6/20/2018

Fundación y Centro Cultural Elena Poniatowska


Maria Teresa Priego

La escritura. La sonrisa de Elenita mostrando sus adorables dientitos de conejo. Su belleza. Su sentido del humor. Su minucioso interés por cada persona a la que tiene enfrente. Su amor por sus hijos y sus nietos, por sus amigas/os, por México y sus ciudadanos tan injustamente despojados. Los gatos, las plantas. Los seres vivientes. Su bondad. Sus palabras. Su pasmosa humildad. Esa escritura suya que ha transformado la vida de tantísimas personas. Irrumpe y una no sale indemne. Hasta no verte Jesús mío, La noche de Tlatelolco, Querido Diego, te abraza Kiela; Fuerte es el silencio, Nada, nadie. Las voces del temblor; Las siete cabritas, Tinisima, Dos veces única, Leonora. Las voces femeninas desde Jesusa Palancares hasta Leonora Carrington. Desde la pintora rusa abandonada por Diego Rivera con un hijito pequeño en un París helado, hasta la fotógrafa italiana que miró caer a su amante Julio Antonio Mella a su lado. Asesinado. Así, a mitad de una banqueta.
Su manera de escuchar y de mirar el mundo
Elena escucha, no para de escuchar. De esa escucha atenta está hecha su escritura. De un romanticismo a prueba de balas. Y de una elección fundamental: la princesita polaca eligió ser bastante menos princesa. Salir con una grabadora en la mano, extender un micrófono en las calles de un México extraviado y dolido y preguntar: "¿Qué es lo tuyo? Lo más íntimo. ¿Quién eres? ¿Qué es lo que te es necesario decir? Aquí estoy para escucharte". Su largo amor por el astrónomo Guilllermo Haro, el padre de Mane, Felipe y Paula. Su solidaridad. Su lealtad. Su memoria ya larga de un país que ha vivido y sentido en todas sus intensidades. Esa "otra manera de ser humana y libre", como escribió Rosario Castellanos. Esa tan generosa manera de estar.
Feminismo épico en clave de mujer
Sus bromas en el Coloquio (su homenaje), "El feminismo épico en clave de mujer", organizado por la doctora Assia Mohssine en el Colegio Nacional, donde admiraba los techos y señalaba que ya eran "distintos". "Miren qué bonito, hicieron olas de madera en el techo. Cuando yo acompañaba a mi esposo Guillermo Haro..." Y sí, la emblemática escritora mexicana, la escritora Premio Cervantes, la Elena Poniatowska que no puede caminar medio metro de calle sin que sus lectoras/es la detengan para conversar con ella; nunca ha sido integrante de El Colegio Nacional. Sería urgente que el Colegio cambie sus reglas.
El jueves pasado lleno completo en una hermosa casa restaurada por Francisco Martín del Campo en la colonia Escandón. Un espacio abierto para la cultura y las artes. Abierto al debate. Elena Poniatowska se negó a vender su archivo a las distintas universidades estadounidenses que se interesaron en adquirirlo: "Es una memoria que pertenece al pueblo de México". En palabras de su hijo Felipe Haro: "Este archivo forma parte importante de la memoria histórica de México: más de 50 años de testimonios escritos, novelas y trabajos audiovisuales que le pertenecen al pueblo mexicano, y a quien se desea hacer llegar todo este patrimonio". Elena tomó el micrófono, narró anécdotas con su humor siempre delicioso, agradeció a sus amigos que la acompañaron y dedicó esta frase a su hijo Felipe Haro, quien dirige el proyecto y trabajó en él desde 2011: "se trata de un acto de amor de un hijo para su madre" y terminó su intervención: "ustedes mismos son un mar de amor, grande, que Felipe y yo agradecemos".
Premio anual
La Fundación otorgará un premio anual a una organización o a una mujer que haya destacada en el trabajo en beneficio de otras mujeres. Retoma así el feminismo de Elena. Esa escritura que investiga y narra a sus personajes femeninos, nos los acerca -Jesusa Palancares, Angelina, Tina, Leonora, tantas- y nos los hace entrañables. Las puertas de la Casa están abiertas. Los proyectos en marcha. La Fundación Elena Poniatowska, un espacio de encuentro comunitario, acepta propuestas.
Ese día en la Escandón nos perdimos. "Disculpe, ¿sabe dónde queda la calle José Martí?". "Ah, el Centro Cultural de la escritora", "La Casa de la Cultura de Elenita". "Dos cuadras para allá está la casa de doña Elenita". "Dicen que van a apoyar a los niños por las tardes, ¿es verdad? "Primero no queríamos que abrieran el Centro Cultural porque luego nada más hacen ruido, pero pues ya vimos que es ella". Así llegamos. "Un mar de amor grande", dijo Elena. Ese mar de amor es toda ella.

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