Mostrando las entradas con la etiqueta Magdiel Sánchez Quiroz. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Magdiel Sánchez Quiroz. Mostrar todas las entradas

10/11/2026

Brasil, elecciones y problemas de la izquierda

Magdiel Sánchez Quiroz*


El resultado de las elecciones en Brasil sorprendieron a la mayoría de las personas que se autodefinen de izquierda. ¿Cómo es posible que el hijo del ex presidente Jair Bolsonaro, hoy preso por intentar un golpe de Estado contra Lula, haya ganado? La respuesta inmediata desde ese sector fue: por la guerra cognitiva, la injerencia de Estados Unidos y la manipulación de las iglesias pentecostales.

Es una respuesta simple que da tranquilidad. Se asume que las mayorías se encuentran enajenadas por el tipo de mensajes que consumen por el celular, sin reparar en que es el mismo medio por el que los activistas se informan, interactúan y tratan de convencer a otras personas.

Para Estados Unidos es prioritario que gane Jair Bolsonaro. Los importantes yacimientos de hidrocarburos –en especial los del presal–, los abundantes minerales y tierras raras, la biodiversidad, el agua y las tierras fértiles son el botín que quiere. Necesita también controlar el rol geopolítico que tiene Brasil en América Latina y minar las alianzas que sostiene con China y otros países. Pero el resultado de las elecciones no es tan distante de las encuestas previas, casi todas ellas declararon a Lula ganador, pero por un margen tan minúsculo que entra en los rangos de error de las mismas. Incluso Trump evitó posicionarse a favor de Bolsonaro en los últimos días porque podría ser contraproducente.

Sin duda el peso de las iglesias pentecostales en Brasil es muy fuerte. Todos los partidos buscan hacer alianzas con sus dirigentes (incluido el Partido de los Trabajadores de Lula). Hay un conjunto de corrientes dominantes dentro del neopentecostalismo que favorece a la ultraderecha y cerró filas con Bolsonaro. Pero las relaciones entre religión y política son más complejas. Durante la dictadura en Brasil de los años 60 a 80, casi 90 por ciento de la población era católica. La Teología de la Liberación fue tan sólo una expresión minoritaria, comprometida, radical y con arraigo en los territorios, que remaba a contracorriente del poder instituido. Casi un siglo antes, fue en el noreste de Brasil donde emergieron las insurrecciones populares con objetivos emancipatorios más potentes y alimentados por ideas mesiánicas.

Un elemento relevante por el que Bolsonaro Jr atrajo votantes es que logró apropiarse de la inconformidad social. Se presentó un disidente, crítico de las estructuras jurídicas y de los políticos tradicionales. Las fuertes acusaciones por corrupción en su contra quedaron en segundo plano. Para muchos votantes pudo más el votar en contra del poder instituido. Promete cosas peligrosas y absurdas, pero también habla de cuestiones que preocupan a la gente.

El abstencionismo fue muy grande. No votaron 33 millones de brasileños. Empero: ¿hasta qué punto las grandes mayorías creen que a través de las elecciones se puede cambiar la sociedad? ¿La gente participa en las elecciones creyendo que en ellas se juega su vida? ¿Qué tan grave puede ser para una persona votar por un candidato de ultraderecha si está acostumbrada a que todos los productos que consume en el supermercado tienen sellos que le avisan que son malos para su salud?

Lula es el mayor líder popular de Brasil por más de 40 años. Pero su partido se encuentra fragmentado. Carece de vida y fuerza orgánica. Fuera de Lula no tiene personajes que logren conectarse con las masas. Los partidos de derecha y ultraderecha se quedaron con la mayoría del Congreso Nacional y del Senado.

Por su parte, el Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST) demostró una fuerza electoral propia. Logró la relección de varios gobernadores del noreste que asumieron sus demandas. Ocho militantes suyos fueron electos como congresistas. Desde las elecciones pasadas, el MST compite en comicios a través del registro del PT. Sus campañas, sin embargo, ponen en el centro sus propias demandas y sus símbolos. Sus militantes hacen un trabajo de base intenso y permanente.

El noreste pobre votó por Lula, mientras el sur rico por Bolsonaro. La lucha de clases existe. Sus formas de expresión ocurren de múltiples y complejas formas. Los resultados de las elecciones demuestran que para hacer que los pobres, dominados y explotados opten por un candidato que les favorezca en sus necesidades, hacen falta algo más que campañas electorales y políticas sociales como las que Lula construyó en sus mandatos previos.

Lula tiene posibilidades de vencer en la segunda vuelta y llegar a su cuarto gobierno. Tendrá que llegar a acuerdos con sectores de la burguesía que se le oponen. De triunfar, será el mandato más alineado a la derecha que haya tenido. No será su voluntad, es el estado de las fuerzas. A pesar de ello, su triunfo será esperanzador.

* Filósofo, coordinador de las Obras escogidas de Fernando Martínez Heredia

2/02/2020

De izquierdas y vencidos



Dos grandes violencias agrietan el suelo nacional. La dinámica de despojo y devastación ambiental para la imposición de megaproyectos, parte esencial de una política económica de entrega de bienes y recursos al capital trasnacional. Y por otra, el estado de excepción permanente, con su muerte y terror necesarios para quebrar las resistencias y sostener el modelo económico, que se expresa con cifras milenarias de asesinatos, feminicidios, desplazamientos forzados, desapariciones y violencia contra migrantes.
Sin embargo, no todo es miel sobre hojuelas para el capitalismo actual. Profundas relaciones comunitarias que perviven en los pueblos han sido la base motriz de movimientos que lo impugnan. Como expresión más visible, están los movimientos comunitarios en defensa del territorio. También están los movimientos de familiares de desaparecidos y asesinados, quienes, a pesar de estar hundidos en los vórtices del horror, producto de resquebrajamiento de la vida comunitaria, salen en defensa de la vida.
Llamados imprecisamente movimientos de víctimas, han surgido desde los primeros momentos de la guerra contra el narcotráfico. La irrupción del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad (MPJD) en el escenario nacional –como respuesta al asesinato de Juan Francisco Sicilia Ortega, hijo del poeta Javier Sicilia (JS), en marzo de 2011– constituyó un parteaguas que atrajo a los colectivos existentes, pero sobre todo detonó la puesta en movimiento de un nuevo actor social nacional. Desde entonces, esos grupos han recorrido diversos caminos y acumulado un sinfín de experiencias para litigar sus casos, demandar justicia y buscar a sus seres queridos en fosas clandestinas. Recurren a aliados que, en la mayoría de los casos, son los movimientos populares siempre solidarios, los urbanos, de maestros, de jóvenes, artistas y grupos de base de las iglesias, entre otros.
Convocados nuevamente por JS, decenas de esos colectivos, provenientes de todo el país, caminaron del 23 al 26 de enero para demandar al gobierno federal la creación de una estrategia de justicia transicional que frene la violencia en el país y repare tantas heridas aún abiertas. Ahí estaban las primeras familias desconsoladas que en 2011 buscaban a sus familiares con el mismo dolor, la misma dignidad y mayor conciencia política, junto a familiares de desaparecidos de hace tan sólo unas semanas o meses. Y es que la violencia aún no cesa. Según datos oficiales, tan sólo en 2019 ocurrieron 35 mil 588 homicidios (mil 6, tipificados como feminicidios) y 5 mil desaparecidos. Entre ellos, varios periodistas y defensores del territorio.
Verdad, justicia y paz, profundas palabras que han sido enarboladas por los oprimidos de todos los tiempos, sintetizaron una de las más contundentes movilizaciones que han ocurrido frente al gobierno de Andrés Manuel López Obrador. No habían mensajes de odio, ni demandas golpistas ni llamados a la injerencia extranjera. Reconociendo al jefe de Estado como la máxima figura política del país, se le pidió un cambio para acabar con tanto horror, del mismo modo en que lo hicieron con los dos presidentes previos.
Las crónicas de esos días se centraron en registrar las agresiones de un grupo que decía defender a AMLO contra los niños, mujeres y hombres que portaban las fotografías de sus seres queridos, con los pies cansados de tanto andar. A pesar de los deslindes que haga el gobierno de esas agresiones, no puede evadir la indolencia del Presidente al negarse recibir a las víctimas, arguyendo proteger la investidura presidencial –esa misma que otrora personificaron Peña Nieto, Calderón, Fox, et. al.
Hace once años, el MPJD se movilizó para denunciar el horror, demandar el fin de la guerra y tratar de consolar el dolor de las víctimas. Hoy las mismas víctimas demostraron que en su sufrimiento anida una de las más potentes fuerzas morales para la reconstrucción de nuestro país. Ya no son sólo víctimas, encarnan el dolor y las aspiraciones de las y los vencidos de siempre. De aquellos que como denunciara Walter Benjamin, tampoco estarán a salvo si el enemigo vence… y ese enemigo no ha cesado de vencer.
La izquierda, dice Enzo Traverso, puede ubicarse en términos topológicos (según el espacio político institucional, definido por la ciencia política) u ontológicos (por aquellos actores que luchan por cambiar el mundo guiados por el principio de igualdad en el centro de su programa, con una cultura heterogénea y abierta y con una multitud de corrientes políticas en su seno). Aquellos familiares de víctimas que no fueron recibidos por el Presidente demostraron ser parte de la izquierda ontológica de nuestro país. Será necesario tejer lazos de unidad con la otra parte de esa izquierda, los procesos comunitarios en defensa del territorio. En esa alianza está la clave del cambio social, necesario y urgente, que aún no llega.
*Filósofo