Las mujeres y su papel en luchas ecosociales y feministas en Abya Yala 1/ y otros sures
En los países del sur el papel de las
mujeres en las luchas sociales, ecofeministas y populares es vanguardista.
Aunque las denominaciones, conceptos y premisas ecofeministas tienen su origen
en epistemologías del norte global y muchas veces se soslayan otras visiones y
acciones no valoradas históricamente por el racismo epistémico, actualmente han
surgido múltiples colectivos, asambleas y comunidades de mujeres desde espacios
ecofeministas –aunque muchas veces no se autodenominan así–. Se trata de
espacios muy propios a las circunstancias del sur, que esencialmente orientan
sus luchas por la defensa de lo que designan como territorio-cuerpo y
territorio-tierra, el agua, los bienes comunitarios, por el buen vivir y contra
los extractivismos. Se basan en teorías ecosociales para explicar las causas de
sus problemas, que afectan no solo a las mujeres sino a la humanidad, a la
sociedad y a la naturaleza y todas las vidas integradas; sus ejes son las
luchas contra el patriarcado, el colonialismo, el racismo y el capitalismo;
asimismo, plantean caminos posibles para sus soluciones, que son variadas y de
acuerdo a contextos territoriales y plurinacionales.
Desde los diálogos, encuentros y
entretejidos de luchas sur-sur, así como el compartir saberes, se está logrando
–no solo desde los discursos sino desde prácticas diversas– la construcción de
disyuntivas más allá del llamado desarrollo capitalista,
no un desarrollo alternativo sino una alternativa al desarrollo, sin la visión
antropocéntrica, considerando todas las vidas y los ciclos naturales.
Cuerpos
como nuestro primer territorio y lugares de memoria
Las mujeres encabezan discursos,
movilizaciones y acciones en defensa de sus cuerpos como primer territorio, que
son objeto de mercantilización, subyugación, violencia, violaciones,
invisibilización de parte de las instituciones, de parte de la sociedad y
también de los propios compañeros de sus comunidades. Esta situación se
recrudece en el caso de mujeres indígenas y negras, ya que el patriarcado
imperante se combina con el racismo.
Esos territorios-cuerpos también padecen
las consecuencias del extractivismo, del despojo de sus territorios-tierra, del
agua y los efectos del cambio climático, mayoritariamente en las zonas rurales.
Las mujeres, por la división sexual del trabajo, son las encargadas de proveer
de agua, pero debido a la apropiación de las fuentes por parte de megamineras,
forestales o grandes monocultivos y la construcción de infraestructuras como
presas, que afectan grandes cuencas hidrográficas, acceder a este bien
imprescindible es cada vez más difícil. Y todo esto es agravado por la
contaminación, que produce enfermedades en las poblaciones. La defensa de los
ríos, lagos y fuentes es una prioridad para las mujeres, indefectiblemente
asociada a la defensa de la vida, no solo la humana sino de todos los seres
vivos. En algunos entornos y comunidades se habla de justicia restaurativa de
la biodiversidad, que tiene que ver con todas las vidas, instaurando a la
naturaleza y al agua como sujetos políticos de derecho (siendo el agua un
derecho humano), para recuperar ecosistemas y flujos hidrológicos. Además,
estas luchas son desde las plurinacionalidades y contra las economías patriarcalizadas.
Asimismo, podíamos apuntar que son las
mujeres, en gran parte, quienes se encargan de los cultivos y de las hierbas y
plantas medicinales, y son expertas en su uso y aplicación de sabidurías
ancestrales, siendo mujeres-medicina para sus comunidades. También son las
mujeres las que se dedican a la preparación de los alimentos, cuyos cultivos
también están siendo afectados por efectos de la degradación ambiental y el
cambio climático.
Hay una relación imbricada entre el
territorio-cuerpo y el territorio-tierra para las mujeres de muchas comunidades
del sur global y en concreto en Abya Yala, porque el territorio no es solo un
espacio físico o mapa geográfico, sino una manifestación en espacio y tiempo
con conexiones con el cosmos, bosques, agua, aire, montañas y todos los seres
visibles y perceptibles. El territorio es espacio de vida y de
espiritualidades, de procesos colectivos, son relaciones, es construir
comunidad, es conexión con los cuerpos, con nuestros cuerpos que son
cosmosintientes por su conexión con el cosmos. El territorio es lo que provee
lo vital para la vida con sus ciclos naturales, es la red de la vida.
Nuestro cuerpo es territorio de memoria
colectiva ancestral, que está atravesado por vivencias, goces,
cuestionamientos, culpas, jerarquías, opresiones, racismo, machismo, signos de
diferenciación y desigualdades. Como el territorio-tierra, el territorio-cuerpo
es un territorio en disputa, mercantilizado por el sistema patriarcal, ni
siquiera somos propietarias de nuestro cuerpo. Hablamos de cuerpos expropiados,
esclavizados y violentados, de vivencias con desarraigo histórico de los
cuerpos negros que fueron esclavizados. Los cuerpos colonizados de las mujeres
tienen toda una historia de violaciones, ya que se juntaron las formas patriarcales
de dominación ancestral existentes con las que trajeron los colonizadores,
mucho más violentas y expropiantes de nuestros cuerpos.
Territorios-cuerpos
migrados
Los ecofeminismos establecen como
contradicción principal la acumulación de capital y la vida. Tomando los
discursos desde el norte, que hablan de poner la vida en el centro, nosotras
nos preguntamos si se ponen todas las vidas en el centro, o si algunas valen
más que otras. Porque el sistema mundo que dio su inicio hace siglos, donde los
pueblos originarios no eran considerados humanos, prevalece. El racismo está en
el subconsciente y hemos crecido con esa visión de que los cuerpos son
diferentes, algunos son más objetos que sujetos, concretamente los cuerpos de
los sures, de países ricos pero empobrecidos por el saqueo y el despojo. Un
despojo del que no son ajenos los habitantes de estos nortes cuyos consumos son
tan desmedidos que rebasan con creces los consumos de muchos pueblos del sur.
Todo lo anterior quiere simplemente
poner en evidencia que el racismo no es una palabra, es una actitud que
millones de personas sufren día a día. Son cuerpos desvalorizados, que pueden
terminar en el Mediterráneo, sin nombre, sin identidad y sin ser llorados, son
esos otros. Son cuerpos aniquilados porque donde habitan
tienen materias
primas esenciales para el desarrollo y el nivel de consumo que mantiene el confort de
otra parte de la humanidad, cuyos cuerpos valen más y son los que se ponen en
el centro.
Atahualpa Yupanqui decía “El hombre es
tierra que anda”, aquí nosotras venimos con esa tierra pegada a nuestros pies y
cuerpo y desde esos orígenes somos valoradas y tratadas; por eso desde Abya
Yala se habla de la colonialidad del ser, porque somos el no ser para que
otros/as sean el ser. Son esas otras que
están en el lado oscuro del ser.
Feminismos,
ecofeminismos y decolonialidad
Los feminismos decoloniales y
ecofeminismos del sur cuestionan la colonialidad como algo inherente al sistema
de depredación, racismo, patriarcado y muerte instaurado con la conquista y que
es predominante. Aunque para evitar esencialismos, desde algunos colectivos de
mujeres indígenas se indica que ya había formas de patriarcado originarias. En
apartados anteriores ya hemos indicado en qué consiste la colonialidad del ser
y los efectos que ha tenido y tiene sobre los cuerpos y existencias de los
sures, unos efectos que no solo afectan a los cuerpos de las mujeres, aunque
son ellas las que más los sufren.
Durante siglos, el epistemicidio
indígena y de las comunidades originarias colonizadas ha sido una constante, lo
que en términos decoloniales denominamos la colonialidad del saber. Por ello
reivindicamos el reconocer, valorar y visibilizar estas epistemologías, que a
pesar de la capacidad de destrucción occidental aún permanecen. Sobre todo,
desde los colectivos de mujeres se reivindican estas epistemologías como
necesarias e imprescindibles en estos contextos de crisis ecosocial y
sistémica, porque la realidad es que estas culturas y comunidades han convivido
ancestralmente con los ecosistemas, forman parte de ellos, los integran y los
preservan.
Recordamos aquí la práctica y filosofía
del buen vivir, que es aún esencial y parte de la vida en muchas comunidades
originarias en diferentes latitudes. El buen vivir en diferentes lenguas es la
vida armónica con la tierra, la naturaleza y con todos los seres visibles e
invisibles que la habitan, es un bienestar colectivo, de memoria ancestral
heredada y bienes comunes. Según las comunidades afrodescendientes, indígenas y
campesinas, hay dos visiones de desarrollo: la del desarrollo para el buen
vivir o desde el punto de vista comunitario y la visión de la institucionalidad
y de las grandes empresas, que es la de la acumulación.
Asimismo, la colonialidad ha afectado a
la naturaleza en Abya Yala y demás espacios conquistados, tanto en su biofísica
como en la configuración territorial. La podemos definir como colonialidad de
la naturaleza, donde se pasó de la Pachamama, o tierra de nadie para todos/as,
a territorios privatizados y a espacios subalternizados por las élites
colonizadoras y criollas, las cuales tienen la potestad de arrasar,
reconfigurar y explotar los territorios como espacios subalternos, conforme a
las necesidades de un sistema hegemónico de acumulación.
La apropiación de la biodiversidad
natural, la megaminería, la explotación de hidrocarburos, el establecimiento de
monocultivos para la exportación (para agrocombustibles o para las grandes
forestales), y las grandes infraestructuras han convertido los territorios en
áreas sometidas, donde flora, fauna, comunidades y ecosistemas enteros han sido
devastados, con profusión de uso de agrotóxicos y químicos. Es así como la
naturaleza está al servicio de los requerimientos del gran capital, no de las
necesidades de los pueblos que las habitan. Todo este despojo trae como
consecuencia, además de lo indicado, contaminación de suelos, aire, aguas y sus
subsiguientes efectos en las vidas de todo el entorno humano que en ella vive y
demás vidas y especies del medio natural.
El conflicto con los pueblos originarios
no se soluciona o resuelve con la restitución de tierras –ya dijimos que el
concepto de territorio-tierra va mucho más allá de un espacio físico o
geográfico–, porque la cosmogonía no se soluciona con esto, porque la visión y
modo de ver y vivir en el mundo son totalmente contrapuestas y antagónicas a la
visión occidental dominante, utilitarista/mercantilista, tanto de cuerpos
humanos como de todo tipo de vidas y ecosistemas.
Otras
cosmovisiones que en la práctica superan el sistema de muerte y la
tanatopolítica
Para la situación actual de crisis
ecosocial hay alternativas planteadas desde comunidades y colectivos de mujeres
que tienen que ver con socializar los bienes comunes y eliminar el
extractivismo sin límites de materiales que afecta a gran parte de las
poblaciones del sur global. Las poblaciones del sur global siguen colonizadas
por las transnacionales en complicidad con sus gobiernos locales, por ello es
necesario eliminar la explotación del trabajo y de otras especies y visibilizar
otras cosmovisiones y formas de ver y vivir el mundo, así como valorar en su
justa medida los cuidados y dejar de invisibilizar trabajos que en su mayor
parte ejercemos las mujeres, y en estos nortes globales las migrantes. Dejar
atrás todo lo que nos ha llevado a esta crisis y también a esta pandemia.
Es un hecho que otras prácticas son
posibles, incluso en medios donde estas son susceptibles de sufrir ataques
armados por parte de los gobiernos o de paramilitares al servicio del
latifundio y el agronegocio. Desde la sociedad organizada se pueden proponer
acciones prácticas y aterrizadas que conllevan infringir el orden establecido,
dígase propiedad privada, privilegios de unos pocos, leyes del suelo, etc. En
este sentido, planteamos defender los bienes comunes a través de las siguientes
medidas:
– Socialización de tierras para cultivo,
desechando y quitando los grandes monocultivos, para que se produzcan los
cultivos necesarios para una alimentación equilibrada y sana, con recuperación
de semillas autóctonas más resilientes y producción agroecológica. La
recuperación de tierras para comunidades y campesinado debe ser un hecho
también en estos territorios.
– Una utilización racional de las aguas superficiales
y subterráneas, con criterios destinados a cubrir las necesidades básicas de la
población y de los cultivos, con gestión pública o autogestión del campesinado
y las comunidades. Evaluar qué cultivos son más resilientes y establecer
sistemas de riego que garanticen el uso racional y colectivo del agua.
– Recuperación de bosques, masas
forestales y en general ecosistemas. En las Constituciones de Ecuador y Bolivia
han sido reconocidos como sujetos de derecho, denominándolos Pachamama, por su nombre en quechua.
– Presión social, información y boicot
de productos provenientes del extractivismo y saqueo de otros territorios y
poblaciones. Hay listas de transnacionales, territorios y productos que
saquean, hay que hacer evidente su destrucción.
Terricidio,
un concepto introducido por las mujeres de los pueblos originarios
Las hermanas del Movimiento de Mujeres
Indígenas por el Buen Vivir han introducido el concepto de terricidio, que se
puede definir como el asesinato no solo de los ecosistemas y de los pueblos que
lo habitan, sino también de todos los ciclos que regulan la vida en la tierra,
que llamamos ecosistemas perceptibles.
Entendemos que el terricidio es
consecuencia del modelo civilizatorio dominante, enmarcado dentro de la crisis
general del capitalismo, que lleva a este sistema al saqueo indiscriminado de
recursos para seguir acumulando ganancias a costa del pueblo, las comunidades,
la vida y los ecosistemas. Estos procesos se dan en beneficio de la clase
dominante y de las empresas transnacionales representantes del imperialismo,
poniendo en evidencia la contradicción entre capital y vida, ya que la
acumulación de bienes y capitales está acabando con todo tipo de vida y está
poniendo en riesgo nuestro futuro en el planeta. Contradicción que hoy se
manifiesta a través del cambio climático, la desigualdad, el hambre y la
miseria que sufren nuestros pueblos.
El terricidio es la violación y
violencia de nuestro primer territorio, que es el cuerpo de nosotras, mujeres
indígenas, campesinas y afrodescendientes que, desde la colonia, somos
consideradas objetos y meras mercancías, ni siquiera alcanzamos el rango de
humanas. Los efectos del extractivismo también se ven reflejados en la
violencia en el cuerpo de las mujeres, porque afectan nuestras formas de vida y
de subsistencia. Para quienes defienden el cuerpo-territorio, la Madre Tierra
es un espacio vital, lo que podríamos llamar conexiones desde lo no
perceptible, de construcción de comunidad, de espiritualidad, de procesos
colectivos con todo tipo de vida que existe en el entorno, no solo la vida
humana.
Relación
entre pandemia y terricidio
El escenario de pandemia actual tiene
muy probablemente relación con el terricidio. A continuación indicamos cómo las
prácticas de explotación y producción capitalista, que en este documento
definimos como terricidio, pueden estar detrás de esta pandemia. Actualmente,
gran parte de las medidas tomadas contra la pandemia son de emergencia, cuando
hay causas estructurales de las mismas que no se están combatiendo; las más
plausibles tienen que ver con estos aspectos:
- Forma
de producción capitalista, con una industria
alimentaria basada en el agronegocio y, entre otras, en la ganadería intensiva,
léase macrogranjas. A falta de análisis más profundos, se puede decir que
posiblemente el virus proviene de un tipo de murciélago, de este pasó a un
animal intermedio, antes de saltar a los humanos. Algunos estudios apuntan como
animal intermedio/huésped al pangolín (casi extinguido por su comercio
legal/ilegal) o a algunas de las especies salvajes y silvestres que se venden y
consumen en el mercado húmedo de Wuhan. Pero también se ha planteado que podría
ser el cerdo. Con respecto a este último, en Hubei, provincia en la que se
localiza Wuhan, se encuentran algunas de las mayores granjas industriales de
estos animales, cuya producción masiva los somete a condiciones en las que
sufren estrés y tortura animal. Los altos grados de hacinamiento propician la
transmisión del virus y también disminuyen su capacidad de respuesta a los
contagios; además, la similitud entre el sistema inmunológico del cerdo y el de
los humanos facilita el salto de virus entre estas especies. Se infiere por lo
tanto que esta forma de producción eleva las condiciones para que se den estos
patógenos y luego se dé la zoonosis.
- Otras
acciones del capitalismo que tienen que
ver con el inventario de tierras y recursos explotables para incorporarlas al
agronegocio y al extractivismo y al usufructo de corrientes de agua. Las
grandes corporaciones están haciendo este inventario con el propósito de
adueñarse de las mismas para su usufructo, acumulando propiedades, en algunas
de las cuales se encuentran aún bosques primarios, que han deforestado para
poder dedicarlos a los monocultivos como palma, soja y forestales, o para
extraer minerales, hidrocarburos o construir grandes infraestructuras como
presas de generación eléctrica, o vías para sacar su producción poniéndose en
contacto con zonas periurbanas. Además de destruir ecosistemas salvajes,
despojar a los pueblos y comunidades que aún hay en estos territorios (que en
su gran mayoría llevan muchísimo tiempo en ellas), esto extermina casi todo
tipo de vida. También se rompe una barrera natural entre los humanos y las
especies que habitan estas áreas y que estaban resguardadas, y que ahora han
entrado en contacto con seres humanos de una forma más directa y más rápida,
permitiendo que muchos patógenos de estas especies salten a los humanos. El
daño en todos los aspectos es incalculable, porque han destruido un equilibrio
natural existente, dañando los bosques. Además, se promueve una agricultura
basada en agrotóxicos, que contamina todo su entorno, así como el uso de
mercurio y cianuro en actividades extractivas como la minería de oro,
acompañado del uso de explosivos para extracción a cielo abierto, que modifican
la geología y propician diferentes tipos de contaminación.
Indudablemente, cualquier alternativa
para superar este sistema, que en sí mismo es una pandemia, no puede provenir
de seguir impulsando este tipo de formas de producción y explotación de los
bienes comunes y del trabajo. Sería conveniente recordar en qué consiste la
filosofía y práctica del buen vivir, que todavía para muchos pueblos indígenas
en diferentes latitudes es parte esencial de la vida: el buen vivir en todas
las lenguas es vida armónica con la tierra, la naturaleza y con todos los seres
visibles e invisibles que la habitan.
Recordemos también que alrededor del 75%
de la biodiversidad está en territorios indígenas y campesinos, con lo cual se
corrobora que no es un mero discurso ni un hecho puntual, sino que es su
filosofía de vida la que ha permitido que se preserven todos estos territorios
y ecosistemas asociados. Han resistido violencias y conquistas coloniales, y
ahora en este siglo están sufriendo ataques brutales para despojarlos de lo que
aún conservan y preservan. Las sabidurías y conocimientos ancestrales,
considerados salvajes incivilizados y subhumanos, ahora más que nunca tienen
trascendencia y deben estar dentro del qué hacer para
transformar un futuro que, si no, será tal vez la extinción nuestra y de otras
muchas especies.
Esta pandemia puede reproducirse o
pueden surgir otras si solo nos atenemos a los científicos y a la idea de que
la tecnología logrará salvarnos de toda esta situación, en la que ya se combina
crisis ecosocial con pandemia. Por eso, las tierras y los bienes comunes deben
ser comunes, no privados. El agua, las semillas y los bosques y selvas no deben
ser patentados, privatizados y arrasados con fines de explotación; si no, nos
esperarán pandemias tal vez intermitentes y cada vez más mortíferas. La
civilización moderna capitalista no da respuestas a los orígenes de la
pandemia, sino que los causa, por eso es imprescindible cambiar el modelo de
desarrollo basado en el agronegocio, la agricultura industrial, la ganadería
intensiva, el extractivismo a gran escala y los megaproyectos. Si algo ha
demostrado esta pandemia es que sobrepasar los límites no es algo inocuo, cada
vez trae más consecuencias y cada vez estas consecuencias son más globales y
planetarias.
Binomio economía-vida. Tenemos que
dilucidar entre vida o capital o entre vida y economía. Los mismos gobiernos e
instituciones tendrán que posicionarse, pero la población debemos tener como
objetivo común la vida.
María Eugenia García Nemocon es miembro de la Comisión Ecofeminismo de Ecologistas en Acción y forma parte del Área de Ecosocialismo de Anticapitalistas
Fuente: https://vientosur.info/defensa-de-los-territorios-y-ecofeminismos-del-sur/