Carlos Bonfil
La Jornada
En Taxi Teherán, Panahi remplaza el escenario de su propia
casa por otro lugar de encierro, el interior de un automóvil, un taxi
que recorre las calles de Teherán, y que él mismo conduce, y en el cual
se entrecruzan diversos personajes que discuten acaloradamente sobre
asuntos de la vida cotidiana en Irán, librándose a confidencias y
reflexiones sobre el sentido de la justicia islámica o el propósito de
la piratería del disco digital en un país donde impera la censura, o las
responsabilidades morales de un artista frente a un clima político
hostil para su creación. Con increíble destreza, la cámara registra en
el espacio mínimo los intercambios verbales, los eventos dramáticos (la
grabación de las últimas voluntades de un hombre gravemente herido) y
las anécdotas jocosas (el accidentado destino de un pez luego de
quebrarse en el taxi su pecera).
Como en su modelo fílmico evidente, 10, de Abbas
Kiarostami, filmada en 2002, Panahi está aquí omnipresente, frente y
detrás de la cámara y, sin embargo, invisible, siempre con su sentido
del humor y su ironía fina, con la indignación vuelta serenidad crítica y
su vitalidad de creador indoblegable. También aparece en el relato su
joven sobrina con cámara en mano, realizando un trabajo de escuela, como
el relevo artístico posible y deseable. Una voz femenina nueva en el
paisaje de un sistema patriarcal obsoleto y agotado. Taxi Teherán, caja de resonancias de un insólito impulso libertario.
Se exhibe en la sala 2 de la Cineteca Nacional, a las 12 y 17:30 horas.
Twitter: @Carlos.Bonfil
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