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8/22/2026

Milei dice que “pulverizó” la violencia contra las mujeres

 

En Argentina, la violencia contra las mujeres está lejos de haber desaparecido. Mientras el presidente Javier Milei asegura que durante su gobierno se han registrado los niveles más bajos de violencia, organizaciones especializadas advierten sobre la persistencia de los casos de feminicidio y el debilitamiento de las políticas públicas destinadas a prevenirlos y atender a las víctimas.

Durante una entrevista con el periodista Luis Majul, Milei afirmó: “pulverizamos la violencia contra las mujeres” y aseguró que, bajo su administración, se ha hecho más por el bienestar de las mujeres que en gobiernos anteriores.

Sin embargo, los datos disponibles muestran un escenario distinto.

Argentina registra 147 víctimas letales de violencia de género

Entre el 1 de enero y el 31 de julio de 2026, el Observatorio de las Violencias de Género Ahora Que Sí Nos Ven, en colaboración con la Universidad Nacional del Delta, registró 147 víctimas letales de violencia de género.

De ellas, 119 fueron femicidios directos y 17 femicidios vinculados. El registro también contabilizó 234 intentos de femicidio durante ese periodo.

La cifra significa que, en los primeros siete meses del año, una mujer fue asesinada por motivos de género cada 35 horas, mientras que se produjo un intento de femicidio cada 25 horas.

Además, 64 por ciento de los agresores eran parejas o exparejas de las víctimas y al menos 15 por ciento de las mujeres asesinadas había realizado una denuncia previa.

El caso de Mailén: una falsa oferta laboral terminó en femicidio

Uno de los casos que evidencia los riesgos que enfrentan las mujeres es el de Mailén, una joven de 25 años y madre de dos niñas que vivía en Mar del Plata.

Mailén encontró en Facebook una oferta de trabajo en un balneario de Punta Mogotes. Tras ponerse en contacto con quienes publicaron el anuncio, acudió a una entrevista.

Un remisero pasó por ella a su domicilio. En el lugar la esperaban tres hombres.

Ese mismo día, su familia perdió contacto con ella. Cuando acudieron a la policía para denunciar su desaparición, no recibieron la respuesta esperada y decidieron comenzar su propia búsqueda. Finalmente encontraron a Mailén asesinada.

Su caso, retomado por la periodista Celeste Abrevaya en LatFem, muestra cómo la violencia machista puede cruzarse con otras condiciones de vulnerabilidad, como la precariedad laboral.

Recortes a las políticas contra la violencia de género

La persistencia de los femicidios ocurre además en un contexto de reducción de recursos públicos destinados a prevenir y atender la violencia de género.

Un análisis de ACIJ y ELA señala que el presupuesto destinado a las principales políticas de prevención y atención de la violencia de género cayó 89 por ciento desde 2023.

Entre los programas afectados está Acompañar, cuyo presupuesto se redujo 90 por ciento en 2024 respecto de 2023. La Línea 144, uno de los principales canales de atención para personas en situación de violencia, perdió dos tercios de su presupuesto y redujo 45 por ciento su planta de trabajadoras.

También se han registrado fuertes recortes en políticas de salud sexual y reproductiva, mientras que el Plan ENIA, destinado a prevenir embarazos en adolescentes, quedó prácticamente sin financiamiento.

Menos femicidios no significa que la violencia haya desaparecido

Los registros oficiales y de organizaciones muestran que los asesinatos pueden disminuir en un periodo determinado sin que eso implique que la violencia de género haya sido eliminada.

De acuerdo con ACIJ y ELA, los femicidios pasaron de 228 en 2024 a 200 en 2025. No obstante, otros indicadores muestran la persistencia de situaciones de violencia extrema. En la provincia de Buenos Aires, por ejemplo, los intentos de femicidio aumentaron de 218 a 301 casos.

Por ello, una reducción en los asesinatos no basta para afirmar que la violencia contra las mujeres fue “pulverizada”.

El caso de Mailén y las cifras de 2026 muestran que, mientras el gobierno de Milei sostiene ese discurso, las redes de prevención, atención y acompañamiento continúan siendo fundamentales para evitar que la violencia llegue a consecuencias irreversibles.

LatFem ha advertido previamente que el desmantelamiento de las políticas de género y la reducción del presupuesto dejan a las mujeres en un escenario de mayor desprotección.

Cortado el derecho a la educación de las niñas en Afganistán

Shafiqa tiene 15 años y vive en Kabul, la capital de Afganistán. Su derecho a proseguir estudios, como el de millones de otras niñas que completaron la educación primaria, ha sido denegado por el gobierno de su país. Imagen: Azizi / Unicef-Corresponsal de IPS

NACIONES UNIDAS – El derecho a la educación secundaria fue negado a más de 2,6 millones de niñas en Afganistán desde que, hace cinco años, la milicia talibán se hizo con el poder en ese país, lamentó en una declaración este viernes 14 el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef).

Afganistán sigue siendo el único país del mundo donde la educación secundaria y superior está prácticamente vedada a las niñas y las mujeres.

Los talibanes tomaron el poder en Kabul el 15 de agosto de 2021, tras forzar el retiro de las últimas fuerzas de Estados Unidos y sus aliados al cabo de 20 años de guerra.

Desde septiembre de 2021, las niñas tienen prohibido el acceso a la educación formal más allá del sexto grado, y las mujeres el acceso a la universidad desde diciembre de 2022.

Catherine Russell, directora ejecutiva de Unicef, observó que “cinco años pueden parecer poco tiempo en la historia de un país, pero son un periodo crucial en la vida de una niña”.

“Un aula ofrece mucho más que aprendizaje. Le da a una joven voz y la oportunidad de desarrollar todo su potencial. Además, la protege del trabajo infantil, el matrimonio precoz, la violencia y el abuso. Cuando cerraron las escuelas, esa protección desapareció, justo cuando las niñas más la necesitaban”, agregó.

Los riesgos a los que están expuestos las niñas aumentan con la pobreza y el desplazamiento en los hogares, problemas generalizados en Afganistán. Desde 2023, más de 2,7 millones de personas han regresado desde Irán y Pakistán, donde estuvieron refugiadas huyendo de la guerra, y 60 % de ellas son niños y jóvenes.

Los efectos van más allá de las niñas directamente afectadas. Un análisis de Unicef, “El costo de la inacción en la educación de las niñas y la participación de las mujeres en la fuerza laboral en Afganistán”, reveló que el país corre el riesgo de perder hasta 20 000 maestras y 5400 trabajadoras de la salud para 2030.

El número de maestras en la educación básica ya ha disminuido en más de nueve por ciento, pasando de casi 73 000 en 2022 a 66 000 en 2024. La representación femenina en la administración pública cayó de 21 % a 17,7 % entre 2023 y 2025.

El mismo análisis estima que las restricciones a la educación de las niñas y al empleo femenino le cuestan a Afganistán 84 millones de dólares anuales en pérdida de producción económica, que se agravan cada año al mantenerse las restricciones.

Las consecuencias también se extienden a la siguiente generación en ese país con una población estimada en 45 millones de personas.

A medida que aumenta la proporción de madres sin educación, también aumentan los riesgos de bajo peso al nacer, vacunación incompleta y retraso en el crecimiento de sus hijos, lo que supone una presión adicional para un sistema de salud que ya se encuentra bajo presión.

También la organización humanitaria Human Rights Watch (HRW) señaló que las autoridades impusieron amplias restricciones al derecho de las mujeres al trabajo, a la libre circulación y a la participación en la vida pública, como parte de un sistema más amplio de control social destinado a sofocar cualquier forma de disidencia.

“La policía de la moral talibana ha llevado a cabo redadas en lugares de trabajo, vigilado espacios públicos y detenido arbitrariamente a mujeres por presuntas infracciones de los códigos de vestimenta”, recordó HRW.

El código de procedimiento penal reconoce ahora únicamente las agresiones físicas “excesivas” como violencia doméstica contra las mujeres, lo que deja sin acceso a la justicia a las sobrevivientes de otras formas de violencia y debilita aún más las protecciones legales de mujeres y niñas.

Además, un decreto sobre la separación judicial entre cónyuges elimina la edad mínima para contraer matrimonio en el caso de las niñas, lo que incrementa el riesgo de matrimonio infantil.

En el terreno de la educación, Unicef reivindica que, a pesar de las restricciones, en 2025 más de 3,7 millones de niños en escuelas públicas recibieron apoyo educativo de emergencia, 442 000 participaron en el aprendizaje comunitario (66 % de ellos niñas) y se construyeron o rehabilitaron 232 escuelas.

Russell instó a las autoridades afganas a levantar las restricciones a la educación y permitir que todas las niñas y mujeres regresen a las escuelas y universidades de inmediato”, declaró Russell.

“Un país no puede prosperar cuando la mitad de su juventud está retenida. El futuro de Afganistán está fuera de las aulas, esperando ser readmitido”, agregó.

3/21/2026

Talento desperdiciado: mujeres afganas profesionales se adaptan a restricciones talibanes

 La autora es una periodista afgana, formada con apoyo finlandés antes de la toma del poder por los talibanes. IPS mantiene su identidad anónima por razones de seguridad.

Mujeres afganas con estudios superiores que trabajan en la economía informal de Kabul, en el sector minorista, debido a que las normas del régimen talibán limitan sus oportunidades profesionales. Imagen: Learning Together.- Periodista de IPS

KABUL – Las jóvenes de la capital de Afganistán, Kabul, están probando suerte en tareas desconocidas para ellas, como el bordado, la confección y el diseño de abalorios en los puestos del mercado. Muchas de ellas deberían estar sentadas en sus escritorios escribiendo programas informáticos o informando sobre noticias, los campos para los que se formaron.

Desde el regreso al poder de los talibanes en agosto de 2021, las mujeres con un alto nivel de formación han sido destituidas de sus cargos oficiales y excluidas de gran parte del mercado laboral formal, lo que las ha obligado a aceptar trabajos ajenos a su campo de formación para hacer frente a las dificultades económicas y evitar la tensión mental del desempleo.

Las oportunidades profesionales para las mujeres se han visto drásticamente limitadas. A casi todas las mujeres se les prohíbe trabajar en oficinas, medios de comunicación y otros campos relacionados con su formación.

Lida (un seudónimo), licenciada en informática, ganaba anteriormente un buen sueldo como responsable de tecnologías de la informacióon (TI) en el Ministerio de Economía, trabajo que desempeñó durante más de seis años. Ahora vive en el sureste de Kabul, donde trabaja como costurera y regenta una pequeña tienda. Su difunto marido, que trabajaba para el Ministerio de Desarrollo Rural, murió en un atentado con bomba en Kabul hace 10 años.

Lida ahora comparte una casa con la familia de su hermano y sus cinco hijos, y dice que se encuentra en una situación económica desesperada. Para llegar a fin de mes, ha enviado a uno de sus hijos a vender bolsas de plástico en las calles. Su hijo menor sigue yendo al colegio. La educación de su hija se ha suspendido tras los edictos de los talibanes contra la educación de las mujeres.

«Cuando los talibanes volvieron al poder, me vi obligada a dejar mi trabajo», dice Lida, «y no he podido encontrar ninguno dentro de mi profesión en los últimos cuatro años, por lo que no he tenido más remedio que trabajar como dependienta».

Muchas mujeres están acudiendo en masa al sector informal de Kabul, pero este ofrece oportunidades limitadas, apiñándolas en tiendas que solo venden ropa y cosméticos para mujeres y atienden principalmente a clientas femeninas.

Los talibanes no conceden directamente permisos de trabajo a las mujeres para que puedan trabajar en las tiendas. En su lugar, un miembro masculino de la familia u otro hombre debe obtener primero el permiso de trabajo para la tienda. Solo entonces las mujeres pueden trabajar en la tienda como vendedoras o dependientas, recibiendo un salario o una comisión según lo acordado.

«Trabajar en un taller de costura es muy difícil y frustrante», se queja Lida, y añade: «Ojalá pudiera trabajar al menos en una tienda de informática, que está relacionada con mi campo de estudios».

Mursal (otro seudónimo), de 27 años, licenciada en periodismo, ha tenido una suerte similar. Trabajó como reportera durante ocho años en varios medios de comunicación y, antes del regreso de los talibanes, estaba empleada en una organización de defensa de los periodistas, donde disfrutaba de buenos ingresos y prestaciones.

Como muchas otras mujeres con estudios, Mursal se ha convertido en tendera. Los medios de comunicación privados no tienen capacidad suficiente para absorber a muchas mujeres, por lo que, en lugar de informar sobre las noticias, ahora vende ropa tradicional afgana y productos dirigidos a las mujeres.

Mursal expresó su frustración y dijo que al principio se sentía «muy infravalorada». «La gente nos miraba de forma extraña y, además, mi familia no estaba muy contenta con el trabajo que hacía». No es habitual que las mujeres tengan tiendas en Afganistán.

Ella vende ropa de mujer en el suroeste de Kabul, donde vive con sus padres, ambos antiguos empleados del Gobierno que ahora están en paro.

«Tengo seis hermanas y un hermano», dice Mursal, y añade: «No puedo casarme hasta que ellos se establezcan, porque soy responsable de todos ellos». Y resalta que su hermano solo tiene 10 años.

Mursal gana unos 10 000 mil afganis (127 euros) al mes vendiendo en la tienda, lo que apenas alcanza para que la familia pueda sobrevivir.

Aun así, la policía moral talibán no da tregua a las mujeres en una situación laboral cada vez más precaria.

Según Mursal, los funcionarios del Ministerio para la Promoción de la Virtud y la Prevención del Vicio visitan sus tiendas tres veces por semana para hacer cumplir una norma que les obliga a llevar máscaras durante todo el día, lo que les resulta asfixiante. También se ven obligadas a ocultar o retirar las imágenes de la ropa de dormir de las mujeres.

«Si se ocultan las prendas de dormir, ¿cómo sabrán los clientes cuáles comprar?», inquiere.

Desafío ante la adversidad

Aunque las mujeres se angustian por la posibilidad de que años de esfuerzo académico se echen a perder, han convertido su situación como comerciantes en una forma de resistencia a las violaciones de sus derechos por parte de los talibanes.

Obligadas a regentar tiendas para mantener a sus familias, pueden alegrarse de obtener unos pequeños ingresos, pero su dolor más profundo proviene de saber que sus habilidades y sueños en las profesiones que han elegido siguen sin utilizarse.

Aun así, el hecho de que hayan aceptado sin dudarlo trabajos a menudo indeseados en el sector informal simplemente para sobrevivir y mantener a sus familias es una prueba de su resistencia frente a las severas restricciones impuestas por los talibanes.

El cambio no se limita a ganarse la vida, sino que es una resistencia silenciosa. Al asumir estas funciones, las mujeres afganas están enviando una señal clara de que no permanecerán en silencio ni serán borradas de la sociedad.

Incluso cuando se les cierran las puertas en sus profesiones, encuentran formas de mantenerse activas, contribuir y marcar la diferencia. Demuestran que incluso una pequeña oportunidad puede transformarse en una participación significativa, lo que demuestra que las mujeres afganas seguirán luchando por sus derechos de cualquier forma posible.

Su resiliencia nos recuerda que las restricciones talibanes pueden limitar las oportunidades, pero no pueden borrar su ambición ni su determinación de generar cambios.

Al aceptar estos trabajos, se aseguran de que su presencia se sienta en la sociedad y se mantienen firmes frente a los talibanes, que intentan borrarles de la vida pública. Las mujeres afganas se niegan a permanecer en silencio. Dejan claro que las mujeres afganas no desaparecerán, insisten en ser vistas, escuchadas y tenidas en cuenta.

Para las niñas del Cinturón Tribal de Pakistán, el deporte tiene un costo

 Este artículo forma parte de la cobertura de IPS sobre el Día Internacional de la Mujer, que este año tiene como lema “Derechos, justicia y acción por y para todas las mujeres y niñas”.

Un equipo de críquet femenino de Dir que llegó a la final de los juegos interregionales, sin entrenador, en 2023. "Imagínense lo que pueden lograr con las instalaciones y el entrenamiento adecuados", dijo Noorena Shams, también de Dir. Imagen: Cortesía de Noorena Shams.- Zofeen Ebrahim

KARACHI, Pakistán – “Me alegró mucho ver cómo Aina Wazir jugaba al críquet”, dice Noorena Shams, de 28 años y jugadora profesional de squash, al ver el video de la niña de siete años. El video, que se viralizó rápidamente en redes sociales, generó elogios generalizados por el extraordinario talento de la pequeña.

Pero lo que sucedió fue como revivir su pasado.

“Fue como verme a mí misma de joven”, dijo Shams, quien pertenece a Dir, en Jaiber Pastunjuá, la provincia paquistaní fronteriza con Afganistán, cerca de donde vive Aina en Waziristán del Norte. Ambas forman parte de la región tribal de Pakistán.

“Aina, como yo, no tiene un padre que luche por ella”, dijo en voz baja.

El video también llamó la atención de Javed Afridi, director ejecutivo de Peshawar Zalmi, quien expresó su interés en incorporar a Aina a la próxima Liga Femenina Zalmi. En una publicación en X, le solicitó sus datos de contacto y le prometió equipo de críquet e instalaciones de entrenamiento.

“Nunca imaginamos que el video generaría tanta atención”, dijo su prima, quien pidió el anonimato, en declaraciones telefónicas a IPS desde Shiga Zalwel Khel, una aldea en la frontera entre Pakistán y Afganistán, en Waziristán del Norte. “Estábamos muy contentos; significaba nuevas oportunidades y un futuro mejor para ella”, añadió.

Pero la alegría duró poco.

Atrapados entre la militancia y el ejército

El video llamó también la atención de las milicias locales.

Indignados por la exhibición pública de una niña practicando deporte, los militantes secuestraron a Zafran Wazir, un profesor local que había filmado y subido el video con el consentimiento de la familia, y lo obligaron a disculparse públicamente por violar los valores islámicos y las tradiciones pastunes. Se ha informado de que fue torturado.

Los militantes advirtieron a la familia que Aina no puede salir del pueblo y que la niña no debe aceptar ofertas de nadie. «Dijeron que puede jugar al críquet», dijo su primo, «pero que no debería haber videos».

“La gente común de la región se encuentra entre la espada y la pared, atrapada entre los grupos militantes y las continuas operaciones armadas del ejército pakistaní”, declaró Razia Mehsood, de 36 años, periodista de Waziristán del Sur.

“Los talibanes no toleran la disidencia, y nuestra región, antes pacífica, ahora está marcada por minas terrestres y cuadricópteros y drones que sobrevuelan. La gente vive bajo una tensión psicológica constante”, añadió.

Desafiando obstáculos

“Espero que [Aina] pueda irse de aquí”, declaró Maria Toorpakai, de 35 años, la primera mujer tribal pakistaní que participó en torneos internacionales de squash, convirtiéndose en profesional en 2007.

“Siempre que hay una chica con talento, hay que hacer todo lo posible para sacarla de ese ambiente tóxico, incluso si eso supone un gran sacrificio para la familia”, dijo esta mujer, oriunda del vecino Waziristán del Sur, pero habló con IPS desde Toronto, donde reside actualmente.

Tanto Toorpakai como Shams tuvieron que abandonar sus hogares para escapar del escrutinio implacable. Al pertenecer a una región conservadora y patriarcal, tuvieron que disfrazarse de chicos para practicar deportes.

Toorpakai se cortó el pelo, se vistió como un chico y se rebautizó como «Genghis Khan» para participar en deportes competitivos.

A Shams, por su parte, se le permitió, con reticencias, jugar al bádminton porque se consideraba «más apropiado para mujeres jóvenes».

A pesar del apoyo de sus padres, vio a los chicos jugar en el único club de críquet de Dir, fundado por su padre.

Pero su camino no es el único lleno de obstáculos debido a una mentalidad patriarcal y un rígido contexto tribal donde la propia visibilidad de las mujeres se ve cuestionada.

«La mayor tragedia es que las voces de las mujeres son silenciadas y excluidas de la representación, mientras persisten tradiciones disfrazadas de religión, vinculando el honor y el deshonor a las mujeres», dijo Mehsood. Tanto Toorpakai como Shams lo saben muy bien. Sus familias se enfrentaron a constantes reprimendas sociales y acusaciones de deshonrar a sus pueblos y tribus, todo por practicar un deporte.

Pero ellas no están solas.

Atletas como Sadia Gul (ex número uno de Pakistán en squash), Tameen Khan (quien en 2022 fue la velocista más rápida de Pakistán) y Salma Faiz (jugadora de críquet) se mudaron de distritos como Bannu, D.I. Khan y Karak a Peshawar, la capital provincial, no solo en busca de mejores oportunidades, sino también para escapar del escrutinio constante.

«Si tienes la suerte de que tu abuelo, padre o hermano no frene tus sueños, serán tus tíos», dijo Salma Faiz, la única mujer entre seis hermanos.

«Y si no son ellos, los vecinos empezarán a contar los minutos que tardas en llegar a casa. Se preguntarán por qué entrenas con entrenadores hombres, quién ve tus partidos e incluso qué llevas debajo del chador. Y si aún así no son ellos, entonces los aldeanos murmurarán a tus espaldas o irán a tu puerta, convenciendo a tus padres de que las niñas no deberían practicar deportes», añadió.

Faiz soportó la oposición de su hermano mayor, pero nunca abandonó el críquet. Finalmente, fue seleccionada para la selección nacional femenina de críquet.

«Aina tiene la suerte de recibir un aplauso tan abrumador», dijo Faiz, quien ahora tiene 40 años y vive en Peshawar, donde trabaja como profesora de salud y educación física en la Universidad Femenina Shaheed Benazir Bhutto.

«Insto a sus padres a que no se dejen llevar por la presión social; deberían apoyarla y animarla. Tiene un talento extraordinario; he visto cómo juega», señaló Faiz.

Noorena Shams, jugadora profesional de squash, ha mostrado su apoyo a Aina Wazir. Imagen: Cortesía de: Noorena Shams

Espacios seguros para mujeres deportistas

Cada una de estas mujeres está creando maneras para que sus compañeras más jóvenes accedan a las oportunidades que ellas no tuvieron.

Faiz ha abierto su hogar a niñas de regiones tribales que buscan deporte. Cuando se acaban las plazas, les organiza alojamiento en un albergue para asegurar que tengan la oportunidad de aprovechar oportunidades que probablemente nunca llegarían a su aldea.

Toorpakai, a través de la Fundación Maria Toorpakai, ha construido a lo largo de los años una sólida red que ofrece espacios seguros a las jóvenes deportistas de su región.

Pero ahora quiere ir más allá de la ayuda temporal. Su visión de construir una escuela deportiva Toorpakai de última generación, una instalación residencial donde chicas como Aina Wazir puedan entrenar en serio, estudiar adecuadamente y vivir sin miedo, sigue siendo un sueño.

«Todo lo que quiero del Estado son seis acres de tierra cerca de Islamabad», afirma. «Lo suficientemente lejos de la hostilidad tribal, pero accesible para las niñas de todo Pakistán y los entrenadores internacionales que pretendo atraer. Yo me encargo del resto. Puedo recaudar fondos», dijo.

Durante más de dos años, su propuesta ha estado paralizada por la burocracia. «Eso lo dice todo», afirmó. «El Estado simplemente no está interesado», resumió.

Shams, al igual que Toorpakai, dirige la Fundación Noorena Shams, que actualmente apoya a cuatro atletas femeninas proporcionándoles una asignación mensual para su entrenamiento, transporte y alquiler. Pero si alguien más necesita equipamiento, matrícula o alquiler, su fundación puede satisfacer esas necesidades. Incluso ayudó a construir dos campos de críquet para la universidad de Faiz.

Como primera mujer deportista elegida para formar parte de los comités ejecutivos de la Asociación Provincial de Squash, el Comité de Gestión Deportiva, la Asociación Olímpica y la Federación Pakistaní de Ciclismo, ha defendido a los jóvenes deportistas, especialmente a las mujeres, asegurándose de que se escuchen sus preocupaciones.

«Sigo planteando cuestiones relacionadas con la salud mental y física de los deportistas, la necesidad de contar con entrenadores de nivel internacional, la seguridad y el acoso al que se enfrentan las mujeres, y la importancia de integrar los deportes de competición en los planes de estudios escolares», dijo.

Usar la religión para aplastar los sueños

Las redes sociales pueden haber proporcionado a Aina Wazir una plataforma para mostrar su talento, pero también la han expuesto a la hostilidad.

«No estamos en contra de que una niña juegue al críquet», dijo Mufti Ijaz Ahmed, de 27 años, un erudito religioso de Waziristán del Sur.

«Pero debe dejar de hacerlo cuando se convierta en mujer. Va en contra de nuestras tradiciones que las mujeres corran en pantalones y camisetas en público. Es vulgar. Si se permite a Aina hacer esto, todas las niñas querrán seguir su ejemplo, y eso es algo que no podemos aceptar», sentenció.

Y añadió: «El eslogan mera jism, meri marzi (mi cuerpo, mi elección) no funcionará aquí», en referencia a un lema popular que corean las mujeres desde el Día Internacional de la Mujer, el 8 de Marzo, de 2018 y que ha sido muy criticado por los líderes religiosos por ser una rebelión contra los valores culturales y el islam.

«¿Quién es él para declarar que Aina no puede jugar?», replicó indignada Maria Toorpakai, que también forma parte de la Comisión de Mujeres en el Deporte del Comité Olímpico Internacional (COI). «Cada vez que una niña coge un bate o una pelota, se dice que el islam está en peligro», añadió.

Toorpakai dijo que «los respetaría si se enfrentaran y condenaran los verdaderos males de mi región: el abuso de drogas, el matrimonio infantil, el bacha bazi (la explotación de adolescentes varones obligados a travestirse, bailar y sufrir abusos sexuales) y la propagación del VIH y el sida».

«En cambio, se obsesionan con ideas distorsionadas de honor y deshonra. No entienden ni el mundo en el que vivimos ni la verdadera esencia del islam. Además, no han hecho nada por nuestro pueblo», criticó.

Responsabilidad nacional

En última instancia, argumentó, la responsabilidad recae en el Estado. No puede permitirse mirar hacia otro lado mientras la intimidación silencia a las jóvenes con talento y ambición. No solo es una tragedia personal, sino también una pérdida nacional cuando el talento de las aldeas remotas se ve sofocado antes de que pueda salir a la luz.

E insistió en que «es deber del gobierno actuar con firmeza contra estos elementos» «Y si no puede proteger a sus hijas, entonces debe preguntarse por qué está en el poder», concluyó.

T: MLM / ED: EG

3/07/2026

Talento desperdiciado: mujeres afganas profesionales se adaptan a restricciones talibanes

 La autora es una periodista afgana, formada con apoyo finlandés antes de la toma del poder por los talibanes. IPS mantiene su identidad anónima por razones de seguridad.

Mujeres afganas con estudios superiores que trabajan en la economía informal de Kabul, en el sector minorista, debido a que las normas del régimen talibán limitan sus oportunidades profesionales. Imagen: Learning Together Periodista de IPS

KABUL – Las jóvenes de la capital de Afganistán, Kabul, están probando suerte en tareas desconocidas para ellas, como el bordado, la confección y el diseño de abalorios en los puestos del mercado. Muchas de ellas deberían estar sentadas en sus escritorios escribiendo programas informáticos o informando sobre noticias, los campos para los que se formaron.

Desde el regreso al poder de los talibanes en agosto de 2021, las mujeres con un alto nivel de formación han sido destituidas de sus cargos oficiales y excluidas de gran parte del mercado laboral formal, lo que las ha obligado a aceptar trabajos ajenos a su campo de formación para hacer frente a las dificultades económicas y evitar la tensión mental del desempleo.

Las oportunidades profesionales para las mujeres se han visto drásticamente limitadas. A casi todas las mujeres se les prohíbe trabajar en oficinas, medios de comunicación y otros campos relacionados con su formación.

Lida (un seudónimo), licenciada en informática, ganaba anteriormente un buen sueldo como responsable de tecnologías de la informacióon (TI) en el Ministerio de Economía, trabajo que desempeñó durante más de seis años. Ahora vive en el sureste de Kabul, donde trabaja como costurera y regenta una pequeña tienda. Su difunto marido, que trabajaba para el Ministerio de Desarrollo Rural, murió en un atentado con bomba en Kabul hace 10 años.

Lida ahora comparte una casa con la familia de su hermano y sus cinco hijos, y dice que se encuentra en una situación económica desesperada. Para llegar a fin de mes, ha enviado a uno de sus hijos a vender bolsas de plástico en las calles. Su hijo menor sigue yendo al colegio. La educación de su hija se ha suspendido tras los edictos de los talibanes contra la educación de las mujeres.

«Cuando los talibanes volvieron al poder, me vi obligada a dejar mi trabajo», dice Lida, «y no he podido encontrar ninguno dentro de mi profesión en los últimos cuatro años, por lo que no he tenido más remedio que trabajar como dependienta».

Muchas mujeres están acudiendo en masa al sector informal de Kabul, pero este ofrece oportunidades limitadas, apiñándolas en tiendas que solo venden ropa y cosméticos para mujeres y atienden principalmente a clientas femeninas.

Los talibanes no conceden directamente permisos de trabajo a las mujeres para que puedan trabajar en las tiendas. En su lugar, un miembro masculino de la familia u otro hombre debe obtener primero el permiso de trabajo para la tienda. Solo entonces las mujeres pueden trabajar en la tienda como vendedoras o dependientas, recibiendo un salario o una comisión según lo acordado.

«Trabajar en un taller de costura es muy difícil y frustrante», se queja Lida, y añade: «Ojalá pudiera trabajar al menos en una tienda de informática, que está relacionada con mi campo de estudios».

Mursal (otro seudónimo), de 27 años, licenciada en periodismo, ha tenido una suerte similar. Trabajó como reportera durante ocho años en varios medios de comunicación y, antes del regreso de los talibanes, estaba empleada en una organización de defensa de los periodistas, donde disfrutaba de buenos ingresos y prestaciones.

Como muchas otras mujeres con estudios, Mursal se ha convertido en tendera. Los medios de comunicación privados no tienen capacidad suficiente para absorber a muchas mujeres, por lo que, en lugar de informar sobre las noticias, ahora vende ropa tradicional afgana y productos dirigidos a las mujeres.

Mursal expresó su frustración y dijo que al principio se sentía «muy infravalorada». «La gente nos miraba de forma extraña y, además, mi familia no estaba muy contenta con el trabajo que hacía». No es habitual que las mujeres tengan tiendas en Afganistán.

Ella vende ropa de mujer en el suroeste de Kabul, donde vive con sus padres, ambos antiguos empleados del Gobierno que ahora están en paro.

«Tengo seis hermanas y un hermano», dice Mursal, y añade: «No puedo casarme hasta que ellos se establezcan, porque soy responsable de todos ellos». Y resalta que su hermano solo tiene 10 años.

Mursal gana unos 10 000 mil afganis (127 euros) al mes vendiendo en la tienda, lo que apenas alcanza para que la familia pueda sobrevivir.

Aun así, la policía moral talibán no da tregua a las mujeres en una situación laboral cada vez más precaria.

Según Mursal, los funcionarios del Ministerio para la Promoción de la Virtud y la Prevención del Vicio visitan sus tiendas tres veces por semana para hacer cumplir una norma que les obliga a llevar máscaras durante todo el día, lo que les resulta asfixiante. También se ven obligadas a ocultar o retirar las imágenes de la ropa de dormir de las mujeres.

«Si se ocultan las prendas de dormir, ¿cómo sabrán los clientes cuáles comprar?», inquiere.

Desafío ante la adversidad

Aunque las mujeres se angustian por la posibilidad de que años de esfuerzo académico se echen a perder, han convertido su situación como comerciantes en una forma de resistencia a las violaciones de sus derechos por parte de los talibanes.

Obligadas a regentar tiendas para mantener a sus familias, pueden alegrarse de obtener unos pequeños ingresos, pero su dolor más profundo proviene de saber que sus habilidades y sueños en las profesiones que han elegido siguen sin utilizarse.

Aun así, el hecho de que hayan aceptado sin dudarlo trabajos a menudo indeseados en el sector informal simplemente para sobrevivir y mantener a sus familias es una prueba de su resistencia frente a las severas restricciones impuestas por los talibanes.

El cambio no se limita a ganarse la vida, sino que es una resistencia silenciosa. Al asumir estas funciones, las mujeres afganas están enviando una señal clara de que no permanecerán en silencio ni serán borradas de la sociedad.

Incluso cuando se les cierran las puertas en sus profesiones, encuentran formas de mantenerse activas, contribuir y marcar la diferencia. Demuestran que incluso una pequeña oportunidad puede transformarse en una participación significativa, lo que demuestra que las mujeres afganas seguirán luchando por sus derechos de cualquier forma posible.

Su resiliencia nos recuerda que las restricciones talibanes pueden limitar las oportunidades, pero no pueden borrar su ambición ni su determinación de generar cambios.

Al aceptar estos trabajos, se aseguran de que su presencia se sienta en la sociedad y se mantienen firmes frente a los talibanes, que intentan borrarles de la vida pública. Las mujeres afganas se niegan a permanecer en silencio. Dejan claro que las mujeres afganas no desaparecerán, insisten en ser vistas, escuchadas y tenidas en cuenta.

12/20/2025

Bajo régimen talibán, joven afgana trabaja disfrazada para alimentar a su familia

 

La autora es una periodista afgana, formada con apoyo finlandés antes de la toma del poder por los talibanes. IPS mantiene su identidad anónima por razones de seguridad.

Bajo las restricciones de los talibanes, la circulación y el trabajo de las mujeres se han visto cada vez más restringidos en todo Afganistán. Imagen: Learning Together
Periodista de IPS

KABUL – Shabnam, una joven de 26 años y con casi la carrera de derecho terminada,  se las arregla para vivir y trabajar disfrazándose como varón en Afganistán. En un mercado abarrotado, con el bullicio de los vendedores ambulantes y el olor de los restaurantes cercanos, una pequeña tienda anónima se mezcla con el caos.

En su interior, estanterías oxidadas cubren las paredes, latas de refresco vacías colgadas en la pared añaden un toque de color y una vieja mesa cubierta con un paño gastado se encuentra en una esquina. Para los transeúntes, el tendero es un joven.

Nadie percibe que que, detrás de este disfraz, una joven respira entre el miedo y la esperanza.

«Nunca tuve una infancia», dice Shabnam, «mientras otros niños jugaban en las calles, yo abría la tienda».

Y continúa: «Desde los 10 años trabajé a tiempo parcial junto a mi padre y seguí trabajando a tiempo parcial mientras continuaba mis estudios universitarios bajo su tutela».

Sin embargo, su padre ahora es un anciano y está parcialmente paralizado, y ella es la única fuente de ingresos de la familia. Su mayor deseo, dice, es que su hermano menor crezca y tenga éxito.

Un secreto que conocen muy pocos

Los residentes de los barrios circundantes solo la conocen como un joven educado.

Cada día, los funcionarios municipales recaudan impuestos de los comerciantes, exigiendo el pago independientemente de si han vendido algo o no. Esta jornada, incluso le entregaron una advertencia formal después de la visita.

«¡Eh, chico, paga tus impuestos!», le gritó el recaudador. «Haz crecer tu negocio. Consigue un carrito pequeño y vende en la calle», le demandó.

«Por cierto, ¿de quién es esta tienda?», le preguntó a continuación. Aterrorizado, el asustado joven respondió tímidamente: «Es de mi padre. Está paralítico y se queda en casa».

«Alquila tu tienda y paga tus impuestos con el alquiler», le gritó el recaudador de impuestos una vez más. «Todas las tiendas pagan impuestos. ¿Cuánto has vendido hasta ahora?», le insistió.

«He ganado 75 afganis (1,10 dólares)», le dijo Shabnam.

«Vamos, eso no es suficiente. ¡Ve a comprar un carrito pequeño y trabaja más duro, vende verduras y frutas! ¿Lo entiendes?», le dijo el recaudador.

Dos comerciantes vecinos, amigos íntimos del padre de la joven, están muy impresionados por la resistencia y la determinación de la joven.

«Si esta chica no existiera, su familia pasaría hambre», dice uno. «Pero si los talibanes descubren que es una mujer disfrazada de hombre, la pondrían en peligro. Por desgracia, su hermano pequeño es demasiado pequeño para llevar una tienda», comenta.

Este secreto forma parte de la vida cotidiana de esta joven. Como viste ropa de un varón adolescente, afortunadamente nadie en el barrio, donde la mayoría son inquilinos, la reconoce por la calle. Ni siquiera sus parientes vienen a proponerle pretendientes para casarse, lo que harían si conocieran la verdad, según la costumbre afgana.

Los vecinos cotillean y aseguran: «Que Dios nunca haga que nuestra familia sea como la suya, ¿una joven que regenta una tienda? Nadie en nuestra tribu ha sido nunca tan desvergonzado».

Una tienda dentro de una zona comercial en Kabul. En otra de ellas, una tendera disfrazada como un joven es quien atiende a los clientes, en una de las pocas formas en que puede ganarse la vida y alimentar a su familia. Imagen: Learning Together

Una nube constante de miedo

Cada mañana, cuando abre la puerta de la tienda, un miedo intenso se apodera de ella.

«Nunca he empezado un día sin temor. Cuando los talibanes pasan por delante de la tienda, mi corazón se acelera. Me pregunto si este será mi último día en la tienda», dice.

Aun así, no tiene otra opción. Si no trabaja, su familia no come. Cada noche esperan en casa a que cierre la tienda para cenar.

«Cuando mi madre me ve, se le llenan los ojos de lágrimas. Me besa y me dice: «¡Eres una chica valiente y fuerte, y además abogada!», cuenta Shabnam.

Y añade: «Mi madre quería trabajar; quería lavar ropa para otros, pero yo no se lo permití. Hace poco, cuando llegué a casa, la vi cosiendo colchas y colchones para otras personas. Me di cuenta de que era mi turno de proclamarla una mujer valiente y fuerte».

Los escasos ingresos que gana su madre ayudan a cubrir los gastos de la medicación para la hipertensión de su padre. La familia, compuesta por cinco miembros, incluye dos hermanas y un hermano.

«A menudo nos acostamos con hambre si ganamos menos de 100 afganis (1,60 dólares) al día. Mi hermano llora hasta quedarse dormido, pero yo intento poner buena cara aunque por dentro lloro», cuenta Shabnam.

Sus palabras reflejan la realidad de miles de mujeres afganas en todo Afganistán.

Un pequeño sueño que parece inalcanzable

A pesar de los riesgos, Shabnam se aferra a un modesto sueño. «Algún día, quiero tener suficiente capital para montar un negocio para mujeres en esta tienda», dice con una leve sonrisa. En lugar de patatas fritas quemadas y refrescos que revuelven el estómago de todos los tenderos, ella vendería bolani fresco, un pan plano tradicional afgano, normalmente relleno de patatas, espinacas, calabaza o puerros.

Pero no tiene ni el capital ni la seguridad necesarios para solicitar un préstamo para comprar el equipo.

Los vecinos siguen de cerca la vida de Shabnam. La han visto llorar detrás de las estanterías de la tienda y comprenden el cansancio que la agota y saben que no hay otra opción. «Esta chica es como mi propia hija», dice uno de los vecinos, «siempre admiro su valentía. Ni siquiera aceptaría ninguna oferta gratuita por mi parte».

La vida cotidiana en Kabul, donde el comercio y la rutina persisten a pesar de la creciente presión sobre la población del gobierno talibán. Imagen: Learning Together

Una sociedad de mujeres silenciadas

Según las Naciones Unidas, más de 80 % de las mujeres afganas han perdido su trabajo desde que los talibanes volvieron al poder, en agosto de 2021.

El regimen del movimiento político y militar islamista fundamentalista ya habían gobernado el país entre 1996 y 2001, e imponen un acatamiento estricto de la ley islámica, la Sharia, que fuerza a las mujeres a restringirse al ámbito doméstico, sin posibilidad de estudiar o trabajar.

Las mujeres que antes mantenían a sus familias ahora están confinadas en sus hogares. En este contexto, una joven que aún se atreve a mantener abierta su tienda es un símbolo de resistencia silenciosa. Sin embargo, esta resistencia podría terminar en cualquier momento con una sola amenaza.

Su mayor temor es la llegada de los recaudadores de impuestos. Ella paga en silencio lo que puede. No hay salida.

Los expertos económicos advierten de que la exclusión de las mujeres del mercado laboral ha empujado a innumerables familias a la pobreza extrema. La historia de Shabnam es un pequeño ejemplo de una crisis social mucho mayor.

La tienda es un refugio de esperanza

Para Shabnam, la tienda es más que un lugar de trabajo. Es un refugio donde se siente viva. Cada lata de refresco que cuelga como decoración es un signo de esperanza. Intenta dar color a la tienda incluso en medio de la pobreza y las amenazas.

«El secreto de mi éxito es el pequeño disfraz que hace que todo el mundo piense que soy un chico de 16 años años», dice.

Pero, añade, «últimamente me despierto casi siempre con miedo por los impuestos. ¿Podré abrir la tienda hoy? ¿Y si vienen los funcionarios municipales, me lo quitan todo en un momento y lo tiran a la calle? ¿Y si no puedo comprar una pequeña bandeja o tengo que dejar de alquilar mi tienda? ¿Qué me harán?».

«Mi historia podría ser la de miles de otras mujeres que siguen luchando por el pan, por la vida y por su dignidad», reflexiona.

A pesar de los enormes retos, Shabnam sigue albergando la ambición de terminar sus estudios de Derecho y poder convertirse en la abogada que una vez se propuso ser.

España arranca el último mes del año con un asesinato machista cada dos días

Fuentes: El Diario

Desde el 30 de noviembre seis hombres han matado a sus parejas o exparejas, el último en Catarroja (Valencia), donde una mujer ha fallecido tras tres días en la UCI en un inicio de diciembre que suele ser una de las épocas del año con más casos.

Mari Ángeles, Oriana, Rosmery, Jennifer, Sayuri y Nati. Son los nombres de las últimas mujeres asesinadas por violencia machista: seis en solo once días. Es el balance con el que España entra en diciembre, el último mes del año, uno de los periodos en los que habitualmente suelen registrarse más casos mortales. Desde el pasado 30 de noviembre, cuando Mari Ángeles fue asesinada por su pareja en Torrejón de Ardoz (Madrid), se ha producido un asesinato cada menos de dos días: el día 2 de diciembre en Alicante, el 3 en Toledo, el 6 en Sevilla, el 9 en L’hospitalet de Llobregat y este miércoles en Catarroja.

En el municipio valenciano fallecía una mujer de 50 años que estaba ingresada en la UCI del Hospital La Fe tres días después de que su pareja le diera una brutal paliza en su domicilio. El hombre fue detenido y quedó en libertad tras imponerle el juez una orden de alejamiento de la víctima y horas después de la muerte de Nati ha vuelto a ser arrestado. La Delegación del Gobierno contra la Violencia de Género ha confirmado todos los casos salvo este último, que aún se encuentra bajo investigación. En lo que va de año, 46 mujeres han sido asesinadas por hombres con los que tenían o habían tenido una relación de pareja, según la estadística oficial.

Gráfico: Diciembre, de los meses donde repunte la violencia machista

Las cadenas de casos acumulados en cortos periodos de tiempo como el actual ocurren periódicamente y no en pocas ocasiones se dan en verano o en torno a las fiestas navideñas. Es un hecho que las expertas asocian a cambios de rutina o sensación de pérdida de control del agresor que pueden actuar como “factores de riesgo” e influir en que acabe matando, explica el médico forense y exdelegado del Gobierno contra la Violencia de Género, Miguel Lorente, que como “primer elemento” que “permanece en todos los casos y es nuclear” identifica “el machismo”.

Sin embargo, a este se le añaden otros que “junto con la individualidad” de cada caso, puede aportar explicaciones a lo ocurrido: de hecho, detrás de junio, julio y agosto, diciembre y enero son los meses con más asesinatos de toda la serie histórica. Los seis últimos han ocurrido a inicios del mes y con el puente de la Constitución de por medio: uno el último día de noviembre y cinco ya en diciembre en un registro que solo en diez días ya iguala e incluso supera a muchos de los diciembres de otros años.

Gráfico: Las víctimas de violencia machista en diciembre de cada año

Que en estas épocas se concentren más casos es, en parte, debido al “factor estacional”, lo denomina Lorente, que lo relaciona con la “modificación de dinámicas familiares” que pueden facilitar “el paso a la acción”: en estas fechas, los tiempos de estar juntos se prolongan y suele haber más salidas y planes de ocio que puede hacer sentir a los agresores un menor control.

“No es lo mismo estar dentro de la rutina y en funcionamiento durante todo el año que en estas fechas en las que eso se rompe de alguna manera”, reseña la abogada experta en violencia machista Marisa Fernández, que, en general, alude a la “falta de recursos suficientes” en prevención y en apoyo a la identificación de las violencias por parte de las víctimas. El Ministerio de Igualdad, por su parte, ha anunciado un “plan de refuerzo” de cara a Navidad de servicios como el 016 o las pulseras de vigilancia de maltratadores, que en los últimos meses han acumulado fallos tras el cambio de empresa.

El “paso a la acción”

Lorente cree, además, que el cúmulo de asesinatos en este poco margen de tiempo debería provocar que “cualquier denuncia” por violencia machista que se interponga estos días en juzgados y comisarías “tenga un riesgo añadido por el hecho de que haya habido casos previos”. Algo que, a su juicio, “puede hacer que otros agresores se vean reforzados”. Es otro de los factores al que apunta el médico forense, el del “efecto imitación” que puede darse cuando hay varios casos. “Hay hombres que están pensando que matar es una posibilidad y en ese proceso suele haber elementos de refuerzo, de crítica y de duda… Los casos previos pueden facilitar el paso a la acción”, explica.

De los últimos seis crímenes registrados, en dos de los casos los hombres eran persistentes, es decir, ya habían maltratado a otras parejas con anterioridad y, al menos en los tres primeros, las mujeres asesinadas acababan de decidir dejar la relación o estaban en trámites de separación. “El momento en el que ellas les dicen que no quieren estar con ellos y que se van de sus vidas, que se quieren separar, es el momento más difícil y el de mayor riesgo”, apunta Fernández. Esto es debido a que el objetivo de la violencia machista es el control de la mujer y en estos casos, los agresores sienten que lo pierden.

“El crimen machista es un crimen moral. Siempre hablamos en medicina legal de dos grandes categorías, los instrumentales, que se llevan a cabo para conseguir algo material a cambio, y los morales, que se llevan a cabo para defender una imagen, ideas o creencias. Los agresores que matan a sus parejas lo hacen para defender su posición como hombre, como hombre que no va a verse cuestionado por la conducta o las decisiones de la mujer”, explica Lorente.

Detrás de la infradenuncia

No son casos aislados: según la reciente Macroencuesta de Violencia sobre la Mujer, una de cada tres mujeres ha sufrido algún tipo de violencia machista por parte de su pareja o expareja, ya sea física, sexual, psicológica o económica. La inmensa mayoría de ellas se lo han contado a alguien de su entorno o han recurrido a algún servicio de atención, pero muy pocas han denunciado. Solo el 16%. Solo en uno de los seis últimos casos de asesinatos había denuncias previas, el de Torrejón, cuya víctima constaba en VioGén tras la denuncia de un testigo, aunque ella posteriormente no declaró.

Tras las cifras hay miedo, vergüenza, normalización y la falta de confianza en el sistema, resume Elena Ocejo, abogada de un centro de atención a víctimas en Asturias. “Yo con lo que convivo a diario es con mucha violencia económica y situaciones de mucha precariedad con hijos que hacen muy difícil que las mujeres puedan salir de la violencia. Además, tampoco ayudan muchas de las resoluciones judiciales en las que hay un cuestionamiento de las víctimas, por lo que muchas acaban evitando pasar por este proceso que no es sencillo y que sienten que no les va a solucionar sus problemas”, apunta la abogada.

Todas las mujeres asesinadas desde el pasado 30 de noviembre tenían hijos. Los de Nati, la mujer que ha muerto tras varios días en la UCI, son mayores de edad, pero los del resto no han cumplido 18 años. En lo que va de año, 31 niños, niñas y adolescentes se han quedado huérfanos porque sus madres fueron asesinadas por sus padres o sus parejas.

Fuente: https://www.eldiario.es/sociedad/espana-arranca-ultimo-mes-ano-asesinato-machista-dias_1_12834715.html

11/08/2025

“La extrema derecha está unida y a nosotras nos dejan solas”

Mª Ángeles Fernández

Aquel 21 de agosto de 2021 que comenzó como un día más cambió para siempre la vida de Khadija Amin. La periodista presentó con normalidad las noticias de la mañana en la televisión nacional de Afganistán. Luego salió a la calle para hacer unas entrevistas y, tres horas después, mientras regresaba a la redacción, recibió una llamada de su jefe. Le dijo que no podía volver. Los talibanes habían tomado el control de Kabul y, por extensión, de todo el país.

“Fue un choque, ¿cómo es posible? Por la mañana, antes del informativo, hablaba con mis compañeras de que algún día presentaría las noticias sin velo, pero no sabía que en tres horas me iban a expulsar del trabajo”, cuenta en la mesa ‘El periodismo feminista ante el avance de la extrema derecha’, celebrada en el IV Congreso de Periodismo Feminista Lucía Martínez Odriozola organizado por Pikara Magazine y la Asociación de Periodistas de Pikara Magazine, con el apoyo del Ayuntamiento de Bilbao, Emakunde y el grupo de investigación Bitartez de la EHU.

Aquel 21 de agosto de 2021 la vida de millones de mujeres en Afganistán cambió para siempre.

“Primero, estuve tres días en casa sin salir. Los talibanes decían en los medios que iban a respetar los derechos de las mujeres y luego salí a comprobarlo. Pero los soldados que tres días antes me respetaban me amenazaron de muerte. Hablé en los medios internacionales denunciando la situación y recibí varias amenazas”.

Aunque quería quedarse en Afganistán y ante la preocupación de su familia, Amin tuvo que abandonar su país.

«Afganistán se ha convertido en una cárcel para las mujeres. No sé cuándo podré volver»

“Fue durísimo, porque ves que te quitan los derechos, después de todo lo que hemos trabajado; la libertad de expresión no fue fácil lograrla. Hemos perdido muchas periodistas, de hecho, cuando yo salía cada día a trabajar no sabía si iba a volver viva o no, porque había muchos atentados y asesinaban a periodistas, pero seguíamos con nuestro compromiso, con nuestro país, con nuestra profesión. El 15 de agosto nos arrebataron todo. Afganistán se ha convertido en una cárcel para las mujeres. No sé cuándo podré volver. Mi sueño de presentar el informativo de la noche allí se quedó”.

Desde el regreso de los talibanes al poder aquel verano de 2021, Reporteros Sin Fronteras (RSF) ha evacuado a 202 periodistas. La organización denuncia la implacable represión de las autoridades talibanes contra profesionales de los medios e insta a los países terceros, ya sean de tránsito o de acogida, a que les permitan ponerse a salvo de los graves riesgos de represalias a los que se enfrentan en Afganistán.

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El cambio de vida de Valeria Guzmán no fue en pocas horas, tampoco de un día para otro. La llegada al poder de Nayib Bukele en El Salvador, y sus posteriores pasos hacia el autoritarismo, requirió de un proceso progresivo que en realidad no ha sorprendido a muchas. “Ya daba indicios de la deriva que iba a tomar si llegaba al poder desde que empezó su carrera pública”, cuenta Guzmán en el congreso de periodismo, sentada junto a Khadija Amin. “Como alcalde [de San Salvador] ya amenazaba al fiscal general de la nación, a funcionarios; eran claras señales. Tenía deriva autoritaria pero también un discurso pro personas LGTBI, pro aborto, que ahora es imposible que lo recuerde”, continúa la periodista. Por cierto, desde octubre está prohibido decir “todos y todas” o “niñe” en los centros educativos del país, nada de lenguaje inclusivo.

Guzmán, que vive en Barcelona, empezó a trabajar como periodista en El Salvador con 19 años. Entonces iba a los juzgados, pedía información pública, “teníamos esos derechos”, cuenta. “Ahora con la toma absoluta de los tres poderes del Estado y la expulsión de cualquier oposición eso es imposible”, comparte. Los hechos lo demuestran: la Asociación de Periodistas de El Salvador (APES), nacida en 1936, ha dejado de operar en el país y se ha tenido que exiliar.

«No me reconozco como una periodista en el exilio, digo que hago periodismo en movimiento”

“Los periodistas fueron asfixiados: primero por la persecución y la amenaza de prisión, luego por la asfixia financiera”, ha explicado a Reporteros Sin Fronteras Sergio Aráuz, presidente de la APES. RSF, APES y la Asociación Salvadoreña de Radiodifusión Participativa (ARPAS) han documentado 53 casos de exilios forzados de periodistas salvadoreños en los últimos seis meses.

“Esto ocurre en un contexto de progresivo deterioro de las garantías para el ejercicio de la libertad de expresión, caracterizado por campañas de acoso digital, estigmatización en el discurso público por parte de funcionarios públicos, hostigamiento judicial, amenazas directas y violencia basada en género. En los últimos años, la CIDH (Comisión Interamericana de Derechos Humanos) y su Relatoría también documentaron el uso de software de vigilancia Pegasus contra al menos 35 personas, incluyendo 22 periodistas de medios de investigación, así como obstrucciones al ejercicio informativo durante el régimen de excepción”, recoge el informe ‘Exilio de periodistas y libertad de expresión’, de Relatoría Especial para la Libertad de Expresión de la CIDH, publicado en abril de 2024. Esos 22 periodistas, entre los que estaba Guzmán, eran de El Faro, uno de los periódicos de más calidad de América Latina, ahora editado desde el exilio.

“Había una orquestación organizada para amedrentarme”

“Migro a España en 2022, cuando ya tenía medidas de protección de la CIDH por amenazas a mi integridad física. Una sabe cuándo la persiguen, cuando se escucha una tercera persona en una llamada; eso se sabe antes de que te lo comprueben. No me reconozco como una periodista en el exilio, digo que hago periodismo en movimiento”, cuenta Valeria Guzmán en el congreso celebrado en el Bilborock, de Bilbao, el pasado 16 de octubre. “Admiro a las compañeras que hacen periodismo en el territorio porque se están exponiendo mucho y se la están jugando en un país que no brinda ninguna garantía para hacer periodismo”, cierra.

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El día que Javier Milei ganó las elecciones en Argentina, la periodista feminista Luciana Peker compró un billete de avión a España. Voló en diciembre de 2023, diez días después de que tomara posesión el nuevo presidente. Espera volver. “Muchos periodistas varones, incluso progresistas, decían que necesitaban entrevistar a esos líderes de extrema derecha porque no sabían quiénes eran; nosotras sí sabíamos quiénes eran porque nos amenazaban”, arranca Peker, quien explica cómo el auge de la extrema derecha está detrás de su proceso de exilio.

“Había una orquestación organizada para amedrentarme”

“Te mereces ser la próxima [víctima de femicidio]”. “Te podemos disparar desde lejos”. Eran los mensajes que recibía. “Había una orquestación organizada para amedrentarme”, explica en el congreso organizado por Pikara Magazine.

Entre el público participante en el evento estaba Silvina Molina, la primera editora de la sección de Género y Diversidades de la agencia pública de noticias de Argentina, Télam, hasta que el Gobierno de Milei la cerró el pasado marzo. “Es difícil ejercer el periodismo en Argentina, especialmente como periodista de género”, ha dicho en una entrevista a Pikara Magazine.

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Aunque la llegada de Khadija Amin fue extraña –la recibió la ministra de Defensa– su periplo describe la incertidumbre y el dolor de arrancar de cero, por obligación, en un territorio desconocido. “Llegué a España sin saber cómo sería mi futuro, me tenía que adaptar a la nueva sociedad, no sabía si podría seguir con mi profesión, tenía que aprender el idioma”, relata ya en un perfecto castellano.

«Las periodistas feministas tenemos que tener esto en nuestra agenda”

Reconoce haber vivido situaciones de racismo que ha denunciado. Cuenta con el rictus serio cómo tuvo que dormir varios días en la calle en Madrid al llegar de Salamanca. Lamenta que los medios españoles no hablen de lo que pasa en Afganistán. “Me duele mucho. Eliminaron a la mitad de la población. Hay que hablar semanalmente, quincenalmente. ¿Cuántas mujeres fueron asesinadas, encarceladas y violadas por los talibanes? Pero como no es una guerra, como no compran ni venden armas, no hay intereses en Afganistán y se han olvidado. Las periodistas feministas tenemos que tener esto en nuestra agenda”, solicita Amin.

También reconoce, y con eso se queda, que ha sido bien acogida y que ha recibido mucho apoyo. “Yo he venido aquí a sobrevivir, no he venido para ocupar el puesto de nadie”, comparte. Ahora trabaja en 20 Minutos, en una productora haciendo documentales, está escribiendo su biografía y da charlas. También ha creado una asociación, Esperanza de libertad, para ayudar a mujeres a salir de Afganistán.

En la televisión nacional en la que trabajaba ya no hay mujeres. Sí que alguna está empleada en canales privados, pero tiene que tapar su cara con una mascarilla negra, no puede hablar de temas que afectan a las mujeres y no puede acudir a conferencias de prensa. Otras trabajan para medios que están en exilio, pero sin escribir su nombre. “La libertad de expresión no existe, los medios están controlados por los talibanes”, cierra Khadija Amin.

Muchas periodistas tiene que abandonar su profesión en España y aceptar trabajos de menor cualificación para subsistir

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RSF constata el crecimiento constante de la llegada al Estado español de profesionales de los medios, esencialmente procedentes de América Latina y de países represores de mujeres periodistas, como Afganistán, de donde ya han hallado refugio una decena de reporteras, dice el organismo en una nota del pasado verano. “A su llegada, el proceso de adaptación es especialmente duro. A los desafíos de la nueva cultura y, en ocasiones, del idioma, se añaden el duelo por el desarraigo y, sobre todo, la pérdida del estatus, que obliga al periodista a abandonar su profesión y aceptar trabajos de menor cualificación para subsistir”, denuncia el organismo, que pide a los medios locales que no les den la espalda y que tengan en cuenta su valor profesional y vivencial.

“El Estado español sigue siendo racista y colonial y sigue deslegitimando el conocimiento y la trayectoria de las periodistas y los comunicadores que venimos. El acceso espacios de acá es muy complicado. La experiencia que tenemos las periodistas que estamos en el exilio o en movimiento es buscar financiamiento privado”, denuncia Valeria Guzmán.

“Hay responsabilidad estructural del primer mundo, nos están tapando la boca para que no podamos escribir y para que no podamos casi sobrevivir en condiciones reales de subsistencia”, continúa Luciana Peker, quien agradece los apoyos recibidos, pero reclama un fondo de la cooperación para hacer periodismo. “Hay complicidad en el silencio, hay complicidad en Europa y España con el silenciamiento de las periodistas latinoamericanas. Y si no lo hacen están replicando la colonización y están dejando que la extrema derecha, que ya tiene esos lazos, venga a imponer parte de lo que ya está imponiendo en los países del sur. La extrema derecha está unida y a nosotras nos dejan solas”, añade la periodista argentina.


10/18/2025

Nuevas restricciones a internet por talibanes dejan a Afganistán fuera del foco mundial

 La autora es una periodista afgana, formada con apoyo finlandés antes de la toma del poder por los talibanes. IPS mantiene su identidad anónima por razones de seguridad.

Aunque el acceso a internet ha regresado en Afganistán, persisten las limitaciones y los bloqueos de plataformas, lo que refleja el endurecimiento de las restricciones a la red en todo el país. Imagen: Learning Together.- 
Periodista de IPS

KABUL – A finales de septiembre, los talibanes cortaron abruptamente el acceso a internet por conexión inalámbrica y fibra óptica en Afganistán durante 48 horas sin dar ninguna explicación. La interrupción causó consternación y sufrimiento entre millones de afganos, especialmente entre aquellos que dependen de la red para la educación y el comercio en línea.

El cierre de las escuelas para niñas no había impedido por completo que las estudiantes continuaran su educación, ya que muchas encontraron soluciones alternativas a través de clases en línea. Por lo tanto, se centraron en el wifi (conexión inalámbrica) y la fibra óptica para cerrar todas esas posibilidades

Aunque se ha levantado el bloqueo de Internet, su velocidad es significativamente más baja de lo normal y, según periodistas extranjeros que informan desde el país, parece que se han restringido intencionadamente ciertas redes sociales como Instagram y Facebook.

Nilam, de 23 años, detalla cómo su clase de inglés en línea se desconectó de repente, dejándola desesperada. «En ese momento, mi mundo se oscureció. Sentí que lo había perdido todo y que todos mis sueños se habían destruido ante mis ojos», explicó.

Recuerda los decretos anteriores emitidos por los talibanes que cerraron escuelas y universidades, «y cuántas veces me vi obligada a quedarme en casa»

Los cursos de inglés en línea, dice, eran el único canal que le quedaba para aprender un idioma y encontrar un trabajo o estudiar en el extranjero. Y cuando vio que también los habían bloqueado, se sintió perdida y totalmente desesperada.

Como ella misma afirma de forma muy gráfica: «Era como si estuviera viviendo en el siglo de las palomas mensajeras; los talibanes nos han aislado del progreso mundial».

La razón que esgrimió el Talibán para desconectar a los afganos de Internet fue frenar la «inmoralidad», argumentando que el acceso generalizado de los jóvenes a Internet y el uso de teléfonos inteligentes generan corrupción moral.

Sin embargo, los expertos en medios de comunicación rechazan esa explicación como una tapadera para el objetivo principal del Talibán, que es negar a las niñas el acceso a la educación, la política estrella del grupo islamista desde que volvió al poder hace cuatro años.

Muchas mujeres en Afganistán dependían del estudio en línea; 
el endurecimiento de las restricciones a internet ahora lo hace mucho más difícil. 
 Imagen: Learning Together

Primero comenzaron por cortar el internet inalámbrico en las provincias de Balkh, Baghlan, Kandahar y Paktia. Al día siguiente, esto se extendió a otras quince provincias, negando el acceso a Internet a millones de afganos.

El cierre de las escuelas para niñas no había impedido por completo que las estudiantes continuaran su educación, ya que muchas encontraron soluciones alternativas a través de las clases en línea. Por lo tanto, se centraron en el wifi y el internet por fibra óptica para cerrar todas esas posibilidades.

Para muchos hogares de bajos ingresos, el wifi era la opción más asequible, ya que varios miembros de la familia podían utilizar simultáneamente una sola conexión para estudiar y trabajar a un coste relativamente más barato en comparación con los datos móviles.

Nooria, en Mazar-i-Sharif, como muchas mujeres que habían perdido su trabajo debido a los edictos talibanes, recurrió al comercio en línea para mantener a su familia.

Tras el retorno de los talibanes al poder, en 2021, «recurrí a la venta en línea para cubrir los gastos de subsistencia. Gracias a este trabajo, podía satisfacer mis propias necesidades y ayudar a sufragar parte de los gastos de mi familia. Pero ahora, con el corte de Internet inalámbrico, continuar con este trabajo se ha vuelto casi imposible para mí», se quejó amargamente.

Como ella explica, los datos móviles de Internet son prohibitivamente caros.

«Pagando 2000 afganis (unos 28 dólares), toda nuestra familia podía utilizar el internet inalámbrico», dijo. «Mi hermana pequeña estudiaba, mis hermanos hacían sus deberes y yo podía continuar con mi trabajo en línea. Pero ahora, si queremos comprar datos móviles, tendríamos que pagar por separado por cada persona, un coste que simplemente no podemos permitirnos», añadió.

Anuncio publicado en un proveedor de Internet en el que se notifica a los clientes la prohibición de internet en virtud de las nuevas restricciones. Imagen: Learning Together

Ahmad, un proveedor de servicios de Internet en Herat, destaca que el acceso limitado dificulta un uso significativo de internet.

«Aparte de enviar mensajes sencillos por WhatsApp, no se permitirá nada más. Eso significa que no habrá educación, ni trabajo en línea, ni investigación, ni conexión libre con el mundo exterior», afirmó Ahmad.

La interrupción del servicio del mes pasado fue descrita por los usuarios y proveedores locales como el apagón más generalizado en varias provincias desde la caída de la República Afgana el 15 de agosto de 2021.

A principios de 2025, 13,2 millones de personas, alrededor de 30,5 % de la población, tenían acceso a internet en Afganistán, según el sitio web especializado DataReportal. Alrededor de 4,05 millones de personas utilizaban las redes sociales.

Los expertos creen que los talibanes están intentando aislar completamente a la sociedad afgana de la comunicación global, permitiendo que solo un pequeño grupo de personas relacionadas con los negocios o el gobierno tengan acceso aiInternet.

Advierten de que, si se aplican, estas restricciones paralizarían gravemente la vida social, educativa y económica de los ciudadanos de a pie. Los analistas advierten de que esta medida supondrá un duro golpe para la educación de las mujeres y las niñas afganas, lo que empujará a la sociedad a un mayor aislamiento.