1/11/2019

Astillero : Julio Hernández López


El grito de Maduro
Petate venezolano
Espejo latinoamericano

Ayer, al enumerar a quienes con representación diplomática asistían a su toma de protesta como presidente de Venezuela por un segundo periodo, Nicolás Maduro lanzó un grito luego repetido en coro por los asistentes, ¡Viva México! La sonora individualización geográfica tiene como telón de fondo que el país gobernado por Andrés Manuel López Obrador se negó a convalidar la estrategia del conjunto de países latinoamericanos, conocido como Grupo de Lima, que busca desconocer, aislar y deponer al heredero político de Hugo Chávez, todo en consonancia con la óptica bélica de la administración Trump.
La entusiasta referencia de Maduro a México es oro molido para la franja social que está asustada o recelosa respecto de las primeras acciones del gobierno obradorista ya con el poder formal, más otras realizadas durante el largo periodo, peculiarmente ejecutivo, de la presidencia electa. Siempre se ha buscado asociar a López Obrador con el chavismo, en tonos estridentes deseosos de ahuyentar a los electores de la opción significada por el tabasqueño. Aun así, tan grave y profunda ha sido la crisis a la que han llevado al país los partidos Revolucionario Institucional (PRI) y Acción Nacional (PAN) que una amplísima corriente de votantes prefirió experimentar la novedad del obradorismo que continuar con la inercia del bipartidismo negociado y dañino.
Sin embargo, y sobre todo con la ayuda de equipos de difusión en redes digitales, se insiste en ligar al político mexicano con el venezolano. La más reciente de estas embestidas trata de caracterizar los problemas de abasto de gasolina en varias ciudades del país como un adelanto del apocalipsis de carencias y problemas que vive aquella nación sudamericana.
No están a la vista elementos en firme para pretender equiparar al obradorismo con el chavismo-madurismo. No hay en Palacio Nacional una intención socialista, sino una pretensión casi nostálgica de revivir épocas del buen priísmo. En el propio equipo de López Obrador hay personajes absolutamente cargados a los negocios y a la derecha política, como Alfonso Romo, el jefe de la Oficina de la Presidencia de la República, e incluso uno de sus hombres estratégicos (de Romo, no de AMLO), el transgénico secretario de Agricultura, Víctor Manuel Villalobos Arámbula. Los proyectos desarrollistas del sur mexicano han recibido el beneplácito de Estados Unidos (que así ve construida una cortina a la migración centroamericana) y de muchos grandes empresarios mexicanos que se alistan para entrarle a los negocios derivados de los planes sureños.
Pero sí hay algo que merecería quedar más claro: la Venezuela de hoy, con sus graves problemas e insuficiencias, es una parte del proceso de desestabilización que en su contra han desatado los intereses afectados por Chávez y, luego, por Maduro (aunque a estas alturas haya distorsiones y circunstancias críticas). En ese sentido sí es posible advertir y denunciar eventuales procesos de venezolización de México: cada paso que el nuevo gobierno federal da en busca de cumplir su proyecto de ayudar a los sectores más desvalidos (asistencialismo, no revolución) es correspondido por propaganda descalificatoria que promueve la alarma social y el desequilibrio político. En la medida que López Obrador pretenda avanzar en sus planes (que no buscan un cambio radical, sino un remozamiento del sistema), la hoy aún desguanzada oposición a Morena y su máximo líder institucionalizado irá tratando de asustar con el petate venezolano y así crear condiciones de desarmonía y ruptura.
Hay un gran espejo latinoamericano ante el cual verse (del Chile gobernado por Salvador Allende al reformismo de Lula y el desenlace de Dilma Roussef) , pero no desde el posicionamiento de los intereses afectados por gobiernos progresistas o populistas ni con ruidero propagandístico de factores desplazados por la llegada al poder de nuevos proyectos políticos. Y, entonces sí, ¡Viva México!

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