Escrito por Paola Piña
.-Ciudad de México.– Cada
martes, María Luisa Villanueva, quien pasó 25 años en prisión por un
delito que no cometió, se coloca con manta en mano, a partir de las 10
a.m. frente a la Plaza de Armas, en Cuernavaca, para exigir justicia.
Aunque hoy se encuentra en libertad, su lucha está lejos de terminar,
pues exige que el Estado la reconozca como inocente y que se haga
justicia contra quienes violaron sus derechos humanos tras casi tres
décadas de impunidad.
En entrevista con Cimacnoticias,
María Luisa relató que desde su liberación en febrero de 2023 ha
enfrentado nuevas formas de violencia institucional. Asegura que el
Estado ha colocado múltiples obstáculos para agotarla y disuadirla de
continuar con su denuncia contra el grupo de agentes de la Unidad
Antisecuestros que la torturaron en 1998, tras haber sido detenida de
forma arbitraria y violenta.
Aunque la fiscalía giró órdenes de
aprehensión contra los responsables, la jueza Juana Rosa López de Solano
las negó. Villanueva y su defensa apelaron la decisión, pero el mes
pasado la Tercera Sala Penal, a cargo de la magistrada María Luisa
Sánchez Osorio, volvió a revictimizarla al rechazar nuevamente las
órdenes de captura.
“El
tribunal quiere mantener en la impunidad a las personas que me
torturaron, ya que son servidores públicos de la fiscalía, entonces se
protegen. Hay una red de corrupción en la que se cuidan unos a otros”,
denunció María Luisa
Reconstruir su vida ha sido un
reto enorme. Cargar con el estigma de haber estado en prisión le ha
cerrado puertas al empleo, negándole oportunidades básicas para salir
adelante. Actualmente, su único sustento proviene del apoyo económico de
la Comisión Ejecutiva de Atención y Reparación a Víctimas (CEARV) de
Morelos; sin embargo, afirma que este ha sido insuficiente y, además
denuncia que se entrega de manera irregular.
“Este
apoyo económico también ha sido una batalla. Hasta el momento no han
pagado la renta; creo que el casero ya está a punto de desalojarme.
Dijeron que esta semana entregarían el dinero, y yo estoy esperando…
ojalá que sí. A veces parece que piensan que te están haciendo un favor
al darte lo que en realidad es tu derecho.”, expuso María Luisa
Villanueva
Los estragos de haber estado privada de la
libertad durante 25 años han deteriorado su salud física y mental. Uno
de los impactos más dolorosos, confiesa, fue haber sido separada de sus
hijos cuando aún eran pequeños, lo que generó un distanciamiento
profundo, hoy solo mantiene contacto con uno de ellos. A esto se suma no
solo el estigma social que enfrenta, sino también el rechazo dentro de
su propia familia, que vive en Guerrero y con la que mantiene una
relación distante.
“Soy
de un pueblo muy conservador, y al llegar sí soy señalada, tanto por
haber estado en prisión como por lo que me hicieron los policías”,
lamenta María Luisa Villanueva
Finalmente, con la voz
entrecortada pero firme, Villanueva hace un llamado a la presidenta
Claudia Sheinbaum para que atienda su caso y el de muchas otras personas
que han sido víctimas del abandono y la impunidad.
“De
la presidenta Claudia creo que de ella espero mucho más. Necesito la
autoridad de una figura como la presidenta que pueda ayudarme y darme
la mano. Es una lucha que estoy sola contra un sistema que lo tiene
todo, tiene todo el poder para cansarme, para agotarme. Al destrozar la
vida de un ser humano que es inocente, se destruye también una sociedad y
eso no es justo, concluye María Villanueva.
Caso María Luisa Villanueva
En 2019, Cimacnoticias
conversó con María Luisa Villanueva, una mujer originaria de la
comunidad de El Ocotillo, en Guerrero. En ese entonces, María Luisa se
encontraba privada de su libertad en el Centro de Reinserción Social
Femenil de Atlacholoaya, en el municipio de Xochitepec, Morelos. Estaba
cumpliendo una sentencia de 30 años, acusada de haber participado en el
secuestro de la menor Sara Saskia Seligman, ocurrido el 22 de junio de
1997, según la causa penal 06/1998.
La vida de María Luisa cambió
de forma drástica el 6 de enero de 1998. Con apenas 21 años y dos hijos,
uno de 11 meses y otro de 9 años, regresó a Morelos, donde había vivido
tres años antes, en busca del padre de su hijo menor, a quien no veía
desde hacía nueve meses. Vivía en condiciones de pobreza, en un contexto
adverso que la colocaba en una situación de vulnerabilidad.
Aquella
noche acordó encontrarse con su expareja, Catalino Martínez Jiménez, en
el restaurante Los Porkys, ubicado en la colonia Galeana de Zacatepec.
Pero lo que debía ser un reencuentro personal, se convirtió en una
pesadilla. Minutos después de su llegada, un grupo de agentes de la
Unidad Antisecuestros irrumpió violentamente en el lugar. Iban
encapuchados y, según el expediente, entre ellos se encontraban José
Guadalupe Reyes, Fernando Paredes Meza y Édgar Chávez Rodríguez.
Frente
a los comensales, los oficiales sacaron a la fuerza a María Luisa y a
Catalino del restaurante. Él, en medio de la confusión y la violencia,
suplicaba: “Ella no tiene nada que ver, dile al jefe que me dé chance y
la deje ir”. Sin embargo, ambos fueron subidos a un vehículo. En una
parada durante el trayecto, María Luisa escuchó cómo uno de los policías
le decía a su expareja que, si quería que ella quedara libre, debía
entregar 200 mil pesos.
Lo peor estaba por venir. Fue llevada a
una casa donde fue torturada y agredida sexualmente. Con las manos
atadas, tirada en el piso, escuchaba los gritos de otras personas que
también estaban siendo golpeadas. La amenazaban de muerte con frases
como: “Te llegó la hora, hija de tu puta madre”.
Cuatro
días después, el 10 de enero, ambos fueron presentados, esposados y
encapuchados, ante la entonces Procuraduría General de Justicia del
Estado (PGJE). Allí, una vez más, fueron golpeados y obligados a firmar
confesiones bajo amenaza.
Su situación legal se agravó por la
falta de recursos económicos de su familia, que no podía pagarle una
defensa adecuada. Le asignaron un defensor de oficio, quien hizo un
trabajo deficiente. La diligencia de confrontación, clave en el proceso,
estuvo plagada de irregularidades: en el expediente incluso aparecen
nombres de mujeres que, según las actas, estuvieron presentes, aunque
ellas mismas niegan haber participado en la diligencia.
A pesar de
las evidentes violaciones a sus derechos humanos y la ausencia total de
una perspectiva de género, el 2 de septiembre de 1999, María Luisa fue
condenada a 30 años de prisión. Fue juzgada sin garantizarle el derecho a
una defensa adecuada, a no ser torturada, ni a que se fabricaran
pruebas en su contra. El juez avaló todas las irregularidades,
revictimizándola y legitimando la arbitrariedad con la que fue detenida.
Pasaron
22 años para que su caso comenzara a recibir atención. Con el apoyo de
un nuevo abogado, logró que la Fiscalía General de Justicia abriera una
carpeta de investigación contra los policías ministeriales que la
detuvieron. Pero fue hasta el 30 de enero que el magistrado presidente
del Tribunal Superior de Justicia de Morelos, Jorge Gamboa Olea, ofreció
a algunas mujeres privadas de la libertad ,entre ellas María Luisa,
acogerse a un beneficio de remisión parcial de la pena, lo que implicaba
su liberación inmediata.
María Luisa, sin embargo, no quería ser
liberada como si se le estuviera “perdonando” algo. Quería que el Estado
reconociera su inocencia, por eso, renunció al beneficio. Pero Gamboa
Olea ordenó su liberación de todos modos. Paradójicamente, fue el mismo
magistrado que, años antes, había omitido todas las inconsistencias y
violaciones de su proceso.
Hoy, han pasado 27 años desde su
detención. Aunque María Luisa ya no está en prisión, la justicia no ha
llegado. Sigue enfrentándose a un sistema corrupto y negligente, que se
niega a reconocer los abusos, las torturas, la fabricación de pruebas y
las omisiones que marcaron su caso. María Luisa Villanueva es libre, sí,
pero aún espera que su nombre sea limpiado por completo.