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8/15/2026

Catalina sale a caminar

  


Ve el reloj y le faltan quince minutos para salir de trabajar. Tiene dolor en los pies, en los tobillos, en las rodillas y las piernas se le inflaman por la retención de líquidos al pasar diez horas de pie. En su espalda siente como astillas ancladas, un ardor punzante que no se mueve de lugar, lo describiría como la sensación de un alfiler entrando en su piel a la velocidad en la que se mueve la aguja de una máquina de coser. Las muñecas de las manos las tiene inflamadas todo el tiempo. Doña Bartola que se dedica a sobar y que también es comadrona le dijo que tiene artritis en las manos y que pronto se le regará en todo el cuerpo. 

 

Tal vez será artritis la que tiene en las caderas entonces, se dice todas las mañanas cuando se levanta y el dolor en la cintura lo siente puro chile. La suela de un zapato tiene un agujero, lo tapa con papel periódico, está que irá a donde don Obdulio, el zapatero, para que le cambie la suela, pero tiene todo el dinero comprometido en pagos. 

 

Para cada veinte de mes Catalina está en números rojos, prestando dinero para el pasaje y no es que se malgaste lo poco que gana, es que lo que le pagan es una miseria. Sueña despierta, como la mayoría de sus compañeras en el trabajo. Algunas con una casa propia, otras con vacaciones, un automóvil, un trabajo donde no tengan que estar de pie, un esposo decente que no les pegue, un padre responsable para sus hijos, dinero suficiente para pagar los recibos y que les sobre para llegar a fin de mes. 

 

Todas fantasean con un abrazo, con una caricia en el rostro, en el cabello. Con un masaje en los pies. Con dormir tres días seguidos. Muchas en sus conversaciones durante los 20 minutos de almuerzo cuentan que si volvieran a nacer no se casarían ni tendrían hijos, algunas al escucharlas se persignan y otras guardan silencio, diciendo para sus adentros que también harían lo mismo. 

 

Ni Catalina ni ninguna de sus compañeras de trabajo tuvo la oportunidad de estudiar, esas alturas son inalcanzables para personas como ellas, lo han comentado en infinidad de ocasiones. Pero si hubieran tenido la oportunidad ahí habría doctoras, ingenieras, docentes, químicas y Catalina que siempre quiso ser bióloga marina. Nacida en una casa con paredes de lámina, a las orillas de un río de aguas negras, en la periferia de la ciudad de Guatemala. La mayor de ocho hermanos, casada a la fuerza en la adolescencia con un hombre treinta años mayor, madre de cuatro, Catalina sueña con juntar dinero para comprarse una prótesis dental.  

 

Y con un bosque cerca de su casa, donde canten las chicharras y alumbren las luciérnagas. Un bosque frondoso como el de los cuentos que contaba su abuela en las tardes en las que le ayudaba a preparar la cena. Un bosque con árboles grandes que llenen de sombra el camino. Un bosque para ir a caminar. 

 

Ilka Oliva-Corado.

8 de agosto de 2026.

Estados Unidos. 

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Ilka Oliva-Corado.

8/01/2026

Atol de mosh

 

Rufina saca un poco de comida y la echa en el comedero de los pajaritos, después llena el recipiente de agua y los cuelga de nuevo en el árbol. De allí se alimentan también los patos silvestres, las ardillas y de vez en cuando las liebres a las que ella llama conejitos silvestres, todos se amontonan al pie del árbol a disfrutar la comida que cae desde la rama.  Por inercia al final de la primavera siempre quiere sembrar máiz, frijol y maicillo. Ayote y güisquil para que se enreden en el árbol y se vayan en puro vicio para arriba, como las flores de campana y las buganvilias en el palo de jocote y en el matasano en la casa de sus abuelos en San Ixtán, Jalpatagua. 

 

Ese árbol que es una especie de pino de los que usan para navidad en Estados Unidos, por días parece ciprés y cuando la nostalgia se acurruca en las persianas de la ventana en los días de otoño, aparece entre las ramas el musgo blanco y las orquídeas de la tierra donde dejó el ombligo. Rufina entonces hace atol de mosh y compra pan francés, para elaborar paso a paso el ritual que realiza solo en los días en los que el clima ablanda el hierro fundido que acoraza su alma, para reencontrarse con las manos morenas de la niña que fue. 

 

Absorta las admira, las acaricia y las besa. Manos hacedoras, que crean, que juegan, que trabajan, que sueñan, que hilan, manos que emigraron para seguir sobreviviendo. Entonces Rufina, tosca y ruda como las generaciones de mujeres que la antecedieron en su árbol genealógico, poco a poco comienza a quitarle los siete candados a su puerta y asoma lentamente hacia la luz que irradian las manos morenas de la niña que habita en su espíritu. 

 

Emocionada por la aparición comienza a contarle cuentos, le lee libros, le compra acuarelas, le cocina su comida favorita, la peina, le enseña a lustrar sus zapatos y a forrar sus libros. La baña con jabón de coche, le quita lo percudido con un pashte natural y al final la perfuma con Agua Florida. La niña de manos morenas ya sabe tortear, remendar sus calcetas y el ruedo de su uniforme, rajar leña, ordeñar las vacas, hacer queso, crema y manquilla de costal. Secar la carne, hacer adobe, acuñar las tejas del techo, capar los marranos y descuartizar las gallinas para el caldo. Ayuda a su abuela a hacer los comales, las ollas y los cántaros de barro que salen a vender los fines de semana a Comapa. 

En verano con el canto de las chicharras y la luz de las luciérnagas la niña aparece de nuevo antes del amanecer, con el canto de los gallos que habitan en la memoria de Rufina, su reloj natural está en sintonía con el horario en el que los zacatales sazonan y los mozotes comienzan a pegarse en las mangas de los pantalones para la época del ayote en rapadura, el atol shuco y el máiz salpor. Para cuando Rufina acuerda la niña ya le tiene el café servido, endulzado con rapadura canche, Rufina lo toma así, le da pena decirle que desde hace años toma el café sin azúcar, es que si se lo dice la niña le va a decir que ya aprendió las mañas de ese país y que es capaz también hace ayuno intermitente y que quiere bajar de peso para andar como cadáver con las ropas cáidas. 

 

Rufina que no cree en el petate del muerto ha comenzado a rezar para que la niña no abra la puerta de la refri y se encuentre con los jugos verdes. Y ojalá que no haya abierto los gabinetes porque le va a ir a contar a todos a la aldea que la Rufina se agringó porque ahora compra multivitamínicos y suplementos con colágeno no sé qué. Qué más colágeno que el caldo de patas le va a decir. Rufina comienza a sudar solo de imaginarse y salta de la cama, la niña le tostó tortillas para que le eche al café. 

 

Claro, es su versión más joven, es la versión de su infancia, claro que le tostará tortillas para echarle al café y le pasará un banano para que también le eche, por supuesto que endulzó el café con rapadura. Rufina le agradece inmensamente la delicadeza de prepararle el desayuno, la niña se disculpa por no servirle leche de vaca con tortillas tostadas y frijoles parados, pero es que no hay leche en esa casa y mucho menos frijoles. Rufina le quiere explicar que los frijoles le dan gases y que la leche la inflama, pero mejor cierra el pico antes de que la otra la agarre a leñazos y el arrastre de las crines por toda la casa.

 

Esa niña dulce, rebelde, tartamuda, despeinada, es la médula espinal de la mujer que es hoy en día.  Rufina la abraza, quiere protegerla, y le dice que ella ha hecho bien en jugar pelota, en treparse a los árboles, en jugar cincos, trompo, yoyo, en montar los caballos a pelo, en ponerse pantalón de lona y camisa a cuadros como su abuela.  Que tiene derecho a que no le gusten los vestidos y que si cuando crezca no quiere maquillarse que no lo haga. Que si no se quiere casar que no se case y si no quiere tener hijos que no los tenga tampoco. Que es dueña absoluta de su sexualidad y de su cuerpo, que en su cuerpo solo decide ella.  Le repite que la admira porque jamás creyó en que las frutas se argeñan si se sube una mujer a los árboles. Que le fascina su tenacidad y lo indomable de su carácter, la necedad y su pelo sin peinar, el gran charral, la rebelión de tener su pelo suelto. De atreverse a dar su opinión, a preguntar, a no quedarse con la duda, su instinto silvestre, propio del monte, una mula sin domar. 

 

Con el amanecer la niña ha desaparecido, afuera comienzan a picar los mosquitos y los zancudos, Rufina se sirve un vaso de fresco de semilla de ayote y ajonjolí y saca su libro y se sumerge en las historias venidas de otros tiempos, escritas en otros parajes, en otra cultura, con distinto idioma, para entregarse a ella, migrante de mil caminos desde su infancia. 

 

Ilka Oliva-Corado.

12 de julio de 2026.

Estados Unidos. 


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Ilka Oliva-Corado.

6/20/2026

Tortillas de loroco


La gallina murusha[1] se le atravesó de nuevo en los sueños. La vio corriendo despavorida junto a la bandada buscando las hojas de repollo que les acaba de tirar en el patio para que coman. La nombró Murushona, desde que la pollita nació. Su abuela Tiba le regaló dos huevos de su gallina inglesa, una miniatura de gallina con las plumas colochas[2], mismos que Emelda puso junto a los otros cuando una de las gallinas de la casa se quedó. Durante las tres semanas de incubación estuvo atenta al nacimiento de las crías y fue todo un festejo cuando sus dos pollitas nacieron.

Pero a los días una murió y quedó entonces la única murusha en medio de las manadas de pollos que abarrotaban el patio cuando se les tiraba comida. Realmente nunca supo cuántas gallinas llegaron a tener, el terreno donde vivían era grande. Sus papás cuidaban a las afueras de la capital una cochiquera de unos veterinarios adinerados que tenían negocios por todos lados en Guatemala. En los terrenos de la gente adinerada Emelda comenzó a ver los cercos de bloques con alambre de púas en la última hilera, una hilera de úes que las llenaban de cemento con pedazos de botellas de vidrio que quebraban específicamente para ese tipo de seguridad. Un mundo distinto al del campo.

Los hijos del sol, les llamaban los trabajadores porque eran albinos, hijos de alemanes emigrados. De lo que llegó a saber su padre, ellos contaban con parcelas con siembras de verduras en Patzún, Chimaltenago, ganado en Jalapa, fincas de árboles de mango Tommy, en Chiquimula. Cafetales en Alta Verapaz. En tierra fría colindando con México compraron a saber cuántas manzanas de terreno, le escuchó decir a su papá cuando le contó a su mamá sobre la nueva compra de los terratenientes. A su padre le ofrecieron ir a cuidar las fincas de coco que tenían en Izabal, pero su mamá dijo que el clima era infernal y que para allá se fuera el diablo. Y en la casa como se hacía lo que decía su mamá, entonces el diablo de seguro se fue para allá, pero ellos no.

Su abuela le contó en unas de las tantas conversaciones que tuvieron cuando iba de visita a Teculután, que cuando era niña las gallinas crecían en el monte, ponían los huevos en nidos que improvisaban en el zacate. En ese entonces nadie se preocupaba por cuántas gallinas tenían y si los huevos se los iba a comer la zarigüeya o cualquier otro animal porque había en abundancia.

Emelda conoció la abundancia cuando fue a visitar la casa de los abuelos paternos por primera vez, con los años comprendió que abundancia no significa tener de más para desperdiciar y que tampoco tiene nada que ver con el dinero. Siempre sintió fascinación por las manos creadoras de su abuela, que le enseñó a hacer queso fresco y mantequilla de costal, las quesadillas más deliciosas que comió fueron las que hizo su abuela.

Le enseñó a trabajar el barro, a hacer sus propios comales, ollas y jarros. El bordado de las mantas para las tortillas y el de las almohadas. Aprendió a cómo medir la intensidad del fuego en el polletón[3] para no desperdiciar la leña y no quemar las tortillas. El café lo aprendió a hervir en las brasas a un lado del comal sin que se le tumbara y los bananos majunches los asó siempre en el rescoldo, como tostaba los pishtones[4].

En la capital todo era distinto, aun estando a las afueras todo lo tenían que comprar. El pago se lo daban a su padre con atraso de tres meses y jamás le pagaron por el trabajo de toda la familia que también hacía, pero para los dueños eso era obligación que no merecía remuneración económica. Cuando su padre les pedía aumento le salían con que un favor le estaban haciendo con tener a toda la familia ahí sin pagar renta.

Un trabajo sin horario de lunes a domingo, sin permiso de enfermedad y sin vacaciones. Vacaciones, le contestaba cualquiera de los albinos, vacaciones son las que les damos nosotros dejándolos vivir aquí. Emelda comenzó a cuidar cerdos a la edad de tres años y a los cinco ya sabía cómo caparlos, lo que nunca hizo y sintió una asquerosidad fue comerse las criadillas. Sus papás, al contrario, así recién cortadas, sólo les lavaban la sangre y se las metían a la boca.

Emelda ve a la Murushona correr, ha retrocedido en el tiempo, no tiene los sesenta años de ahora, es apenas una niña de siete, aún no sabe que tendrá hijas y que emigrarán de indocumentadas a Estados Unidos y mucho menos que sus nietas nacerán en ese país y que hablarán inglés y que rechazarán el español, avergonzadas. Que no querrán saber nada de Guatemala y mucho menos del lujo y del honor de comer tortillas con loroco y queso hechas por la abuela, como lo tuvo ella.

Notas:

[1] Murusha: Persona de pelo rizado, de herencia afrodescendiente.
[2] Colocha: Persona con el cabello rizado o crespo.
[3] Polletón: Mesa grande de barro para cocinar con fuego, donde se coloca el comal y la hornilla.
[4] Pishtón: Tortilla gruesa.

Ilka Oliva-Corado.
24 de mayo de 2026.
Estados Unidos.

5/16/2026

Una taza de café recién molido



Ilka Oliva Corado

Lena abre la bolsa y toma el que piensa que es el último pedazo de champurrada pero, para su sorpresa un puñado de pedazos más pequeños se revuelve con el pozolero. Asombrada cierra los ojos y vuelve a mirar dentro de la bolsa, aquello parece un gran guindo. Con urgencia otra vez cierra los ojos deseando que al abrirlos no encuentre de nuevo la gran hondonada, pero ahí está, inamovible, para entonces Lena ha entrado en un estado de estupor como la primera vez que vio la tierra roja de Salamá.

Algo la sacude, su respiración cambia de ritmo y siente como ahogarse con su propia saliva, desesperada hace el esfuerzo de tragar, pero hay un nudo de sal atrancado que se desmorona cuando siente el leñazo en la nuca y de sopetón comienza a rodar en los barrancos de la memoria. Cae a culumbrón 2 en el sabor de las mañanas de su infancia.

Ahí está de nuevo la imperdible, tan puntual e insobornable nostalgia que la lleva a lugares que están refundidos en saber qué recovecos de los años juidos .

Para qué púchicas se pronuncia, poniendo el enojo de pretexto, de nuevo con sus once ovejas para no declararse culpable de extrañar. Envalentonada solita se pone al brinco exigiendo que la esculquen y todo para no decir en voz alta que, como muchas otras almas la suya también añora de cuando en cuando. Se agarra el pelo en una cola, lista para la pelea y mete el pedazo de champurrada en la taza de café y como ya ha agarrado aviada también el pozolero de la bolsa, a gusto comienza a sopear con la cuchara.

Un pensamiento inmoral se le cruza por la cabeza, si la vieran sus amistades de ahora sopeando champurradas en una taza de café, la negarían como unas Judas. Más aterrada aún se pregunta qué dirían si supieran que su verdadero nombre es Magdalena.

¿Magdalena?, exclamarían en coro. Sí, como el pan, les contestaría.

No, pero es que más Judas que ella misma no hay, es toda una doble cara de las dobles caras de la clica de las Iscariotas, le replica de nuevo ese pensamiento inmoral que aparece siempre en el momento menos esperado, como la menstruación cuando se lleva ropa de color claro. Porque dicho está que a veces los pensamientos esos metiches la ponen en aprietos, con sus cosas inservibles como las fumadas esas de la dignidad, el respeto y otras hierbas. Cosas que solo le estorban, como las esquinas de las uñas del dedo meñique de los pies, que se ponen ahí de grandes mártires, pidiendo que no les pongan tacones apretados porque las lastiman. Já, lastimada estoy yo, exclama Magdalena en voz alta, pero al instante cierra el pico y vuelve a pensar para sus adentros, porque es mejor que nadie escuche lo que la memoria y su conciencia tienen qué decirle acerca de sus mañas de loca desquiciada. 

Por ejemplo, si ya olvidó cuando de niña, descalza, acostada en la hamaca escuchaba a las chicharras cantar mientras sopeaba su tortilla tostada con banano en su taza de café recién molido, en casa de sus abuelos mientras su mirada se perdía en la majestuosa Sierra de las Minas. 

Lena entonces vuelve en sí después del trance tan deplorable en el que la dejó el leñazo en la nuca, tira el café con la champurrada en el inodoro, agarra un yogurt del refrigerador y se va al gimnasio, donde quedó de juntarse con sus amigas para la clase de yoga e ir después a tomar jugos verdes al bar de jugos de Titi, que su nombre real es Margarita María del Carmen.

Ilka Oliva-Corado. 
10 de mayo de 2026.
Estados Unidos.

3/28/2026

Ayote en rapadura

 Ilka Oliva Corado

A Milvia la entregaron a los doce años a un hombre de treinta seis que ya se había separado tres veces y tenía en total siete hijos. Era bien sabido que golpeaba a las mujeres con las que convivió y que cuando se cansaba de ellas solamente se iba y no volvía más, dejando a las madres y a sus hijos en el olvido total. Cliente habitual del bar Rojo, el único en el municipio. Sus borracheras no tenían ni día ni horario, pero eso al padre de Milvia no le importó porque el futuro yerno lo invitaba a los cutos[1] cuando se lo encontraba en el bar. 

El futuro conviviente, entonces arregló con su papá sin que su mamá ni ella supieran y este aceptó la dote de tres vacas y dos yeguas, diez quintales de máiz y dos de maicillo.  En su casa su madre nunca ha tenido ni voz ni voto, todo lo decide su papá entonces para cuando se enteró se puso a llorar porque así mismo le pasó a ella. La tomó de un brazo y la sentó en una silla y le explicó que llegaría un hombre que sería su esposo y que se tenía que ir a vivir con él, le dijo que esa primera noche iba a sufrir pero que tenía que sacar eso de su memoria porque no le iba a servir de nada tenerlo ahí, porque así era la vida de las mujeres.  

Milvia no entendió a qué se refería su mamá con eso. Dos semanas después llegó un hombre mayor que ella nunca había visto y se la llevó, ella lloraba porque no se quería ir, después intentó escapar, pero cada vez que llegaba a su casa su padre la iba a dejar de regreso, muy apenado y pidiendo disculpas. A Milvia recién le había bajado la primera sangre, no entendía porque un hombre se le subía encima y la lastimaba tanto, como si la odiara. Los padres que viven en el caserío El Tempisque, se sintieron orgullosos de que su hija viviera en una aldea. Mardo es de la aldea Escuinapa y sus padres le heredaron un pedazo de terreno cundido2 de piedras del tamaño de un estanque, allí construyó su casa de adobe de un solo cuarto y la cocina la hizo afuera con pedazos de lámina y tablas de lepa. 3

Milvia el primer hijo lo tuvo a los nueve meses y fue uno seguido de otro, a los dieciocho ya tenía cinco. Ella no fue la excepción, siguió el mismo patrón de crianza en el sistema patriarcal, como sus ancestras, amigas, vecinas… Hasta los dieciocho su mundo es su caserío, no conoce más allá de Comapa, jamás ha salido a la cabecera departamental, a lo más que ha llegado es a la aldea Guachipilín que es la última antes de llegar al cruce de El Amatón camino a la capital. Un día su conviviente no llegó a dormir, ni la siguiente noche, ni la otra, ni las demás.  Supo al mes, que este se juntó con una muchacha de quince años en una aldea de Chiquimula. La familia de Mardo la sacó de la casa y la fueron a entregar junto a sus hijos de nuevo a su padre. 

Su padre desde entonces la ha culpado del abandono de Mardo, porque ningún hombre deja a una mujer que sirva, le repite todos los días, despreciándola y restringiéndole la comida mientras que a su mamá la golpea por haber parido a una hija inservible. Milvia no le ha dicho a nadie porque cree que es normal que Mardo al igual que su papá también le pegaba y mucho más cuando llegaba borracho. Milvia siendo la mayor y la única mujer de once hermanos, desde temprana edad comenzó a trabajar el barro, ayudando a su mamá en la elaboración de comales, ollas y jarros que venden los jueves y los domingos al pie del palo de mango que le da sombra a La Pilona, en el parque central de Comapa.  Nunca fue a la escuela porque las tareas en la casa siempre han sido infinitas, en cambio a sus hermanos sí los pusieron a estudiar, su papá dijo que los varones son los inteligentes y que las mujeres solo sirven para parir y para el oficio doméstico. Pero la venta no alcanza para la alimentación de trece en casa de sus padres más sus cinco hijos, su padre que trabaja de mozo en una finca lechera tampoco gana lo suficiente. 

Su madre que fue al Centro de Salud regresa con la noticia de que le tiene trabajo en la capital, una enfermera le consiguió de empleada doméstica en una casa en la Zona 15. Así es como Milvia deja a sus cinco hijos al cuidado de su mamá y viaja a la capital con tres mudas de ropa en una bolsa de nailon, un par de zapatos y un monedero donde lleva solamente lo del pasaje junto con un rosario bendecido con agua de la Iglesia del Señor de Esquipulas que compró un día de mercado. El trabajo es de viernes a sábado, tiene el domingo libre. No sabe nada de encerar pisos, cubrecamas, estufas con horno, cocinas con gabinetes, aspiradoras, de extractor para jugos. Cafeteras eléctricas, tostadoras de pan, lavadora y secadora de ropa.  Son tres trabajos en uno, cuidar a un recién nacido, limpiar la casa y cocinar. Y así se le van pasando los años, ya van quince yendo un domingo al mes a ver a sus hijos, los otros tres trabaja de mesera en una taquería en el mercado La Terminal. 

Pero este domingo es especial, porque por primera vez tiene vacaciones, le dieron una semana, aunque no es la de Semana Santa, pero son siete días para pasar con sus hijos.  Pero hará que esa semana sea la Semana Santa para ellos, los llevará a conocer la cueva de Andá Mirá, a que conozcan la cabecera departamental y también irán a comer pollo frito y a conocer la iglesia del Señor de Esquipulas, para que bendigan los rosarios que comprarán. Se llevará a su mamá con ellos, porque se merece todo, aunque es muy poco lo que ella le puede dar, el tiempo es lo que han tenido en contra siempre y la economía que los obliga a vivir con tantas limitaciones.  

El Tempisque queda más allá del pueblo, tiene que caminar varios kilómetros en calle de terracería donde va encontrándose con los cercos de alambre de púas incrustados en los árboles de jiote. Es época de calor, la quebrada está seca, también los ojos de agua, abundan los remolinos en las polvaredas, tragando polvo y tosiendo va disfrutando la vista de los palos de jocote rojo, de la flor de izote, de los matasanos y la manzana rosa. Es el tiempo de los mangos tiernos y de los jocotes de febrero. Pero hay algo que Milvia extraña más que los pishtones 4 que echa 5 su abuela y la mantequilla de costal 6 que hace su mamá, es el ayote en rapadura7 que hacen juntas con su abuela, sus tías y su mamá, cuando también hacen los tamales de viaje y preparan las pacayas y el pescado seco para hacerlo envuelto en huevo, cuando la familia se une y la vida les sonríe. 

Llena de polvo Milvia va asomando, pasa por debajo de la enredadera de buganvilias que se entrelazan con las del güisquilar que siguen su camino hacia las ramas del aguacate y el matasano que su mamá sembró cuando recién se casó. Un olor dulzoso que sale desde la cocina la abraza, la acaricia, la arrulla y le da refugio en su regazo, es el aroma de la rapadura hirviendo en una de las ollonas de barro de su mamá, es el ayote impregnándose de la miel de la caña, de la leche materna que la amamantó, de la tierra que la añora y la recibe emocionada cada vez que llega, son sus hijos saliendo encarrerados a encontrarla con un ramo de flores silvestres y fresco de masa. Son sus tías preparando la masa para los tamales de viaje, es su abuela saliendo de la cocina con las manos palmeando un pishtón y gritándole emocionada: “ingrata, el fuego me avisó que venías”. 

Es todo, es todo lo que no tiene la capital. 


[1] Cuto. Una medida de octavo de agua ardiente. 

2 Cundido: Estar lleno. Ejemplo: Está cundido de gente. Cuando se habla de un lugar lleno de gente.

3 Lepa: Es el primer corte de la troza que elimina la corteza y la primera capa redondeada para crear una superficie plana. 

4 Pishtón: Tortilla gruesa. 

5 Echar: En el caso propio de las tortillas en Jutiapa es ponerlas en el comal a cocer. 

6 Mantequilla de costal: Es una mantequilla cremosa, lavada y desuerada al colgarse en sacos de manta (de ahí su nombre) para extraer el agua. Es famosa por su sabor intenso y elaboración natural. Propia del oriente guatemalteco. 

7 Rapadura: Palabra con la que en el oriente guatemalteco se le llama a la panela, que es un endulzante natural que se saca de la caña de azúcar. 

Foto: Dalia López/Guate360

2/28/2026

Tamalitos de loroco

Ilka Oliva Corado
crónicas de una inquilina

El anuncio de la tormenta invernal hizo que la gente corriera a los supermercados a abastecerse, Lupita no fue la excepción. Compró lo habitual, sus verduras para sus ensaladas, arroz, dos libras de costilla porque el caldo no puede faltar en los días de tormenta, pan dulce porque no podría tomar café sin su pedazo de pan al lado. El otro día hizo sopa de lentejas con espinaca y también tortitas de carne con berro, no le gusta cómo luce la acelga en ese lugar, apagada y sus hojas marchitas, no le dan ganas de cocinarla así. Porque para ella la memoria de las hojas de acelga tiene la frescura de la tierra fértil de la aldea El Calvario, donde creció.

Ya lleva todo en la canasta, su piña que parte en rodajas y las cáscaras que las pone a hervir con canela y pasa tomando el agua como té durante la nevada. En la tormenta pasada le dio por hacer pan, se discutió unos panes galanes que hacen en su aldea para Semana Santa. Aunque claro, un horno de estufa jamás tendrá parecido con el horno de leña en el patio de la casa de su infancia. No están sus hermanas, ni su mamá ni su abuela, no están las tías, no tiene a quién preguntarle cuánto de sal, si la masa ya está en su punto, o si el horno necesita más leña, pero hacer el pan la hace mantener la memoria viva de las tardes bañadas de luz que espera que un día conozcan sus hijos, cuando los tenga, porque quiere tener cuatro.

Va buscando los tamalitos de elote que llegan congelados desde El Salvador, se los come con leche, como en su infancia. Aunque a veces también se los come con crema y queso fresco. Cuando hace atol de elote le toca echarle un poco se harina de máiz o maicena, porque se le corta porque los elotes están muy tiernos, pero no hay cómo conseguirlos más sazones. El atol le gusta dejarlo cuajar y al siguiente día cortarlo con leche, como lo hacía su abuela porque así le enseñó su abuela a hacerlo.

Abre el congelador y agarra la bolsa de seis tamales, si comprara la de veinticuatro no tendría dónde ponerla. Enfrente están los congeladores llenos de frutas, hojas y comida que llega desde toda Latinoamérica. Siempre se encuentra las bolsas de jocote rojo de febrero que cuestan un ojo de la cara, un ojo de la cara a cambio de doce jocotes por bolsa. Es un crimen, siempre alega con ella misma, lo mismo del precio de los tamales de elote. Si le contara a su abuela lo que cuesta el manojo de las hojas de banano le diría que se regrese inmediatamente, que qué anda haciendo tan lejos buscando lo que no ha perdido.

La historia de Lupita es como la de muchas adolescentes que creen estar enamoradas perdidamente y que en la efervescencia de la alucinación dejan todo atrás siguiendo al que más tarde les va a desdichar la vida. No lo supo ver con dieciséis años, solo pensó que junto a su novio podrían hacer una vida juntos lejos de todos, porque nadie aceptaba su relación con un hombre de cuarenta y seis, separado y con seis hijos. Ahora que tiene veinticinco y después de haber vivido nueve años con un alcohólico violento que le pegaba todos los días entiende por qué su familia se oponía. Se escapó con él y no dio tiempo a que lo metieran preso por abusador de menores.

Recién lo acaba de dejar y renta un estudio con un balcón que tiene como vista la pared de atrás de un edificio de cincuenta apartamentos. Sabe que se reconstruirá, que podrá ponerse de pie y que continuará caminando, conociendo, experimentando y dándose la oportunidad de respirar con calma y en paz. Ahora está aprendiendo poco a poco lo que es el amor propio, lo que significa disfrutar de su propia compañía, su ser interior, de la inmensidad de sus sueños y a cuidarse como cuidaba las flores del jardín en la casa de su infancia. Porque es un crisantemo, se dice siempre cuando se ve al espejo. Los crisantemos dobles que sembraba en los surcos de la parcela de sus padres a los que cuidaba con dedicación y ternura.

Junto a las bolsas de jocotes encuentra recién llegadas las bolsas de flor de pito, chipilín y loroco, todo producto guatemalteco. El alma se le va en vilo y no la puede alcanzar, siente su corazón acelerarse, le hace falta el aire. El loroco siempre lo cortó en casa de sus abuelos paternos, en el oriente guatemalteco. Allá conoció las parcelas llenas de palos de limón, los palos de mango enormes como ceibas. La manzana rosa, las quesadillas de arroz, el queso seco y las tunas rojeando entre los zacatales secos del desierto al pie de la Sierra de Las Minas.

Inmediatamente agarró cuatro bolsas, tomó harina de máiz salpor, un rollo de tusas y con urgencia llegó a su casa a preparar los tamalitos de loroco. Mientras estos hervían, agarró su taza de café y se sentó en el balcón a ver la nieve caer. Su nido huele de pronto a monte, mango tierno, chico zapote, a paternas y a los pomelos maduros al pie de los palos de jocote marañón.

Ilka Oliva-Corado.
22 de febrero de 2026.
Estados Unidos.

10/18/2025

Frijol camagua


ILKA OLIVA CORADO
Crónica de una inquililna
Clemencia compró frijol camagua[1], iba por chiles dulces y cebollas, pero el frijol le salió al paso desde el canasto de nía[2] María. Primero se paró de cabeza, saltó, levantó las manos y bailó, pero Clemencia estaba entretenida buscando los chiles más galanes. El camagua no se dio por vencido y utilizó su última herramienta, se lanzó de panzazo sobre los manojos de siente montes, sabía que era la única forma de captar la atención de la despistada.

Con cinco chiles en la bolsa, Clemencia buscó las cebollas, pero como un montarral espeso de finales de invierno, aparecieron frente a ella los siete montes. Sintió el aroma de su infancia llegado desde las montañas de la Sierra de las Minas. Se le erizó la piel y se le dejaron caer en manada el puño de recuerdos cuando vendían queso fresco, crema, requesón y suero en la casa de sus padres en Teculután, Zacapa.

Los años en los que si llovía su madre les gritaba desde donde estuviera, que fueran a tapar los espejos con una toalla y que le desconectaran el televisor, rituales que Clemencia no sigue y que no les enseñó a sus hijos. De hecho, sus hijos no saben qué es el requesón y mucho menos el suero de vaca, si ella les contara que su madre ponía una herradura de caballo atrás de la puerta con una trenza de ajos, no le creerían le dirían que de dónde sacó esa historia. Mucho menos les diría que regaba la entrada de la casa con agua de siete montes o que el manojo lo dejaba en un jarrón abajo del mostrador.

¿Le creerían si les contara que creció barriendo el patio con escoba de escobillo? Primero le preguntarían qué es escobillo[3]. No, sus hijos no la imaginarían así, regando el patio con palangana o lavando la ropa a mano y tendiendo la ropa en un lazo. Mucho menos le creerían que también ordeñaba las vacas que compró su abuelo materno para que su madre comenzara con un negocio y no estuviera a la espera de que Silverio, su esposo, le diera dinero.

Pero es que si les contara que sus pies se le llenaban de niguas, le dirían que qué le pasó, que si se siente bien o está delirando, que qué es todo eso de lo que está hablando. No le creerían que creció comiendo tortillas, mismas que están prohíbas en su casa, como la papa, los elotes, los plátanos y todo lo que dice su entrenadora personal y la nutrióloga de la familia que no se debe comer.

Es su culpa, Clemencia se lleva la mano al pecho, a los lejos escucha la voz de nía María que le pregunta qué va a llevar, pero no distingue, no capta qué le dice, la ve mover los labios pero no entiende lo que le está diciendo. Es su culpa, se dice a ella misma, es su culpa por no enseñarles de dónde viene, cuáles son sus raíces, por eso son unos adolescentes arrogantes, que creen que porque tienen dinero y cinco empleados en su casa al servicio de todos sus caprichos les pertenecen como si fueran sus zapatos.

Es su culpa no haberlos acercado a su familia, a sus raíces, en cambio sí con la familia de su esposo, adinerada, con buenos modales, que viajan alrededor del mundo cuando se les da la gana y viven de vacaciones en vacaciones. ¿Por qué renunció a su identidad? Un golpe de realidad le cae como balde de agua fría, por qué escondió a su familia y nunca los visitó si nunca le hicieron daño, al contrario, sus padres se desvivieron por ella y sus cinco hermanos. ¿Por qué sus hijos no conocen a sus tíos ni a sus abuelos?

¿Por qué se inventó un título universitario que no tiene? ¿Para no avergonzarlos en ser la única en la familia sin título de la universidad? Qué estúpida, se dice y se da un golpe en la cabeza con la mano. Nía María le sigue preguntando que qué va a llevar, ve a Clemencia más despistada de lo de siempre, ¿con quién estará hablando ahora?

Clemencia va al mercado todos los jueves, la lleva uno de los dos pilotos, aunque las empleadas encargadas de la casa son las que hacen las compras en el supermercado, Clemencia tiene el mismo ritual de los jueves desde hace quince años. Necesita sentir las verduras y las hierbas frescas, sabe que jamás se compararán con las del supermercado por mucho dinero que pague al comprarlas.

Nía María le sube la voz, qué te pasa Clemencia, le pregunta y la hace volver en sí. Nía María, cómo está, deme por favor un manojo de cebolla, quisiera llevarme los siete montes, pero no tengo en dónde ponerlos y regáleme por favor cinco libras de frijol camagua. Los frijoles se dan la mano y comienzan a saltar juntos, por fin la Clemen se los llevará, les encanta ver desde las ventanas de la cocina el patio lleno de grama verde, la piscina y el jacuzzi, aunque después terminen envueltos en masa y tuza. Clemencia ha visto el frijol camagua durante años, siempre a mediados del invierno y cuando es el tiempo del atol de elote, los elotes asados con limón y sal, del chipilín con arroz y crema y de los tamalitos de frijol camagua. Compra una rapadura [4] canche[5] y un ayote sazón.

De cuando en cuando a Clemencia le dan estos golpes de realidad, la llama la tierra donde nació, siente en la boca del estómago un halo helado cuando tiene nostalgia, pero nunca se ha atrevido a regresar, solamente les envía dinero a sus padres mensualmente. Es mucho lo que tiene qué perder, una vez al mes nía María le lleva tortillas, Clemencia se las come a escondidas en su habitación, con queso fresco que compra en el mercado. Después las vomita, sería incapaz de subir de peso y que sus amigas la juzguen y peor aún su familia política. El frijol camagua se lo lleva de regalo a las empleadas para que hagan sus tamales, lo mismo con el ayote y la rapadura y vean que mala empleadora no es.

Se despide de nía María, se sube al automóvil donde la espera el piloto y se va, en el camino se prepara para entrar de nuevo en su personaje, deja ser Clemencia y se convierte en Valentina, en fingir se ha convertido en una experta, total, todo lo que tiene alrededor es falsedad. Se lleva las manos a la cara imaginándose que, si en su pueblo supieran que se ha puesto de nombre Valentina para encajar en sociedad, inmediatamente le llamarían tina, bañera, chorro de agua, charco, ojo agua donde toman agua las vacas, hasta el frijol camagua y los siete montes se reirían de ella, sabe que en el oriente no perdonan.


[1] Frijol camagua: Frijol que empieza a madurar en la vaina.

[2] Nía: Señora. Viene de niña.

[3] Escobillo: Planta pequeña, especie de brezo, con que se hacen escobas.

[4] Rapadura: Azúcar de caña sin refinar ni granular que se prepara en panelas.

[5] Canche: Rubio, con cabello amarillo o dorado. En caso de la rapadura, de color dorado.

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Ilka Oliva-Corado.
28 de septiembre de 2025.
Estados Unidos.

8/09/2025

Helado de coco


Ilka Oliva Corado

Despierta como todos los días a las tres de la madrugada, se pega un estirón en la cama de metal que tiene una pata coja y dan un salto, cae parada en el piso de tierra. Destranca la puerta hecha con pedazos de tablas y sale al patio a cepillarse los dientes y a lavarse la cara con el agua fría que recibió el sereno de la noche. Corta un limón en dos, le deja caer un poco de bicarbonato y se lo pasa en los sobacos.

Se amarra el pelo en una cola, termina de ponerse los zapatos y jalar un suéter. Comienza a caminar por el bulevar principal de Los Cerezos, periferia en donde vive y sale en el primer bus que va hacia el mercado Las Golondrinas que queda en la capital. Los pilotos ya la conocen, la ven hacer el mismo recorrido todos los lunes, Julia de ocho años va a comprar la fruta para hacer los helados que vende en el mercado.

A las cinco de la mañana en punto estaciona el bus en la parada, le dice al piloto que no se vaya a ir sin ella. Julia tiene cuarenta y cinco minutos para comprar la fruta y salir despepitada [1] a tomar el bus que, si se va sin ella, le toca esperar el que llega a las ocho y si esto sucede echa a perder el día de venta, porque no llegaría a tiempo para vender los helados y sería un gran desbalance en la economía semanal de la familia.

Ve tanta fruta fresca que la quiere comprar toda: naranjas, toronjas, pomelas, zunzas y los costales de limones color de las plumas de la bandada de pericos que pasan volando todas las tardes, camino hacia las montañas verde botella que admira desde el patio de su casa. Se imagina una su limonada al medio día cuando va a las carreras a estudiar. Pasa por la cebollera y con ganas compraba un manojo de un ciento de las galanas, le encanta la cebolla roja, las come con su papá crudas cuando hacen huevos fritos y los acompañan con frijoles parados[2].

El olor de los canastos llenos de nances la atolondra[3], lo que daría por comerse un puñado. A un costado está la venta de mora, compra dos libras. Sigue caminando, sintiendo vibrar en su corazón el alma de Las Golondrinas. Avanza a paso ligero, pero sin dejar de observar absolutamente todo lo que logran acaparar sus sentidos, los costales llenos de especias y los granos de maíz de colores variados lo mismo que el frijol. Los manojos de tuzas cuelgan de las vigas que sostienen el techo de nailon en los locales de venta de granos, al igual que las candelas de todos colores, los rollos de puros, las trenzas de ajo, la canela como la forma de las astillas que da a un quetzal el costal la señora que vende leña de encino al final de la cuadra en donde vive. Quiere comprarlo todo, especialmente las carambolas para hacer fresco para el almuerzo.

Cuando pasa por la tomatera se impresiona de la variedad de tomates, pero siempre apuesta por el tomate mandarina porque le gusta su acidez, aunque no tiene dinero para comprar, si tuviera compraría una libra para hacer chirmol para comerlo con las tortillas recién salidas del comal que echa la señora que vende tortillas galanas en la cuadra vecina. Cada lunes el viaje de Julia está lleno de colores, aromas, voces, sonidos y formas que solo tiene el mercado, un mundo en sí mismo. Un mundo que se le va quedando impregnado en la imaginación y la memoria. Un mundo que poco a poco va formando su identidad y su sentido de pertenencia. Un mercado que se convierte en la raíz que la sostiene.

Arrecia el paso porque el tiempo se le está yendo, vive enamorada de las panelas canches, un pedazo de panela con tortilla caliente es su almuerzo cuando regresa de vender helados y se alista en quince minutos para irse a estudiar en la tarde. Pero en esta ocasión no tiene dinero para comprar panela como sucede con regularidad, cosa que no evita que la señora que la vende le regale siempre un pedazo para saborear. Justo enfrente está la venta de cocos y Julia una vez más suspira al ver aquellos racimos aperchados como las rajas de ocote en manojo que venden a la par.

Pide dos cocos sazones, pero le encantaría comprar un agua de coco en bolsa y un tamal de frijol de los que venden tostados con el calor de las brasas al final del corredor. Lo que daría Julia por tener dinero para comprar un su vaso de atol de arroz en leche, con el hambre que carga se pediría dos. Por último, compra una bolsa de palillo para helados en donde venden el ocote y se va despepitada a comprar las dos libras de manía. La siguiente semana le tocará comprar la caja de banano verde para los chocobananos, después ir a la sandillera a comprar las piñas para los chocopiñas.

Siempre que pasa por el sector donde venden flores suspira y se maravilla con tanta hermosura y frescura. Saca unas cuantas monedas de la bolsa de su pantalón y les pregunta a las vendedoras que cuánto puede comprar con lo que tiene, más de alguna agarra un manojo de claveles, lo desamarra y le hace otro más pequeño que le vende. Quisiera comprar media docena de plátanos para hacerlos cocidos y comerlos con leche, pero la leche es un lujo que no se puede dar, tampoco los plátanos.

Son las cinco con cuarenta y cinco minutos y el aroma de los claveles la envuelve, la cobija y la arrulla mientras duerme de regreso en el bus para su casa. La ensoñación le durará una semana, hasta el próximo lunes que regrese a recorrer a las carreras las venas del mercadón.

[1] Despepitada: Ir a toda prisa.
[2] Frijoles parados: Frijoles cocidos.
[3] Atolondrar: Aturdir, atontar, alocar.

Ilka Oliva-Corado.
03 de agosto de 2025.
Estados Unidos. --
Ilka Oliva-Corado.