lucha contra los comunistas de ayer, o los terroristas de hoy, justifica siempre cancelar cualquier escrúpulo humanista y adoptar la irracionalidad del adversario como línea de conducta propia. Hasta ese momento clave en que el protagonista anciano, el verdugo Anwar Congo, se percata frente a la cámara de la terrible dimensión del autoengaño. Un reconocimiento tardío del horror vivido e infligido le provoca entonces angustia y un conato de llanto. Oppenheimer gana así su apuesta delicada y controvertida. Su documental señala, con novedosas estrategias estéticas, el doble peso de la impunidad de los verdugos y el silencio cómplice de una comunidad internacional con una capacidad de autoengaño similar a la del propio Anwar Congo.

Se exhibe este mes en Cine Tonalá. Tonalá 261, Roma Sur. Horarios: www.cinetonala.com
Twitter: @CarlosBonfil1

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