Cuando desde su cama de hospital tu madre dice: “¡Mi lápiz de labios!”, una sabe que ya la libramos.
“Me siento como si estuviéramos en un crucero”, me dice mi mamá. Ama los viajes y los cruceros. Como si en las ciudades otras, ella se convirtiera un poco en otra. Otra más libre, quizá. Otra que puede inventarse ella y distinta. Eso me ha parecido constatar con el tiempo. La otra de ella/una misma en los espacios ajenos. Miré la cama de hospital, la bandeja con medicamentos, el suero, la silla de ruedas en un rincón, los moretones en sus brazos. El suero gotea como la lluvia fina de las islas tropicales que visitamos. “Es cierto, esta habitación es lo más cercano que he visto a un camarote”. Miré de nuevo cada rincón. ¿Un camarote? ¿Por qué no? Después de todo, la ambulancia hace cantar una sirena no tan lejos. “¿Escuchas el canto de las sirenas?” “Lo escucho”. Una no tiene que decir la verdad todo el tiempo. Una no necesita decir la verdad todo el tiempo.
En el camarote ronronea
el aire acondicionado. Me da paz, esa especie de murmullo de infancia.
Nos protege. En algún momento, entre que no logran capturarle una vena y
entre que busco sus calcetas tejidas en una maleta, descubrimos que
nuestros cruceros son muy distintos. Tiene frío y mira los glaciares en
Alaska, de allí la urgencia de esas calcetas que le tejió su comadre
(justo esas nos son indispensables), mientras yo casi le anunciaba
nuestro desembarco en La Martinica. “Mamá, estás en el crucero
equivocado, navegamos por las Antillas y acá se baila calipso”. “Pues,
fíjate hijita, que creo que la que está en un crucero equivocado eres
tú, ya anunciaron las focas para mañana”. Me podría haber reído a
carcajadas, pero disimulé tantito: así han sido nuestras conversaciones
toda la vida.
¿Quién comienza con la frase: estás equivocada? Es
intercambiable. El robotcito que marca la exactitud del funcionamiento
del suero hace toda clase de ruidos. Una amable señorita se precipita en
la habitación y llama al orden. Comienza nuestro forcejeo por los mapas
y los cruceros. Ni me convence, ni la convenzo. Pienso que tiene miedo.
Sé que tengo miedo. El miedo está allí agazapado en los rinconcitos. Me
gustaría tener una escoba mágica para barrerlo. Me gustaría decir:
“tengo miedo”, porque con frecuencia las palabras funcionan como la
escoba mágica, pero no quiero correr el riesgo de descubrirnos en otro
crucero equivocado.
“Ponme
talco”. Una talquera como las de antes, redonda, llena de polvito
blanco y una amohadilla suave que se desliza sobre la piel. Ese olor
delicioso. Las simples cosas. Los rituales. Las minucias de la vida
cotidiana. “Mi abuelita usaba talcos Maja”. “Sí”. La habitación tiene
una terraza y abrimos las persianas para que mire las palmeras. Un punto
a mi favor en el debate del inminente desembarco en La Martinica. Mi
mamá adora las plantas y las plantas la adoran a ella. Todo reverdece en
su casa. Por años, para entrar al garaje era necesario atravesar una
enredadera kilométrica que el carro arrastraba. Casi todos los vecinos
tenían portones eléctricos, a mi familia la protegía la enredadera.
Casi
no dormimos (en los barcos las noches son agitadas), pero mi madre dice
que ya no le duele nada. “¿Qué respondo en el grupo de tus vecinas, en
el de tus ex compañeras del banco, en el de tus amigas de La Cruz Roja?
Al rato vienen tu hermana y tus sobrinas. Cuando dormías llamó tu
hermano”. Me dicta y escribo. “Qué bueno es esto de la tecnología”, me
dice. “Buenísimo”, le respondo, yo que para los celulares soy tan
australopitecus como ella. De pronto mi mamá cierra los ojos y su cuerpo
comienza a estremecerse. Su cuerpo se dobla y tiembla. Tiene frío.
Mucho frío. Tiembla tanto que siento que un inmenso glaciar está a punto
de estallar y aplastarnos. Le toman la presión: está bien. La
temperatura: está bien.
Mi hermano me dice que es el anuncio de
una subida de temperatura. “Pero no tiene fiebre, así que no puede ser
eso”. “Allí viene la fiebre”. ¿Por qué a las horas pico casi todos
sentimos que cursamos quince años de medicina? Yo no sabía que una
persona puede temblar - hasta parecer que se convulsiona - cuando se
anuncia una fiebre. Es importante saberlo. “Deja de temblar así, por
favor. Tienes toda la razón, estamos en Alaska y hace un frío tremendo”.
La cubro con una cobija. Mi reloj no se detiene. Su reloj no se
detiene. Aprieto el reloj en mi mano. La vi de nuevo en esa fragilidad
de la noche en que llegué. Su cuerpo es más pequeño, mucho más pequeño y
desvalido que su cuerpo de hace una hora. “Es una fiebre y va a ceder”,
me dice mi hermano. Mi hermano sabe. No es bueno que ella perciba mi
miedo. Además. Mi hermano sí fue un montón de años a las escuelas de
medicina.
Mi
mamá duerme y yo susurro “Bonita”, una canción que mi papá le cantaba
cuando éramos niños. ¿La han escuchado? Es romantiquísima. Y vaya que mi
mamá ha sido – como la de la canción – “altiva” y “vanidosa”. Lo que
nunca está de más, sobre todo en casos de apuro. Y la vida ofrece
cantidad de apuros. Esa noche fumé mucho en la terraza de la habitación.
Con la puerta cerrada y medio cuerpo de fuera, para que el viento se
llevara el humo. Hasta conversé con las palmeras. “Mañana será otro
día”. En algún momento acompasé mi respiración a la del sueño de mi
madre. Así, como una hace con los pasos de otra persona cuando camina.
Respiramos juntas esa noche larga. Y esperanzada.
Ese minúsculo
ritual tan cotidiano de la crema en la piel. El lápiz de labios. El sol
ardiente de Tabasco y los lentes de la Greta Garbo. Las simples cosas.
“¿Cómo amaneció tu mamá?” “Pintándose los labios”. Escucho la carcajada
de su hermano. Repito lo mismo cada vez que alguien llama. Como mantra.
“Vamos a la visita”, dice su hermana. Y la habitación se llena de las
voces de esa familia grandísima de mi mamá. La libramos. Somos una vez
más los más suertudos del mundo. Mi madre retoma su crucero y recibe a
sus invitados en su camarote. La libramos.
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